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Música

Fantasías Festivaleras: Jonathan Pierce de the Drums

Un trío náutico entre la autora, el cantante y un calamar gigante

Desde que Elvis le robó su directo a Little Richard, una gran parte del éxito del Rock and Roll se puede atribuir a las colegialas cachondas que se imaginaban que su clítoris era un diapasón. Sólo son hechos, y como en VICE nos gustan los hechos, pedimos a las chicas de Mi Chocho sin tí que dejasen volar su imaginación y nos contasen qué pensaban y soñaban sobre las bandas que estarán en España durante la temporada de festivales.

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Nunca he sido muy de indies. El cantante que siempre me ha arrancado las entrañas es Mike Patton, no solamente por su voz sino porque me parecía la perfección en todos los sentidos. Y digo me parecía porque, aunque le sigo amando, el pobre ahora parece un mafioso pasao de rosca y está un poco caracartón/sudoroso/borrachín. Efectos del rocanrol. Como decía, siempre he sido más de rockeros/metaleros, sin embargo hace un par de años, andaba por un concierto en Londres y los teloneros eran un grupo del que nunca había oído hablar: The Drums.

El cantante, que más tarde supe que se llama Jonathan Pierce, con su actitud de chulillo, sus bailes eléctricos, su lookasso Joydivision y esa pelvis relampagueante creo que puso cachondas a todas las tías de la sala. De pronto se marcó una balada iluminado por un foco para él solo en plan babyyyy-soyy-un-chicoo-maloo-pero-te-quierooooooooo y desde mi perspectiva se divisaba un paquete muy agresivo. (AAAUUUUUUUUUUUU!!!!!) La combinación canción de amor más paquete arrancó mis aullidos. ¡Oh! Johnny (de aquí en adelante siempre habrá un ¡Oh! antes de su nombre) encendió la caldera y mi imaginación estaba ya desatada del tipo chorroliente y espidifrénico. A punto de terminar el concierto, mientras tocaban uno de sus temas que te teletransportan al verano, yo estaba en primera fila, con los ojos cerrados y la cara desfigurada en una especie de trance sexual. Solo había tomado dos cervezas pero la hipnosis erótica es poderosa, amigos… Mientras observaba sus movimientos, sólo pensaba en cómo sería tirármelo. Entonces algo como lo que os relato a continuación ocurrió en mi cabeza:

Una fiesta de verano en un enorme barco donde por supuesto tocan ellos. Mis amigas y yo estamos bailando, acaba el concierto y estamos ciegas. Entonces él aparece de pronto, me coge y nos empezamos a liar en medio de la fiesta, con todo el mundo delante, hasta acabar en el suelo. Ocurren cosas a nuestro alrededor: la gente ríe, grita y baila pero nosotros lo ignoramos todo y empezamos a follar ahí mismo. Todo fluye como en esos polvos en que la ropa se desabrocha sola y se desintegra y se evapora en moléculas microscópicas. Follamos en la cubierta y en proa y en popa y a babor y a estribor y a doscientas yardas viento en popa a toda vela y él folla igual de bien que baila y por eso yo me corro a chorro y follamos tantas veces y tiene la polla tan gorda y con sabor tan dulce que se corre en mi boca treinta y ocho veces sin parar. Es un polvo tan líquido que el barco empieza a inundarse y lentamente se hunde con la ayuda de un calamar gigante que nos ataca. A pesar de todo, él y yo seguimos fornicando bajo el agua hasta que tenemos musgo verde pegado, y mejillones. Estamos verdes pero bien follados y a ese tío se le quitan las ganas de cantar una canción de amor más en su santa vida. Ahora ya sólo canta rompepistas porque, si no, ya sabe lo que le espera.

Ilustración: Blanca Miró