
Arte por Brad Phillips.
Adam Wilson es el autor de la novela Flatscreen y de la próxima colección de cuentos, What’s Important Is Feeling. Su trabajo apareció en The Paris Review, Tin House y The Best American Short Stories. Ganador del premio de humor de The Paris Review, Terry Southern, recientemente fue nombrado una de las cincuenta personas más graciosas en Brooklyn, según la revista Brooklyn Magazine.
Brad Phillips es un pintor canadiense que pinta perturbadoras escenas de la vida moderna, así que pensamos que su trabajo acompañaría perfectamente con la historia de Adam. El trabajo de Brad fue recientemente exhibido en la galería Louis B. James en la ciudad de Nueva York.
En la universidad leía a Karl Marx y me metía cocaína. Vivía con otros cuatro chicos. Sacábamos dinero de nuestros padres o de préstamos estudiantiles, o trabajos en la universidad. Uno de los chicos, a quien le llamábamos Spine, era de Connecticut.
Spine nos daba drogas. Más bien, nosotros le pagábamos haciendo su tarea. Me encontré en un circulo vicioso de necesitar drogas para terminar la tarea de Spine, y hacer su tarea para pagar drogas. Spine apenas estaba pasando con la calificación mínima pero a él no le importaba. Él tenía un trabajo esperándolo después de su graduación, en la industria inmobiliaria para un tío de sangre azul.
Una noche estaba batallando con una entrega de 20 páginas de teoría laboral cuando escuché vidrios rotos. Eran las dos de la madrugada.
Spine corrió al pasillo sosteniendo un bate de béisbol. Él traía puesto boxers y una bata de baño. A través de su puerta abierta podía ver a dos chicas en su cama. Una tenía las uñas de los pies pintadas de color arcoíris. La otra tenía un anj tatuado en el tobillo. Ninguna era novia de Spine. Era otra injusticia, aunque no sabía quién estaba a desventaja de la situación.
“¿Qué chingados fue eso?” dijo Spine. Los otros salieron de sus habitaciones. Mike tenía el taser de policía que habían comprado en eBay. Algunas noches nos dábamos toques con eso. Donny abrió su navaja tipo mariposa. Chris no tenía arma. Más ruido provenía de la sala.
“Mierda”, dijo Spine.
En el primer piso había un hombre. Un hombre negro, debería aclarar, porque eso hace la diferencia. La diferencia era que queríamos caerle bien a la gente negra. Al crecer, ninguno de nosotros tuvo amigos negros. En la universidad, los chicos negros se aislaban.
El hombre negro en nuestra sala tenía una vaga pinta de indigente. Olía como a plástico quemado y tenía agujeros en sus Nike y su sudadera. Sus labios estaban partidos y secos. Se sacudía vidrios de su cuerpo como si no lo estuviéramos observando. Se rascaba los brazos y hablaba entre dientes.
“Hey, güey”, dijo Chris.
El intruso regresó a la realidad después de su confusión. Tomó una de las guitarras de Spine y con ambas manos la colocó sobre sus hombros como si estuviera a punto de lanzar un golpe. Pero la guitarra estaba pesada. En lugar de lanzarnos un golpe, o dejar la guitarra y escurrirse por la ventana, el intruso se sentó en el piso y empezó a tocar.
La guitarra —una ES-335 eléctrica de cuerpo semi macizo con un acabado en rojo cereza— era el orgullo y felicidad de Spine, su favorita de las cinco guitarras que poseía. Lo había visto pulir esa cosa por más de una hora.
El intruso rasgó las cuerdas, tocó un acordé en Do. Y luego empezó a llorar.
“Verga”, dijo Mike.
Aun estábamos rodeando al güey. Yo no tenía una arma, pero noté que aún sostenía la laptop de Spine como para arrojarla a la cara del intruso. Mike prendía y apagaba el taser, yo creo que para mostrar que sí funcionaba, y luego se la guardó en el bolsillo. Chris relajó sus puños. Donny dobló su navaja. Yo coloqué la laptop en la mesa de centro. Spine aún sostenía el bate. El intruso seguía llorando. Las chicas, que usaban playeras de Spine, observaban desde las escaleras.
Le di al intruso un vaso con agua. Lo olió y se limpió las lágrimas.
“¿Huele bien?” Donny dijo.
El intruso accedió. Tomó un pequeño sorbo, luego uno más grande y luego se aclaró la voz. “Cigarro”, dijo. Su voz era delgada y frágil.
Spine le consiguió un cigarro, se lo prendió y se lo pasó al intruso. Por un segundo sus dedos se rozaron.
