El poder de la cumbia: Celebrar la vida y el sexo a través del baile

El poder de la cumbia: Celebrar la vida y el sexo a través del baile

Un músico huesero y escritor nos relata su experiencia de odiar a la cumbia en su adolescencia, a comprender su valor en América Latina y, de paso, amarla.
21.11.17

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Es curiosa la manera en que se transforma la cultura. Por ejemplo, un género musical que desde finales del siglo XVIII perteneció a las clases más populares y que representaba la pobreza y la decadencia, en pocos años se convirtió en algo no solo aceptado, sino incluso distinguido y atractivo. Cuando era niño, recuerdo que la cumbia era despreciada por la clase media. Sobre todo por aquella que aspiraba a levantarse gracias a sus propios medios y, de esa forma, pertenecer a una clase más elevada, para ver a los jodidos desde lejos.

Por las calles de mi ciudad sonaba “La hierba se movía” en la versión más original y sabrosa que existe, la de Tropicalísimo Apache, con toda seguridad, el grupo más importante de mi tierra y, sin dudarlo, del norte de México. Apache es la representación musical del Torreón contemporáneo, ciudad más importante de la Comarca Lagunera. Pero no era así hace 30 años, y las descalificaciones pendían encima de cualquiera que se atreviera a dejarla sonar en su estéreo.

Eso, por supuesto no sucedía en los barrios. Ahí la cumbia era reina y señora, mucho antes de que la banda y el movimiento alterado; géneros provenientes del noroeste de México, el primero con sólo metales como instrumentos y el segundo caracterizado por hacer corridos exaltando a los narcotraficantes más famosos; vinieran buscando darle piso en los bailes y fiestas. Aun así, no han podido vencer a la cumbia.

Así continuó por años. El rabioso rockero que vivía dentro de mí se negaba a aceptar el valor de un género que parecía perseguirme a donde fuera. Las calles destilaban cumbia y en cualquier transporte público sentía que me embutían por los oídos ese ritmo.

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Quiero decir que, por un corto momento en mi vida, cuando más adolescencia tenía en mi cuerpo y sentía que debía estar en desacuerdo con todo, la odié. No la odié poco, la detesté de verdad. Incluso había días que podía sentir toda esa furia dirigida a los cumbiamberos.
Pero, ya lo sabemos, el péndulo tenía que viajar en sentido contrario. Es probable que siempre me gustara, pero en ese entonces pensaba que la música era similar al activismo. Nada más lejano al placer.

Esta música, a pesar de sus transformaciones, sigue íntimamente ligada al meneo de la cadera, a la vibración de la carne, al sexo simulado.

Y luego, conforme pasaban algunos años comencé, primero a dejar de molestarme, (el odio decidí dirigirlo hacia otras actividades de verdad miserables en esta vida, por ejemplo, la política nacional). Después, conforme la ira constante abandonaba mi vida, encontré que era sabroso eso de mover la cadera. Sobre todo, cuando lo hacía acompañado de una muchacha. Con el tiempo, pero ya cerca de los veintes, abracé con cariño a la cumbia, quien siempre estuvo ahí, esperando que traicionara mis gustos musicales sin sentirme culpable. Ahora no hay vuelta atrás, no es hoy un gusto que me avergüence, puedo declarar sin rubor que me fascina.

Foto: Alejandro Tapia

El amor que ahora profeso por este ritmo tiene que ver también con las necesidades económicas. Como músico menor, de hueso, vil mercenario del ritmo, la cumbia es la música más noble que he tocado. Todos los ritmos para bailar funcionan de alguna u otra manera, pero la cumbia jamás falla. Quiero decir que, de verdad, si una fiesta está más seria que el rostro de Melania Trump a un lado de su marido, es muy probable, casi seguro que unos cuantos compases de cumbia van a levantar de su lugar a la concurrencia o por lo menos la obligará a bailar sentado. Cuando no funciona es probable que nada pueda animarla o se encuentra uno frente a un extenso grupo de ayatolas del rock.

Desde mi experiencia, creo que la cumbia apela al ritmo más elemental del ser humano, uno que se encuentra en las pulsaciones de la vida y el sexo. Lo anterior tal vez es así porque sus raíces están hundidas en la historia del mestizaje americano y una manera de expresar la idiosincrasia de los esclavizados frente a la moralidad católica dominante.

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La historia de la cumbia tiene similitudes con otros ritmos que aparecieron en las costas de América bañadas por el Atlántico. Creadas bajo la dominación de una cultura sobre otras, atravesadas por el racismo y la esclavitud y, aun así, explícitas en su intención principal: celebrar la vida y el sexo a través del baile.

Si una fiesta está más seria que el rostro de Melania Trump a un lado de su marido, es muy probable que unos cuantos compases de cumbia van a levantar de su lugar a la concurrencia.

El mestizaje cultural que comenzó gracias a los esclavos negros traídos de África, la influencia activa de los blancos europeos dominantes, más la convivencia diaria con los habitantes originarios de cada zona, concibieron géneros musicales que tienen como característica común la fuerza de los tambores africanos que determinan el baile. El jazz de Nuevo Orleans, el son cubano, la música de Veracruz y Yucatán, las danzas brasileñas y sin duda, la cumbia en Colombia, son algunos de esos estilos musicales.

