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El número de "El mundo te odia"

El purgatorio de los deportados

Aquí nadie los contrata, no tienen identificaciones y son discriminados. Son mexicanos, pero en Tijuana son como indocumentados.
17.7.13

Avimael El Cocho y su novia, Marta Gómez, de 42 años, dentro del ñongo, que Cocho excavó.

Fotos de David Maung

Cada año, más de 30 millones de personas cruzan la frontera entre Estados Unidos y México a través de la garita de San Ysidro. Es el cruce migratorio terrestre con más tráfico del mundo y, en algún momento, la zona entre San Diego y Tijuana fue también el lugar más popular para cruzar la frontera ilegalmente. Sin embargo, con la puesta en vigor de la Operación Guardián en 1994, se amplió el muro y se instalaron más puntos de control y patrullas fronterizas. Recientemente, la implementación de sensores de movimiento y aviones no tripulados han convertido a Tijuana en una de las fronteras más vigiladas de todo el continente. Ahora los inmigrantes sin papeles tienen que buscar otras vías para cruzar, como el desierto de Sonora, donde los riesgos son mucho más altos y cientos de personas mueren cada año.

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Actualmente, un cuarenta por ciento de los inmigrantes mexicanos que son deportados de Estados Unidos entran por Tijuana, sin importar dónde los hayan atrapado ni su lugar de origen. Un buen número de ellos se ha asentado en la canalización del río Tijuana en el norte de la ciudad, en una zona conocida como el Bordo, donde viven en condiciones de extrema pobreza.

Hace algunos años, diversos albergues y ONGs que operan en la ciudad se enfocaban en ayudar a inmigrantes en su camino hacia Estados Unidos, pero su trabajo principal es hoy apoyar a los recién deportados. Según el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), 409.849 inmigrantes fueron deportados en 2012, y un informe reciente de la organización Social Scientists On Inmigration Policy asegura que, de seguir el mismo ritmo, para 2014 más de dos millones de personas habrán sido deportadas por el gobierno de Obama, más que durante el mandato de cualquier otro presidente norteamericano.

Micaela Saucedo dirige el albergue Casa Refugio Elvira, ubicado a unas manzanas del Bordo, y lleva más de 30 años trabajando con inmigrantes. "Antes la frontera no estaba tan vigilada, cruzabas rápidamente. En aquellos años, en 1965, 1966, era otro mundo", nos dijo mientras caminábamos hacia el Mapa, una plaza pública donde deportados e indigentes se congregan para recibir comida de las ONG que trabajan en la zona. "Lo deportados llegan con la idea de que es muy fácil cruzar otra vez", nos explica Micaela, "pero no saben que la frontera ya está blindada. Es muy difícil cruzar".

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Seguimos caminando hasta el Bordo, un lugar inhóspito donde el agua sucia de la ciudad se queda estancada en el cemento del canal y riega los pocos arbustos que esconden las tiendas de campaña improvisadas con palos y plásticos. Al otro lado del Bordo está el muro fronterizo, y justo atrás, ya en San Diego, se puede ver el lujoso centro comercial Las Américas.

"¡Gallo!" grita Micaela. De un hoyo en el suelo sale un hombre que nos saluda cacareando. Delfino López, más conocido como el Gallo, tiene alrededor de 30 años y nunca se quita su gorra con un gallo de pelea bordado. Es una de las tres mil personas que se estima que viven en el Bordo. Como muchos de sus vecinos, Gallo vivía en Estados Unidos. Cruzó la frontera ilegalmente en 2005 y trabajó en la construcción durante seis años para enviar dinero a su esposa e hijos en Puebla.

Hace dos años tuvo un problema con su casero, quien en venganza lo denunció ante la ICE. Fue deportado y desde entonces no ha visto a su familia. Se niega a buscarlos hasta que no consiga un buen trabajo para poder mantenerlos. Para él, trabajar en "el otro lado" es la única forma de ganar dinero. "No queda otra que seguir pa' adelante con las ilusiones, no quiero regresar como una persona derrotada", nos dijo.

