Crisis

Me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad

Cuando lo digo en alto siempre hay alguien que me mira con cara de 'no tienes ni puta idea' y me dice que ellos tenían una hipoteca y yo el pasaporte lleno de sellos.

por Ana Iris Simón
11 Diciembre 2019, 5:00am

Imagen por la autora 

Hace unos meses escribía en Instagram que me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad. Que cuando lo digo en alto siempre hay quien pone cara de "no tienes ni puta idea" y me dice cosas como que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o como que a ellos no les da envidia, que tienen que hacer muchas cosas antes de "asentarse".

Entonces pienso, A ver, chaval, tienes 32, cobras 1000 pavos al mes, compartes piso porque no te queda otra y las muchas cosas que tienes que hacer antes de "asentarte" son ahorrar durante un año para irte a Tailandia diez días aunque en la vida te hayas interesado por qué pasa o hay en Tailandia, ponerte ciego en festivales de los que no conoces ni medio cartel pero tienes que fingir que sí y creer que las series que eliges ver y los libros que eliges leer forman parte de tu identidad como individuo. Pero no lo digo, claro.



Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición, un encorsetamiento de mierda con el que menos mal que hemos roto. Que la emigración casi forzosa es una oportunidad para aprender nuevas culturas en lugar de una putada, que compartir piso es una experiencia enriquecedora y que alargar la juventud hasta bien pasados los 30 no es un imperativo sino la única elección que merece la pena porque, joder, ¿quién no querría ser joven lo más "para siempre" que sea posible?

Ese es nuestro imperativo social, y está, en buena medida, determinado por lo material.⁠ Nos lo llevan diez años diciendo y parece que nos negamos a creerlo. Es bastante probable que seamos, que estemos siendo, de hecho, la primera generación que vive peor que sus padres. Pero nos autoconvencemos pensando que no, que joder, la libertad era esto: no tener ni críos ni coche ni casa porque "quién sabe dónde estaremos mañana".

"Los nacidos entre el 81 y el 93 solo tendremos una vida mejor que nuestros padres en algunos aspectos sociales como el ocio, la cultura, el acceso a la información, la libertad, la igualdad de género o la conciliación"

Nuestros padres a nuestra edad tenían hijos, trabajos fijos, hipotecas, suscripciones a un Círculo de Lectores que ya no existe y una Thermomix comprada a plazos. Nosotros, con suerte, tenemos el pasaporte lleno de sellos, cuenta en Netflix, Filmin y HBO y la eterna duda de si el curro nos durará más de un año, de si necesitamos ir a terapia o no, de si la vida era esto.

Pienso esto a menudo, y lo hago condicionada por circunstancias que son solo mías. Sé que ni soy la medida del mundo ni la de mi generación, pero es una realidad que, en España, los niños de González y Aznar, como los de Tatcher en Reino Unido, tenemos la sensación de que vivimos y viviremos peor que nuestros padres.

Si esta sensación corresponde con la realidad o si es mero provincianismo histórico (la tendencia de una época a considerarse a la vez única y desgraciada) es algo que lleva años discutiéndose en distintas áreas y con distintos matices. El debate no es sencillo, porque conciliar percepciones y sentimientos no solo con realidades sino con previsiones socioeconómicas tampoco lo es. Pero uno de los últimos estudios elaborados al respecto, el ¿No Future? de la Foundation For European Progressive Studies y la Fundación Felipe González revelaba que el 65% de los encuestados de todas las edades piensan que los millennials somos los que peor vivimos y viviremos respecto a las generaciones anteriores. Al menos en lo que se refiere a aspectos económicos y políticos.

Los nacidos entre el 81 y el 93 solo tendremos una vida mejor que nuestros padres, señalan las conclusiones de esta gran encuesta, en algunos aspectos sociales como el ocio, la cultura, el acceso a la información, la libertad, la igualdad de género o la conciliación. Es en cuestiones como seguridad de empleo, calidad del trabajo, acceso a la vivienda o desigualdad socioeconómica donde salimos claramente perdiendo.

"La idea de que tener un trabajo para toda la vida es de carcas o de personas poco ambiciosas o con pocas aspiraciones es una de estas ideas que sostienen nuestra precariedad"

"El neoliberalismo ha dado la batalla no solo en lo económico sino también en lo cultural", me dice Lucía Cobos, que tiene 28 años, es politóloga y trabaja a la par que termina su doctorado. "La liberalización de la economía ha dado como resultado, entre otras muchas cosas, un mercado laboral sumamente inestable y precario, que es con el que se ha encontrado nuestra generación. Esto ha tenido que ir acompañado necesariamente de una serie de dispositivos culturales que permitieran sostenerlo".

La idea de que tener un trabajo para toda la vida es de carcas o de personas poco ambiciosas o con pocas aspiraciones es una de estas ideas que sostienen nuestra precariedad, según Lucía: "Nos han enseñado que está mucho mejor cambiar de trabajo porque es una nuevas experiencia y un aprendizaje más. No nos han dicho que la mayoría de proyectos que se emprenden fracasan durante el primer año, sino que tenemos que ser nuestros propios jefes, ni que no tener derechos laborales como autónomos es una basura sino que tenemos que tener ideas originales y atrevernos a llevarlas a cabo".

"Eso se ve reflejado en todo lo que consumimos, incluidos nuestros valores, que se mueven entre el cortoplacismo y la inmediatez" añade. "Una imagen que me viene con frecuencia a la cabeza es la de estar en tu trabajo de mierda con la pestaña de Skyscanner siempre abierta porque es lo que me permite escapar de una realidad que no soportas porque parte de un sistema económico que va en contra de nuestra supervivencia. Para poder lidiar con estas contradicciones con las que nos encontramos en nuestra vida cotidiana tiene que haber estas vías de escape".

