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Cultura

Una oda a las discotecas, el único sitio al que quiero volver en cuanto acabe el confinamiento

Después de dos meses confinada lo que más echo de menos es ir con mis amigos a nuestras discotecas favoritas.
13 Mayo 2020, 4:00am

El jueves pasado me llegó por Whatsapp posiblemente el mejor video que he visto durante la cuarentena. Podrías pensar que me refiero al del monito con moto que intenta secuestrar niños. Pero no. Lo que tenía ante mis ojos era una obra de arte. Una oda a la felicidad y a la nostalgia. 2 minutos de paseo por uno de mis lugares favoritos de Barcelona. Alguien había recreado la discoteca Razzmatazz en el Minecraft.

No lo negaré, me emocioné. Mucho. Decidí colgar el video en twitter. Compartirlo con el universo. Un poco por saber quien era el autor y decirle que le comía la cara; y un poco para que mis 5 seguidores de confianza pudieran darle like y disfrutar del volteo por Razz. Acabé descubriendo que el video era obra de unos chavales llamados Los Mandangueros, pero la cosa no se quedó aquí.

En pocas horas, el video llegó a las 200 mil visualizaciones. La gente no paraba de citarlo y compartirlo con el ya extendido "LLORO" + *emoji de llorera* + *Emoji de ojitos para arriba con lagrimilla*. Las muestras de amor por ese templo eran infinitas. Era de esperar, después de casi 60 días, por fin podíamos llorar una de las grandes pérdidas (no esenciales) de esta pandemia: LAS DISCOTECAS.



Siempre he sido muy de salir, de antros, de abrazar a mis amigos cuando ya no vocalizo bien y volver a casa un poco desenfocada. Aún así, cuando nos encerraron, fue como si me hubiera olvidado de ellas. Durante la antigua normalidad dimos las fiestas tan por sentado que ahora parece absurdo que no vayan a volver en mucho tiempo. Pero ahora, no hay vuelta atrás.

Echo de menos las discotecas del mismo modo que se echa de menos a un viejo amigo. Un colega en el que siempre podías confiar. ¡Y todo esto por un video de Minecraft! Tengo recuerdos en cada lugar de ese video. Si los católicos apostólicos se ponen blanditos con lo de volver a misa los domingos, yo tengo derecho a ponerme tierna pensando en una buena sesión de doce a seis de la madrugada, copa en mano, en mi garito de confianza. QUEREMOS IR A NITSA.

"Durante la antigua normalidad dimos las fiestas tan por sentado que ahora parece absurdo que no vayan a volver en mucho tiempo"

Una cosa os voy a decir: si aparecieron todos estos mensajes de desconocidos etiquetando a sus colegas, rememorando noches pasadas y planeando volver a ir cuando dios y/o/aka Fernando Simón nos lo permitan, no es por el alcohol o la música, ni tan solo por el refregarse con cuerpos sudorosos. Bueno, quizás un poco sí. Pero ir a una discoteca es mucho más que todo eso. Salir de fiesta es, sin duda, el acto de felicidad colectiva más puro de la vida adulta. Es volver al patio del colegio cuando has cumplido la mayoría de edad (o has conseguido un DNI donde así lo diga).

Nos hemos dado cuenta que echamos de menos esos lugares donde se paraba el tiempo y durante unas horas, no tenías miedo de lo que podía pasar. Daba igual que hubieras tenido un día de mierda, que hiciera semanas que no ves a tus colegas, que la precariedad laboral te estuviese ahogando. Cuando te levantabas un viernes, todo era un poco mejor.

Y sé que ir a una discoteca no te hace mejor persona, ni te ayuda a depurar tu alma, y que raramente aporta algo medianamente saludable, pero el solo hecho de poder escapar un rato de la realidad, ayudaba. Había algo en ti, una especie de excitación parecida a cuando te pasabas con el Monster de adolescente, que te subía desde las nalgas hasta las cejas y te hacía sonreír en el metro.

Ese día no valía coger cualquier cosa del montón que hay encima de la silla. No. Ese día sacabas la camiseta buena, esa que hasta planchas de vez en cuando. Los pantalones que te marcaban el culo casi tan bien como 2 semanas de ejercicios de Patry Jordán. Chapa y pintura. Y a perfumar. Como dijo una grande, "esta noche se sale y yo me arreglo". Gracias Bad Gyal.

"Daba igual que hubieras tenido un día de mierda, que hiciera semanas que no ves a tus colegas, que la precariedad laboral te estuviese ahogando. Cuando te levantabas un viernes, todo era un poco mejor"

Habías logrado coordinar a todo el mundo. Desde el que no quiere salir si se bebe garrafón -dice que él pasa de esa mierda porque ya no tiene edad- hasta la que solo va a salir si ponen reggaetón. Se suman la parejita que abandona su vida de salón por una noche. Y los habituales, a los que (nos) ven más los camareros que nuestras propias madres. Vale, sí, no siempre sale todo el mundo. Pero recordémoslo a lo grande, CON TODO EL EQUIPO.

Unas poquitas de birras. Un poquito de bar. Si alguien tiene que ir al baño, que haga lo suyo. Hoy no juzgamos. Miras a tus amigos y están guapísimos. Todos a tono en la cola. Alguien canta alguna de Bad Bunny. 'Tamos bien. Ojalá la pongan. Llegas hasta los mismísimos pies de San Pedro, vamos, el segurata -que por lo general suele ser Buba-, sacáis los DNI y automáticamente el sutil gesto -perfeccionado con años de echar a menores de edad- que te indica que ya puedes pasar.

