Cultura

El museo de la Policía Municipal de Madrid

No tenía nada que hacer y me fui a visitar el Museo de la Policía Municipal de Madrid, un templo tan escondido como inolvidable.

por Eloy J. Santos
08 Mayo 2015, 9:18am

Nuestra alcaldesa Ana Botella se despide este mes del cargo y conviene ir planeando los homenajes pertinentes. Cena de clausura en el despacho de Cibeles y paseo nocturno por la Villa Olímpica. ¡Uy, perdón! Si en Madrid no tenemos... Eso y una visita al Museo de la Policía Municipal, uno de los diamantes mejor escondidos de la ciudad.

Está claro que los tiempos han cambiado porque a los niños de los ochenta no nos traían a estos sitios tan ricos en matices. Como mucho a la fábrica de La Casera o la de tapices -en orden de importancia en mi vida-, pero nada de porras y uniformes. ¿Cuántos futuros policías habrían salido de estos muros en mi generación? ¿Cuántos espíritus cívicos y protectores habrían fraguado sus deseos de bien entre estos objetos?

La función de este templo de la ley, el orden y el civismo es "enseñar" al público "una labor de nosotros que se desconoce, la cívica, social y preventiva". Lo dice Francisco Javier Alonso, el policía municipal encargado de enseñar el museo, "sobre todo a visitas organizadas de colegios".

Primer fallo: el edificio está demasiado escondido detrás de la Avenida Ciudad de Barcelona, bajo un cubo de láminas metálicas y coronado con el símbolo mondrianesco de la Policía Municipal de Madrid. Pero con Francisco a mi lado, esta visita es una de las más placenteras que recuerdo a un museo de los que llaman "temáticos". No me sentía tan desbordado desde que conocí el Museo Centro de Entrenamiento y Visitantes de la NASA en Robledo de Chavela (Madrid), un rincón tecnocampestre con satélites a escala, réplicas de trajes espaciales, vacas y antenas gigantescas -el Complejo de Comunicaciones con el Espacio Externo fue uno de los puestos clave en el seguimiento espacial de la llegada a la Luna, y sigue funcionando-.

De vuelta al planeta Tierra, lo verdaderamente llamativo de este lugar son sus maniquíes. Un must. Porque aquí hay placas conmemorativas, gorras, sombreros y botas de todo tipo, aparatos analógicos y electrónicos de escucha, alcoholímetros y porras y armas... pero sobre todo hay maniquíes.

"La mayoría los traemos de unos grandes almacenes. Tenemos un compañero que es uno de los mayores coleccionistas europeos de parches de pecho y hombro, tiene 25.000, y que nos ayuda con estas cosas", me dice Francisco, leonés de 58 años "con 35 como policía". De repente me siento sobrecogido por una extraña sensación. Una pregunta que me desconecta de la escena mientras Francisco sigue contándome que "aquí están todos los uniformes de la Policía Municipal que se conservan".

¿Está la Policía Municipal de Madrid desactualizada en términos de clichés sexuales? No lo parece. Los visitantes de este centro -al menos yo- se vuelven a casa pensando en hombres con cutis de bebé, pestañas de dos centímetros y extraños bigotes -que posiblemente antes estaban en la sección "complementos"- o mujeres preciosas en uniformes de choque para disolver manifestaciones.

"¿Conoces el dicho de a buenas horas, mangas verdes, no?", me pregunta Francisco.

"Por supuesto", le respondo. "Quién no lo conoce".

(Se nota que hemos llegado a una de las partes fuertes de la visita guiada).

"Pues lo decimos por este policía". Francisco señala una miniatura con uniforme negro, sable y bufanda y botas verdes.

Clases de arqueología y folclore semántico en el museo de la policía. Impagable: "En 1838 -me cuenta Francisco- había unos 200 policías en Madrid y, con los pocos medios de transporte que tenían en esa época, tardaban bastante en llegar a los sitios, y la gente les decía eso de "a buenas horas..."

Los chavales madrileños que cada semana conocen a este guía -policía municipal de profesión "y vocación"- descubren la historia de los objetos, los uniformes y las armas con las que han trabajado durante dos siglos la policía de Madrid y sus distintas unidades. Una de las más míticas, la Patrulla Especial de Protección Nocturna y su murciélago como estandarte, "se creó [en los Setenta] para vigilar los drugstore", unos agujeros del infierno maldito: "Sitios muy peligrosos donde se vendía droga y había mucha delincuencia", en palabras de Francisco.

Los 'munipas' -como se les conoce de-toda-la-vida en Madrid- siempre han estado ahí. Concretamente desde 1202, cuando aparece, según la web del Ayuntamiento de Madrid, "la primera referencia a una Fuerza Armada". Luego vendrían el primer Bando de la Policía de la Villa en 1561, los primeros Alcaldes de Barrio a partir de 1619 y la Milicia Urbana de Carlos III. Así hasta la Guardia Urbana, germen de la actual Policía Municipal, "cuyo nacimiento oficial se fija alrededor de 1850", me recuerda Francisco.

Aparte de los maniquíes disfrazados de policías de gala con el casco forrado de leopardo, o plumas fucsias coronando uniformes afrancesados, uno de los objetos que merece capítulo -o novela- aparte es el recuadro informativo con fotografía de Esteban Rafael Hernández Herrero, un motorista de la policía que debutó en el cine en 1956 y nunca más dejó las cámaras.

"Es uno de los compañeros más fascinantes que hemos tenido", me cuenta Francisco. Hernández Herrero, que debutó con Manolo Guardia Urbano y dejó la placa para hacer una carrera de actor secundario, volvió al cuerpo en 1993 para llevar la Jefatura de la Casa de Campo.

Por no hablar de las placas y el casco dorado -Salacot- en memoria del 11-M -"la pieza más importante de la colección", según Francisco-, o los uniformes de mujeres policías: "A las primeras no se las permitía estar casadas ni ser madres", recuerda.

En este punto me acuerdo del espíritu -allá donde esté- de Germán Coppini y sus Golpes Bajos. Me imagino a Coppini y Cardalda componiendo Fiesta de los maniquíes con cascos llenos de champán y saltando sobre las motos históricas de la Unidad Motorizada que guarda el museo... pero eso no se lo puedo contar a Francisco. "Éstas las retiraron porque tenían mucha cilindrada", me sopla Francisco mientras señala una de las tres que se exponen.

Mi guía se despide hablándome del libro Policía Municipal: ¿Dígame?, expuesto en una de las vitrinas de la sala principal: "Una vez nos llamó una señora y nos dijo que tenía el salón lleno de codornices, y varios compañeros acudieron rápidamente con jaulas. Al llegar resultó que tenía una colección de la revista de humor La Codorniz". Chistes malos, motos clásicas, porras, libros de llamadas anónimas y chicas inertes de ojos preciosos vestidas de antidisturbios. ¿Qué más se puede pedir a una mañana de miércoles?