​Objetivo cero: en busca de los últimos enfermos de ébola en Liberia

Luchar por erradicar el ébola es difícil pero esencial para los países afectados.

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03 octubre 2015, 3:09am

Foto por Kayla Ruble/VICE News

La mañana del 5 de marzo, una profesora de inglés de 58 años esperaba de pie en el exterior de un centro de tratamiento de ébola en Monrovia, capital de Liberia, flanqueada por una fila de trabajadores sanitarios. Toda sonrisas, Beatrice Yardolo había contraído esta fiebre hemorrágica mortal el 19 de febrero. Tan solo dos semanas después, era el centro de una ceremonia de despedida organizada por esta instalación médica gestionada por personal chino.

Ante las autoridades sanitarias, la prensa y los políticos que acudieron, Yardolo dio entrevistas y se mostró feliz por haber sido declarada curada de ébola. En aquel momento, esta profesora era una de las 9.249 personas de Liberia que habían contraído el virus durante el brote de ébola más letal que se ha registrado jamás; mató a más de 9.800 personas a lo largo y ancho de Liberia, Guinea y Sierra Leona, un número de víctimas que ha desde entonces ya ha sobrepasado las 11.200.

"Hoy soy uno de los seres humanos más felices de la Tierra, porque no fue fácil pasar por esta situación y salir de ella con visa", declaró Yardolo a la agencia Associated Press tras su salida.

Sin embargo, aunque las autoridades sanitarias expresaban optimismo sobre el hecho de que Yardolo era, de momento, la última paciente de ébola confirmada de Liberia, una sensación de inquietud sobrevolaba el país. Por primera vez en casi diez meses, no había ni una sola persona infectada por el virus en ninguna de las unidades de emergencias del país.

Aquella mañana calurosa de miércoles la sensación general era que la lucha contra el ébola no había acabado para Liberia, un país de 4,2 millones de habitantes. Las autoridades sanitarias aún mantenían bajo observación a más de cien individuos residentes en el país que habían entrado en contacto con enfermos de ébola en los últimos 21 días, el período de incubación del virus. Tendrían que pasar un total de 42 días sin un nuevo caso confirmado de fiebre hemorrágica para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara a Liberia oficialmente libre del virus.

El objetivo de reducir el número de infectados a cero es difícil pero vital para los países afectados. Rick Brennan, el director de la unidad de respuesta al ébola de la OMS, me explicó que "mientras no lleguemos a los cero casos, siempre habrá la posibilidad de un rebrote y una nueva propagación". Además, la lucha contra el ébola ha tenido efectos devastadores en el sistema sanitario, la economía y los recursos humanos del país que llevará tiempo reconstruir. "Los casos de ébola consumen mucha energía y recursos del sistema sanitario", dice Brennan. "Restablecer los servicios básicos de salud antes de que acabemos con el brote será todo un reto para nosotros".

A las autoridades sanitarias les preocupaba que en Sierra Leona y Guinea continuaban produciéndose nuevas infecciones, países que comparten unas muy permeables fronteras con Liberia. La falta de registros oficiales, la escasa confianza de la gente y la poca concienciación sobre la realidad de la enfermedad constituyen obstáculos que entorpecen los intentos locales e internacionales de poner el contador en la única cifra que podría marcar el fin del estallido de ébola en el este de África: cero casos en los tres países durante 42 días seguidos.

Por la tarde llamé al ministro de Sanidad de Liberia, Tolbert Nyenswah, desde un coche aparcado en el municipio de New Georgia, en Montserrado County, el condado más poblado de Liberia.

"No tenemos ningún caso confirmado en las UTE (Unidades de Tratamiento del Ébola), pero eso no significa que la lucha contra el ébola haya terminado", dijo haciendo hincapié en que el país necesitaba seguir alerta.

"Por supuesto, tenemos que seguir con el mismo nivel de concienciación. No hay lugar para la autocomplacencia: todos los ciudadanos deben tomar medidas para que Liberia continúe con cero casos de ébola, y también debemos apoyar a nuestros vecinos", explicó Nyenswah. No era la primera vez que hablaba por teléfono con el hombre que se presentaba como la cara visible del gobierno en la lucha contra el ébola.

La primera vez que hablé con Nyenswah, en junio de 2014, el virus del ébola se había debilitado en Monrovia. Por regla general, la fiebre hemorrágica atacaba a pueblos rurales aislados en países del centro y este de África, como la República Democrática del Congo (RDC), Gabón y Uganda. Pero la última pandemia marcó la entrada del virus en las principales ciudades de la zona. Así, los tres países más afectados han registrado casos de ébola en sus capitales: Conakry, en Guinea; Freetown, en Sierra Leona; y Monrovia, en Liberia.

En junio del año pasado hablé por teléfono con Nyenswah mientras él iba en coche de camino a diversas zonas de Monrovia para coordinar la estrategia de respuesta contra la enfermedad. En aquel momento, las autoridades sanitarias trabajaban a destajo en la lucha contra el ébola. Nyenswah me dijo que había visitado un centro de medicina tradicional en el que habían recogido muchos cadáveres y casos sospechosos. El ministro de Sanidad fue claro: Liberia necesitaba ayuda.

