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El culto

Soy Leyenda: Jorge Campos

El portero mexicano Jorge Campos se convirtió en un mito de los años noventa gracias a su forma particular de jugar al fútbol... y también, especialmente, gracias a sus atuendos llenos de colorido.
16.6.16
Ilustración de Dan Evans

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La serie Soy Leyenda aprovecha la Copa América Centenario para cruzar el charco y hablar de un carismático portero mexicano que marcó época, más allá de sus paradas, gracias a su peculiar gusto por el diseño.

El culo inquieto que quería marcar goles

Existe un impulso que nos envuelve e incita a hacer con nuestras vida algo diferente, algo que la dote de particularidad y dé así significado a nuestros andares por el mundo. Habitualmente, sin embargo, acabamos haciendo lo que la sociedad dictamina que deberíamos hacer y respondiendo a un determinado patrón social.

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A veces, eso sí, hay alguna campaña motivacional que nos reta a "pensar diferente" o a "simplemente hacerlo" —think different, just do it—, pero no nos atrevemos a perder la comodidad de nuestro piso: tan estable, tan cómodo y tan agradable… ¿Cómo cruzar la línea y salir de la caja?

Aquí es donde entra Jorge Campos: un acapulqueño que fue formado por "el rancho, los caballos y el surf" antes de situarse bajo palos para revolucionar la idea de lo que es un portero.

¿Dónde está Wally? Imagen vía Reuters

Desde sus 1,75 metros, Campos volaba como el que más, se quedaba colgado del travesaño después de ir a buscar un balón, fintaba a los delanteros cuando se acercaban a la portería… y, lo más importante, dejó de pensar que el área chica era el límite absoluto del guardameta, esa zona de confort donde los porteros son prácticamente intocables.

Igual que la escuela argentina de porteros-líberos —desde Amadeo Carrizo hasta Hugo Gatti—, Campos veía el campo entero y siempre buscaba la jugada, no la esperaba recluido en el área.

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El propio Carrizo, que en la década de los cuarenta cambió el significado de ser cancerbero abandonando el área y lanzándose contra el adversario para arrebatarle el balón, explicaba lo siguiente: "El portero sufre un poco porque es un hombre que está ahí casi estático, en una sola posición. No puede desahogarse, ir a pelear una pelota o regatear a un adversario hasta el otro arco".

Campos no sufría por ser portero: simplemente decidía salir a jugar como todos los demás. Esta inquietud ya estaba presente en él desde niño, cuando le colocaban en la portería pero él quería salir a meter los goles. Así que era natural que metiera catorce goles en su segunda temporada con los Pumas de la UNAM. También le resultó natural entender que como guardameta tenía la oportunidad de hacer algo distinto a la hora de saltar al terreno de juego.

Un estallido de color

En Acapulco, Campos trazaba diseños de camisetas con un amigo: "Él también surfeaba y era el que me entendía", explicaba el mexicano.

Rodeado de los colores de la costa, visitiendo prendas y bermudas surferas, simplemente fue cuestión de meterle colores, rombos y cuadros para que Campos terminara aportando un sello permanente a la extraña y maravillosa década de los noventa —fecunda, por cierto, en prendas fucsias y fosforescentes.

Campos se convirtió de repente en una sensación multicolor. Tal vez no fue un icono del mundo de la moda, pero sin duda dejó una huella imborrable en el espectador de la época; en su cénit profesional, todas las marcas deportivas de prestigio querían apropiarse de un trocito de su genialidad como diseñador.

Sobre el campo, el Brody ganó dos Copas de Oro, la única Copa Confederaciones que consiguió México en 1999, un oro en los Juegos Panamericanos de ese mismo año… y, en la primera aparición de México en la Copa América, se coló hasta la final contra Argentina en 1993.

Representando al fútbol mexicano del mérito sin recompensa, Campos formó parte, junto a Cuauhtémoc Blanco y Luis Hernández, de esa generación que dio a la hinchada mexicana razones para soñar; eso sí, regresaron de los Mundiales en Estados Unidos'94 y Francia'98 con el habitual "jugamos como nunca y perdimos como siempre" como excusa.

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No obstante, Campos y toda su generación le dieron sazón al fútbol mexicano: siempre se atrevieron con todo, nunca se achantaron. Para muchos en México, esa selección del 94 sigue siendo la más importante que ha tenido el país en toda su tradición futbolística.

Tras Hugo Sánchez y antes que Rafa Márquez, Jorge Campos fue el verdadero rostro del fútbol mexicano, y hasta cierto punto, sigue teniendo un impacto cultural y deportivo en el país americano. No levantó las copas más importantes del planeta ni tampoco vistió los colores de un club de élite mundial, pero aún así se colaba gracias a su estilo en las listas de los mejores porteros del mundo entero.