El intruso le dio una fuerte calada al cigarro mientras le echaba un ojo a nuestro apartamento. El piso estaba cubierto en basura y calcetines sucios. En el techo colgaba una pancarta tie-dyed con serigrafía de la cara de Bob Marley al centro.
Era a finales de abril, y una noche fría. Afuera llovía. El viento hacía que la lluvia entrara a través de la ventana rota.
El intruso temblaba. Dio otro fuerte golpe al cigarro. “¿Qué tal una cerveza?” preguntó. Su voz fue más alta y clara, más seguro.
Donny tomó dos del refrigerador. Lanzó una, y abrió otra para él.
El intruso le dio un trago. Se lamió los labios y dijo: “Ahhh.”
Yo me senté en un sillón reclinable. Spine, Donny y Mike estaban en el sofá. Nadie recogió el vidrio roto. No teníamos un recogedor. Las chicas se acercaron a la puerta, y el intruso lo notó.
“Hola”, dijo, intentando ser un Don Juan.
Spine señaló con el dedo al intruso. “Cuidado”, dijo.
Por un momento, nos pusimos tensos. Spine miró el bate. Luego él se rió, fuerte. De hecho, se pegó con mano abierta la rodilla.
Chris se armó un toque. Spine tomó otra guitarra, esta vez una acústica. Él tocó 12 tiempos en Mi. El intruso intentó seguir el ritmo, pero no era tan bueno como Spine.
Una de la chicas sacó una bolsa de coca del bolsillo de Spine. Armó unas líneas en la mesa, y el intruso se animó.
“Tú primero”, dijo Spine. Le dio al intruso un billete de cien dólares enrollado. El intruso parecía dudar. Luego él se dio un pase y le entregó el billete de regreso a Spine.
Cuando menos me di cuenta, yo estaba de pie y bailando. Spine, Mike y Donny estaban haciendo lo mismo también. Todos nos estábamos riendo, incluso las chicas.
El intruso se acercó y se dio otro pase. Logró entrar al siguiente acorde, a tiempo.
“Ahora queda una sola cosa” —ba-wah, ba-wah— “hazme gritar, llorar y rogar”.
“Espera,” dijo Spine.
“¡Para tocar esas piernas!”
El intruso le guiñó el ojo a las chicas, y sacó la lengua.
“Ew”, dijo Tobillo, arrugando su pequeña nariz.
Dedos de Pie parecía no haber escuchado. “Hey, ya”, dijo Spine.

El intruso tomó otro cigarro de la cajetilla en la mesa.
“¿Tienes nombre?” preguntó Spine.
“Jess”, dijo el intruso.
“El nombre de una chica”, dijo Spine.
“Así es”, dijo Jess.
“Bueno Jess, no podemos dejarte robar ninguna de nuestras cosas”.
Jess se asomó por la ventana. Vi cómo se entristeció con la noticia, pensando en la manera que se tendría que calmar y tendríamos que echarlo de la casa. Parecía que la lluvia seguiría hasta la mañana.
“Aunque hay un sillón en el patio techado”, dijo Spine. “Por si te quieres quedar”.
Durante este tiempo, yo estaba llegando a términos con demasiadas cosas en mi vida. Mayo llegó, la ropa cayó —primero las sudaderas, luego los calcetines y las calcetas— compañeros de ambos sexos descalzos tomando el sol en el patio, con libros sobre sus estómagos bronceados.
Le entré a Trotsky, soñado con México. Me senté en mi cuarto, a leer, mientras los otros seguían con la fiesta en compañía de Jess; escuché mariachi, me imaginé el olor de unas bugambilias, comí unas enchiladas. Cuando cerré mis ojos vi a Leon en ese tren, con su cabeza descansado sobre una bolsa de arroz, atravesando Tampico al amanecer. Vi a Frida Khalo a su lado, con las cejas arqueadas, retorciendo la esquinas del bigote de él son sus dedos. Algunas noches podía sentir el picahielo de Stalin pasar a través del centro de mi cerebro.
Un golpe en la puerta.
“Entrez-vous”, dije.
Isabelle, la verdadera novia de Spine, usaba un ligero vestido de lino con un cinto muy arriba de su ombligo. Tomó un libro de mi escritorio, hojeó las páginas, lo regresó a su lugar. Tomó un cigarro de mi cajetilla pero no lo prendió.
“El nuevo roommate parece interesante”, dijo ella.
“Esa es la palabra para describirlo”, contesté. “Interesante. La situación es, bueno, que realmente no sé”.
“Bueno, Robert parece estar loco por él”, dijo ella, usando el nombre de pila de Spine.
“Ese es Spine”,dije.
