Marca España

Fui de cañas al nuevo local de Bertín Osborne en Madrid

Cuando lo descubrí, mi primera reacción fue pensar que sería una cuenta falsa de algún listillo y que su autor había demostrado tener muy poco gusto.
7.2.17

Todo comenzó mientras miraba con desgana las fotos que habían subido mis contactos a sus cuentas de Instagram. Entre miles de selfies, borracheras, dobletes y éxitos ajenos, mis ojos se pararon en una foto que destacaba sobre todas las demás: era un anuncio de un nuevo bar de tapas cercano a mi casa dedicado a Bertín Osborne o dirigido por él. Entonces aun no lo sabía.

Mi primera reacción fue pensar que sería una cuenta falsa de algún listillo y que su autor había demostrado tener muy poco gusto. En ese momento casi sentí lástima por el crooner andaluz. Pero un segundo después mi cerebro se puso alerta: ¿Por qué a mí? ¿Había tonteado más de lo debido con la oscuridad de la deep web? Me pasé días con la idea rondando por la cabeza. Quería olvidarlo, me refugiaba en la comida y el alcohol, pero no dejaba de pensar que él me estaba esperando. La idea de visitar 'El Rincón de Bertín' me resultaba más tentadora de lo que nunca reconocería ante nadie y una semana después, casi de incógnito, me planté allí.

Confieso que de camino al nuevo local de Bertín me pregunté con qué tipo de personas me encontraría. Quería saber si allí habría gente que como yo acudían presos de una curiosidad incontrolable, casi masoquista, o quizás solo vería a turistas despistados y fieles seguidores del artista multidisciplinar. Recordemos que la trayectoria de Bertín es una de las más prolíficas de España: ha sido representante inmobiliario, vendedor de seguros, cantante de rancheras, presentador de televisión, actor de teatro y empresario gastronómico. A día de hoy solo le falta dar el salto a la política.

La primera hostia cerebral me la doy antes de poner un pie en el local. Desde una de las paredes exteriores, Bertín, vestido de etiqueta (con traje negro, camisa blanca y pajarita) y acompañado por el oso y el madroño me da la bienvenida sonriente. Reconozco que me resulta un poco estremecedor y no entiendo que dentro la gente finja que allí no pasa nada. Entro en una espiral cercana a la paranoia. ¿Y si todas esas personas son extras al servicio del artista? ¿Y si están pagados por él? La locura transitoria se intensifica un poco más al ver las tres cámaras de seguridad que alguien ha plantado enfrente de nuestras narices, sin disimulo, y en las que nadie parece reparar. Están compinchados con el emprendedor. ¡Acababa de llegar y ya lo tenía claro!

¿Qué teme Bertín? ¿A qué vienen las cámaras? No estamos en un restaurante especialmente pijo  en el que desfila la pasta a espuertas. Aquí convivimos gente de clase media y señoras con abrigos de visón y collares de perlas, integrados en un ambiente de pega, fabricado para hacernos sentir en casa. En su casa. Es evidente que Bertín no es tonto: sabe que cada uno de sus movimientos va a ser escudriñado con lupa porque la gente es muy cabrona, y ha invertido pasta para que este no parezca un local paleto con ínfulas. Se nota en los espejos circulares de madera y en las bombillas que cuelgan de la pared con cables. Pero el intento de resultar informal y elegante se ha quedado a medias: o el presupuesto no daba para más o Bertín no se ha resistido a aportar su granito de arena. Al fin y a cabo es su rincón. No el de un decorador modernito.

Su mano se nota en el cuadro de las margaritas que me deja con un buen sabor de boca. Creo que  Bertín quiere que cada persona que lo mire vuelva a creer en el amor, o quizás lo que nos quiere decir es que él tiene amor para darnos a todos. En cada hueco libre de la pared veo sus fotos en las que posa tan elegante y natural como siempre, con sus caballos, con Arévalo… Incluso se ha atrevido a colgar la portada de una revista italiana que protagonizó hace por lo menos 20 años. Vuelve en mí la paranoia, ¿por qué todo el mundo parece inmerso en sus conversaciones banales y finge que allí no está pasando nada? La mayoría están cenando un plato de 'Bacalao en tempura negra y un toque de Albahaca' que se llama 'Buenas noches, señora' como si tal cosa.

