Noisey

Flipper pagaron por sus pecados: Ahora te toca a ti

Pese a toda su pretensión iconoclasta y nihilista, el punk es exactamente igual de dogmático y tendente a los clichés que cualquier otra 'escena musical'. Suerte que existen grupos como Flipper para romper sus reglas.

por Elías Martínez
26 Enero 2016, 6:00am

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Pese a toda su pretensión iconoclasta y nihilista, el punk es exactamente igual de dogmático y tendente a los clichés que cualquier otra 'escena musical' o agrupación humana variopinta y se rige por la misma afición a las jerarquías y los patrones estilísticos. Por eso es tan importante reivindicar a artistas que desde el principio se definieron como auténticas rarezas conscientes, operando a la contra, o al menos a la suya, rompiendo las reglas o simplemente fingiendo que no existían. Y aunque no estuvieron solos, uno de los mejores ejemplos de eso son la pandilla basura que nos ocupa. Tristemente, para mucha gente Flipper no pasan de ser una hilarante mentira que suelta Moby en un documental, una nota al margen en la historia revisionista del punk, o una camiseta vestida por yonkis famosos. Es más, hace años, en la época dorada de Myspace, había un grupo inglés -que evidentemente tocaba grunge de pueblo- con el mismo nombre y logotipo, completamente ajenos al hecho de que la dichosa camiseta tenía una historia. Así que esto tratará de celebrar la vida y milagros de los presidentes de San Francisco y con suerte ganar adeptos para el culto.

La historia comienza en 1979. La escena punk de San Francisco, la ciudad que vio morir a los Sex Pistols, es más pobre, cutre, y bohemia que la de Los Angeles. No hay hijos de famosos correteando por los conciertos ni restos de purpurina, no aparecen Joan Jett, Belinda Carlisle ni Kim Fowley (bien, podríamos considerar esto toda una suerte en realidad), en vez de cocaína hay speed barato, y una indisimulada proximidad entre artistas de corte más experimental y vanguardista como Chrome, Tuxedomoon o Monte Cazzazza y grupos de punk como Avengers, Dead Kennedys, o VKTMS. Ricky Williams conocía bien el terreno: había sido el primer batería de los míticos Crime, los primeros punks de la ciudad, y posteriormente vocalista de The Sleepers. También era un célebre excéntrico con un voraz apetito para los narcóticos en general, y propietario de varias mascotas a las que bautizaba siempre con el mismo nombre: Flipper. No es de extrañar que cuando comenzó a dar forma a algunas canciones con gente de Negative Trend, decidiera bautizar así al grupo, que enseguida consiguió labrarse una reputación como el más insufrible del planeta. En 1979 los grupos punk estaban profesionalizándose y puliendo su sonido, experimentando con distintos estilos, o bien acelerándose y empezando a intuir el hardcore, pero la música de Flipper era una cacofonía insoportable, lenta, desafinada y fea, con Williams en el papel de vocalista descontrolado y errático. Tanto que a los pocos meses fue expulsado de su propio grupo, después de genialidades como dejar K.O. en pleno concierto a Will Shatter (bajo) por hacer el cabra con un pie de micro.

Con la entrada de Bruce Lose a la voz, las cosas empiezan a funcionar y aparecen por primera vez en el ep recopilatorio SF Underground (Subterranean, 1981). La canción elegida, 'Earthworm', es el ejemplo perfecto de lo que serían de ahí en adelante: un tempo más cercano a la tortura china de la gota de agua que a cualquier grupo de punk, un nivel instrumental que hace quedarse calvo a cualquier heavy, y unas letras cargadas de cinismo, auto-flagelación y humor negro. Tanto, que en su primer 7" ('Love Canal'/'Ha Ha Ha', Subterranean 1981) se permiten tratar con no poca ligereza la tragedia de Love Canal, una apacible ciudad dormitorio de la que sólo se supo que estaba construida sobre un vertedero químico cuando empezaron a proliferar como setas las malformaciones fetales y los cánceres prematuros. Su segundo single, 'Sex Bomb'/'Brainwash' (Subterranean 1981) es aún más repetitivo y molesto que el anterior, una broma de mal gusto que en directo a veces se alarga hasta ocupar la mitad del concierto, y que en disco tiene unos sofisticados acompañamientos a base de ruidos de motores y choques de coches, cristales rotos, sirenas,diálogos de la radio, pitidos y sabe dios qué más. La cara B, al parecer una de las canciones favoritas del Lou Barlow adolescente, es difícil de escuchar entera hasta para un fan como el que suscribe. Es el juego de Flipper: incomodar y dividir, no dejar a nadie indiferente. Si las letras provocativas no consiguen molestar a un público punk acostumbrado a estos menesteres, tendrá que hacerlo la música insoportable. A pesar de este perpetuo juego de atracción-repulsión con el público, no paran de tocar por toda la costa oeste -incluyendo el legendario último concierto de Throbbing Gristle- y de ganar tantos detractores como fans (bueno, quizás más de los primeros).