Gallonos invitó a pasar a su casa, una especie de cueva que cavó hace tiempo de no más de un metro y medio por dos. Estas cuevas, a las que llaman "ñongos", empezaron a aparecer hace algunos meses. Hoy existen aproximadamente 300 ñongos en el Bordo, mientras que el resto de los deportados sigue viviendo en tiendas de campaña de palos y plástico o en el interior de las compuertas del drenaje. La entrada estaba fabricada con el marco de una televisión vieja a modo de puerta. Según Gallo, su casa era muy resistente; la había reforzado con materiales que había encontrado tirados, como madera, plásticos y costales de arena. También presumió, orgulloso, de que cuando llueve no entra agua y de que la gente puede caminar por encima de su casa sin que se hunda.

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Gallo guarda objetos que encuentra en la calle: una calavera de Halloween, un hacha de plástico, el volante de un triciclo cuyo claxon usa como timbre, una manta de Campanita y un montón de juguetes rotos que utiliza como decoración. Ahí duerme y se protege del frío y de la policía. "Le tengo miedo a la placa, que viene y quema nuestras casas", nos dijo Gallo. "Nos tachan de drogadictos y de rateros".

"La primera vez les quemaron todo. Llegó la policía con la máquina destruyendo todas sus casitas y después les prendieron fuego", agregó Micaela. "La segunda vez esparcieron gasolina que trajeron en bidones. No miraban si había gente o no y varias personas resultaron quemadas. La tercera vez, lo mismo. Yo he estado ahí varias veces que han quemado".

Seguimos caminando por la orilla del canal hasta encontrar una nevera que cubría la entrada a otra construcción subterránea. Micaela llamó y del pequeño hoyo salió Avimael 'el Cocho' Martínez, que también nos invitó a conocer su ñongo. El 'cochotúnel', como él lo llama, era mucho más amplio que el del Gallo; según él, han llegado a dormir ahí hasta 16 personas. Al igual que Gallo, Cocho llegó al Bordo hace dos años, después de ser deportado, y echa brutalmente de menos su vida en EE.UU.

"Estuve un buen tiempo en Estados Unidos", nos contó. "Mi meta era el sueño americano. Mi familia está bien, pero la mayoría de mi patrimonio se quedó allá. Dejé una familia y mi trabajo. Tenía mi propio negocio, un taller de coches". Cuando le pregunté cómo se comparaba su vida en el Bordo con la que tenía en Estados Unidos, sus ojos se empezaron a llenar de lágrimas. "Comíamos como la gente normal. Este lugar es terrible, no se puede comparar con nada. Allá se disfruta la felicidad, tengo muchos gratos recuerdos, y ahí es de donde viene la tristeza. Este es un lugar de vicio, aunque tratamos de no meternos en eso".

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Las historias de Gallo y Cocho no son excepciones en el Bordo. La mayoría de los que viven ahí tenían trabajos en Estados Unidos y dejaron al otro lado una familia e incluso hijos con nacionalidad norteamericana. La mayoría fueron deportados por infracciones como conducir con aliento a alcohol, o por denuncias de violencia en el seno familiar.

Según nos explicó Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos, en Tijuana, los mexicanos deportados de EE.UU se pueden dividir en tres categorías: "Estimamos que un treinta por ciento son mexicanos que vienen de prisiones o que pertenecen a pandillas. Otro treinta por ciento son mexicanos que trataron de cruzar ayer, la semana pasada o hace un mes, fueron arrestados y los deportaron. Estos intentarán volver a cruzar. Y el resto son mexicanos que han vivido largas temporadas en Estados Unidos y aquí nadie los contrata, no tienen identificaciones y son discriminados. Son mexicanos, pero en Tijuana son como indocumentados".

Los mexicanos sin papeles son una parte fundamental de la economía de Estados Unidos, ofreciendo mano de obra barata para el campo, fábricas, restaurantes y muchas otras industrias. Al mismo tiempo, son una parte esencial de la economía mexicana. Las remesas que envían los inmigrantes representan el segundo lugar en captación de divisas, sólo después del petróleo.

Uno de los habitantes del Bordo se baña, con el muro fronterizo de fondo.

"El estado [mexicano] tiene una enorme responsabilidad en proporcionar a los inmigrantes alimentación gratuita, hospedaje gratuito, identificaciones inmediatas, una bolsa de trabajo", nos dijo Víctor. "Debe orientarles de manera precisa con relación a todos los servicios que se ofrecen en la ciudad. El año pasado, los inmigrantes enviaron a México más de 24 mil millones de dólares, así que nos parece justo que, cuando son deportados, el estado les devuelva algo a cambio".

