Relatos de mujeres y cantinas en México

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Relatos de mujeres y cantinas en México

Para recordar cómo ha evolucionado la aceptación de las mujeres en las cantinas mexicanas, escribí tres relatos —de ficción, pero basados en la realidad— contados en tres etapas distintas de la historia.

Durante décadas, las mujeres tuvieron prohibida la entrada a las cantinas en México. Era la ley. Todas presumían un letrero en la entrada que rezaba: "Prohibido el ingreso a perros, mujeres, mendigos, uniformados y menores de edad". Las únicas mujeres que se veían en estos bares eran las llamadas "ficheras", mujeres que bailaban y acompañaban a los hombres a cambio de dinero. En 1988 se derogó la ley en la Ciudad de México y las mujeres ya podían entrar a pulquerías y cantinas "sin problema", aunque eran mal vistas y en ocasiones los duelos las separaban de los hombres, renegados a incluirlas. En 2016 la discriminación de género quedó atrás en el ambiente cantinero, al menos en la capital.

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Para recordar esta riña entre las cantinas y las mujeres, aquí hay tres historias —de ficción, pero basadas en la realidad— contadas en la voz de tres mujeres en tres etapas distintas: con la prohibición vigente, cuando ésta se derogó, y hoy, cuando todo ya es pasado.

I. 1962

¿Mujeres en las cantinas? No. ¿Cómo se te ocurre?, las mujeres no vamos a las cantinas. Bueno, al menos no las mujeres decentes, porque todo mundo sabe que las chicas de las cantinas están ahí para trabajar. Pobres, pasan sus noches sentadas en una mesa esperando al hombre que quiera pagar por bailar con ellas. Y luego de bailar, acompañan a los hombres en sus mesas (siempre y cuando ellos paguen las copas) y a veces se les ve salir del brazo de alguno, esté casado o no. No nos afecta tanto que tengamos prohibido ir porque la verdad es que no queremos. No vaya a ser que nos confundan con una de las mujeres de las fichas. ¡No!

Además son lugares muy raros y poco cómodos. ¡Imagínate a una encerrada con un montón de hombres sudorosos y malolientes, atrapadas en una nube de cigarro! No quiero parecer snob, pero a esos tugurios van muchos obreros después de sus largas jornadas de trabajo bajo el sol, y rancheros con bigotes y sombreros que esconden sus rostros, botas puntiagudas y cinturones más pesados que el pantalón. Ah, pero sin desodorante, eso sí. Y bueno, también están los burócratas que, sin mucho renegar, se dejan acompañar de féminas que a leguas se nota que no son sus esposas. No. Ese lugar se lo dejo a las mujeres como mi antigua vecina, cuyo nombre no revelaré, pero sé que en las cantinas se hace llamar "Kiti". Ella bebe, fuma, blasfema, coquetea y hasta se pelea, no sé de dónde saca el valor.

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Bueno, es verdad que me da curiosidad lo que cuentan sobre el ambiente de las cantinas. Dicen que siempre hay buena música, que hay charros, trovadores, cantantes de guitarra o voces a cappela. Eso sí podría gustarme: tomarme un tequila y cantar una clásica de José Alfredo Jiménez.

Además cuentan que también preparan bebidas novedosas, como el Nivelungo, de esa famosa cantina El Nivel, en el Centro Histórico (dicen que es la más antigua de México, desde 1855), que lleva vodka, pernod y jugo de naranja. Ese sí se me antoja.

Y bueno, ya que estamos en esas, confieso que también se me apetecen las botanas. Mi esposo dice que siempre come muy rico en la cantina, como en El Gallo de Oro (Centro Histórico, desde 1874), donde sirven un pollito de leche adobado y cocinado a las brasas, que disque muy suave y muy sabroso y que en fines de semana hay buffet de cazuelas de guisados, molitos y antojitos, pa' mantenerse con ganas de seguir bebiendo.

Igual me dan ganas de husmear en esta cantina, a la que dicen que llegó a ir Guillermo Prieto, Justo Sierra y otros intelectuales, políticos y hasta presidentes. También me tienta ver el disque balazo de Pancho Villa que está en el techo de Bar La Ópera (Centro Histórico, desde 1895).

Ya no sé si quiero ir o no. Mejor no, porque ni me van a dejar entrar y me van a abuchear hasta que me vaya.

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II. 1986

Hace ya cuatro años que se retiró el veto a las mujeres en las cantinas. Me da gusto, porque este es un paso importante para lograr la equidad de género.

Lo malo es que todavía hay personas que siguen pensando como antaño, dueños de cantinas tradicionales que siguen relegando a la mujer en sus establecimientos. Como no pueden prohibirnos el servicio, porque entonces se meterían en problemas con la Ley de Establecimientos Mercantiles del Distrito Federal, nos mandan a un "apartado"de convivencia es mixta, pero no nos atienden en el salón principal, donde todavía los parroquianos machitos nos miran feo cuando llegamos.

