Durante décadas, las mujeres tuvieron prohibida la entrada a las cantinas en México. Era la ley. Todas presumían un letrero en la entrada que rezaba: "Prohibido el ingreso a perros, mujeres, mendigos, uniformados y menores de edad". Las únicas mujeres que se veían en estos bares eran las llamadas "ficheras", mujeres que bailaban y acompañaban a los hombres a cambio de dinero. En 1988 se derogó la ley en la Ciudad de México y las mujeres ya podían entrar a pulquerías y cantinas "sin problema", aunque eran mal vistas y en ocasiones los duelos las separaban de los hombres, renegados a incluirlas. En 2016 la discriminación de género quedó atrás en el ambiente cantinero, al menos en la capital.
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Para recordar esta riña entre las cantinas y las mujeres, aquí hay tres historias —de ficción, pero basadas en la realidad— contadas en la voz de tres mujeres en tres etapas distintas: con la prohibición vigente, cuando ésta se derogó, y hoy, cuando todo ya es pasado.
I. 1962
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Bueno, es verdad que me da curiosidad lo que cuentan sobre el ambiente de las cantinas. Dicen que siempre hay buena música, que hay charros, trovadores, cantantes de guitarra o voces a cappela. Eso sí podría gustarme: tomarme un tequila y cantar una clásica de José Alfredo Jiménez.Además cuentan que también preparan bebidas novedosas, como el Nivelungo, de esa famosa cantina El Nivel, en el Centro Histórico (dicen que es la más antigua de México, desde 1855), que lleva vodka, pernod y jugo de naranja. Ese sí se me antoja.Y bueno, ya que estamos en esas, confieso que también se me apetecen las botanas. Mi esposo dice que siempre come muy rico en la cantina, como en El Gallo de Oro (Centro Histórico, desde 1874), donde sirven un pollito de leche adobado y cocinado a las brasas, que disque muy suave y muy sabroso y que en fines de semana hay buffet de cazuelas de guisados, molitos y antojitos, pa' mantenerse con ganas de seguir bebiendo.Igual me dan ganas de husmear en esta cantina, a la que dicen que llegó a ir Guillermo Prieto, Justo Sierra y otros intelectuales, políticos y hasta presidentes. También me tienta ver el disque balazo de Pancho Villa que está en el techo de Bar La Ópera (Centro Histórico, desde 1895).Ya no sé si quiero ir o no. Mejor no, porque ni me van a dejar entrar y me van a abuchear hasta que me vaya.
II. 1986
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Hay al menos dos cantinas en la Ciudad de México que separan a las mujeres de los hombres. Dicen que "por tradición", las mujeres no somos bienvenidas en el salón principal, porque quieren "conservar las antiguas costumbres". O sea que siguen siendo un Club de Toby, con ideas retrógradas y rígidas. Esa "tradición" de la que hablan es un acto de segregación de género. Y lo peor es que es tolerado, ¡en plena década de los 80! Están haciendo lo mismo que Estados Unidos con los ciudadanos afroamericanos a mediados del siglo XX: "iguales, pero separados".Al parecer la costumbre machista está superada solo en teoría. Pero el mundo está girando a favor de la equidad; así que auguro que esas cantinas de Toby durarán poco tiempo si no se adaptan a las nuevas costumbres. O cambian o mueren.Pero no quiero ser injusta. Hay muchas cantinas que nos tratan con guante blanco, sobretodo si somos buenas clientas. Yo, por ejemplo, suelo ir a 'los jueves del Covadonga' en Cantina El Escudo (Mejor conocida como Salón Covadonga, Roma, desde 1960). Me gusta ir a jugar dominó con mis amigos, entre copas y platones rebosantes de jamón serrano, carne tártara y tortillas de huevo con chorizo. También me gusta ir a la cantina El León de Oro (Escandón), porque ésta fue una de las primeras que dio paso a comensales femeninas. Además me gustan las manitas de cerdo en escabeche que sirven como botana. Aunque eso sí, siempre voy acompañada de amigas o amigos, pues si me apersono sola en alguna cantina, no tardará en llegar el casanova a decirme 'mireina' y querer invitarme una copa.
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