“Spine, Spine, Spine”, dijo ella, y se recostó en el futón, a centímetros de mí, con su cabeza en mi almohada, con olor a champú y un ligero aire de sudor. Nos hemos recostado así cientos de veces.
Podría haberme metido debajo de su vestido, poner mi mano contra sus calzoncillos, sentir el calor emanando de su cuerpo. Y quizás ella no me hubiera detenido.
“Así que se metió a la fuerza”, dijo ella, “ y lo dejaste quedarse a vivir aquí contigo”.
“Spine se lo permitió”, respondí. “Y no se ha mudado con nosotros. Sólo se estará quedando un rato”.
Si yo le decía a Isabelle acerca de Tobillo y Dedos de Pie, sólo empeoraría las cosas. Probablemente me mandaría a la chingada. Tal vez me golpearía. Definitivamente esperaría estar a solas para llorar. Se dejaría creer todo tipo de mentiras que Spine le dijera para arreglar la situación.
Donny trabajaba en la tienda de la universidad. Dos veces por semana durante las tardes. La hora de comida del jefe y compañeros de trabajo de Donny coincidían, dejando a Donny solo en la tienda por 20 minutos. Cuando no había muros en la costa, Donny nos marcaba a casa y gritaba: “¡Maricas!” a la contestadora de teléfono. Tomábamos nuestras mochilas y nos lanzábamos, saqueábamos los pasillos, agarrábamos productos del refrigerador.
Spine insistía que Jess nos acompañara.
“No sé, güey”, dijo Jess. “Me parece algo transa”.
“No es transa”, dijo Spine. “Es fácil”.
Spine se puso un pasamontañas que cubría la cara entera, con dos agujeros como espacio para los ojos. “Confía en mí”, dijo.
“Quítate esa pinche máscara”, le dije. “Esto no es una película”.
“Me parece raro”, dijo Jess. “Algo no está bien”.
Pero todos nos subimos al coche y condujimos camino a la tienda.
Corrimos por los pasillos, llenos de adrenalina. Me sentí muy sexy y vivo. Nos robamos Slim Jims, galletas Ritz y gomitas. Jess entró y salió en cuestión de segundos con sólo un Snickers como prueba.
“No estoy jugando”, dijo cuando estábamos de regreso en casa.
Esa noche tuvimos un festín. Spine compró una salchicha de un metro de Stop & Shop, y la partimos en pedazos para acompañar nuestras pizzas congeladas robadas. Mezclamos vodka con Mountain Dew.
Jess tomó muy poco. Nunca lo vi comer. Él estaba esperando, y observando y esperando para que Spine sacara otro pase.
Al amanecer estábamos muy drogados, viendo las montañas, Tobillos y Dedos de Pie estaban retorciéndose. Dejaron de masajear el cuello y hombros de Spine para recostarse en el suelo, y ver al techo a Bob Marley.
Spine intentó presionar a Jess para salir a la calle por un último pase.
“No sé, güey”, dijo Jess. “No son horas para esto”.
“Bato”, dijo Spine, con su mano en el hombro de Spine.
Habló en voz baja y calmada, como un entrenador de box a su peleador, entrando al último round de la pelea. “Es hoy o nunca, puto”.
Todos salimos a la calle. Jess nos guió. El sol se despedía en el horizonte, amenazándonos con la oscuridad. Las calles y pasto olían a tierra mojada. Nosotros seguíamos su paso, como si estuviéramos en trance, caminábamos sobre el puente Longfellow mientras veíamos a lo lejos la silueta de los edificios acercándose. Habíamos estado caminando por una hora. Yo estaba sudando, dormido a medias, o quizás sonámbulo y la mañana era un sueño surreal.
Jess nos encaminó por las puertas de Chinatown hacia la vieja zona de combate. Nos dijo que le diéramos todo nuestro dinero.
Por un segundo, dudamos. Volteé hacia arriba a un edificio, y giré a ver a Jess. Sus manos estaban en sus bolsillos.
Spine sacó su cartera, y sacó un billete de 50 dólares. El resto de nosotros le dimos a Jess billetes de diez y veinte dólares. Jess hizo un puño con el dinero en la mano. Lo que sea que estábamos comprando, estábamos pagando de más. Jess dijo que nos esperáramos afuera.
Prendimos cigarros. Vimos la hora en nuestros relojes.
Cuando regresamos a la casa todo había desaparecido: instrumentos, la pantalla de plasma, el equipo de estéreo, y todas nuestras laptops.
Jess tuvo que haber tenido ayuda, a un tipo con una van. Nuestros muebles también habían desaparecido: la cama king size de Spine, incluso el sillón de pana roto y con agujeros de quemaduras.
“Mierda”, dijo Spine. “Mierda”.