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Cultură

Mi nombre es Megan y soy alcohólica

La última vez que intenté dejar el alcohol, fracasé porque en realidad no lo intenté. Porque no creía merecer ser libre de mi adicción.
25.1.16

Imagen vía el usuario de Flickr James Cridland.

Eran las 3PM en un día cualquiera entre semana y estaba acostada en posición fetal en mi cama. El aire acondicionado estaba prendido en la sala. Escuchaba su sonido pero no sentía que refrescara. Le acababa de decir a mi novio de entonces que ya no me interesaba mucho eso de "vivir".

"Te amo mucho", dijo después de una letanía de preguntas. (Lo peor de decirle a alguien que ya no quieres vivir es la serie de preguntas que generas.) "Tomo tanto porque soy cobarde", respondí inmediatamente para eludir la intensidad de su sentimiento y desvié la mirada para no ver la preocupación en su rostro.

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Y así siguió —por días, semanas, meses—. Creí que el alcohol era la solución a mi lista infinita de problemas pero en realidad sólo los empeoraba, Seguí tomando hasta quedar inconsciente prácticamente todas las noches pero me decía a mí misma que estaba bien porque tenía una excusa. Muchas, de hecho. El alcohol era lo único que calmaba mi ansiedad. Estaba resentida por la ausencia de mis padres. A todos mis amigos les iba mucho mejor que a mí en el trabajo. Etcétera, etcétera.

El licor había perdido su efecto hipnótico desde hacía mucho —ya ni lo sentía—. Lo hacía por costumbre. No disfruto la mayoría de las cosas pero igual tengo que hacerlas. ¿Me gusta limpiar mi baño cada cuatro meses? No. ¿Lo hago? Sí. ¿Disfruto las platicas superficiales en las fiestas? No. ¿Lo hago? Sí. (Es necesario para hacer contactos.) ¿Disfruto tomar? No. ¿Lo hago? Sí.


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Ni siquiera fingía que tomaba como una persona normal y civilizada porque sabía que no era así. Lo más cercano a un comportamiento civilizado era cuando servía mi veneno en la copa. Y al decir copa me refiero a un vasito de shots que llenaba una y otra vez durante toda la noche sin llevar la cuenta de cuánto había consumido y sin que me importara. Seguía y seguía hasta que la noche tibia me envolvía. Me despertaba y contaba los minutos hasta que sentía que era aceptable volver a empezar el ciclo.

Solía planear mis días en torno al alcohol y buscaba un lugar si sabía que me iba a poner hasta la madre. De hecho, no importaba a dónde fuera, siempre me ponía hasta la madre. Si ya estaba oscuro, sabía que faltaba poco para ponerme hasta la madre. Si faltaba poco para oscurecer, estaba a punto de que faltara poco para ponerme hasta la madre. Aún así, creí que no estaba tan mal porque no tomaba en la mañana. Ahora que lo pienso, no tengo idea de por qué no tomaba en la mañana. En realidad no hacía nada productivo durante el día. Sólo me la pasaba acostada esperando a que anocheciera para poder tomar otra vez.

Imagen vía el usuario de Flickr Jon Jordan.

Traté de dejar de tomar hace un año pero no lo logré. Incluso escribí un artículo trillado y presuntuoso sobre eso. Recibí muchos comentarios por ese artículo y los respondí todos. A veces la gente me deseaba suerte; les agradecía y les deseaba lo mejor. A veces ellos necesitaban suerte, amor o apoyo y era justo lo que les daba. Muchas veces estaba tomando mientras escribía esas respuestas. Era un fraude. ¿Con qué fin revelaba mi "verdad", con todo y verrugas, si estaba mintiendo? Eso me hizo sentir todavía más sola.

¿Por qué esta vez es diferente a la última vez que "dejé de tomar"? Pues porque ahora estoy investigando qué fue lo que me orilló a tomar en primer lugar y trato de resolver esos problemas en vez de simplemente ignorar el alcohol, que fue lo que hice antes. Si no sabes por qué tomas, vas a odiar haber dejado de tomar y vas a querer hacerlo otra vez.

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Fracasé porque en realidad no lo intenté. Porque no creía merecer ser libre de mi adicción.

