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La plaga

La peste bubónica contraataca (Parte 1 de 3)

La muerte negra sacude Madagascar.
24.9.14

Virólogos malgaches realizan una autopsia a una rata con una plaga potencial.

Iba en un helicóptero que se dirigía a un campo en el centro de Beranimbo, un pueblo de unas 80 chozas, apartado en las Tierras Altas, al norte de Madagascar. Mi piloto, un inmigrante alemán robusto llamado Gerd, ya había intentado aterrizar el helicóptero tambaleante de un solo motor, pero abortó el aterrizaje después de que las hélices levantaran tanto polvo que no nos dejaba ver nada.

Unas horas antes, cuando nos disponíamos a partir hacia Beranimbo —un viaje de tres horas de Antananarivo, la capital malagache— Gerd parecía muy emocionado. En general no le asignan este tipo de trabajos. Se gana su dinero llevando equipos de filmación al campo para grabar secuencias adicionales para documentales de ecoturismo que usualmente tratan sobre lémures. “¿Quieres que me acerque?” me preguntó, y antes de que yo pudiera entender a lo que se refería ya estábamos bajando en picada entre las montañas. Mi estomago se revolvió; desde esta altura podíamos ver la vegetación del bosque, las altas palmas del viajero y las enormes grietas en el campo, cicatrices de la deforestación sistemática.

Estábamos ahí porque en el otoño de 2013, Beranimbo fue el epicentro de un brote de peste negra que resultó en 600 casos y más de 90 muertes en todo el país. Madagascar es el país que actualmente reporta más contagios de la enfermedad en el mundo. Depende del siglo al que te refieras, esta afección se conoce más como la peste, un azote que se suele asociar con la Edad Media, cuando ratas, moscas y la falta de higiene provocó la muerte de entre 75 y 200 millones de personas. La enfermedad aún existe y sigue siento una amenaza resistente en los países tercermundistas; los organismos internacionales reportan hasta dos mil casos por año, la mayoría de éstos en Madagascar.

En 1930, el surgimiento de los antibióticos disminuyó y casi erradicó la amenaza clínica de la enfermedad, al menos en los países desarrollados, e hizo que perdiera su estatus como un asesino global. Sin embargo, durante años los epidemiológicos han advertido que Madagascar es más vulnerable al contagio masivo, tanto rural como urbano. Quise averiguar qué tan peligrosa era esta enfermedad medieval en el siglo 21 y por qué sigue existiendo en este rincón del mundo. Esta búsqueda me llevó a Beranimbo.

Cuando llegamos, el nerviosismo de Gerd era evidente. “Tal vez esto sea muy peligroso”, murmuró en su intercomunicador auricular mientras intentaba aterrizar el helicóptero. Gerd no estaba preocupado por él mismo sino por las 200 personas amontonadas alrededor de la plataforma de aterrizaje improvisada que estaba debajo. Cualquiera de ellos podía perder con facilidad un ojo por una piedrita o una rama que pudieran salir disparados. Los helicópteros no son comunes en Beranimbo y siempre llaman la atención puesto que con frecuencia traen consigo a trabajadores humanitarios de la Cruz Roja. Cuando por fin encontramos un lugar adecuado para aterrizar, las personas corrieron a recibirnos desde el lugar lleno de polvo donde estaban las cabañas.

Ya en tierra, me presentaron al más viejo del pueblo, un anciano delgado que vestía una chamarra ligera y un sombrero de safari. Él había organizado el sacrificio de un cebú, una especie de bovino doméstico con una joroba grande como de camello, para la comida de bienvenida en honor a nuestra llegada. “El sacrificio del cebú representa nuestra amistad”, me dijo. “No puedo expresar lo felices que somos. Disfrútenlo con toda nuestra gratitud”. Le cortaron el cuello al animal y me llevaron a conocer a Rasoa Marozaf, un hombre de 59 años padre de siete hijos que siempre ha vivido en el pueblo. Rasoa es un sobreviviente de la plaga y es una de las razones por la que vine a este lugar.

