Quantcast
“Yo Quisiera”: cágate en las blogueras de moda y que parezca un accidente

La nueva serie de Divinity es un "Al Salir de Clase" con redes sociales, móviles y portátiles por medio, un prodigio del disparate y la inconsciencia.

Todas las imágenes de Divinity

Quiero conocer a Frank Ariza, el creador y guionista de Yo Quisiera. Que alguien me lo presente. Y estrecharle la mano, darle golpecitos en el hombro y, qué diablos, fundirme en un sentido abrazo con él. Frank, eres grande, tío. ¿Grande? Qué digo grande. Eres Dios, amigo. Mi jodido ídolo. No solo estuviste a punto de fundirle los plomos a Cuatro con Dreamland, el proyecto más fallido de la cadena de Mediaset y uno de los fracasos más abrumadores de los últimos años, sino que después de aquel batacazo has sido capaz de volver por la puerta grande con Yo Quisiera, la apuesta del canal Divinity para las tardes noches de lunes a viernes, y mearte en la cara de todos tus haters. Una serie sobre una bloguera de moda. Lo que nos faltaba. A nosotros, pero sobre todo a ellas.

Lo que no hemos logrado en VICE con mil artículos lo ha conseguido Frank Ariza con apenas 40 minutos. Meses y meses tirados a la papelera buscando la forma de ridiculizar y desarmar el universo de las blogueras de moda, kilos y kilos de ironía y rabia metidos en nuestra cementera periodística para extraer algo sólido y arrojadizo. Y siempre en vano: a las blogueras de moda les importa un rábano lo que pueda decir de ellas cualquier listillo cegado por el odio y la inquina. Con razón, además. En cambio, llega Ariza, de tapadillo, como el que entra en una fiesta sin saludar, es decir, desde un canal temático de la TDT, y da en el blanco con más acierto y precisión que un caza ruso sobrevolando Chechenia.

Esto es, grosso modo, la peor pesadilla imaginable para cualquier bloguera joven y famosa. La caricatura más severa que haya sufrido nunca, un duro correctivo que duele el doble porque todo está pensado y escrito sin maldad y sin intención de devenir parodia. De hecho, son sus buenas intenciones las que posibilitan que el golpe sea más certero y fulminante. Es todo tan cool, tan chic, tan egobloguer, tan fantasioso y tan ideal que sus efectos aún son más impactantes. ¿Cuánto tardaremos en leer a alguna de estas blogueras de éxito y gran seguimiento despotricar a grito pelado de esta serie por ofrecer una imagen que no se corresponde con su día a día? Cuotas muy bajas ahora mismo en Bwin.

En realidad, Yo Quisiera, que vendría a ser un Al Salir de Clase con redes sociales, móviles y portátiles por medio, es un prodigio del disparate y la inconsciencia. Su protagonista es una chica de 17 años que tiene un blog de moda con más de mil seguidores y que en el primer capítulo se enamora de un pajarraco que casi le dobla la edad, aunque en la ficción éste aparente tener unos cuantos años menos. Uno de mis recursos favoritos de la ficción española es ese empeño en elegir a actores ya creciditos, a punto de llegar a la treintena, para que encarnen a menores de edad como si no pasara nada. Gorrita girada, sudadera, lenguaje enrollado y tira millas. Nadie se dará cuenta. Y si se da cuenta que se joda.

Las escenas relativas al blog son demenciales: descripción de outfits, estilos y tendencias, juegos visuales con distintas combinaciones de color y la voz en off de Lana, el personaje principal, encarnado por la actriz y cantante Lucía Gil, dando todo tipo de explicaciones y consejos sobre moda. Lenguaje sofisticado e irreal –¿Boho Chic? Venga, hombre– dirigido a un público preadolescente que no ha utilizado un diccionario en su vida. Y las blogueras, mientras, en su casa a punto de sufrir un ictus viendo de qué forma se presenta en una serie de televisión su mundo de looks, prendas y demás contenidos habituales en sus páginas. Frank, no te merecemos, compadre.

Aquí no acaba la cosa. No sé si es consciente o inconsciente, pero las 'villanas' de la serie son pijas y sudamericanas. Ricachonas con acento entre argentino y venezolano. Nuestro guionista favorito se ha inventado un instituto hispano-americano en el que conviven españoles y sudamericanos de procedencia aún desconocida. ¿Os imagináis que en Compañeros o Al Salir de Clase media serie estuviera hablada con acento de La Moraleja y la otra con acento de culebrón noventero? Da igual: aquí es una realidad que horas después seguimos sin entender, pero ahí está. Y es adorable. Las chicas buenas, que tienen habitaciones de ensueño y son románticas bobaliconas, hablan madrileño; las malas, que son unas hijas de puta superficiales y envidiosas, hablan el español que más lo peta en Miami.

Las malas

Salen actores de Pulseras Rojas, Dreamland y de muchas otras series españolas. Ese tipo de actores que cuya cara te suena de algo pero de los que no podrías recordar el nombre ni después de cinco vidas estudiando a fondo su carrera. Los mismos que hace años, cuando tenían pelo en los huevos, ya interpretaban a adolescentes. Y aparece Natalia Millán, extrañamente abonada a proyectos destinados al público joven, que se pegó la hostia del siglo con "Dreamland" y vuelve a intentarlo aquí, ahora como madre de la protagonista. Y la guinda de la perversión absoluta nos llega por cortesía del creador, director y guionista: también tiene un papel Alberto San Juan, cada vez más cerca de convertirse en el nuevo Jorge Sanz.

Hay tramas de enredos sentimentales, mucha tontería teenager, actuaciones de artistas conocidos –otro paralelismo con Al Salir de Clase, ese bar de medio pelo por el que se dejan caer estrellas internacionales–, macarrillas, nerds, guapas, guapos, niñatas y mucho idiota. Lo que vendría siendo el menú más o menos habitual de este tipo de productos. También desde el punto de vista interpretativo. A algunos actores jóvenes no se les entiende cuando hablan. A los adultos sí, pero recitan sus diálogos con la misma pasión con la que sacamos la basura o le limpiamos la casa al gato. Trámites para cobrar el cheque y salir indemne de este señor marrón en el que se han metido.

Yo Quisiera se limita a coger los códigos de las series españolas de instituto para actualizarlos y modernizarlos. Las líneas argumentales son las mismas, pero ahora se habla de Instagram, de followers, de Facebook, de buscarlo todo en Google o del número de visitas. Y por supuesto de los blogs y de las blogueras. Todo en su sitio. Quiero pensar que no hay segundas intenciones ni lecturas entre líneas, que el autor de la serie en ningún momento se ha planteado retratar y desdibujar sarcásticamente un perfil muy concreto de famosa 3.0. Que todo es sincero y honesto. De acuerdo. Pero incluso dando por buena esa tesis, aceptando que no hay nada premeditado ni voluntario, Yo Quisiera lo ha conseguido igualmente: he aquí el retrato más deprimente, realista y demoledor que se ha hecho de las blogueras de moda en la ficción española reciente.