Hablamos con el primer sindicato popular de manteros de Barcelona

"No nos gusta pedir, sino trabajar como podemos. Somos luchadores"

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oct. 19 2015, 10:45am

Todas las fotos de Dídac Guxens

Plaza Cataluña. Metro. Línea 3. Unos diez africanos cargados con inmensos fardos blancos esperan en el andén, estampa habitual para quienes frecuentamos el suburbano de Barcelona. De pronto, un estruendo rompe la rutina. Varios policías armados con porras hacen aparición y los manteros huyen despavoridos, sin importar qué ni a quién se llevan por delante. Los presentes observamos atónitos la persecución, con el culo pegado a la pared, alucinados ante la desesperación de unos y la inusitada agresividad de los otros. ¿Era necesario provocar el caos en un andén abarrotado para perseguir a unos cuantos vendedores ambulantes? La situación parecía cuando menos peligrosa hasta que, finalmente, se confirma: uno de los manteros tropieza y cae a la vía precisamente cuando se acerca el tren. Los chillidos histéricos encogen mi estómago mientras observo desde el andén contrario, hasta que la casualidad hace que mi convoy aparezca en ese preciso instante, tapando completamente mi visión y dejando que sólo los gritos y mi imaginación hagan el resto. En shock, mis compañeros de andén y yo subimos al vagón, carcomidos por la duda de si a pocos metros de nosotros una persona está hecha pedazos bajo un tren solo por vender camisetas falsas de Neymar.

Esto sucedió en 2014, alrededor de un año antes de que el senegalés Mor Sylla muriera tras la irrupción de la policía en su piso de Salou. El caso que presencié, al parecer, acabó bien: el chico logró volver al andén a tiempo y todo quedó en un susto. Eso sí: por los pelos. Apenas unos segundos más y la guerra abierta entre manteros y Guardia Urbana habría estallado mucho antes en plena capital catalana.

A nadie se le escapa que los manteros están jodidos. Persecución policial, mala prensa, expedientes, decomisos... Y todo para malvivir. Definitivamente, la manta dista mucho del sueño americano. Quizá por eso han decidido salir del ostracismo, organizarse y reivindicarse a través de una entidad que los represente y les de voz. Esta entidad se llama Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes y nace el pasado 11 de octubre en Barcelona. Una semana después de su fundación montan un acto en el barrio de Sant Andreu al que decidimos asistir. Allí nos encontramos con unas pocas decenas de personas -en su mayoría blancos, curiosamente-, un par de ponentes y una enorme pancarta que reza "Prou persecució policial als treballadors migrants" (Basta de persecución policial a los trabajadores migrantes). Representando al nuevo colectivo están los senegaleses Seni Gueye y Pape Diop (portavoz del Sindicato), acompañados de Esteban Yanischevsky, un tipo afable de barba blanca miembro de Tras la Manta, red de apoyo a los vendedores ambulantes en la ciudad condal.

La charla es breve: los dos miembros del sindicato presentan sus objetivos de forma escueta pero meridianamente clara: "somos top manta, trabajadores que quieren ganarse la vida humildemente; estamos aquí para dialogar y negociar". Se les nota nerviosos, incluso incómodos. Es fácil percibir que esto no les gusta. Ellos no han venido aquí para dar charlas, organizar eventos y gritar proclamas; están aquí para ganarse la vida, y quieren hacerlo en paz, sin ser estigmatizados por los medios ni acosados violentamente por la policía. "No podemos seguir toda la vida así, hay que acabar con la persecución, y hay que hacerlo ahora", sentencia Pape Diop. "Vivir" y "trabajar" son los verbos que más se oyen durante la charla a través de la voz hastiada de ambos senegaleses. No faltan las críticas a los medios de comunicación, a quienes acusan de criminalizarlos (las hostias caen especialmente contra La Vanguardia), así como a la Guardia Urbana y su excesiva contundencia. Un joven miembro del Espai de l'Immigrant les pregunta cómo vivieron la muerte de Mor Sylla, a lo que responden: "lo vivimos como vosotros: a través de los medios, por eso no sabemos nada". Luego, Diop lanza otra frase lapidaria: "no estamos aquí para morir, para eso nos habríamos quedado en nuestro país".