Foto por VICE News

"La situación no es estable; es volátil", dijo entonces, para insistir a continuación en la necesidad de recibir médicos y ayuda del exterior para formar equipos sanitarios locales.

En aquel momento, la primera experiencia de África occidental con el ébola se había convertido en el peor brote desde que el virus se descubrió en 1976 en la RDC, entonces conocida como Zaire. Desde diciembre de 2013, cuando apareció la primera infección en la provincia guineana de Guéckédou, se habían confirmado un total de 400 muertes. Se cree que un niño de dos años del pueblo de Meliandou se convirtió en el paciente cero tras contraer el virus de un murciélago, una especie animal que suele ser una reserva natural del virus del ébola.

En junio de aquel año, el virus se cobró su primera muerte entre los profesionales sanitarios en Liberia. Le siguieron cirujanos de renombre, médicos y enfermeros. Médicos Sin Fronteras y la OMS anunciaron que la situación se estaba agravando, mientras los números subían también en Sierra Leona y Guinea.

No fue hasta agosto, 1.711 casos y 932 muertes después, cuando la OMS calificó la situación como emergencia sanitaria grave a nivel global y las imágenes empezaron a atraer la atención internacional. Mientras el resto del mundo se empezaba a enterar de la crisis, Liberia se hundía en una situación de caos sin precedentes incluso para un país que todavía se estaba recuperando de 14 años de guerra civil.

"Había cuerpos por todas partes. El mes de septiembre fue especialmente malo", me explicó Victoria Kolakeh, una investigadora médica tres días después de la despedida de Yardolo del hospital.

"Entonces la cosa estaba muy difícil", me dijo relatando el brote, que llegó a su punto más alto durante los meses de agosto y septiembre de 2014.

En julio de ese año, cuando el gobierno hizo una llamada urgente de trabajadores sanitarios para luchar contra el ébola, Kolakeh, enfermera de profesión, se ofreció voluntaria. Esta mujer de 40 años recibió junto a otras cinco personas formación sobre las medidas básicas de prevención del virus. Después se unió a un grupo de 14 voluntarios, incluyendo investigadores, conductores, enfermeros e higienistas, que fueron divididos en dos equipos. Hacían turnos de 24 horas, de ocho de la mañana a ocho de la mañana, abarcando la totalidad de la ciudad para rastrear casos sospechosos y transportar gente al hospital.

Conocí a Kolakeh y a sus compañeros de equipo un sábado por la mañana en marzo de 2014, en el centro de operaciones montado en el centro médico John F. Kennedy de Monrovia. Los equipos de investigación habían colgado mapas, horarios y listas de contactos que estaban siendo controlados. Kolakeh acababa de salir de una cuarentena de 21 días tras haber entrado en un centro de tratamiento de la enfermedad sin el equipo de protección adecuado. Aquella mañana llegó con una camiseta estampado, pantalones decolorados y un sombrero gris. Después de aquella reunión se pasó su turno de ocho horas esperando llamadas sobre casos sospechosos de ébola en el Sector 1 de Monrovia, el cual incluía algunos de los barrios más poblados de la ciudad.

Pero cuando Kolakeh empezó a trabajar en Liberia, todo estaba menos organizado. Sus compañeros de equipo y ella respondían llamadas de toda la ciudad y la provincia en un momento en el que llegaban informes de casos sospechosos constantemente y las sirenas de las ambulancias no dejaban de sonar en las concurridas calles de Monrovia.

Cuando le pregunté a Kolakeh si durante el punto álgido del brote no estaba exhausta, trabajando 24 horas seguidas y muchas veces hasta más tarde de la hora del cambio de turno, respondió abruptamente, como suelen hacer los liberianos: "Mucho, pero ¿qué iba a hacer?, dijo. "Era necesario por el bien de mi gente. Me puse a trabajar por mi país".

Localizar y controlar a toda la gente con la que un enfermo de ébola ha tenido contacto requiere un gran esfuerzo logístico. Este tipo de respuesta es fundamental para contener la epidemia. Cuando un brote se debilita, el proceso se vuelve más fácil, pero las tareas de rastreo se vuelven todavía más importantes cuando se trata de llegar a los cero casos.

Liberia empezó a ver un descenso en el número de nuevas infecciones de ébola en octubre, y la cifra siguió disminuyendo a principios de 2015, mientras Guinea y Sierra Leona tenían serias dificultades para controlar la enfermedad. Brennan explicó entonces que las tareas de respuesta al ébola estaban ahora en una fase en la que el estudio de la epidemia era el foco principal de trabajo.

"En enero habíamos bajado a los 150 casos por semana, pero ese tipo de información generalista no es suficiente para acabar con la epidemia", me contó Brennan. "La última fase consiste en hacer trabajo de campo detallado sobre la epidemia, que haríamos cuando alcanzáramos un número bajo de pacientes: ir caso por caso, ir a las aldeas, encontrar a todos los enfermos y localizar a cada uno de sus contactos".

