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Cultura

Tengo 30 años y todavía me da miedo la oscuridad

En este aspecto de la vida he avanzado tan poco que creo que no he hecho otra cosa que empantanarme más. Ya lo sé. Vergüenza de mis hijos.

por Elisa Victoria
02 Abril 2015, 12:31pm

Ilustración de Marta Altieri

Tengo treinta años y me da miedo la oscuridad. Tanto como cuando a los seis me pasaba las noches en vela pendiente de que el colchón no fuese atravesado por una colección de dedos-cuchillo. Tapadita hasta los ojos, tenía que alternar el control del interior de la cama con la absoluta certeza de que una presencia femenina esbelta y reluciente acechaba detrás de la puerta, aproximándose muy despacio a mis pies. En este aspecto de la vida he avanzado tan poco que creo que no he hecho otra cosa que empantanarme más. Ya lo sé. Vergüenza de mis hijos.

¿Os suena, amiguitos? Me refiero a estar exhaustos de desasosiego, a padecer una inquietud absurda venida de una amenaza paranormal, de lo inexistente. Se trata a veces de un asunto delicado que cuesta confesar. No lo llevéis en silencio porque al final si sacáis el tema resulta que somos un ejército. El ejército con menos agallas del mundo.

Me he propuesto encuestar al respecto a la gente más cobarde que conozco en busca de patrones que nos orienten y nos hagan sentir no sé si más o menos idiotas, pero sin duda acompañados en la adversidad. Son cobardes de corazón, chiquillos jiñados de metro ochenta, vestidos de persona mayor. Como portavoz de esta pandilla demencial y vulnerable, he decidido adoptar todos los testimonios en primera persona, en teoría para ofrecer un retrato más cabal y completo. En realidad lo hago para que sea más difícil adivinar qué nos aterra a cada uno. Porque me pone nerviosa distinguir mi miedo del resto, viendo cómo queda expuesto, señalado. También porque me he dado cuenta de que una vez las describo mi mente sinuosa absorbe como propias las fobias ajenas. Porque yo, yo soy Legión.

El origen de este tipo de terror crónico reside en la infancia, claro. La mayoría de niños son caguetas hasta que poco a poco se les va pasando sin mucho escándalo. En mi caso empezó con alucinaciones miopes que convertían un traje de flamenca encima del armario en una serpiente gigante, con rituales obsesivos donde firmaba pactos de no agresión con las muñecas.El notario de semejantes contratos era lo Desconocido. Lo Innombrable. El dueño de la membrana nívea que se interpone entre mis ojos y la realidad como una sutil catarata.

La puericultura está llena de esquinas de las que muchos educadores no son conscientes. 'La Tarara' es una canción proscrita. 'Antón Pirulero' propició mi primer viaje a los confines del entendimiento mientras observaba un reloj de mesa de bronce en casa de mi abuela. Sentí que la realidad podía convertirse en un plano en dos dimensiones que se puede arrugar y enloquecerte. No puedo rechazar por completo la posibilidad que allí se me ofreció. No se me olvida.

Al mismo tiempo llegan las influencias procedentes de territorio adulto. Las vecinas te hablan del Momo, del hombre del saco. La melodía satánica de 'La Lambada' asoma de los balcones del bloque. Las niñas de Alcàsser en las noticias. Todo listo para un giro de gracia protagonizado por el simpático Freddy, el puto Chucky, el payaso Pennywise, los Critters. El ambiente idóneo lo encontraremos en Salem's Lot o en un videoclip de The Cure. Sobre una mesita baja, el retrato de Laura Palmer vestida de fiesta, con la mirada pícara fija en un punto que nadie sabe identificar.Un punto que se pierde más allá de tu espalda.

El ser humano está lleno de secretos raros. El mayor de todos es que nadie se está enterando de nada. Confesarle esta circunstancia inverosímil a un niño es un poco cruel, así que los pobres suelen ir descubriéndolo solos en una carrera tormentosa. No creo en los espíritus y tampoco puedo descartar que al final la existencia del universo entrañe algún significado. El susto de encontrarme con que estamos indefensos ante la incertidumbre no se diluye. Ese mismo susto viene a visitarme cada vez que se apaga la luz y me imagino ubicada en un mapa infinito lleno de sombras, cada vez que me quedo sola, miro a mi alrededor y pienso que lo que veo podría ser no más que una pantalla translúcida abierta a las posibilidades sádicas de los abismos concebibles. Se me va de las manos. Y las imágenes de ficción que almaceno aprovechan para manifestarse.