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Todo lo malo queda fuera. Has cruzado el umbral como un héroe afrontando su destino. Empiezas a notar ese aire acondicionado que llevan horas reciclando. Te relaja. Quien volviera a respirar ese aire compartido. La música está fuerte que te cagas. Un paso más cerca de la sordera. Te encanta. Tu colega se te acerca. Que van a la barra. ¿Qué QUÉ? A LA BARRA. Te coge de la mano y te lleva hacía ahí. En una discoteca todo va solo. No tienes que pensar, no sirve de nada. Tres ron cola, un par de gin-tonics y tu puto Jäger Redbull. Ya sabes que te va a sentar mal, pero eres un campeón de costumbres. Todo es como tiene que ser.

Empezáis a mover las cabezas, luego los hombros, luego un poquito la cintura. Seguís la música. Las caras de tus colegas se difuminan entre centenares de rayos de luces de colores. Parece que estás en un videoclip. Vas peda. Eso que ahora esquivas a un borracho baboso, ahora un guiri, ahora a tu amiga que intenta tontear con el que tienes detrás. Estas en perfecta harmonía con ese espacio que solo existe cuando está plagado de gente.

"En una discoteca todo va solo. No tienes que pensar, no sirve de nada"

Entonces los astros se alinean. Suena "la" canción. Se chilla. Buscas a tus colegas con la mirada por toda la sala. Lo saben, lo sabes. A tomar por culo la compostura. La pista es vuestra. Perreo hasta el suelo. Lipsing for your life. Bailáis mal, fatal. Visto con distancia parece un rito de apareamiento de algún animal un poco amorfo. Pero se intenta. Te desgarras la voz intentando contarle cualquier tontería a un amigo. Una docena de pitis. Estás casi sin aliento. Le das un trago a la copa sin parar de moverte.

Miras a tus amigos. Hueles raro. Aún así, sientes una euforia incontrolable. Posiblemente esto es lo más parecido a una experiencia religiosa a lo que muchos de nosotros estaremos a lo largo de nuestras vidas. Estás en el lugar perfecto, en el momento perfecto, con la gente que no es perfecta, pero ¿cómo no los vas a querer? Bailas sobre ti mismo y todo va bien. No sabes que está sonando, pero suena mejor que nunca. A nadie le importa una mierda lo que pase fuera de esas cuatro paredes. Solo quieres que el DJ no se baje nunca.

Como diría Stephen Please, "quieres que esto dure pa’ siempre". Si alguien me pregunta que cómo voy a recordar a mis amigos cuando estemos demasiado arrugados como para arreglarnos la cara solo con filtros de la última app de moda les diré que así. Despeinados, sudados y sobre todo felices.

Quiero que me devuelvan todo eso. Eso y lo demás. Lo de bailar en la tarima. Lo de hacer de celestina. Lo de intentar tangar un par de chupitos gratis en la barra. Lo de mirar a un chico a lo lejos entre toda la gente. Ese que solo mueve un poco la cabecita. Decirle que me acompañe al lavabo, o a la barra, o a tomar el aire. Echo mucho de menos la intimidad de las discotecas. Perderme entre la gente. Que realmente me acompañe al baño. Joder, hay veces que no te aguantas más. Y disfrutar de descargar la vejiga en uno de los lugares más asquerosos del planeta.

Malditos baños, que gusto da mear cuando vas borracha. Y que cuando salga me esté esperando. Que se lance en las escaleras. Bien de morreos. ¡Ahora ni un beso en la mejilla! Y si no salía bien, podíamos correr a contárselo a nuestros amigos.

"Tener sentimientos de fiesta siempre está mejor visto que durante el día"

Incluso echo de menos los dramas. Esos pequeños culebrones que nos gustaba montar entre cubata y cubata. Quizás en la oficina éramos uno más de la plantilla, pero cuando estábamos en la discoteca, éramos los protagonistas de las películas que nos montábamos en nuestra cabeza.

Si nos tenían que romper el corazón que por lo menos fuera mientras sonaba "Dancing On My Own". Llorar quizás un poquito en el baño. Algún que otro mensaje que NADIE nos había pedido que enviáramos con su correspondiente leído. O peor, con respuesta. Ayudar a las amigas. Y a las que no son amigas también.

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Tener sentimientos de fiesta siempre está mejor visto que durante el día. Nadie espera que seas plenamente racional en una discoteca. Quiero poder ser un poco dramática de más, un poco eufórica de más y un poco cariñosa de más, y que a nadie le importe. Poder ser la versión más extra de mi misma y que todo se quede en esa sala de luces rojas.

Todo esto vosotros ya lo sabéis. También lo echáis un poco de menos. De momento quedémonos con lo bueno. Esas noches en las que salimos todos juntos y pusieron nuestra canción y acabamos cerrando el local hechos un cuadro. Tenemos la mejor lista de recuerdos bochornosos del mundo. Ahora imaginad que os he contado todo esto al final de una buena noche, sentada en un bordillo, comiendo una samosa, botellita de agua en mano para que pase mejor, mientras que espero a que aparezca el último de mis amigos. Tranquilos, un día más de encierro es un día menos para que volvamos todos juntos a las discotecas.

@evasefe