Cuando llegué a la recepción, las caras del personal encargado de esperar llamadas todavía dejaban ver el cansancio de varios meses de trabajo. Mientras me enseñaba las instalaciones del Sector 1, Kolakeh recibió una llamada de Aldeas Infantiles, una clínica gestionada por una organización benéfica internacional, para decirle que acababan de recibir a una mujer con síntomas de Ébola: vómitos, diarrea y cansancio general.

El equipo enseguida pasó a la acción, cogiendo sus bolsas y cargando un coche y una ambulancia para acudir al lugar. Cuando llegaron, la mujer enferma, tendida sobre el cemento, se negó a subir a la ambulancia e ir a una unidad de tratamiento de ébola: el estigma y el miedo que rodean al virus, visible hasta en la gente que va al médico solo para hacerse las pruebas, pervive en las mentes de muchos liberianos. Kolakeh y una asistente social intentaron convencer a la mujer de que les diera más datos personales, pero ella se negó a facilitar la información de contacto de sus familiares.

El conductor reconoció a la mujer por casualidad y estuvo llamando a los miembros de su comunidad hasta que consiguió el número de su hermana. Kolakeh se puso al teléfono inmediatamente y empezó el largo proceso de recopilar los nombres de toda la gente que podría haber entrado en contacto con la mujer. Una vez terminado, los compañeros de Kolakeh encargados de rastrear contactos intentarían hacer el seguimiento de cada individuo durante 21 días, hasta que todos hubieran pasado el período de incubación del ébola sin mostrar síntomas de la enfermedad.

Al final, después de más de treinta minutos de discusión, Kolakeh consiguió meter a la mujer en la ambulancia y llevarla al hospital ELWA 3, el centro de tratamiento de ébola más grande del mundo. Con una capacidad de 250 camas, sus instalaciones están ahora casi vacías.

Como pasó con muchos de los casos sospechosos que Kolakeh y sus compañeros habían llevado para hacerse las pruebas del ébola en los últimos días, la mujer de la clínica de Aldeas Infantiles dio negativo. Enfermedades como la malaria y el cólera son el pan de cada día en la región, y en sus fases iniciales presentan síntomas como los del ébola. Con el virus todavía fuerte en los países vecinos, los investigadores deben seguir alerta respondiendo llamadas y los enterradores deben seguir realizando inhumaciones en condiciones de alta seguridad hasta que las tres naciones afectadas alcancen los cero casos de ébola.

Victoria Kolakeh investiga un caso sospechoso en un hospital de Monrovia. Foto por VICE News.

Después de despedirme de Kolakeh, Liberia disfrutó de una buena racha de 15 días sin un nuevo caso de ébola. Pero el 20 de marzo, seis días antes de que finalizara el período de incubación de 21 días, una mujer de 44 años dio positivo en un hospital de Monrovia. Aunque fue un revés importante para el país, los profesionales sanitarios consiguieron contener la enfermedad y transportar a la paciente de manera segura al ELWA 3. Ni una sola de las personas que entraron en contacto con la paciente mostraron síntomas sospechosos.

La mujer murió el 27 de marzo, pero seis semanas más tarde Liberia alcanzó por fin la meta que había perseguido durante un año. El 9 de mayo el país llevaba 42 días sin incidencias. Liberia estaba oficialmente libre de ébola y el brote había acabado.

Aunque la OMS dijo que estaban seguros de que Liberia ya no podía transmitir el virus, también subrayó el hecho de que Guinea y Sierra Leona todavía habían detectando brotes de ébola recientes cerca de sus fronteras. "El gobierno es plenamente consciente de la necesidad de seguir en estado de alerta máxima y tiene la experiencia, la capacidad y el apoyo de la comunidad internacional para hacerlo", concluyó la OMS.

En los más de dos meses que han pasado desde entonces, tanto Guinea como Sierra Leona han seguido informando de nuevos casos de contagio. En junio registraron una media de veinte infecciones por semana.

Brennan opina que aunque había habido importantes cambios de comportamiento en las comunidades que experimentaron la transmisión del virus, todavía queda mucho trabajo por hacer para superar los obstáculos de la resistencia y la falta de prevención.

"Si todas esas comunidades cambiaran de actitud de la noche a la mañana, acabaríamos con esta epidemia en 21 días", explicaba Brennan, añadiendo que esperaba ver algo de fluctuación en una tendencia general descendente en el número de casos de ébola. Aunque dijo que la OMS confiaba en llegar a los cero casos en África occidental, insistió en la necesidad de hacer un trabajo de campo epidemiológico detallado y casi perfecto en este "último trecho" de la pandemia.

"Acabar con una epidemia de ébola requiere un nivel de planificación poco común en la mayoría de los programas humanitarios", decía. "Tenemos que encontrar cada caso; tenemos que encontrar cada uno de los contactos".

El 30 de junio, un mes y tres semanas después de que se declarara el fin del brote en Liberia, Nyenswah anunció que el cadáver de un chico de 17 años había dado positivo para ébola. Se realizó un enterramiento seguro y las casas vecinas del condado de Margibi fueron puestas en cuarentena. De repente, los equipos sanitarios locales tenían más de cien nuevos contactos que seguir.

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