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Para la mayoría de las personas que viven en el Bordo es prácticamente imposible encontrar trabajo, y terminan dependiendo de ONGs y grupos religiosos para cubrir sus necesidades básicas. Una de las organizaciones más importantes es el Desayunador del Padre Chava, a sólo una calle del Bordo. Todos los días sirven comida para más de mil personas.

El Padre Ernesto Hernández dirige el desayunador. Nos explicó cómo una persona deportada puede pasar, en sólo diez días, de tener una vida digna, cómoda y productiva en Estados Unidos, a convertirse en un indigente. Una vez regresan a México se gastan el poco dinero que traen en hoteles baratos o albergues, donde sólo los pueden alojar un par de días, mientras buscan trabajo. La mayoría no encuentra y acaban viviendo en las calles, hostigados por la policía. Y así terminan en el Bordo.

"Muchos de los deportados ya llevaban años en Estados Unidos", nos confirmó el Padre Ernesto. "Tienen una familia, su esposa, sus hijos, y al ser deportados se quedan en esta ciudad con la idea de sentirse más cerca de los suyos. Tijuana ya no es una ciudad de inmigrantes en tránsito, sino de inmigrantes que se establecen aquí".

El Padre Ernesto nos presentó a Joaquín, un hombre de casi 40 años originario de Michoacán que vivió como indocumentado durante 22 en EE.UU antes de su deportación en 2012. Lo deportaron por no pagar, tras haberle caducado, las etiquetas de registro de su camión, según nos dijo. Su esposa, ocho hermanos, padres y cuatro hijos, dos de ellos con nacionalidad norteamericana, viven aún en Perris, California. Joaquín espera que una vez haga la declaración de impuestos (usando un número de Seguridad Social que le presta un amigo) de su taller de soldadura en California, le devuelvan por lo menos tres mil dólares con los que poder pagar a un "coyote" que le ayude a cruzar. Mientras tanto trabaja como voluntario en el desayunador, donde le dan alojamiento y comida.

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La economía de Tijuana ha cambiado drásticamente durante la última década. A principios del 2000, la Avenida Revolución estaba llena de gringos borrachos que viajaban a México para destruirse el fin de semana y comprar Xanax y Viagra en cualquier farmacia. Pero en 2006, cuando el cártel de Sinaloa empezó a disputarse el territorio con el cártel de Tijuana, todo cambió. En 2008 se registraron por lo menos 844 asesinatos, y la violencia se mantuvo con índices similares durante los siguientes dos años. Los asesinatos y la violencia han disminuido recientemente, en parte por el trabajo de la policía y el ejército y en parte porque el cártel de Sinaloa se impuso en la ciudad. Actualmente se vive un ambiente muy distinto; la Avenida Revolución ha sido tomada por la gente local y restaurantes y bares han vuelto a abrir. La escena musical, con el ruidosón y otras propuestas, comienza a sonar en el resto del país, y la prensa internacional habla de la cocina Baja Med. Hoy Tijuana es divertida, movida y, en general, se percibe como más o menos segura.

Para entender mejor la situación del Bordo, acompañamos al subdirector de la Policía Municipal, Armando Rascón, en su patrulla por la zona norte de la ciudad, ubicada entre el río y la zona turística. En la zona norte es donde se encuentran la mayoría de los albergues y casas que funcionan como picaderos de heroína, y la zona de tolerancia, llena de hoteles de paso, burdeles y strip clubs de hasta cinco pisos.

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"El problema del canal es muy serio y está creciendo", nos explicó Rascón. "La gente que vive en el canal no se preocupa por comer. Por la mañana se forman con el Padre Chava para desayunar. A las cuatro de la tarde un grupo cristiano les trae de comer. Por la noche llega un grupo de americanos que vienen a hacer labor social y les traen otra vez pan, chocolate, café. Esta gente se preocupa por obtener dinero para la droga que consume, porque la mayoría ya son adictos. Y es cuando salen del canal a arrebatarle la bolsa a una persona, o una cadena, a robar lo que encuentran a mano".

Armando siguió explicándonos la estrategia de la policía: "Vamos y desbaratamos todo lo que tienen ahí construido. Pero más tardamos nosotros en desbaratarlo que ellos en volverlo a construir. Es como un juego". Cuando le pregunté acerca de lo que nos contó Micaela sobre la policía quemando ñongos y tiendas de campaña en el Bordo, nos aseguró que sus oficiales jamás harían algo así. Argumentó que los residentes del Bordo han causado los incendios de forma accidental mientras cocinan o queman llantas en invierno. Sin embargo, la mayoría de las personas del Bordo con las que hablamos le tiene pavor a la policía, y aseguran que han sufrido abusos e incluso han sido golpeados por ellos.