Yanischevsky, de Tras la Manta, toma la palabra en algunas ocasiones para aclarar cuestiones que quedan en el aire. Las más evidente: ¿cómo va a funcionar, de forma efectiva, este sindicato? Evidentemente, no va a ser fácil. "Es el sindicato más pobre que hay: no hay dinero, ni dirigentes... Por no ser ni siquiera es legal", reconoce. Sin embargo, tiene fe en que el sindicato sea una herramienta útil de organización interna, así como un altavoz para un colectivo que, hasta el momento, ha permanecido silenciado.

La ronda de preguntas pronto degenera en las habituales divagaciones sobre todo tipo de cuestiones sociales, así que Yanischevsky pronto da por concluida la reunión: "estos hombres se tienen que ir a trabajar". En ese momento nos acercamos a Pape Diop que, pese a tener una evidente prisa por marcharse, nos concede un par de minutos de charla.

VICE: ¿Cuándo surge la idea de fundar el Sindicato?

Pape: Fue este verano. En verano es cuando hay más trabajo y también más agresiones por parte de la policía.

¿Los hechos de Salou tuvieron algo que ver?

También. Yo he visto muchos casos de policías entrando en casas de top manta, pero nunca había muertos y heridos. Los policías son profesionales, saben cómo hacerlo sin que pase algo así. Pero en Salou hubo algo raro y nunca sabremos la verdad.

¿Qué esperas del Sindicato?

Hemos creado el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes para dialogar y negociar. Se dicen muchas mentiras sobre nosotros y queremos poder tener voz propia.

¿Qué sientes cuando se os acusa de ser una mafia?

No somos ninguna mafia. Cada uno gana su dinero y luego lo reinvierte para comprar más material. Lo que sí hay es solidaridad: por ejemplo, si a mí me quita la policía el material, un compañero me presta el dinero. Pero cada uno va por libre. Mira, cada uno tiene su nivel de vida. Nosotros no hacemos esto por gusto. A mí me gustaría abrir una tienda y vender ahí, claro, pero no puedo. Por eso lo hago en la calle.

Pape Diop, portavoz del Sindicato, durante la entrevista.

Pero la actividad sigue siendo ilegal.

Para mí no es ilegal. Yo no falsifico nada, por ejemplo. Ése es el delito. Yo compro el material en los chinos, un material que llega por el puerto, que paga impuestos. Yo sólo lo compro y luego lo vendo en la calle, pero no hago daño a nadie. No nos gusta pedir, sino trabajar como podemos. Somos luchadores.

¿Ha cambiado la situación desde la llegada de Ada Colau a la alcaldía?

La cosa está mejor que el año pasado. Estuvimos reunidos con gente del Ayuntamiento y esperamos volver a hacerlo pronto con el Sindicato para que todo evolucione a mejor.

¿Y cómo está la cosa con la Guardia Urbana?

Parece que mejor, pero siguen pasando cosas malas. No actúan normal: lo normal es que tú veas a la policía y te levantes y te vayas y ya está. Pero ellos corren detrás, van a hacer daño, algunos compañeros se han roto piernas y brazos en las persecuciones. Hasta te dan con la porra. Y cuando nos defendemos exageran las agresiones y los medios hacen parecer que somos violentos, cuando no es así. Somos gente de paz.

Vemos que Pape tiene ganas de marcharse, así que le deseamos suerte y le dejamos tranquilo. Él y su compañero Seni se van para seguir con su rutina de manta, regateo y carreras policiales. En la plaza pronto no queda ningún africano. Aparentemente, aquí no ha pasado nada. A nivel oficial, todo está igual: ellos siguen siendo proscritos, ilegales en su mayoría, perseguidos y vilipendiados por la prensa, expuestos a agresiones y persecuciones e indefensos por el riesgo de detenciones y expedientes que imposibilitan su regularización. Sin embargo, la creación del Sindicato Popular de Manteros no deja de ser un mensaje claro en la cara de medios y autoridades: somos manteros, estamos aquí, vendemos en la calle porque necesitamos ganarnos la vida y no vamos a dejar que nos tratéis como basura. Y el mero hecho de poder decir esto, de visibilizarse, es ya una primera victoria para el sindicato más pobre del mundo.

@samuelvaliente

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