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Cultură

White trash

No era mi intención hacer un bebé con Scott en el clóset, en éxtasis, el piso palpitando al ritmo de los bajos de la música house, la luz de los estrobos colándose por la ranura de la puerta. Scott no cogía a menos de que estuviera drogado o borracho...

No era mi intención hacer un bebé con Scott en el clóset, en éxtasis, el piso palpitando al ritmo de los bajos de la música house, la luz de los estrobos colándose por la ranura de la puerta. Masajes de espalda con dobles intenciones ocurrían en todos lados. Era otro experimento de la muerte. Fui una oportunista. Scott no cogía a menos de que estuviera drogado o borracho. Nunca era él quien iniciaba el sexo.

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Yo estaba arriba.

Quizá sí era mi intención dar vida a partir de un montón de cuerpos.

Su torso es la caja torácica de un caballo. Respiraba al unísono con él. Me hacía sentir un mareo. Los latidos de su enorme, sangriento corazón en medio de todo ese aire me volvía loca.

Se sentía bien, como la muerte. Se sentía como en Prozac un millón, un millón de veces. Éramos todos en la casa, y lo que sea que fuéramos estaba a punto de estallar por las paredes. Arañé la pared de yeso resquebrajado. La casa se derrumbaba. Él desaparecía detrás de su brazo.

Cuando conocí a Scott, tenía el cabello largo y hermoso, usaba las faldas y el esmalte para uñas de su madre. Usaba mi lápiz labial. Cuando me presenté, se resistió. Me dijo que el amor era una palabra muy fuerte.

Me encantaba ver cómo se deshacía.

Temblaba. Caí sobre él. Susurré: —Dios mío, quiero morir.

***

Cuando me embaracé, toda la pinche cosa se colapsó. Pedí a Scott que me comprara una prueba de embarazo. En lugar de eso compró cerveza. Me senté en el piso a tomar cerveza. Les conté a todos. Scott y Chuck y todos los que dormían en el Sombrerero Loco. Cuando les conté, todos se sosegaron, excepto Scott, y todos salieron excepto él.

Una noche Scott regresó a casa con los ojos mirando en varias direcciones. Me levantó, me lanzó sobre el sillón y después se desmayó en las escaleras. Lo golpeé hasta que estuvo suficientemente sobrio para llevarlo por las escaleras hasta su habitación. Cuando me salí de ahí, ya nadie alimentó al gato. Nadie limpiaba nada. La basura se acumuló.

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Traté de olvidarme de Chuck. Scott pensó en colgarse, pero no pudo encontrar una viga resistente.

***

Regresé a casa de mis padres. No les dije de inmediato que había regresado de forma permanente. Podría haber sido como las múltiples veces que llegaba a casa y rascaba una ventana para que me dejaran entrar, me desmayaba en el sillón, robaba algo de comida del congelador, y me iba. Al menos ese era mi plan.

En estos momentos, cuando hago una pendejada y me humillo, la vergüenza toma un camino predeterminado fuera de mí, y la vergüenza se amplifica.

Le conté a mi madre y comenzó a llorar y a maldecir. Después la dejé sola y me di un baño, recogí algunas cosas, tomé mis llaves, y esperé la reverberación.

Caminaba hacia la puerta principal, frente a la habitación donde se sientan a ver televisión y tomar vino por las tardes, cuando mi padre dijo mi nombre.

—Jamie.

Estaba sentado solo en el sillón, mirando algo en la pared del otro lado de la habitación mientras se limpiaba las uñas. Mi madre, hundida en su propia silla, me miró pasmada, como lo hace siempre que está apunto de decir algo horrible.

—Realmente no piensas tener este bebé, ¿o sí?— me preguntó. La pregunta fue casi puro aliento al salir.

Dijo lo mismo la última vez que me embaracé, cuando tenía 14 años. Entonces, la solución había sido Prozac. Esta vez, mi padre me hizo llamar y agendar otro aborto, mientras él escuchaba desde otro teléfono. Después de agendar mi cita, tuvimos que escuchar una grabación informativa obligatoria sobre el aborto, él en la silla de su escritorio, yo parada junto a él. Después de colgar los teléfonos, me dijo: —Asegúrate de que esto no vuelva a pasar—. Me dejó regresar a mi cuarto.

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Más tarde pensé en preguntarle por qué quería matar a todos mis bebés. ¿Cómo podía vivir, educada por una mujer que mata bebés como si tirara gusanos muertos en el fregadero?

—Voy a tener a este bebé—, dije. Fue casi inaudible. Me preparé para partir.

—Mírate. No puedes cuidar de un bebé. ¿Crees que yo voy a cuidar a este bebé por ti? Trabajo. Tengo una vida—. Hizo un gesto con una copa de Chardonnay.

—¿Cómo chingados sabes lo que puedo y no puedo hacer?— Me sentía poderosa. Estar embarazada tiene ese efecto; te hace sentir fuerte.

—Sé que estás consumiendo drogas. Tu hermana me dijo. Con todos los defectos de nacimiento en la familia, y Dios sabe qué drogas. Ay, Jamie—. Después su voz se hizo muy suave y triste.

—¿Jamie, qué vas a hacer si el bebé nace con retraso?

***

La primera vez que tuve un aborto, con tal de no sentir al bebé, empecé a practicar no sentir absolutamente nada. Mi madre me llevó a la clínica. Después me llevó a casa. Me enviaron a una vocacional, y no volvimos a hablar del tema.

