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El número de las estafas

Un verdadero artista del timo

¿Es C. S. Leigh un estafador o un genio?
7.3.14

En 2009 me mudé de St. Louis, Missouri, a la ciudad de Nueva York para “triunfar” como fotógrafo, un proceso que trajo consigo vivir en un piso del tamaño de un pasillo con vistas a una pared de ladri­llos. Estaba arruinado, solo y desesperado por trabajar, cuando surgido de la nada contactó conmigo por Twitter alguien que se llamaba C. S. Leigh.

Mediante la omnisciente e infalible base de datos del conocimiento que es Google, supe que C. S. Leigh era director de cine y comisario artístico. Una búsqueda de imágenes reveló fotos de un hombre calvo, casi esférico, con unas gafas de montura negra y doble papada. Me dijo que le gustaba lo que yo hacía, y al poco tiempo accedí a hacer algunas fotos para una revista de arte que iba a publicar.

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Me pareció lo mejor que jamás me hubiera pasado. Hice una sesión de moda con modelos que vestían threeASFOUR y Chado Ralph Rucci y retratos de los mundialmente famosos perfumistas Frédéric Malle y la artista Meredyth Sparks. Se habló de que fuera a París y Londres para la feria de arte de Frieze y la Semana de la Moda, o quizá de asistir a Coachella y hacer fotos de los grupos para la revista. Era como si C. S. hubiera abierto una puerta al exclusivo mundo del arte y la moda y discretamente me hubiera puesto a mí en el asiento del conductor.

Salvo que los billetes de avión a lugares exóticos nunca llegaron. Ni tampoco los cheques reembolsándome mis gastos, o los pagos que él había prometido a los estilistas, modelos, ayudantes, maquilladores y peluqueros que habían trabajado en mis sesiones. Más de un centenar de emails más tarde, él seguía insistiendo en que me enviaría el dinero, pero jamás llegó nada.

Siete meses después de mi primer contacto con C. S., ante mi puerta apareció una gran caja que contenía 20 ejemplares de Syntax #2: Too Much Night, la gruesa y brillante revista que finalmente había publicado. Salían muchas fotos mías y se la enseñé con orgullo a mis amigos y a posibles empleadores. Aún no había recibido pago alguno por mi trabajo, por supuesto, y a día de hoy sigo sin haber visto un céntimo. Tras meses de repetidas peticiones de pago, me rendí. Hasta le envié a C. S. un email agradeciéndole las oportunidades que me había dado y diciéndole que perdonaría sus deudas si me daba más trabajo y la oportunidad de ampliar mi portafolio.

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Es fácil, hasta extremos casi cómicos, explotar a los jó­venes artistas y fotógrafos independientes, muchos de ellos tan desesperados por un poco de atención y oportunidades que trabajarán sin un contrato y sin ningún poder a la hora de reclamar que les paguen sus facturas. Mi historia no sería en modo alguno excepcional si no fuera porque C. S. lleva décadas empleando la misma clase de trucos, alcanzando al mismo tiempo un nivel de éxito que la mayoría de artistas envidian. Y su auténtico nombre no es C. S.

Esto es lo que se sabía de “C. S.” antes de que me de­dicara a investigar los detalles de sus décadas de turbios manejos: Christian Leigh, como se llamaba a sí mismo, apareció en la escena artística de Nueva York a mediados de los 80, “engatusando a marchantes y artistas con su ingenio, su humor conspirativo y sus sugerencias de gene­rosasganancias”, según un perfil suyo escrito por Alexi Worth en Artforum. Fue comisario de grandes muestras, organizó lujosas fiestas e incluso trabajó durante un breve plazo de tiempo como editor de reseñas en Artforum, mientras se creaba simultáneamente la reputación de ser un falso que a menudo no podía o no quería pagar lo que debía. “Para comienzos de los 90”, escribió Alexi, “los marchantes ya advertían a sus artistas de que no trabajaran con él”.

Si no conocéis el mundo del arte, os puede parecer extraño que alguien tan evidentemente tramposo haya sobrevivido en estos entornos durante tanto tiempo. Pero el encanto y las apariencias tienen un papel importante en esos círculos, y muchas personas fueron tan generosas como para interpretar sus mentiras como un curioso rasgo de personalidad, o lo bastante ricas como para perdonarle cuando una de sus muestras excedía el presupuesto.

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“Los asuntos éticos y financieros, [la gente] tiende a olvidarlos”, me contó Alexi cuando le llamé recientemen­te. “La gente siente una especie de melancólica nostalgia por esos tiempos, y él es una especie de icono de… el exceso de los años 80”.

Christian no tuvo más remedio que reinventarse des­pués de organizar una enorme exposición en la Bienal de Venecia de 1993 que trajo como resultado 90.000 libras en facturas impagadas. Cambió Nueva York por Europa, con la mayoría de las obras de la exposición embargadas y marchantes y artistas negociando con los acreedores en su nombre. Mientras tanto, en Nueva York, los propietarios de galerías se dieron cuenta de las tretas de Christian gracias a un artículo aparecido en 1983 en la revista People, enviado por fax a prácticamente cualquiera que contara en el mundo del arte, que dejaba claro que no era la primera vez que Christian se pillaba los dedos con un tejemaneje insostenible.

