el número de la privacidad y la percepc

Utilicé mi imagen en internet para superar el acoso escolar

La virgen, la puta, la tóxica: mi yo hipersexualizado me persiguió durante años.

por Eda Yu
25 Septiembre 2018, 3:15am

Ellice Weaver

"¿Por qué no quieres follar? No lo entiendo”. Mi yo de quince años está en el asiento trasero del coche de un compañero de clase. Podría decir que era mi amigo, pero en realidad nunca lo fue. Estamos medio desnudos y ansiosos, y somos suficientemente jóvenes para pensar que esto que hacemos mola.

Pestañeo, tratando de ganar algo de tiempo. Intento explicarle que soy virgen, que practicar sexo ahora mismo no me interesa, que simplemente no quiero. El concepto se le escapa totalmente.
“No lo pillo. Da la sensación de que lo estás deseando. ¿Por qué, si no, subes fotos de tus tetas casi a punto de salirse del bikini en Facebook?”.


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Toda mi vida he estado atrapada en un bucle que consiste en luchar contra la percepción pública del personaje que creé en internet para sentirme a salvo.

Empezaron a llamarme puta en el instituto, cuando me cambiaron a uno nuevo a los 14 años. La escuela secundaria fue sin duda mi fase más extraña: llevaba ortodoncia, unas gafas cuadradas que no pegaban para nada con mi cara y una nariz que se había desarrollado antes que el resto de mi cara.

Pero después de comprar lentillas para todo un año y eliminar los hierros de mis dientes, finalmente fui bonita por primera vez en mi vida ―o eso me gustaría pensar― cuando hice mi triunfal aparición como la chica nueva en mi primer año de instituto.

"Cuando las chicas se dieron cuenta de que yo le gustaba a los chicos, hicieron lo que suelen hacer las adolescentes inseguras cuando se sienten amenazadas: arrastraron mi nombre por el barro"

Los chicos se sentían atraídos por mí, eso era innegable. Me pedían que fuera su pareja en los bailes, me contactaban en AOL Instant Messenger e intentaban hablar conmigo en clase. Sobre todo me pedían amistad en Facebook, incluso aunque jamás en mi vida hubiera cruzado una palabra con ellos.

Cuando las chicas se dieron cuenta, hicieron lo que suelen hacer las adolescentes inseguras cuando se sienten amenazadas: arrastraron mi nombre por el barro.

“¿Te has enterado?”, dice Lizzy, una buena amiga de mi yo de 15 años. “Brittany ha estado diciendo a la gente que has follado. Pero a un montón de gente. Y como un montón de sexo”.

Estamos en casa, mirando Facebook para pasar el rato una tarde entre semana. Ella está espiando al mejor amigo del que por entonces era mi novio, un chico español popular y mayor que nosotras con el que quiere salir medio instituto. Florence and the Machine suena a toda castaña por los altavoces del portátil.

“¿Qué?”, farfullo desconcertada. “Eso no tiene sentido. Nunca me he acostado con nadie”.

Lizzy se encoge de hombros con despreocupación, haciendo clic en otra de las fotos del amigo en cuestión. Sé que me está contando lo que ha dicho Brittany solo para chincharme, porque está celosa de que yo tenga novio y le gusta muchísimo su mejor amigo. Lo sé. Pero el dolor me atraviesa por dentro de todas formas.

"Se me tachó de ser demasiado promiscua y demasiado mojigata, me llamaron puta, despreciada, deseada y rechazada, todo a la vez"

“Bueno, está diciendo a la gente que te has liado con siete tíos. Como si fueras un putón o algo así”.

“Pero no es verdad”, niego con rotundidad, profundamente herida. La palabra "putón" me resuena en los oídos. "Si todavía soy virgen. ¿Por qué me hace eso?”.

Lizzy se encoge de hombros otra vez. Sus ojos no se apartan de la pantalla, sigue chafardeando en Facebook.

Cuando los rumores empezaron a circular, me sentí herida como nunca antes me había sentido. Se me tachó de ser demasiado promiscua y demasiado mojigata, me llamaron puta, despreciada, deseada y rechazada, todo a la vez.

Pero gracias a dios que existía internet y me dejó corregir todo aquello. Como respuesta a las chicas que difundían rumores falsos sobre mí, decidí presentar una versión extraña e impenetrable de mí misma online: el personaje más abiertamente sexualizado que al parecer la gente deseaba que fuera.

