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viajes

​El palestino cienaguero

Taganga es ese tipo de lugares que arrojan situaciones y personajes excepcionales día a día. Como el dueño del restaurante que nunca se supo si era de Palestina o de Ciénaga.
24.11.14

Se aprenden muchas cosas cuando se comienza a hacer cine. Se aprende a intentar afinar el ojo, a tratar de encontrar personajes excepcionales en, ojalá, situaciones excepcionales. Cuando intentaba hacer mi primer documental, pensé en el pueblo costero de Taganga, Magdalena, a solo cinco minutos de Santa Marta.

Taganga es ese tipo de lugares que arrojan situaciones y personajes excepcionales día a día. No es difícil encontrar, por ejemplo, un tipo que siempre camina solo, tiene un puñal amarrado a la muñeca y un machete en el bolsillo trasero de la pantaloneta. Hay otro que anda con una cicatriz gigante alrededor del cuello de cuando se lo intentó comer un tiburón pero finalmente lo escupió por que le supo feo su pelo largo de entonces. Así por montones.

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En Taganga también hay extranjeros, la mayoría hippies que volví a ver en otros viajes, cada vez más tostados, con el pelo mono, casi blanco de la sal y cada vez más flacos. Era el caso de un argentino que llegó con su mamá y recicla basura de la playa. La última vez que lo vi habían metido a su mamá en una bolsa.

Mi primer viaje a Taganga fue en el 2001. Por esas fechas tuve un celular Motorola c331 que de poco servía en esas playas. Los pescadores, ya entrado el siglo XXI, tumbaron varias repetidoras de Comcel y Bellsouth porque según ellos, las ondas ahuyentaban a los peces.

Para poder hacer una llamada el 31 de diciembre a eso de las 10:30 de la noche, antes de que la señal nacional colapsara, tocaba dirigirse a la placita del pueblo, hacer fila al lado de un árbol, esperar a que un pelado en pantaloneta me pasara un manos-libres alámbrico hechizo, ponérmelo y entonces gritarle a otro pelado que estaba en la copa del árbol el número para que éste lo marcara en el celular e hiciera maromas entre las ramas para agarrar una rayita de señal a mil pesos el minuto.

Pero de todas las anécdotas, la que dejó de serlo fue la de la migración israelita a Taganga. Por las calles se veían varios grupos de militares israelitas, quienes después de prestar servicio militar en el Medio Oriente, venían con sus pensiones al lugar más bello y más barato del Caribe, Taganga, que en lengua Caribe traduce "nido de serpientes".

Dejaron de ser un pequeño grupo itinerante y poco a poco fueron comprando algunos terrenos, construyendo hoteles, restaurantes y discotecas. Todos con sus letreros, menús y canciones en hebreo. Y así, la bahía de Taganga volvió a ver cada vez más lanchas zarpar con las luces apagadas hacia la noche.

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El dominio israelita sobre Taganga se volvió evidente. Cada vez llegaban más ex-militares a establecer negocios a veces exclusivos para sus compatriotas e incluso, algunos de ellos asumieron el control del narcotráfico y la prostitución.

En este contexto regresé a Taganga en el 2012 y parecía otro lugar. Ya no era un espacio de pescadores que se mezclaba con el turismo hippie. Ahora se veían camionetas 4x4, tiendas de surf aunque en Taganga ninguna ola supera el metro de altura, restaurantes de todas las cocinas del mundo y casas ostentosas en los acantilados.

En uno de los recorridos por el malecón, en esta nueva Taganga que hablaba hebreo, encontré un restaurante en una esquina en donde estaba pintada una bandera palestina. Era un restaurante de cinco mesas. Afuera estaba el asador donde un taganguero cocinaba, porque al interior el calor era insoportable, apenas se podía recorrer el lugar con la mirada y ver las fotografías de los rebeldes palestinos y de la intifada. Justo encima de la puerta de entrada un letrero decía "NO MOSSAD" (Servicio de inteligencia israelí) y "NO IDF" (Fuerzas de defensa de Israel). Me senté con infinita curiosidad en una de las mesas para poder ver al personaje detrás de este local de unas cuantas sillas. A los pocos minutos un tipo moreno y calvo con una kufiya negra y blanca en el cuello me acercó una carta en inglés y castellano y me recomendó los shawarmas de pollo.

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Pedí el shawarma con una Póker y el tipo se sentó al lado mientras los empleados cocinaban. El tipo sacó un cigarrillo, yo saqué uno mío y le pedí prestado el encendedor. Era un Zippo con una pequeña calcomanía de la bandera palestina y algo escrito en árabe. En ese momento pasó una ráfaga de viento levantando el polvo de la destrozada calle, cubriendo las frágiles casas de un color marrón y pensé que si no fuera por el vallenato de Silvestre Dangond que sonaba de fondo, así debería ser una noche en uno de los refugios palestinos.

