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El número de los pecados capitales

Al matar se siente poder

El Ruso tenía 13 años cuando mató a su primer hombre. No siente arrepentimiento; el hombre al que mató había maltratado a la hermana pequeña del Ruso. Construyó un arma conocida como chupa chupa –un cuchillo atado a un trozo de tubería de PVC– y lo...
18.6.13

Tinta, que mata gente por dinero en Medellín, tiene tatuajes en todo el cuerpo. Dice que son símbolos de rebeldía. Foto de Erika Carmona Ortega.

El Ruso tenía 13 años cuando mató a su primer hombre. No siente arrepentimiento; el hombre al que mató había maltratado a la hermana pequeña del Ruso. Construyó un arma conocida como chupa chupa –un cuchillo atado a un trozo de tubería de PVC– y lo hundió en el cuello de su víctima. “Aprendí que la zona más frágil de un hombre es su yugular", dijo, añadiendo que fue detenido por el asesinato pero salió libre por falta de pruebas.

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   En Medellín, Colombia, durante los años 80, el Ruso (que, como todos los criminales entrevistados para esta historia, desea conservar el anonimato; “”el Ruso” ni siquiera es su verdadero apodo) fue reconocido como un sicario valioso y con talento. Pablo Escobar, el mayor de todos los capos de las drogas, estaba en pleno proceso de construcción de su imperio, lo cual, por supuesto, le llevaba a constantes disputas con sus rivales y con la policía. El más sucio de los trabajos lo llevaban a cabo los que llegaron a ser conocidos como combos, pandilleros de los barrios deprimidos, y para alguien como el Ruso fue facilísimo conseguir trabajo a tiempo completo como sicario.

   Los rasgos que más llaman la atención del Ruso son su pelo rojo y una serie de cicatrices de quemaduras en sus brazos, a las que él se refiere como su currículo. Se las hizo cuando, de joven, trabajaba en un laboratorio de proceso de cocaína. “Un día, un contenedor de ácido sulfúrico se derramó por encima de mi cuerpo”, recuerda. “Pasé seis días en coma. Tenía quemaduras de segundo grado y un brazo y un pie rotos. No es fácil salir vivo de un lugar así. Tuve la suerte de que me creyeran muerto y que me arrojaran. Al día siguiente, un conductor de mulas me encontró".

   Tras pasar un año y medio recobrándose de las heridas, el Ruso reunió el dinero que había estado enterrando por seguridad y se fue en busca de la gente que le había dado por muerto. “Un amigo me dio una .38”, dijo antes de hacer una pausa, como si lo estuviera reviviendo en su cabeza. “Los maté a todos”.

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   El escritor y periodista Alonso Salazar, que fue alcalde de Medellín entre 2008 y 2011, documentó los cambios sociológicos que durante los atroces años 80 atravesaron los barrios marginales en su libro La parábola de Pablo. Las oportunidades de encontrar un trabajo honrado eran pocas y espaciadas, sobre todo gracias a la economía de mercado negro del país. Como resultado, en las laderas andinas florecieron los barrios de chabolas; los hombres jóvenes que vivían allí veían los coches de lujo, las fiestas, el dinero y el poder que poseían los traficantes de drogas y se preguntaban, ¿y por qué yo no? Los asesinos por contrato se convirtieron en lo más común y corriente, el status quo. “Enloquecidos, [los cárteles] mataron a muchos: por ser ladrones, por no estar de su lado, o porque sí”, escribe Alonso. “Más tarde empezaron a matarse unos a otros. Por venganza, por un trato que salió mal. E incluso asesinaban a las autoridades”.

   El Ruso me contó que le pagaban entre 170 y varios miles de dólares por asesinato, dependiendo de quién fuera la víctima. Ahora ya no mata a nadie, pero la vasta mayoría de sicarios nunca sale del negocio. La mayoría ni siquiera tiene la oportunidad. “De los más de 150 sicarios que he conocido”, me dijo, “solo sé de cuatro o cinco que hayan cambiado como yo. Todos los demás están muertos o en silla de ruedas, o haciendo lo que siempre han sabido”.

   Tinta entra en esta última categoría. Tiene 38 años y vive en Barrio Triste, y divide su trabajo entre arreglar coches y matar gente. A su última víctima la asesinó seis meses atrás. A su edad no tiene intención de cambiar de planes, porque matar es todo lo que sabe hacer y, más importante, él mismo podría ser asesinado por rechazar un trabajo. Me contó que camina por la calle sin miedo y que ha llegado a asumir que, antes o después, alguien acabará con él. En febrero pasado, uno de los últimos amigos que le quedaban, un hombre al que él personalmente había ayudado a subir peldaños en los combos, fue asesinado.

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   Un atisbo de dolor asomó a su rostro mientras hablaba de su colega, pero desapareció tan rápido como había aparecido. “Así son las cosas por aquí, hermano”, dijo.

   “¿Qué se siente al matar a alguien?”, le preguntamos.

   “Poder, hermano. Sientes poder”.

   “¿Y por el cuerpo que ha quedado tendido en el suelo?”

   “Nada”, respondió, aunque le habíamos hecho una extraña pregunta. “Ese hombre está muerto. Al que dejas tieso ahí lo dejas”.

   “¿Nunca siente miedo cuando tiene que hacer un trabajo?”

   “No, empieza a gustarte. Notas la adrenalina. Y luego ya no vuelves a estar asustado”. Y repitió, “No se siente miedo”.