"Me encantaba publicar fotos sugerentes de mí misma y ver cómo los demás me echaban piropos, a veces incluso recalcando lo sexis que eran mis fotos".

La persona que creé en internet me protegía de las calumnias de quienes me atacaban en el instituto diciendo que era demasiado promiscua. En lugar de dejar que sus palabras me destrozaran, moldeé mi propia imagen online para encarnar la sexualidad, aunque no me sintiera para nada así en la vida real.

Ahora parece una estupidez, pero sentía satisfacción con cosas así de simples: me encantaba hacerme amiga de los amigos de mi ex y ver cómo daban "me gusta" a mis fotos. Me encantaba publicar fotos sugerentes de mí misma y ver cómo los demás me echaban piropos, a veces incluso recalcando lo sexis que eran mis fotos cuando les conocía en persona.

Me encantaba saber que internet era un foro público y que estaba usando mi sexualidad ―algo que inicialmente se había utilizado en mi contra― como fuente de poder. Era mi mayor arma.
Pero el gran fallo de mi creación virtual era fácil de detectar si te fijabas con suficiente detenimiento: simplemente yo no era esa chica.

Los cimientos de mi cuidadosamente orquestada presencia online empezaron a desmoronarse con mi primera relación seria y duradera. Me enamoré de un chico. Él se enamoró de mí. Y sus amigos (he de decir que previamente yo había rechazado a muchos de ellos) arremetieron contra mí por celos.


Mi yo de diecisiete años y el que por entonces era mi novio estamos aparcados en su coche en una de las numerosas calles indistinguibles del barrio residencial donde crecí. Es verano. Estoy enamorada por primera vez. Y también estoy furiosa.

“¿Por qué coño me llamó puta Tony?”, le grito. “¿Cómo le dejaste decir que seguro que era buena chupando pollas sin darle un puñetazo en la cara?”. El que en ese momento era mi novio suspira. Llevamos horas peleando.

“Yo qué sé, Eda. Le dije que se callara la puta boca, sabes que me peleé con él por eso”. Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas. No entiendo cómo puede seguir pasándome esto después de tantos años.

"Mi primera relación seria, aunque tóxica a veces, me ayudó a llegar a una conclusión fundamental: la persona que fingía ser en internet no se ajustaba a quien yo era en realidad"

“Llevamos juntos casi siete meses”, digo con la voz rota. Creo que el peso de la persona que he fingido ser está aplastándome por fin.

“¿Por qué no me defendiste? Él es tu amigo. Lo que pasa es que está dolido porque no quise enrollarme con él aquella vez que estábamos en la terraza”. Algo dentro de él se quiebra como una rama seca. “Mira, Eda, lo hice, ¿vale?”, me espeta. “No puedo hacer nada más. La gente solo piensa eso porque has estado con un montón de tíos. Y yo no lo puedo cambiar”.

Mi primera relación seria, aunque tóxica a veces, me ayudó a llegar a una conclusión fundamental: la persona que fingía ser en internet ―y la percepción que los demás tenían en torno a mi sexualidad― no se ajustaba a quien yo era en realidad. Después de que me llamaran puta durante años ―calumnia inicialmente lanzada por las mujeres que me rodeaban y más tarde perpetuada por los hombres―, decidí que nunca más dejaría que los demás determinaran la magnitud de mi promiscuidad o mi sexualidad.

La imagen de tía extremadamente promiscua que había propagado por internet ya no era una fuente de poder. En lugar de ello, se había convertido en una exageración de mis auténticos deseos sexuales.

"Una parte de mí siempre se situará en ese precario equilibrio entre compartir lo que la gente desea ver y ser sincera con respecto a quién soy"

Así que empecé a definir quién era y a compartir mi propia realidad. Gradualmente, pasé de publicar fotos promiscuas en Facebook a contar mis experiencias reales. Escribí sobre mi agresión sexual, sobre mi opinión en torno al consentimiento y sobre mis relaciones, independientemente de si eran saludables o estaban completamente basadas en el sexo.

Compartiendo mi propia verdad, empecé a recuperar mi imagen online arrebatándola de las manos de quienes me la habían robado hacía años y ―finalmente― comencé a mostrar quién era.

Una parte de mí siempre se situará en ese precario equilibrio entre compartir lo que la gente desea ver y ser sincera con respecto a quién soy. Pero por el momento me siento agradecida de que la persona que he llegado a ser en internet es, más o menos, simplemente yo. Y eso es exactamente lo que deseo ser.