Al igual que la gente con la que vive en el pueblo, Rasoa en delgado y se ve fácilmente que sufre de una desnutrición severa. Sus miembros están en los huesos y lucen como hojas de papel echas bola. Me miró de cerca de arriba abajo y luego extendió su mano para el saludo tradicional malagache, que consiste en rodear la muñeca izquierda con la mano derecha, luego darle una vuelta rápida para sujetarse de las manos con las palmas abiertas y después bajar las manos.

Le presenté a mi traductor a Rasoa y él nos contó su encuentro con la peste negra.

La aldea aislada de Beranimbo, el epicentro de la plaga que azotó las Tierras Altas, al norte de Madagascar en septiembre de 2013. Foto por el autor.

En septiembre de 2013, al comienzo de la temporada calurosa y lluviosa, Beranimbo fue azotado por una pestilencia enigmática. El primer caso fue el de la prima de Rasoa, una mujer que sembraba maíz, quien de pronto cayó enferma y murió. Según la tradición, se llevó su cuerpo al centro de la ciudad y se dejó ahí sin enterrar por una semana mientras se hacían los preparativos para el funeral.

Los problemas de Rasoa empezaron unos días después. El horror comenzó con una fiebre alta y fuertes dolores en el pecho, que después brotaban de su cuerpo como hilos de sangre. Un día después empezó a toser violentamente y escupía coágulos negros de sangre. Luego aparecieron lesiones delicadas y dolorosas en sus axilas y sus ingles. En tan sólo 24 horas, su esposa, Veloraza, había desarrollado los mismos síntomas.

Cuando el curandero local enfermó, Beranimbo estalló en pánico. Los aldeanos enfermos y moribundos huyeron a aldeas vecinas que ellos creían que no estaban infectadas, por lo que propagaron la enfermedad desconocida por toda la región de las Tierras Altas. Para el mes de octubre el brote ya era oficial y Beranimbro se había convertido en una zona de riesgo. Rasoa y Veloraza, temerosos de propagar más la enfermedad, se adentraron a la jungla a morir juntos.

La enfermedad continuó esparciéndose sin ser identificada a lo largo del campo por semanas, hasta que un pequeño grupo de aldeanos llegó con dificultades a Mandritsara, una ciudad cercana. Los análisis preliminares que realizaron los doctores mostraron que los factores de riesgo principales se asociaban a la vida del campo, que en muchos casos implicaba bajo peso corporal, desnutrición crónica y falta de higiene. En las pruebas que se hicieron a los pacientes, resultó que los que estaban enfermos tenían Yersinia pestis, la bacteria que provocó la peste negra.

Se alertó y se envió a los coordinadores regionales de la Cruz Roja el día 5 de octubre. Cuando los trabajadores humanitarios llegaron, Rasoa y Veloraza seguían en el bosque esperando morir, así que los voluntarios ordenaron a los lugareños que los buscaran. Tomó un día, pero encontraron a la pareja y la llevaron de vuelta a la aldea, donde les inyectaron tetraciclina y estreptomicina, dos antibióticos fuertes. Casi mueren y estaban muy bajos de peso. Pero en unos cuantos días, la misteriosa enfermedad se desvaneció.

Rasoa y Veloraza se recuperaron después de unas semanas. “Ya nunca tendremos que separarnos”, me dijo Veloraza, que estaba sentada junto a su esposo, con lágrimas en los ojos. Ella nunca había escuchado de la plaga hasta que recibió el tratamiento. Tomé aire y le pregunté sobre las consecuencias que había dejado la enfermedad en la aldea.

“¿Consecuencias?” gruñó en malagache tradicional. Su rabia no necesitaba traducción. “Mató a la gente”, me dijo. “Esas fueron las consecuencias. Mató. Creímos que íbamos a morir”.

Los aldeanos matan un cebú para comerlo.

Lee la segunda parte del La plaga bubónica contraataca aquí.