"Yasser, mucho gusto" dijo el hombre con el mismo acento árabe que tienen las películas de acción dobladas al castellano que pasan los domingos por la tarde. Me presenté y de inmediato le pregunté que por qué no servía a los israelitas. El tipo me hizo un contexto histórico de la situación de la Franja de Gaza y Cisjordania, historia que yo ya conocía pero escuché de nuevo. Yasser comentó que sólo una vez sirvió a un israelita que le había pedido perdón por la ocupación. Hablamos de cine y me recomendó varias películas sobre la ocupación israelita que también conocía.

Durante la comida me contó de las amenazas de algunos ex–militares de Israel que iban en camionetas a decirle que lo iban a sacar de allí como fuera, haciendo un gesto de pasarse un cuchillo por el cuello. También me contó de las pintadas que hacían en sus paredes y las banderas que le habían robado del frente de su casa.

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Yasser dijo que migró de la Franja de Gaza hacia Francia y luego llegó a una comunidad árabe de Maicao. Su plan era llegar hasta Barranquilla y encontrar trabajo allí, pero en el camino llegó a Taganga, vio la situación y decidió que lo que debía hacer por la causa palestina era hacer una resistencia en un lugar donde los israelitas no tenían aviones, ni tanques, ni muros, ni cercas. También sostenía que estaba en contra de la explotación israelita del pueblo y de la forma en que discriminaban y utilizaban a los lugareños.

Así, Yasser había inaugurado su restaurante hace ya dos meses y pasaba las noches fumando y cocinando. La conversación llegó a su fin cuando una muchacha lo saludó en árabe y empezaron a hablar. Le pagué, me despedí, me fui a dormir y al día siguiente emprendí mi regreso a Bogotá.

Por correo electrónico me volví a contactar con él y le sugerí la posibilidad de hacer un documental sobre su restaurante y Taganga. Accedió, y le dije que viajaría nuevamente en un par de meses con unos amigos y los equipos de grabación.

A mi regreso a Taganga pasé por el restaurante pero estaba cerrado. Supuse que no era hora de abrir, pero la noche y la semana pasaron y el restaurante seguía cerrado. Así que empecé a cenar justo en la calle de enfrente, en otro restaurante. Le pregunté a un empleado por qué el tipo no abría el local y esbozó una sonrisa, me dijo señalando el local de Yasser que "él sabía" y se dirigió a la cocina para volver al rato y decirme: "si vuelve a abrir, fíjate en el papel de la cámara de comercio y píllate lo que dice en 'Lugar de Nacimiento'". Se volvió a reír y se fue.

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El comentario sólo me generó más inquietud y ya de madrugada mientras hablaba con una conocida de allá, volví a indagar:

-¿Qué pasó con el palestino?

-¿Palestino?

-Sí, el del restaurante.

La chica se rió y me dijo:

-Mijito, tu quieres decir, "con el cienaguero ese tramposo". Si la semana pasada le apareció una hermana a hacerle un escándalo ahí en el restaurante por una plata.

La escena que describía la chica era vergonzosa. Supuestamente Yasser había dejado de ser su personaje para ser de Ciénaga y se estaba escondiendo por la vergüenza de haber quedado al descubierto. Estaba encerrado en su casa y nadie lo visitaba. La hermana le había tirado las mesas al piso y cuando el hombre le habló tratando de mantener el acento foráneo lo abofeteó delante la gente y le gritó: -"A mí no me vienes con el cuentico ese de que eres de por allá. A mi la plata que me debes me la pagas".

Durante mi estancia el restaurante permaneció cerrado. Regresé sin una sola imagen en la memoria de la cámara.

Me cuentan que Yasser o "El Cienaguero" se fue de Taganga escoltado por decenas de tagangueros que lo increpaban. Que difícilmente logró subirse al colectivo con sus maletas mientras lo chiflaban y lo insultaban. Que fue otra de las personas que salió en desgracia del pueblo, como otro tipo que estuvo encerrado un año porque lo amenazaron con darle una paliza por insultar a otro hombre y en efecto cuando salió lo lincharon y lo sacaron del pueblo.

La policía en Taganga tiene una labor casi notarial. Apenas se limitan a escribir actas y dejar testimonios en archivos. Y es comprensible, una horda de tagangueros es algo a lo que tenerle respeto. Por eso, no importan los israelitas, los palestinos (lo sean o no), los gringos o los rolos. Ellos son los que tienen en sus manos el destino del corregimiento caribeño, siempre lo han tenido.

Nunca vi ninguno de los episodios del triste desenlace del restaurante de Yasser o como su padres lo hubieran decidido nombrar. A mí me engañó de tal forma, sobre todo por su conocimiento de la situación palestina, que no me lo puedo imaginar con otro nombre ni otros orígenes.

Si es verdad o no la historia que Yasser contó es irrelevante. Si era un palestino migrante en Taganga al que le hicieron un montaje o un cienaguero timador no importa. Finalmente encontré a a un personaje de esos que buscaba cuando quería aprender a hacer cine: excepcional.