Como mis amigos se creyeron mi explicación de por qué volví a tomar –ansiedad–, se me hizo fácil volver a tomar sin analizar por qué lo hacía. De todas formas, no quería ser la primera de mi grupo de amigos en admitir la derrota. Lo malo era que yo tenía un problema que ellos, como bebedores sociales, no conocían.

Cuando estaba sobria, me enfocaba en los desaires que me habían hecho (a pesar de que la mayoría nunca pasaron). Me la pasaba retocando y proyectando mis propias inseguridades. Revivía la historia trágica de mi vida una y otra vez de la forma más cruel y despiadada posible.

Mis actos alejaron a mi novio. Al final me dejó porque se hartó de mis estupideces y con toda razón. Lo hice sufrir mucho; su paciencia era tanta que parecía un santo. Si hubiera seguido conmigo, me habría convencido de que era la segunda venida del niño Cristo. Pero no lo hizo. ¿Por qué habría de? Yo no quería que lo hiciera. Estaba segura de ya no tenía salvación. Me acostaba en el sillón, miraba a la nada, lloraba y reflexionaba sobre mi propia existencia mientras trataba de controlar los temblores de mis manos sin ver resultados.

Todas las noches quedaba inconsciente y todas las mañanas despertaba mareada. Ya ni siquiera leía los mensajes que había enviado horas antes porque me daba miedo. Debería ser ilegal traer celular cuando estás ebrio.

Imagen vía el usuario de Flickr James Cridland.

Si alguna vez daban las 2AM y yo seguía consciente, me entraba un miedo increíble. ¿Cómo iba a comprar más? Las tiendas estaban a punto de cerrar y estaba muy ebria como para manejar. Me sentía verdaderamente impotente porque creía no iba a poder soportar 30 minutos de consciencia sin beber más, aún cuando ya había tomado tanto que había perdido la cuenta. Mi enfermedad me tenía esclavizada.


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Y no era sólo por la borrachera, era todos los días. Una borrachera tiene fin. Pero si es algo que pasa todos los días, entonces es otra cosa. Llega el punto en el que tienes tus únicas dos opciones son dejar de beber o morir.

¿Por qué dejé de tomar? No tengo idea. Una noche, poco antes de quedar inconsciente, me pasó por la cabeza "Tal vez ya no necesito vivir así". Qué loco, ¿no?

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Debo admitir que no podría haberlo hecho sola. Tuve que hablar con personas que habían vivido lo mismo que yo y que lo habían superado. No había pedido ayuda porque mi estúpido orgullo me lo impedía. Deshacerme de ese orgullo y darme cuenta de que no tenía el control iba a ser difícil pero necesario. Para dejar de tomar es necesario destruir la sique y el ego, algo que era muy fuerte en mí.

En un momento de desesperación etílica, le envié un mensaje a un amigo sobrio que decía "la vida es insoportable" y después me desmayé. Desperté a la mañana siguiente como un zombi, leí su respuesta y supe que había llegado el momento.

Este amigo me llevó a una reunión de borrachos como yo que habían dejado ese hábito. Escuché el discurso de un hombre. Explicó que no abusaron de él cuando era niño, que su vida no era trágica y que no era más que un hombre deprimido de clase media. Creía que la única forma de hacer tolerable su vida era tomando. Era como si estuviera hablando de mí.

La gente a mi alrededor actuaba con normalidad y se veía normal. Se veían como yo. De hecho, se veían mejor que yo. Iban bien vestidos, limpios y se veía que no tenían problemas de dinero. Y todos confesaron que se sentían indefensos ante el alcohol.

Al estar rodeada de gente que tenía más o menos los mismos problemas que yo, de pronto sentí que no estaba sola. Todo lo contrario a cómo me sentía durante los meses y años previos a ese momento. Tomaba porque me sentía sola, incluso cuando estaba acompañada. Total y terriblemente sola en un universo sin Dios. Aún no sé si Dios existe pero al menos sé que no estoy sola. Y sólo por eso ya no quiero morir. Para mí, esta idea es tan extraña como lo es querer morir para la persona promedio. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, sé que es un sentimiento sincero.

Si tienes problemas de alcoholismo, por favor visita aa.org.mx para más información de cómo recibir ayuda.

Sigue a Megan en Twitter.