Y entonces pasó. Contra todo pronóstico, el grupo más desastroso del planeta consiguió grabar un larga duración, y encima les salió bien. A primera vista Generic (Subterranean, 1982) se presenta como una anomalía empezando por la portada, minimalista e inspirada por las marcas blancas de los supermercados. Y es que si Flipper siempre habían hecho lo que les había dado la real gana, en este disco consiguieron hacer de ello un arte. Las canciones siguen siendo aberraciones a medio tiempo dominadas por un bajo y una batería que dan tumbos entre chirridos de guitarra, pero son sorprendentemente pegadizas ('Ever' tiene hasta palmas), y presentan a Shatter y Lose absolutamente pletóricos, escupiendo las letras más perfectas que haya escrito nadie nunca. Nada de las proclamas anti-autoritarias ni el desajuste adolescente tan en boga entre los grupos de su entorno. En el mundo de Flipper, donde tocaba gente con bagajes vitales tan bonitos como la adicción a la heroína o haber combatido en Vietnam, la vida es tan cruel como absurda y, a la hora de la verdad, es 'la única cosa por la que merece la pena vivir', como dicen ellos mismos. Una fiesta continua, vaya.

También en 1982 editaron un single con una de sus mejores canciones -el alegre himno nihilista 'Get Away'-, antes de entrar en un silencio discográfico de casi dos años, si descontamos el bonito single en solitario que editó Lose. En 1984, Gone Fishin cumplió el cliché del difícil-segundo-lp, y tuvo mucho menos alcance que Generic, probablemente porque mucha gente que había mordido el anzuelo la primera vez decidió que no se la volvían a colar. El caso es que, producto de un prolongado encierro en el estudio, resulta un disco que compensa unas letras más sombrías y melancólicas, con un envoltorio musical sorprendentemente maduro y equilibrado, añadiendo toques discretamente psicodélicos y arreglos de clavicordio, piano, congas, ruidos electrónicos no identificados y hasta un saxo que consiguen usar sin que suene como Men At Work. La portada, un recortable del grupo y su furgoneta, es digna de mención.

Ser máximo exponente del nihilismo y el drama está muy bien, pero también es muy duro, y en consecuencia los siguientes años fueron un tanto complicados para la banda: problemas recurrentes con las drogas que culminan con la muerte por sobredosis de Shatter y finalmente la separación temporal después de editar dos nada desdeñables discos de material en directo -uno de ellos disfrazado de juego de mesa- que ponen punto y final a su era dorada. Reaparecieron en 1990, a la vez que comenzaban a despuntar un montón de bandas que se declaraban fans del grupo y parecían haber incorporado algo de esa disonancia nihilista a su propio sonido. De nuevo editan un single en Subterranean Records ('Someday'/'Distant Illusion') y rápidamente la barbuda máquina de hacer dinero conocida como Rick Rubin, que había lanzado su carrera precisamente imitándoles en su banda Hose, les aborda para producir un LP de material nuevo. American Grafishy (Def American, 1992) suena más pulido, profesional y eh...grunge que nunca. Por muchas camisetas que se pusiera Kurt Cobain, el disco no vendió una mierda entre el público mainstream que compraba Alice In Chains, y decepcionó a muchos de sus fans de largo recorrido. No es ni de lejos su mejor disco, pero lo peor de Flipper siempre será mejor que lo mejor de muchos grupos y el paso de los años ha sido bastante más misericordioso con este disco que con muchos otros más laureados de la misma época. Por segunda vez una sobredosis se llevó al bajista (en este caso John Dougherty), y se impuso un letargo forzoso. Pero la década de los dos mil no podía terminar sin que todos los grupos del mundo se reuniesen, y Flipper no pudieron ser menos: unas cuantas versiones en otros tantos discos tributo, algún concierto esporádico, alguna gira de pocas fechas y, finalmente, la edición de Love en 2008. Un disco como el anterior, correcto y disfrutable a la par que prescindible, con un fan famoso incorporado a la banda y todos salvando la papeleta con relativa dignidad. En la actualidad, siguen en estado de semi-actividad con David Yow de Scratch Acid y Jesus Lizard a la voz.

El legado de Flipper ha sido extensamente documentado a lo largo de los años, a veces más y mejor que su música. Varias estrellas del grunge siempre los han citado como un referente imprescindible, grupos tan dispares como Melvins, Unsane o Lords Of Acid los han versioneado -en el caso de Melvins, cuatro o cinco veces-, y su influencia es más que palpable en descerebrados de hoy como Pissed Jeans, Billy Bao, Drunkdriver o Noem, por lo que es fácil caer en la idea de que Flipper fueron más importantes por su influencia a posteriori que por sí mismos. Esto, como tantas otras cosas sobre música que nos han hecho creer (por ejemplo, que afinar es indispensable), es mentira, y merece ser desterrado para siempre, a ser posible antes de que alguien produzca algún documental sobre ellos presidido por cierto batería omnipresente.