Un adulto con este problema medio resuelto es capaz de entender las sensaciones que nos embargan porque las recuerda e incluso conserva reminiscencias. Me puede llegar a aconsejar que me entregue al pánico de cabeza para observar cómo se desvanece. Pero yo no estoy tan segura. En serio, temo volverme loca. A veces me han dado sobresaltos grandes y he sentido como si se me derritiera el cerebro, como un chicle que se estira demasiado y está a punto de romperse. La encrucijada de verse a esta edad remolcando un conflicto sobrecogedor y caprichoso a partes iguales no es tan fácil de resolver.

Algunos teníamos fe en que al crecer se nos pasaría. El cine de terror cosecha éxitos espléndidos. Yo quería ver las películas como los mayores, sin repercusiones. Pero parece que mientras más vivo más aristas encuentro. A medida que envejezco la vergüenza de no haberlo sabido controlar por mí misma se desenrosca como la serpiente de encima del armario, y ahora además padezco la tortura de presentarme ante la sociedad más blanda que la mierda de pavo.

En plena ingenuidad le rezaba mucho al milagro de los dieciséis años. Pensaba que atravesar ese umbral me tornaría mujer bravía de manera espontánea. A los diecisiete vi The Ring sin tener idea de a qué me enfrentaba y perdí los papeles. Escribí un cuento titulado 'La chica del pelo largo' y gané el concurso del instituto. Por lo menos tengo cinco mil pesetas que agradecerle a ese espectro larguirucho y escurridizo, a esa bastarda del lado oscuro. Pensaba que agarrar el toro por los cuernos e incluso flirtear con él me haría más fuerte, pero no sirvió de nada.

Tengo una tele apagada aquí delante. Mantener la mirada fija en el portátil me resulta tenso. Ha anochecido. Las palabras larguirucho y escurridizo me persiguen como libélulas haciéndome cosquillas en el rabillo del ojo, imposibles de atrapar. Intuyo detrás de mí una figura extremadamente alta y flexible plegándose despacio hacia mi cuerpo. Voy a seguir mañana.

La peor situación posible tuvo lugar anoche, en mi casa. El miedo, para colmo, tiene una risa irónica y es fácil de invocar.

Marta Altieri es la ilustradora de este texto. Ayer pasamos el día exponiéndonos al material siniestro que requería la composición del artículo. Repasando testimonios acongojantes e imágenes prohibidas. Paramos de sopetón vislumbrando la amenaza y tratamos de pensar en otros asuntos. A la hora de la cena nos sentíamos inquietas y pusimos una película facilona, entretenimiento barato. El destino nos la jugó: resultó contener cierto misterio. Un negativo ajado donde se apreciaban unas cornamentas de ciervo decorando la pared. Un espejo. Una banda sonora insistente e intrigante.

Vivimos en un pueblo diminuto en medio del monte. Mientras descubríamos que la película era traicionera se levantó una ventisca. Nos acostamos con cierto hormigueo sobre la piel. De repente, el temporal sumió en la negrura kilómetros a nuestro alrededor. Tenemos un cacharro para salvar los ordenadores que conserva la electricidad durante un rato y durante ese rato no para de pitar. Cada vez pita más rápido, indicando que la reserva se agota.

Muchos días tenemos la sospecha de que hay algo que no vemos, algo muy próximo. No nos atrevemos a mirar por si acaso. Con la civilización a oscuras, el sonido del viento soplando fuerte y el rumor del bosque plagado de incógnitas, esa presencia tan familiar vino a buscarnos. No mencionamos nada sobre el tema, pero el pitido suponía la confirmación de que la presencia estaba cada vez más cerca. Mantener el tabú en acuerdo tácito puede ayudar tanto como alejar las riendas de quien galopa sobre el monstruo.Teníamos algo sobre la cara, echándonos el aliento desde la espesura inescrutable. Procuramos reírnos de semejante chiste del porvenir. Hablamos histéricas hasta las cinco de la mañana y la luz volvió cuando habíamos conseguido dormirnos. Estrenábamos lámpara nueva y un gato aprendió a encenderla tirando del cordoncito. Yo que os iba a recomendar un animal de compañía para aplacar los momentos difíciles. Qué cachondeo.

Me gustaría tener un gran compendio de consejos para ofreceros, pero no he comprobado que nada funcione. Ni la terapia de choque, ni una buena guerra a las espaldas. Tampoco he tenido la suerte de toparme con ayuda psicológica profesional eficaz, dejando aparte que acudir al médico por una cosa como ésta produce cierto rechazo y bochorno ya en el propio paciente. Solo podéis tratar de evitar las situaciones de riesgo, pero a veces ellas se encargan de emerger por su cuenta.

Lo único serio que puedo deciros es que el abrazo de esta legión os aguardará siempre lleno de fofo consuelo al amanecer. Y sobre todo que os acostéis meados. Porque no hay nada peor que levantarse en mitad de la noche a hacer pipí. Nada.

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