Pero, señala, "no es que nos hayan obligado a viajar por defecto o a tener hijos tarde, no somos sujetos pasivos, sino que el neoliberalismo ha sido muy eficaz en la penetración de estos sentidos. Así, hemos asociado el orden actual a la idea de progreso social".

"Autorrealización y afirmación son ideas con las que los jóvenes se pueden encontrar muy cómodos a veces, pero también muy, muy perdidos"

Y, de acuerdo a esta idea, ser —o al menos parecer— jóvenes y vivir como tales durante el mayor tiempo posible se ha convertido en uno de los leitmotivs de nuestras vidas cotidianas y en una de las diferencias que, más allá de una precariedad que nos ha calado hasta los huesos y que hace que, por ejemplo, nos independicemos de media, a los 29, tenemos con la generación de nuestros padres.

Pero, ¿alargamos la juventud porque queremos o porque no nos queda otra? "Son dos cuestiones que están interrelacionadas", responde Rubén Díez García, profesor de Sociología de la UCM.

"Por un lado, hay que tener en cuenta que el concepto de juventud, tal y como lo entendemos, es algo relativamente nuevo y no solo se define biológicamente, tiene unos valores asociados: autorrealización, autoafirmación, hedonismo... Valores que siguen moviéndonos en etapas posteriores", señala. "Ser joven cada vez más deja de ser una condición biológica para pasar a ser definida en términos culturales o un aspecto que facilita ampliar la base social de tal cuestionamiento"

"Por otro lado", matiza, "la juventud se alarga porque los procesos de emancipación ya no están tan definidos, son más flexibles. Lo mismo pasa con las instituciones sociales que daban estabilidad y sentido colectivo a nuestras vidas. La individualización hace que seamos actores, diseñadores, malabaristas y directores de escena de nuestras biografías, nuestra identidad, redes sociales, compromisos y convicciones. Eso se relaciona con las ideas autorrealización y afirmación en la que los jóvenes se pueden encontrar muy cómodos a veces, pero también muy, muy perdidos".

Desde que escribí aquello he hablado muchas veces sobre el tema. En sobremesas y reuniones de amigos. En el trabajo y con mi familia. Y el debate siempre se llena de matices, aristas y "que sis": que si en nuestros primeros años fuimos tratados como reyes pero que esta realidad, claro, se conjuga en pasado; que si la quiebra del pacto generacional, la Generación Langosta y la tapón, que si nuestra ausencia total de resilencia —esa palabra—; que si nuestros padres cuando nos tuvieron tampoco tenían un duro así que si no tenemos hijos es porque no queremos; que si ya ha habido otras generaciones que las han pasado putas y no se quejaban tanto...

Antes de terminar este artículo le pregunté a mi madre, que ni es politóloga ni socióloga pero es mi madre, si pensaba que había vivido mejor que ella. "En cierto sentido sí. Seguramente de niña hayas crecido con un entorno material mejor, y quizá sea uno de los problemas de tu generación: que habéis tenido tanta recompensa inmediata que vuestra tolerancia a la frustración sea baja y vuestra tendencia a la compulsividad y a la agresividad mayor. Pero también os habéis encontrado con muchos problemas, como la precariedad o la España vaciada que dejamos los que nos fuimos yendo de los pueblos. Nosotros hemos crecido en espacios en general más saludables, tanto abiertos como cerrados. Vosotros, muchos de los que vivís en las grandes capitales porque es donde hay trabajo estáis condenados al hacimaniento. Y a vivir en una eterna crisis, en una crisis que no es solo económica sino también, y diría que sobre todo, de valores. A nosotros nos dieron lo mejor que tenían tras una guerra y nosotros hicimos lo mismo pero probablemente no viváis mejor. Y quizá es uno de los engaños que nos ha traído el progreso", me dijo.

"Daría mi minúsculo reino por una definición concisa, concreta y realista de eso que llaman progreso"

"Creo que sería de justicia reconocer que nuestros padres se encontraron con muchas dificultades con las que nosotros ya nacimos resueltas", comenta Lucía Cobos respecto a este pacto intergeneracional fallido y a cómo nos vemos los unos a los otros más allá del "OK boomer".

"Se nos ha dado por hecho una educación superior, hemos vivido instituciones en general más democráticas y nos hemos encontrado, también en general, con una sociedad menos machista. En muchos sentidos hay que reconocer que hay un campo social y político más favorable. Pero la estabilidad con la que vivían ha sido la que les ha permitido proyectar su vida más o menos en el medio o largo plazo, y eso para nosotros es mucho más complicado. Creo que cuando nos decían que ellos 'empezaron desde abajo' para sacar adelante a sus familias, nunca se hubieran imaginado que sus hijos andarían persiguiendo puestos de becarios a los 30 y que el miedo al despido les iba a durar toda la vida", comenta.

Cuando mi madre tenía la edad que yo tengo ahora tenía un trabajo fijo, el mismo que tiene ahora, más de veinte años después. Tenía una hija de siete años (yo) y una hipoteca. Y seguramente tenía también una idea muy clara y una confianza casi ciega en eso a lo que ahora se refiere a veces como engañoso. E igual ahí está la clave. Igual me de envidia la vida que tenían mis padres con mi edad porque a veces, sin casa y sin hijos en nombre de mi libertad pero también como consecuencia de mi precariedad, daría mi minúsculo reino por una definición concisa, concreta y realista de eso que llaman (de eso que llamaban) progreso.

Sigue a Ana Iris en @anairissimon.

Suscríbete a nuestra newsletter para recibir nuestro contenido más destacado.

Tagged:
dinero
familia
relaciones
estabilidad