La palabra cumbé refería a un baile que hacían los esclavos africanos en los siglos XVII y XVIII, significa “fiesta” y es sencillo concluir que se convirtió en “cumbia” con el paso del tiempo.
Hay una discusión sobre su origen. Al parecer los historiadores no se ponen de acuerdo, pero es bastante aceptado que la convivencia forzada entre esclavos negros y esclavos indios, más la influencia hispana, permitió el surgimiento de un ritmo que poseía la fuerza rítmica de los negros, la melodía de los indios y, con el tiempo, la introducción de la lírica española.

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Lo que es extraño e impresionante es que algo que tenía todos los elementos para quedar relegado al folclor, viajó en todas direcciones. Hacia el norte se acomodó bien en México, pero no sólo lo hizo en la capital, sino que todavía recorrió algunos cientos de kilómetros más y sentó sus nalgas tropicales en el noreste, sobre todo en Monterrey, Nuevo León, donde se origina la rebajada; pero también en Matamoros, Tamaulipas, cuna de la fusión cumbia-pop-rock; y en Torreón, Coahuila, donde nace el cumbión.

Hacia el sur, después de pasar por Perú y Bolivia, llegó a Argentina, en donde se desparramó entre las villas, los barrios más pobres, pero no sólo ahí. En este país, como en Colombia, es donde más evolución ha experimentado el género, desde la cumbia villera, pasando por las incursiones electrónicas, hasta la cumbia turra, una fusión de electrónico con ritmos y letras reguetoneras, creada para los boliches.

Esto le da un carácter por completo distinto a la cumbia, a diferencia del jazz que, después de treinta años de nacer, abandonó la pista de baile y se movió hacia la racionalidad pura. O el danzón, por ejemplo, que casi no ha evolucionado. No es el caso de la reina cumbia, quien siguió adelante, incluso ha llegado a transformaciones que nadie esperaba. Pienso que es la música de América, incluso más que la cubana. No existe zona en este continente, hasta en Norteamérica, en donde no podamos encontrarla, moviendo el güiro al compás.

Y tengo una verdad aquí conmigo: todo esto depende del baile porque esta música, a pesar de sus transformaciones, sigue íntimamente ligada al meneo de la cadera, a la vibración de la carne, al sexo simulado.

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El baile y la cumbia nacieron abrazados. Durante las fiestas religiosas católicas, los europeos observaban a la multitud desde tarimas o edificios y los negros e indios se fundían en las calles bailando. El horror se apoderó de los representantes de la moralidad, esos esclavos casi cogían en sus narices, así que intervinieron para educarlos en las buenas costumbres. La música tuvo que aceptar la inclusión de letras en español y el baile se moralizó al punto en que el galanteo y la conquista están insinuados pero los bailarines jamás se tocaban. Hasta ahora, por supuesto.

Desde entonces, a donde fuera la cumbia, la pareja bailadora la sigue. En México, aunque pudorosos, sin duda, el baile se muestra más espectacular, sobre todo en la capital, donde los bailarines que se respetan pueden hacer suertes incluso con dos mujeres. Me parece increíble que, siendo tan buenos para bailar, tengan la cumbia menos atractiva del país en cuanto a lo musical. Porque en el norte el baile es menos estilizado, aunque musicalmente está más evolucionada.

En Argentina, la cumbia villera se baila despacio, doblando las rodillas y dando pasitos para adelante y atrás mientras se va girando. También, a pesar de que es en Argentina donde la música más ha cambiado, su baile no parece tan grandilocuente.

No importa, el asunto es que el secreto de la cumbia radica en que suena fácil y sus melodías son accesibles, pero tocarla es un tema complicado. Lo primero que se debe entender es su tiempo está contado en 2/4, es esto lo que produce el vaivén de cadera. Hay que agregar el güiro raspando en tresillo, aunque a veces no; un tambor dando el compás exacto y los otros acompañando. El bajo apoya con una nota en el primer y tercer tiempo o haciendo la figura más común por todo mundo conocido: la tónica, su tercera y su quinta. El resto depende de los arreglistas, por ejemplo, un piano tumbado o apenas sugerido, una sección de metales que acompañan la melodía de la voz o una guitarra que a veces se convierte en el instrumento principal del conjunto. La gran ventaja de la cumbia es que se puede adaptar a cualquier agrupación, no importa si es una orquesta o apenas tres personas. Mientras la base rítmica se mantenga ahí, el género funcionará.

Es esa base, precisamente, la que levanta a cualquiera de su asiento y lo obliga a dar un paso adelante con el pie izquierdo acompañado de una ligera patada mientras regresa a su lugar original, para enviar el pie derecho hacia atrás. O no, porque la cumbia no viajó miles de kilómetros en el continente para imponer reglas sobre cómo disfrutarla. Es, como dice la canción “Yo me llamo cumbia”, la reina a donde sea que va. Está ahí, dispuesta a conquistar y ser conquistada, pero como la hembra dominante y coqueta, exigiendo que todos den vueltas a su alrededor. Encandilados. Siempre encandilados.

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