Gracias a su relevancia en casa y su particular gusto por la moda, siempre terminaba por ser convocado a todas esas pachangas con selecciones del 'Resto del Mundo' al lado de figuras como David Beckham, Ronaldinho y Leo Messi, manteniendo siempre ese aura especial enfundado con su uniforme de portero; en esos partidos, acababa cambiando de camiseta y terminaba el partido como delantero.

Campos se codeaba con los grandes sin serlo de verdad, y es cierto que debía subirse a un balón cuando tomaban las fotos de equipo —debido a su estatura—, pero sin duda logró destacar como las grandes figuras de los noventa.

El equipo mexicano se disfrazó de Jorge Campos (arriba al centro) para celebrar la retirada del último en un amistoso contra Brasil: ese día se retiró también Romário. Imagen vía Reuters

El Momento: Giants Stadium, 5 de julio de 1994

México se ausentó en la Copa del Mundo de Italia 1990: la FIFA sancionó al país durante dos años por utilizar jugadores mayores de 20 años en la eliminatoria para el Mundial Sub-20 de Arabia Saudita de 1989. Por ello, la ansiedad y la tensión estaba muy alta cuando reaparecieron como los anfitriones no oficiales en Estados Unidos'94.

Los mexicanos, de hecho, comenzaron con tropiezo: cayeron por 1-0 ante Noruega en su primer partido, pero se recuperaron en el encuentro con Irlanda y vencieron 2-1, gracias tanto al doblete de Luis García como a las paradas de Campos. Tras empatar 1-1 con Italia, México accedió a los cuartos de final para enfrentarse a la Bulgaria de Hristo Stoitchkov.

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El cronómetro apenas marcaba el minuto seis cuando el capitán de los búlgaros y leyenda del FC Barcelona recibió un pase, rebasó la defensa mexicana y dio la ventaja a Bulgaria con un disparo cruzado al que Camposno pudo llegar. Tras doce minutos, el partido cambió: el 'mexicanísimo' brasileño, Luis Roberto Alves Zague, se metió en el área búlgara, donde el zaguero Emil Kremenliev le agarró… y cometió así un penalti que Alberto García Aspe anotó sin titubeos.

Campos, durante un amistoso contra Alemania previo al Mundial de 1994. ¿Se puede molar más? Foto de Heriberto Rodríguez

Campos apareció una y otra vez para aguantar el empate: los minutos transcurrieron hasta llegar a la prórroga y los penaltis. Campos se vio obligado a ser el gran protagonista junto al portero búlgaro Borislav Mikhailov: uno de los dos decidiría el ganador del encuentro.

A México le tocó chutar primero. Aspe de nuevo apareció frente a Mikhailov: el balón se fue a las nubes y, con él, un pedazo de esperanza. Campos tomó su lugar, pero los penaltis nunca fueron su zona de confort: los grandes atributos del portero mexicano se diluían en las tandas como aquella. Allí no había posibilidad de andar abandonando el área, anticipando la jugada, bajando el balón y salir corriendo.

En cualquier caso, Campos no tenía más remedio que mantener el tipo, quedarse bajo la línea de gol y enfrentar a Krassimir Balakov que se disponía a lanzar el primer penalti del enemigo. Tras una finta y un lance, Campos se tiró hacia la derecha y atajó el disparo de Balakov. Con los puños cerrados y sacando la tensión a gritos, Campos le dio esperanza a México.

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Posteriormente, Mikhailov mató el sueño mexicano atajando los disparos de Marcelino Bernal y Jorge Rodríguez. México se quedó por el camino, pero Campos había sellado parte de su mito.

Declaración final

"Andaba un equipo de la televisión mexicana cubriendo la guerra de Bosnia-Herzegovina. Se encuentran una patrulla de serbios. Como no pueden entenderse, son aprehendidos e incluso los amenazan con fusilarlos. Entonces, el comandante serbio ve que a uno de los mexicanos le sobresale su pasaporte de la camisa. Lo toma, lo lee y exclama emocionado: 'México, Jorge Campos', y los deja libres".

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No sabemos si Campos conoce esta curiosa anécdota, aunque sin duda su estilo propio se convirtió en esencia y legado del fútbol mundial. "Me llamaban el surfer, 'el Acapulco'. Ya sabes, mi costumbre de siempre andar en huaraches y bermudas y cosas así. Es algo que viví", decía él, sin darse demasiada importancia. "Siempre los surfers son diferentes. Somos muy solitarios. Las olas y el mar son otro mundo".

El surfero bajo palos, pues, acabó convirtiéndose en mito por su estilo libre en la portería y, sobre todo, por sus llamativos uniformes personalizados. Hace un tiempo, el periódico británico The Telegraph situó sus atuendos como uno de los diez peores de la historia del fútbol. Preguntado por ello, contestó mostrando su simpatía y sentido del humor: "Hasta ahora no se dieron cuenta".

Un mito a cuadros, rombos y mucho muchísimo colorido.

Sigue al autor en Twitter: @DjatmikoWaluyo