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Hablo con uno de ellos, un tío que andará por los 40 con pinta de estar disfrutando de su plato. Le preguntó qué es lo que lo ha traído hasta aquí y no sé por qué pero su respuesta no me pilla demasiado por sorpresa. "La verdad es que Bertín no me cae muy bien. He venido por curiosidad, pero lo bueno es que es muy barato y la comida no está tan mal. Pero no sé…a pesar de toda esta decoración, me sigue pareciendo un sitio tan impersonal como cualquier otro de Huertas. ¿Volveré? Me avergüenza decirlo pero sí. Aunque a mí realmente lo que me gustaría es que Camilo Sesto crease una taberna. Eso sí que sería un puntazo de la hostia".

Pero, ¿qué pretende decirnos Bertín con este parque de atracciones castizo dedicado a su persona? ¿Es que quiere convertirse en el presidente de España o en el líder de un culto? ¿Busca meterse en nuestra cabeza hasta tal punto? ¿No le vale con atronarnos con su presencia televisiva una vez por semana? La camarera pasa por mi lado con una tablet y me ignora completamente. Supongo que porque no cumplo con el dress code del local (que no se dice pero que resulta evidente). Dicho de otra manera: le bajo el caché al local. Miro a mi derecha y veo a tres jóvenes andaluzas que andan por la treintena con bolsos de Bimba y Lola. A mi izquierda dos turistas japoneses beben tinto de verano de botella. Hay bolsos de Purificación García, mujeres con gorra y señores con pinta de ganaderos con pasta.

Pero, de nuevo, algo me despista. Veo que una treintañera con el pelo en una coleta descuidada y con raíces se acerca con su móvil a uno de los retratos de Bertín. Espera, ¿ella es una de las mías? El otro camarero pasa por su lado y no le dice nada: o ya está acostumbrado a este panorama o, lo que es peor, se siente orgulloso de lo que está pasando. Me pregunta qué voy a tomar y le pido una caña y la carta.

Desde que llego al local, el olor de la carne me persigue y no se va nunca. Se ha impregnado en mis huesos. Aquí se está cocinando mucho género y del bueno. Los veganos no pintan nada. Es evidente. Bertín hace de la carne su buque insignia: disfruta tanto de la de los animales como de la de las mujeres bellas. Pertenece a ese tipo de señores que solo existen en nuestro país y que combinan su carácter conquistador con un toque campechano. Piénsalo. Nadie diría que Bertín es un viejo verde. Otra cosa que me llama la atención es que la cocina está a la vista de todos, como en los restaurantes con caché. Me pregunto qué quiere demostrar este señor de más de 60 años que no sabe encender una vitrocerámica y se jacta de ello por televisión.

No me preguntéis por qué volví la segunda vez. Lo único que os puedo decir es que lo hice. Esta vez me senté en la barra y me bebí un vermú ingente en un vaso que pretendía pasar por un tarro de mermelada, mientras escuchaba uno de los discos de covers de Mi casa es la tuya. Sonaba la versión folk de 'Gangnam Style'. Uno de los camareros me reconoce y me saluda sonriente. Bertín también lo hace desde una instantánea en la que posa junto a uno de sus caballos. Veo que una señora y su hijo están bebiendo a mi lado, les pongo ojitos y se apiadan de mí. Me cuentan que han venido aquí porque hay un concurso de tapas en la ciudad y el bar de Bertín participa en él. Su plato estrella son las Manitas de cerdo. Me quedo sin saber qué decir y me refugio en la bebida.

Pido unos huevos rotos porque el caldero de Yzaguirre a palo seco me empieza a hacer efecto pero cuando los pruebo todo el hechizo Osborne se va a la mierda. Mi historia de amor con Bertín y su bar había llegado a su fin. Al irme pude escuchar cómo uno de los camareros se quejaba del puto disco de versiones que sonaba sin parar. Me fui de allí sin mirar atrás: abandoné las fotografías del conquistador y las noticias recortadas y enmarcadas que subrayaban sus méritos, las tapas de 'Algo Contigo' y los recuerdos personales de aquel hombre que de niña me hacía sentir segura y confiada cada vez que encendía la televisión y lo veía presentando Lluvia de Estrellas.