Bajamos con la patrulla hasta el fondo del canal, donde Rascón señaló unas compuertas gigantes de drenaje, y nos contó que en su interior vive mucha gente en completa oscuridad. "Una manera de tenerlos controlados es aquí, dentro del canal", nos dijo. "Que el problema no nos lo lleven allá a la calle, que no vayan a robar, que no nos asalten al turismo. Tenemos que cuidar a la gente que cruza a Estados Unidos y a la que viene de allá. A nosotros lo que nos compete es la seguridad de los ciudadanos de Tijuana, el turismo y el comercio. ¿Cómo damos seguridad? Estando presentes, haciendo operativos, retirando a la gente de la calle".

Cocho saliendo del 'cochotúnel'.

Cuando le preguntamos sobre posibles soluciones para este problema, nos dijo: "Tendríamos que empezar por que las deportaciones las hicieran al interior de la república, vía aérea. Que no los estén sacando aquí. En la zona centro, el 86% de los delitos son por esta situación. El día que no tengamos esto bajará el índice de delincuencia. Este es un problema que tenemos que resolver de manera social, no expulsándolos, reprimiéndolos. Así no lo vamos a resolver".

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El gobierno mexicano tiene un programa de apoyo para personas repatriadas, pero no es ni medianamente suficiente. El programa consiste en ofrecerles una llamada gratuita, un poco de alimentación, atención médica y una identificación provisional que muchas veces no es reconocida ni por los policías ni por potenciales empleadores. Más allá de esto, no hay un programa integral que los ayude a reestablecerse en México.

Después de pasar un tiempo en el Bordo, es fácil darse cuenta de que la mayoría de la gente que vive ahí son adictos a la heroína y a otras drogas duras como el cristal, lo cual no ayuda a la percepción que la policía y la población en general tiene de los habitantes del canal. Una dosis de heroína se puede conseguir hasta por 25 pesos [un euro y medio], y la mayoría de las personas con las que hablamos nos dijeron que se inyectan entre tres y cuatro veces al día. Mucha de esta gente consigue el dinero para pagar su dosis recolectando chatarra o lavando vidrios de coches, y la policía asegura que muchos también cometen robos menores para sostener sus adicciones.

La doctora Remedios Lozada, coordinadora estatal del programa de VIH Sida de la Secretaría de Salud, ha establecido un programa de intercambio de jeringas en del Bordo, uno de los pocos que existen en el país, con la finalidad de reducir el riesgo de contagio de VIH y hepatitis. "Dentro del canal, más del 90 por ciento son usuarios de drogas inyectables. Pero el ciento por ciento consume algún tipo de drogas".

Acompañamos a la doctora Lozada y a un grupo de voluntarios a uno de estos intercambios. Condujimos hasta un campamento en una zona del canal donde había más vegetación. Aparcamos las camionetas e inmediatamente vimos cómo más de 30 hombres salían de los arbustos para acercarse a la mesa que habían instalado los voluntarios. Cada persona llevaba más de una docena de jeringas usadas en las manos. Algunos hasta las llevaban detrás de su oreja como si fuera un lápiz. En cuanto recibieron las jeringas nuevas, empezaron a cocinar la heroína, o "chiva", como le llaman, en cucharas de plástico. Muchos tienen ya dificultad para encontrarse las venas y se pican donde pueden: en el cuello, las piernas, entre los dedos.

Me acerqué a un hombre una vez terminó de inyectarse con una de las jeringas nuevas. Me contó que a él lo habían deportado directamente desde una prisión en California. Cuando le pregunté si prefería vivir en la cárcel en Estados Unidos o ahí, en el Bordo, me contestó que en la cárcel por lo menos tenía comida y un lugar con techo donde dormir.

Nuestra siguiente parada fue debajo de un puente, donde estaban reunidas unas cien personas. Nuevamente los voluntarios instalaron la mesa para realizar el intercambio de jeringas y repartir condones. Nos dimos cuenta de que un joven con una sudadera nueva y tenis de marca no dejaba de mirarnos. Era evidente que no pertenecía ahí y dedujimos que era el "tirador" mayorista, que estaba ahí para entregar mercancía a un camello local. Decidimos que era momento de irnos.

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