El Ruso otea Medellín, donde trabajó como sicario durante décadas. Foto de Cristian Camilo González González.

   En los últimos años, la violencia en Medellín ha disminuido hasta cierto punto, al menos según las estadísticas oficiales. En 1991, justo antes de la caída de Pablo Escobar, se registraron más de 6.000 asesinatos. En 2012, esa cifra descendió hasta los 1.247. Medellín incluso recibió en 2012 el galardón a la Ciudad del Año que concede el Urban Land Institute, una ONG norteamericana, por sus grandes mejoras en seguridad, transporte e infraestructuras. Pero esta bajada de la violencia no se debe a las acciones del gobierno colombiano. Por razones que nadie conoce a ciencia cierta, los combos han estado pasando desapercibidos. Puede que las cosas parezcan más tranquilas últimamente, pero eso no significa que se haya dejado de vender drogas o asesinar gente, si bien en menor medida.

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   La dicotomía de Medellín la ejemplifica Paisa, que controla uno de los más notorios barrios en nombre de los cárteles. Solo estaba dispuesto a hablar con nosotros con la condición de que no reveláramos dónde se encuentra. Nos encontramos delante de una tienda de comestibles. Atendía simultáneamente a tres teléfonos móviles. Durante todo el tiempo que estuvimos con él no dejó de enviar mensajes de texto y apenas levantó la cara para hablar con nosotros. “Uno lo empleo para mi mujer, otro para mis amantes, y el otro para mis pelados [jóvenes matones]”, explicó.

   Paisa nos contó que Los Urabeños –un grupo paramilitar que ha sido una de las fuerzas tras el narcotráfico en Colombia desde 2001– le ofrecieron plata por su apoyo, pero él es leal a la oficina de Envigado, que según nos dijo es la que en la actualidad controla el dinero negro en Medellín. "Ahora mismo está tranquilo", dijo respecto a la ausencia de asesinatos, "pero porque nosotros queremos que sea así".

   Mientras hablaba, Paisa le hizo una señal a un chico joven; este desapareció entre las barracas de los alrededores y regresó con dos paquetes: uno lleno de cocaína y el otro con marihuana envasada al vacío. “Vendemos entre 900 y 1.000 bolsas de cocaína como esta cada dos semanas”, dijo Paisa. “Cada una por 2.500 pesos [poco más de un euro]. Dos mil son para la oficina, 300 para mí, y 200 para el que la vende".

   Los jóvenes que venden y entregan las drogas, los pequeños sicarios en lo más bajo del escalafón, no suelen tener más de 14 años, pero ya están bien encarrilados para ser como el Ruso o Tinta; o, si no tienen suerte, morir. Este es ni más ni menos que el orden natural de las cosas en los barrios marginales, incluso en lo que se refiere a hacer cumplir la ley. “El otro día, [la policía] atrapó a tres chicos por asesinato”, dijo Paisa. “Les di tres millones de pesos [1.300 euros] y les dejaron marchar”.

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   Carlos Arcila, activista, fue clave en la fundación del Comité de Derechos Humanos en Medellín, que lucha por una mejor calidad de vida en su comunidad organizando actividades en barrios de toda la ciudad dominados por el crimen y denunciando públicamente a las partes responsables tras las masacres. Aunque las autoridades han llegado a respetar a Carlos y a sus compañeros activistas, él, en consecuencia, se ha convertido en objetivo de los combos.

   “Tuve que dejar el barrio porque estaba amenazado”, dijo. “Denunciamos a los grupos armados, que estaban extorsionando a trabajadores, así que me amenazaron”. Carlos, como medida de prevención, se desplaza ahora con escolta armada. Se siente feliz por las mejoras que han logrado en los barrios, pero sabe que aún queda un largo camino por recorrer. “El estado ha hecho cosas”, dijo, “pero estas estructuras mafiosas llevan aquí años”.

   Tal vez Medellín pueda reinventarse en el futuro y que la próxima generación de hombres jóvenes no acaben forzados a ser asesinos o traficantes de drogas, o al menos tengan menos oportunidades de terminar muertos a un lado del camino antes de cumplir los 40. Puede pasar cualquier cosa, como ejemplifica la diferencia de opinión de el Ruso y Tinta al respecto.

   “Se sigue matando a mucha gente, hermano”, dijo el Ruso, “pero ahora hay menos gente matando. Creo que en unos años… ¡Bam, cambio!” Desea que su hja, quien le escribió la carta que le persuadió de dejar la violencia atrás, “viva en una Medellín de cosas hermosas” y se considera a sí mismo un ejemplo para otros sicarios. Incluso habla con antiguas camaradas suyos para disuadirles de que sigan matando.

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   Tinta, que sigue formando parte del círculo de violencia, se muestra más cínico. “Todo eso que hablan de que se ha reducido el número de asesinatos no tiene sentido”. Aunque concede que el número oficial de cuerpos es menor, no cree que la situación en los barrios sea mejor. “En este sitio, cuando una [comunidad] se calma, otra se empieza a agitar”, dijo. “Así es y así será siempre”.

   Antes de marcharnos, le preguntamos a Tinta si no le gustaría vivir en una ciudad en la que no tuviera que asesinar gente. Se quedó quieto, se lo pensó unos tres largos segundos y respondió: “Pero es que no puedo imaginar una ciudad así… Ahora que lo mencionáis, no, no me lo imagino”.

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