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La pura puntita

Cachorros

Como nosotros, ellos son sólo criaturas, no tienen malicia.
7.1.13

Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar las mesas de novedades.

Esperemos que Elma Correa publique por fin su primer libro. Mientras eso sucede, les traemos este cuento que aparece en la Breve colección de relato porno, publicada por la mítica editorial (que también hace la revista homónima) Shandy.

La enorme televisión llena la estancia. Luces de colores. Dibujos animados que cuentan por segunda vez una historia de mascotas parlantes. Tres niños en la alfombra gatean, ladran, aúllan y se dan mordiscos simulando ser cualquiera de los personajes perrunos. La nana los escucha reír desde la cocina mientras apura la avena en la estufa y revisa los panqués de la merienda. El más pequeño, como suele suceder cuando los padres se dedican a mimarlo igual que a reñir al mayor, es el más impetuoso. Sabe que si es culpable de arañazos o moretones no será reprendido. Su hermano, el primogénito, muestra los incisivos y se eriza frente a su prima, ese enredo de rizos y listones que gira como un rehilete. En un descuido el pequeño se abalanza sobre la espalda de su hermano y estrella el rostro en el pecho liso de su prima. La niña responde al asalto derribando al menor de los atacantes con un ladrido triunfal. Gruñidos y carcajadas se mezclan, ruedan por el tejido afelpado que cubre el suelo y la boca de la chiquilla atrapa el cuello del niñito con toda la fuerza de los siete veranos que ha comido paletas de limón. El tercer chico observa la escena esperando el momento justo para lanzar un grito y arremeter contra su hermano y la prima, esa mordelona que ha dado muestras de ser una buena contrincante canina, digna de ser invitada a repetir la función de su película favorita. Durante el forcejeo la niña ha perdido un poco de compostura, los holanes del vestido dan vueltas en un remolino de encajes cuando el chico la gira y el hueso de su rodilla se abre paso entre sus piernas buscando someterla. Los ladridos de la pantalla se confunden con el eco de las voces infantiles. El niño sobre ella presiona la rodilla y una humedad involuntaria la llena, se sobresalta un instante porque quizá su vejiga la traicionó en el esfuerzo de la risa. Se contrae y aprisiona la rodilla entre sus muslos delgados, una cosquilla distinta a la que siente en la barriga, las axilas o la planta de los pies recorre su vientre. Empuja las caderas andróginas y se frota contra el chico que no entiende el cambio de intensidad en el juego pero sufre un calor intempestivo, una picazón que lo pone tenso, que a cada embestida de la niña le endurece el pene diminuto, un brote de carne que apenas abulta tras su pantalón. El chico mayor se acerca con cautela, ya no ve dos aprendices de perro imitando las caricaturas, los ladridos se han convertido en jadeos que empañan la habitación con algo espeso. Alarga la mano y roza las bragas blancas, mojadas, que ofrecen la vista lampiña de un pliegue inflamado. Hay un estremecimiento colectivo y las bocinas emiten una melodía melosa que interpreta una hembra de cocker spaniel. La niña afloja, suelta al primo pequeño y ofrece las piernas abiertas a la mano tímida, que torpe, toca y pellizca sobre la tela. El más joven nota la rigidez bajo el ombligo de su hermano y un impulso lo hace bajar su cremallera y asomar la punta del glande, tan rosa y tan hinchado que parece que le hubieran dado un golpe. Ella lo acaricia como haría con un polluelo recién nacido, como muchas veces hará a lo largo de su vida con él y otros. Otros que sí serán capaces de llegar hasta donde los dedos infantiles que la escarban no pueden. Pero siempre sentirá una especie de agradecimiento por ese falo menudo y enhiesto, al que asociará irremediablemente con el placer. Un día parirá un hijo. Un perfecto y saludable bebé con una perfecta y saludable protuberancia diminuta entre las piernas, un capullo sonrosado que le quitará el sueño. Para amainarse, sin inquietud alguna se tocará mirándolo dormir desnudo, besando su piel olorosa a leche. Un alivio breve, natural. Cuando el crío cumpla un lustro le será imposible contenerse. No será la pasión desbordada y culpable de Fedra por Hipólito. No será el amor prudente, mesurado en la ignorancia de Yocasta. Será algo más parecido al deseo irrefrenable de Pasifae. Una lujuria primitiva que la nublará, que destruirá todo lo existente en el mundo salvo el temblor de sus entrañas. Podrá escuchar las palpitaciones de su sexo, podrá escuchar cómo la piel de su vagina es desollada por el líquido hirviente que la carcomerá. Sonidos insoportables que la obligarán a aullar y gruñir como en los juegos de la niñez. Su hermoso toro blanco. Qué importa que el precio a pagar sean cien asteriones, siempre habrá un laberinto donde perderlos. Un estruendo de vajilla rota expulsa a los tres niños del trance y la avena caliente se derrama como un augurio humeante, dulce. La nana sacude a los varones, el de cinco años llora apelando a las prerrogativas de ser el consentido, el de ocho no comprende el escándalo. A punto de aplicar un correctivo del que podría arrepentirse, esconde los puños en el delantal y se tranquiliza, son criaturas, se dice, en ellas no hay malicia. Arregla las ropas, sube cierres, faja camisas. Alisa los bucles desechos, sacude el vestido, ajusta las calcetas a las pantorrillas y da reiniciar a la película de los perros que cantan. La mujer levanta los bocadillos, los trozos de porcelana, los vestigios de su propio rubor. Un acorde suave hipnotiza al terceto en un nuevo coro de aullidos. Dueño de sus voluntades, en el televisor, un simpático terrier da saltos por el verde de un jardín.

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