Nuestro cielo, nuestro Diego: de cómo Nápoles se enamoró de Maradona
goles y rayas

Nuestro cielo, nuestro Diego: de cómo Nápoles se enamoró de Maradona

"Yo soy napolitano 365 días al año", dijo Maradona para intentar convencer a los napolitanos de que le apoyaran por encima de Italia en el Mundial de 1990.
22.2.17

Sigue a VICE Sports en Facebook para descubrir qué hay más allá del juego:

En el fútbol, en muchas ocasiones, prevalece la idea de que ningún hombre está por encima del club. Considerarse más importante que la camiseta del club es un insulto, un rechazo de los valores fundamentales del deporte y la cultura que lo rodean. Existen pocos lugares como Italia, donde esto no podría ser más verdadero; un lugar donde la humillación más grande para un jugador es el verse obligado a entregar su camiseta a los ultras. "Somos los custodios", es el mensaje de la curva, "vosotros no sois más que sus actuales habitantes".

Publicidad

Si hay un ejemplo que puede realmente desafiar esta lógica es el de Diego Maradona y la ciudad de Nápoles.

Más fútbol: El nacimiento de Dios

Nápoles, lugar despreciado por Italia y motivo constante de burlas; Maradona, el héroe rebelde. Jock Stein mencionó en una ocasión que la zamarra del Celtic no se encogía para ajustarse a los jugadores inferiores, pero en ocasiones parecía que la camiseta azul del SSC Napoli se ensanchó para caber en Maradona.

Maradona con el Nápoles. Foto vía PA Images

Tampoco quiere decir eso que el Napoli fuera nada antes de la llegada de "El Diego", pero sería de mala educación afirmar que alguien más fuese responsable de su éxito o que cualquier otro hubiese logrado lo mismo. Dicho esto, el Maradona que llegó al club napolitano fue muy diferente al icono que conocemos en la actualidad. Aunque su carrera como jugador del Barcelona y Boca Juniors había estado plagada de grandes momentos —en alguna ocasión recibió una lluvia de aplausos del Bernabéu—, también había sufrido hepatitis, una adicción a la cocaína y abandonado el Camp Nou de malas maneras después de pelearse con todo el equipo del Athletic de Bilbao en la final de la Copa del Rey.

Cuando el presidente del Napoli, Corrado Ferlaino, se presentó con una cifra récord de 7 millones de euros, los catalanes no pudieron esconder su felicidad al ver a Maradona partir hacia Italia. Desde el primer momento que Maradona fue presentado en el Stadio San Paolo del Napoli, el 5 de julio de 1984, fue como si el rebelde hubiese encontrado su causa y las masas a su mesías.

Publicidad

A su presentación oficial se personaron 75 000 hinchas enardecidos. Un periódico local escribió que Nápoles no tenía "alcalde, casas, escuelas, autobuses, empleos o servicios de salubridad", pero que "nada de esto importa porque tenemos a Maradona". Y Nápoles es Nápoles, por lo que había fuertes rumores de que la mafia estaba involucrada en el fichaje y en la reventa ilegal de entradas, cuya demanda se había triplicado de un día para otro. Diego escribió más tarde que "antes de mi llegada, Paolo Rossi se había negado a unirse al club porque decía que Nápoles no era una ciudad para él, por el tema de la mafia. La verdad es que, antes de mi llegada, nadie quería jugar en el Napoli".

Foto vía PA Images

Se esperaba que el Napoli carburara rápidamente con la incorporación de Maradona, pero el progreso fue relativamente lento. El Verona, inspirado por Preben Elkjær, logró uno de los triunfos más inesperados en la historia de la Serie A cuando se llevó el Scudetto en la temporada 1984-85; el Napoli quedó en octavo lugar. La temporada siguiente los Partenopei —apodo del club y la ciudad de Nápoles derivado de la mitología griega, específicamente de la sirena Parténope— terminaron en tercer lugar. Pero el equipo seguía en construcción, y sumaron a Ciro Ferrara y Salvador Bagni para proteger al maestro, mientras que atacantes como Andrea Carnevale y Bruno Giordano se unieron para complementarlo.

Si el estrellato de Diego había decaído tras mudarse a Nápoles, su brillo alcanzaría nuevas alturas en la Copa del Mundo de México. Le anotaría dos goles a Inglaterra antes de lucirse en las semifinales y hacerse con el trofeo. Convertido, indiscutiblemente, en el mejor jugador del mundo, Maradona regresó a Nápoles con la mentalidad de otorgarle su primer Scudetto.

Publicidad

Antes de Maradona, ningún equipo al sur de Italia había ganado la Serie A. En la campaña 1986-87, el Napoli logró el doblete. La temporada siguiente terminó segundo, con Diego como máximo goleador de liga. En la 88-89, se llevarían a casa la Copa de la UEFA. Para un equipo considerado de segunda división, con problemas para llenar su estadio y con un minúsculo historial de dos Coppa Italia bajo su nombre, su éxito había sido gigantesco.