—Cariño, nosotros lo vamos a pagar. Después podrás regresar a la universidad. Todo va a estar bien—. Eso fue lo que mi madre dijo la segunda vez. Pero no fue diferente a mis recuerdos como adolescente.

Le dije que no, que no lo volvería a hacer. Abrí la puerta. Conforme me alejaba escuché a mi padre decir: —No entiendo cómo te convertiste en una puta.

Más tarde, cuando regresé, me dejaron quedarme, porque estamos atados entre nosotros. Nos pertenecemos. El bebé me ataba a ellos más fuerte que nunca.

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***

—¿Qué vas a tener?— me preguntó uno de los chicos y me pasó la pipa.

—Gatitos—, respondí. Le di un jalón a la pipa y la pasé. Los chicos en el círculo rieron.

El gato se acurrucó contra mi panza hinchada.

Scott estaba en casa solamente entre viajes de construcción. Tenía que mantener al bebé; tenía que trabajar. Vivía en la casa de un satanista que se había cogido a su propia hermana años atrás, en la habitación pintada de lavanda. El hermano del satanista se quedaba despierto toda la noche bebiendo cerveza y quitándose verrugas del cuello con un cuchillo, para después prenderles fuego. Las botellas vacías y la piel quemada permanecieron en la mesa de la cocina todo el tiempo que Scott vivió ahí.

Las moscas zumbaban en el aire a nuestro alrededor.

Una noche esperé a que Scott regresara de una fiesta con el satanista en la sala de esa casa, porque no tenía celular y necesitaba decirle algo sobre el bebé. El satanista me dijo que soñó que tendría una niña, que su nombre empezaría con A. En su sueño, yo intentaba esconder a la bebé en el clóset, pero no dejaba de gatear hasta afuera.

El satanista estaba esperando a una mujer que había conocido por internet. La mujer llegó y se veía mayor y sucia. Los tres empezamos a platicar, y después ellos dos se fueron al piso de arriba. Me senté en la habitación vacía hasta que Scott regresó a casa. Entonces le dije lo que sea que tenía que decirle.

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***

El personal del hospital no quería darme a la bebé en un principio, a pesar de que suplicaba por ella.

Una enfermera empujó una cuna de plástico transparente sobre ruedas. Quería levantar a la bebé, pero no sabía cómo. Scott sí sabía, pero dijo que quizá necesitaba un nuevo pañal, y no estaba seguro de saber hacerlo. Abrí un pañal. Una sustancia negra como alquitrán cubría su piel. Nos miramos. Estaba callada. Tomé unas toallitas de la cuna y la limpié, puse sus cosas sucias en la basura. Me lavé las manos. Scott le puso el pañal. Después colocó una mano bajo su cabeza y la otra bajo su cuerpo y la levantó. Después me la dio y me enseñó cómo detenerla.

Entró otra enfermera. Ésta me enseñó a amamantarla, pero la bebé no quería. Dejé de tratar.

Scott se había vestido con una camisa de botones para presenciar el nacimiento de su hija. Usó la misma ropa durante varios días mientras me acompañaba al hospital, presenció todo el espectáculo con la cara pálida, cortó el cordón, durmió en la silla de la habitación, me ayudó a caminar hasta el área de fumadores en el estacionamiento. Se subió en el asiento trasero con la bebé. Yo manejé. En casa, dormía en el piso, en un sleeping bag junto a la cuna.

***

Durante las siguientes semanas y meses, soñé con Chuck. Olvidé que tenía un bebé. Hasta que un día desperté y tuve miedo de mirar en la cuna. Hacía unos ruidos que me resultaban dolorosos. Dormía en mi cama con mis manos protegiendo mis partes privadas porque habían sido cortadas, desgarradas y cosidas.

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Cuando me daba un baño podía sentir todo; podía ver algunas de las puntadas negras que se perdían sobre la piel rosa y morada alrededor de la larga cicatriz blanca. Nadie me dijo qué hacer con ella. Decidí no regresar con la doctora a la que le había suplicado que no me cortara, incluso mientras hacía la incisión. Ni siquiera para que me quitara los puntos.

Mi cuarto y el de la bebé era el mismo. El sótano en casa de mis padres. No sabía mucho de bebés, pero estaba segura de que no debían vivir bajo tierra. Era oscuro y hacía frío. Quizá ese era el problema. Sus enormes ojos azules me miraban mientras la arrullaba para que se durmiera ahí abajo. Hundía mi nariz en su pelo. Memoricé ese olor.

***

Cuando la tocaba, creo que sentía mi desesperación.

Mi bebé, el bebé de Scott.

Cuando lloraba por las noches, creía que lo hacía en silencio, pero siempre se despertaba, y entonces yo lloraba y mecía y cantaba y lloraba y mecía y cantaba.

Se la di a mi mamá y salí de ahí. Mis brazos se sentían vacíos.

Pensé en salirme de la carretera y caer en el río frío, pero en lugar de eso salí a chupar con Chuck.

Ya había amanecido cuando fuimos a su casa. Había un sillón, pero los dos nos acostamos en un colchón inflable. Estaba acostada de lado, dándole la espalda. Dije eso que él había estado esperando. Se dio vuelta y me abrazó con su brazo, su cuerpo contra mi espalda. Me besó la nuca. Sentí dientes. Me di vuelta y lo besé en la boca. Fue autoritario, pero afectuoso de un modo que no esperaba. Era sensualista. Algo en la punta de sus dedos. No tengo nada muy importante que decir al respecto, excepto eso.

Lee más en nuestro Especial de Ficción 2013.