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Hay al menos dos cantinas en la Ciudad de México que separan a las mujeres de los hombres. Dicen que "por tradición", las mujeres no somos bienvenidas en el salón principal, porque quieren "conservar las antiguas costumbres". O sea que siguen siendo un Club de Toby, con ideas retrógradas y rígidas. Esa "tradición" de la que hablan es un acto de segregación de género. Y lo peor es que es tolerado, ¡en plena década de los 80! Están haciendo lo mismo que Estados Unidos con los ciudadanos afroamericanos a mediados del siglo XX: "iguales, pero separados".

Al parecer la costumbre machista está superada solo en teoría. Pero el mundo está girando a favor de la equidad; así que auguro que esas cantinas de Toby durarán poco tiempo si no se adaptan a las nuevas costumbres. O cambian o mueren.

Pero no quiero ser injusta. Hay muchas cantinas que nos tratan con guante blanco, sobretodo si somos buenas clientas. Yo, por ejemplo, suelo ir a 'los jueves del Covadonga' en Cantina El Escudo (Mejor conocida como Salón Covadonga, Roma, desde 1960). Me gusta ir a jugar dominó con mis amigos, entre copas y platones rebosantes de jamón serrano, carne tártara y tortillas de huevo con chorizo. También me gusta ir a la cantina El León de Oro (Escandón), porque ésta fue una de las primeras que dio paso a comensales femeninas. Además me gustan las manitas de cerdo en escabeche que sirven como botana. Aunque eso sí, siempre voy acompañada de amigas o amigos, pues si me apersono sola en alguna cantina, no tardará en llegar el casanova a decirme 'mireina' y querer invitarme una copa.

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III. 2016

Dice el periodista y escritor neoyorquino experto en cantinas mexicanas David Lida que "las cantinas son las instituciones más demócratas de México porque cualquiera que pueda pagar un trago es bienvenido" y tiene razón. Voy a cantinas de vez en vez y jamás me ha tocado sufrir algún acto discriminatorio. Las mujeres no solo somos aceptadas en las cantinas, ahora somos necesarias.

Enriquecemos el caldo heterogéneo de la clientela cantinera, que, según la hora y el día, puede conformarse de abuelos que llevan 50 años reuniéndose en la misma mesa, oficinistas —empleados o no—, médicos y enfermeros, jóvenes de diversas tribus urbanas, extranjeros y los parroquianos asiduos que planean envejecer con tequilero en mano cantando las típicas de azote amoroso.

Lejos quedó ese 'permiso oficial para casados' que portaban los parroquianos hace unas cuántas décadas:

Hago constar por la presente, que autorizo a mi pareja para que se divierta cuando quiera y pueda, beba hasta emborracharse, juegue y se distraiga con cuantas señoras y señoritas se le presenten.

Firman: la señora y la suegra.

Ahora las mujeres nos divertimos en el mismo ambiente. Así como ha cambiado el pensamiento colectivo con respecto a nosotras y nuestra libertad de visitar los lugares que nos venga en gana, el carácter de las cantinas y el ánimo que se vive en ellas también ha evolucionado mucho.

Hay cantinas que siguen sirviendo cantidades ingentes de comida gratuita y conservan su espíritu tradicional, como la U de la G (Guerrero, desde 1933), donde se comen las mejores orejas de elefante. La Valenciana (Narvarte, desde 1911), La Auténtica (Roma, 1997), La Peninsular (Centro Histórico, desde 1872) y otras tantas siguen siendo lugares que honran el concepto original, donde se va a beber y a botanear hasta que el cuerpo no de para más. Pero hay otras, como Bar El Sella (Doctores), donde se paga por comer un chamorrito espectacular o Bar Montejo (Condesa), lugar de reunión para ver todo tipo de partidos de futbol, que se desenvuelven en un tono distinto, más jovial.

Algunos han dicho que las cantinas están en peligro de extinción, pues muchas han cerrado y otras tantas han depurado tanto a su clientela, que ya parecen más bar que cantina (¡gran diferencia!), sobretodo las de la Roma o la Condesa. Yo no lo creo así. Las cantinas se amoldan a los tiempos y, así como ahora acogen a las bebedoras, también ha evolucionado su oferta y estilo. Incluso han comenzado a aparecer las "nuevas cantinas", como La No. 20, que es una versión "rejuvenecida": sí con comida de cantina pero en tono "gourmet"; sí con trío y mariachi, pero sin el clásico músico ambulante cambiando tragos por canciones.

Después de años de lucha entre las mujeres y las cantinas, podemos decir que ganamos. Y festejamos gozando en ellas, entre ánimos encendidos, mejillas sonrojadas, vasos vacíos y mucho bullicio.