La historia de People presentaba a un precoz diseñador de moda de 18 años llamado Kristian Leigh que había hecho el vestido que llevó Meryl Streep en la ceremonia de entrega de los Oscar de 1982. Lo cierto es que, un año después de que apareciera el artículo, la incipiente empresa de Kristian cerró por impago de deudas con sus proveedores y, según el artículo de Alexi, Streep nunca antes había oído hablar de ese chico. Fue poco después de ese embrollo cuando Christian -nacido Kristian- Leigh hizo carrera gracias a su encanto como comisario artístico.

Una de las pocas copias existentes de Syntax #2: Too Much Night, editado por C.S.Leigh y con fotografías del autor

De forma similar, después de que un grupo de coleccionistas y artistas llegaran en 1998 a un acuerdo con los acreedores italianos, él volvió a emerger como C. S. Leigh. Si hay que creer a IMDb y a la Wikipedia, esta última encarnación es un “director de cine inglés” que ha hecho películas protagonizadas por Marianne Faithfull y con música de John Cale. Sin embargo, resulta di­fícil encontrar información concreta sobre estas películas en internet, y cada vez que he rastreado alguno de los proyectos de C. S., lo que me han inundado son historias de él volviendo a joder a alguien.

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Todo aquel con quien he hablado que haya hecho algún trabajo para C. S. canta la misma canción: que era un tipo brillante, carismático y excéntrico que le vendía a la gente grandiosos proyectos pero nunca (o muy pocas veces) hacía promesas de pago.

Johannes Ekholm, el director de arte del número de Syntax en el que trabajé, me contó que C. S. aún le debía 3.500 euros y culpa en parte a este episodio de arruinar su relación con su ex-no- via. “Pulsó las cuerdas correctas de mi carácter neurótico”, dijo Johannes, añadiendo que C. S. le “hipnotizó”. “Yo creo que es un sociópata, pero puede que de algún modo esté llenando un hueco en esta tierra, y posee una especie de loca visión que lo justifica”.

Marick Baars, director creativo de weaponofchoice, la firma de diseño que creó el primer número de Syntax (y que, como Johannes, jamás recibió pago alguno), me contó por email que “Christian nunca duerme más de un hora al día y bebe unas siete botellas (grandes) de cola al día. Solo come una vez al día y tiene tanta energía que es difícil de creer hasta que lo ves”.

Roli Rivelino trabajó de editor en 2011 en A Quiet American, el documental de C. S. sobre el diseñador de moda Ralph Rucci. Al igual que yo, Roli tenía una experiencia relativamente escasa en su campo y estaba ansioso por trabajar. Me contó que al final recibió alrededor de 1.000 dólares, unos 730 euros, solo una fracción de lo que le debía por diez días de trabajo. Después de eso, me dijo Roli, “C. S. se hizo cada vez más difícil de localizar, hasta que un día lo busqué en Google, y lo primero que me salió fue un artículo que documentaba parte de su fraudulento pasado en Nueva York, París y Londres”. El documental lo completó otro editor después de que Roli, disgustado, lo dejara; IMDb dice que salió en 2012, aunque al parecer solo se ha proyectado un par de veces en Nueva York y Londres.

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Fue en este punto cuando decidí contactar con C. S. por email para ofrecerle la oportunidad de explicarse. Después de insistirle mucho, accedió a hablar conmigo por teléfono por poco tiempo, “tan poco como sea posible”. Cuando abordé por teléfono su costumbre de no pagar a sus colaboradores (yo incluido), afirmó que muchas de las personas que decían que les debía dinero eran “lunáticos”, pero admitió que el dinero no era su fuerte.

“Sí, he tenido deudas impagadas en el pasado”, dijo. “En ocasiones, incluso diría que a menudo, ha sido un problema”. Le presioné preguntando por qué había sido un “problema” durante tantos años, y me respondió, “Supongo que se tra­ta de un problema con los proyectos ambiciosos y no disponer de suficiente presupuesto para realizarlos. Pero no estoy de acuerdo en que haya sido así en todos los proyectos en los que he trabajado, solo ha sido cierto en muchos de ellos”.

Es improbable que C. S. sea recor­dado por su arte. Las muestras que comisarió en los años 80 y 90 atrajeron la atención de los medios, pero fueron criticadas por carecer de un tema o propósito claro, mientras que sus pe­lículas han pasado desapercibidas casi por completo.

Algunas de las personas con las que se ha cruzado se han dado cuenta de esto, como los propietarios de castillo/ corrales, una galería parisina que en 2011 creó una exposición llamada Notorious (Christian Leigh), dedicada a su retorcida trayectoria en la vida, o el fotógrafo Laurence Ellis, que sacó un libro titulado No Showen el que documentaba su propia experiencia con C. S.

El hecho de que C. S. tiene talento para algo se hace evidente ante el modo en que le siguen defendiendo, incluso alabando, aquellos que están en el mundo del arte. En la primavera pasada, el Exhibition Research Centre (ERC) de Liverpool montó una exposición de su trabajo abarcando su carrera al completo e incluyendo actuaciones en la Tate Modern. Escribí al ERC para preguntarles si estaban al corriente de su costumbre de mentir y gastar el dinero de otros, y Anthony Hudek, organizador de la muestra con la ayuda de C. S., respondió, “Estoy al tanto de la estela de misterio y acritud que sigue a C. S., pero, dejando al margen lo que hizo en el pasado, estoy convencido de que es un extraordinario comisario y un cineasta erudito y valiente”. Y remataba con estas palabras: “En mi opinión, el mundo ne­cesita más C. S. (a pesar de que, probablemente, éste no pueda soportar más personas como él)”.