Maradona celebra el Scudetto del Napoli en 1987. Foto vía PA Images

La Diegomanía se había desatado. Se dice que un cuarto de todos los niños que nacieron en Nápoles durante ese período recibieron el nombre de Diego, el héroe de la ciudad. Se realizaron funerales simbólicos para despedir a los grandes exjugadores del fútbol italiano y las lápidas de los cementerios fueron marcadas con mensajes para los difuntos: "No saben lo que se están perdiendo". Las cosas no eran color de rosa para Diego, pero mientras los goles fueron cayendo se le perdonó todo.

Los problemas de Maradona por su estilo de vida se dieron a conocer en Barcelona, pero la libertad de Nápoles le hizo perder el control. Solía salir de fiesta con los jefes de la camorra y fue demandado por una mujer que decía tener un hijo suyo que, evidentemente, llamó Diego Armando. Acosado todo el tiempo por las masas, y con graves problemas por el consumo de cocaína, Maradona pasaba cada vez más tiempo en Argentina, asustado por una ciudad que le amaba demasiado.

Regresó tarde a Nápoles en la temporada 1989-90 —dejó a su hija y esposa en Buenos Aires por su propia seguridad— e inmediatamente se puso a trabajar. El Napoli mantendría una reñida lucha con el AC Milán —que ganaría ese año la Copa de Europa—, pero la temporada dio un tumbo en un partido en casa del Atalanta cuando el centrocampista brasileño Alemao fue alcanzado por una moneda lanzada desde las gradas del equipo local. Aunque el partido estaba empatado a cero en el momento del incidente, el Napoli consiguió una victoria de 2-0 por decreto de la Asociación de Fútbol Italiana y terminó ganando su segundo Scudetto por dos puntos de margen.

El rostro de Maradona se volvió omnipresente en Nápoles. Foto vía PA Images

Cualquier duda alrededor del talento de Maradona se había disipado. Una vez más era el ser más querido en Nápoles, porque era el único hombre que podía darles un campeonato. Fuera de la ciudad seguía siendo criticado; se decía que tenía vínculos con los grupos camorra y que era un cocainómano, pero para los napolitanos, acostumbrados al desdén de los habitantes adinerados del norte, esto era simplemente un motivo para amarle todavía más.

Sin embargo, todavía quedaba una cuesta que subir. Italia 90 estaba cada vez más cerca. Argentina, los defensores del torneo, no solo presumían de tener en sus filas a Maradona, sino también a Abel Balbo, Claudio Caniggia, y Roberto Sensini, quienes jugaban en clubes italianos. A pesar de la sorprendente derrota ante Camerún, los argentinos se sobrepusieron a la Unión Soviética, Brasil y Yugoslavia para enfrentarse en semifinales con los anfitriones. El lugar de la cita, por supuesto, sería Nápoles.

Publicidad

Maradona, como solo él podía hacerlo, convenció a los habitantes de la región para que apoyaran a su selección por encima de los azurri. Su mensaje para la ciudad fue claro: "Durante 364 días al año son considerados extranjeros en su propio país; hoy deben hacer lo que les dicen para apoyar al equipo nacional. Pero no, yo soy napolitano los 365 días al año". En su cabeza, Maradona se había echado a Nápoles a las espaldas y les había llevado al éxito, pero conforme los equipos caminaban fuera del túnel, la grada desplegó una pancarta con el mensaje: "Maradona, Nápoles te ama, pero Italia es nuestro país". Argentina ganaría desde los once metros y los napolitanos, aunque devastados, aplaudieron a Diego cuando se retiró de la cancha.

Maradona anotó el último penalti antes de que una parada de Goycochea los pusiera en la final. Foto vía PA Images

El hecho de que Maradona fuese tan importante para Nápoles, hasta el punto de exigir su alianza por encima de su nación, es prueba de lo que había logrado para la ciudad. Que el pueblo eligiera a los azzurri por encima de él demostró que la camiseta y la bandera seguían siendo, aunque por muy poco, más grandes que su figura.

Después de 1990, la relación fue cuesta abajo. Maradona estaba gordo, acumulaba un listado de multas por faltar a los partidos y, finalmente, sucumbió ante los positivos por dopaje que se habían pospuesto meses atrás.

"El Diego" nunca sería el mismo.

Maradona ha vuelto a Nápoles de vez en cuando, temeroso de lo que le aguarda en ese lugar, aunque no precisamente por la parte de la camorra, sino la de las autoridades fiscales. En su ausencia, su rostro y el 10 celeste aún adornan las paredes de la ciudad. Incapaz de reducirse al nivel de otro jugador, el número fue retirado en su honor para nunca ser portado de nuevo.

Sigue al autor en Twitter @MikeMeehallWood