LGBTQ

La violencia intragénero: el invisible maltrato en parejas LGBTQ

La violencia en parejas LGTBQ+ está muy invisibilizada y a priori les excluye de ser considerados como víctimas de la violencia de género.

Alejandro Durán

Fotografía cortesía de Dani

La violencia en parejas LGTBQ+ existe y se llama violencia intragénero. La palabra, así, en principio, se hace como rara. Word la subraya en rojo. Buscas “violencia intragénero” en internet y solo aparecen un par de artículos en español. Es una realidad minoritaria, al menos virtualmente.

Las personas con diversidad de género o de sexualidad que sufren esta violencia no estarían englobadas a priori en la violencia de género como la conocemos. Es por eso que hoy traigo las voces de dos personas que sufrieron esta realidad en primera persona, esperando que eso llame a otras voces a expresarse al respecto.

Este artículo es especialmente delicado para mí, porque viene con una confesión. Yo también he sido víctima de este tipo de violencia y no solo una vez. Nunca, eso sí, como con Robert, a mis veintipocos. Esta relación con Robert terminó con violencia machista no solo por su parte, sino también por la mía. Fui víctima y verdugo en una relación letal de la que he tardado más de 10 años en recuperarme. Yo fui como Dani, fui como Ana.

Dani y el 'slut shaming'

Foto cedida por Dani*

Mi primer entrevistado es Dani*, de 21 años. Aún está recuperándose de su ex, cerrando una herida que Manuel* –—que ahora tendrá 27— no deja de intentar abrir. Sigue mandándole whatsapps preocupándose por él. Sigue queriendo saber cómo está, sigue acercándose a los chicos que Dani está conociendo, de una manera u otra. Se conocieron por Instagram y estuvieron dos años juntos. Discutían, rompían, a las pocas semanas volvían. Cada ruptura parecía la última para Dani, pero siempre terminaba perdonándole.

Dani habla de Manuel refiriéndose a él como “la tarántula”, un mote que a en mis oídos suena casi cariñoso. Manuel hizo que Dani durante mucho tiempo no pudiera disfrutar del sexo. “Aún tengo en la cabeza todo el slut shaming que me hizo". Mientras le entrevisto por Skype, me manda capturas de pantalla que hizo de conversaciones con su ex después de su ruptura.

“Las hice por seguridad”, me dice. Me cuenta que durante meses después de dejarlo, Dani llegaba a casa de follar con alguien que no fuera Manuel y se frotaba muy fuerte hasta hacerse daño. “Me quedaba mucho tiempo en la ducha porque me sentía sucio". Algunas veces pensó, mientras se duchaba, en el suicidio.

Conversación entre Dani y Manuel

Para él todo esto era nuevo. Él nunca había tenido una relación seria con un chico, ni tampoco había sentido esa privación de su libertad, pero Dani se fue encerrando en su relación con Manuel hasta que casi no se reconocía. Cuando rompieron, Dani luchó por una beca Séneca en Valencia porque “de verdad necesitaba tierra y distancia, en Madrid siempre sentí que tenía ojos en todas partes”.

Me explica lo de la ubicuidad de su ex contándome que Manuel era el mejor amigo de un chico que era un camello conocido en la noche madrileña, y que por lo tanto los dos conocían a gente en todos los bares, en todas las discotecas.

“Hubo un punto de nuestra relación en la que si salía sin él, al día siguiente sabía que iba a haber bronca, y que él iba a saber todo lo que yo había hecho. Con él no podía salir sin discutir”. Todavía resuena en su cabeza la pelea posterior a la noche en la que Dani conoció a un chico en una discoteca, hablaron y se siguieron los dos en Instagram, “solo eso”. No tiene muchas ganas de hablar de eso.

Esta es la relación que tenían cuando Dani salía de fiesta

Manuel solía hacerse perfiles falsos para entablar conversaciones con Dani por Grindr y otras apps de ligue una vez la relación había terminado. Se sentía y se sigue sintiendo acosado. “Lo peor es que no sé cómo terminó la relación… supongo que después de una de estas broncas horribles, simplemente no nos reconciliamos”.

Dani asegura sin pestañear que Manuel intenta follarse a todos los chicos con los que piensa que Dani puede estar ligando. “Supongo que querrá 'quitármelos'… yo no sé qué le pasa por la cabeza, honestamente. “ Le pregunto si alguna vez ha pensado en denunciarlo por acoso, y me dice que “no, nunca”.

"Vete a hacerte nudes a casa ajenas"

Dani es afrodescendiente de Guinea y tiene una relación con su familia cercana más bien fría en torno a su sexualidad. El sufrimiento por esta relación, las ganas de dejar de existir y los llantos —algo extraño para él ya que confiesa que es un hombre de poco llorar— le hicieron sincerarse con su hermana, que tiene 13 años más que él. “Era la primera vez que le hablaba a mi hermana de un hombre”. Ella en seguida pensó que le hacía falta ayuda profesional.

“No sé cómo van a ser capaces ella o mi madre de abrirse a la próxima persona que les presente como mi novio”.

El desgarro de Ana

Un objeto decorativo de Ana que le recuerda a su relación con Esther. Fotografía cortesía de Ana

Conozco a Ana* desde que nuestros caminos se cruzaron trabajando en una tienda de cosmética, hace muchos años. Es una de esas personas que aparece en mi vida de vez en cuando con la misma empatía que aquel año de confidencias entre diagnósticos de piel.

Ana ahora vive con su novia Ale, que la está ayudando a curar la herida. Me cuenta que está en un momento perfecto también de trabajo. Quedo con ella para hablar de su relación con Esther*, que aunque terminó hace ya unos años, la ha marcado de por vida. Esther tenía 19 cuando se conocieron, y Ana 23.

La entrevista comienza sola, con Ana casi lamentándose de que ella en otras relaciones siempre había sido “muy terrenal y muy práctica”. “Yo he hecho siempre lo que he querido en mis relaciones, y lo he gestionado siempre superbien, pero es que con ella no pude. No sé cuánto tuvo que ver el alcohol que ella consumía y cuánto la dinamita que éramos juntas, pero fue un infierno en el que espero no verme nunca más”.

“Me asusté de mi misma en unas peleas que yo nunca pensé que tendría. Hice cosas como arrancarme la camiseta en la calle. O lanzar al aire mis zapatos amenazando con lanzárselos a ella”

Ana me cuenta que antes de su relación con Esther, ella había estado un tiempo soltera en Madrid liándose “con unas y con otras, y la verdad es que añoraba una relación más bonita, con alguien con quien compartir cosas”. Y entonces la conoció.

“Era muy guapa, más pequeña que yo. Cuando la conocí, yo venía de un momento muy bueno y sentía que tenía mucho que ofrecerle. Ella era más reservada, pero yo le contaba todo lo que pasaba por mi cabeza sobre mí, sobre mi familia. Esas cosas ella a veces las utilizó en mi contra en peleas de estas horribles que teníamos”. Me cuenta que esas peleas sucedían cuando Esther bebía.

Esto afectó muchísimo a la autoestima y salud mental de Ana. “Al principio yo me sentía muy guay con ella, pero luego ella me llevó a incluso verme desde fuera y no reconocerme. Al final de la relación yo me veía fea, marchita. Ella me hacía sentir así.

También se asustó de sí misma “en unas peleas que yo nunca pensé que tendría. Hice cosas como arrancarme la camiseta en la calle. O lanzar al aire mis zapatos amenazando con lanzárselos a ella”.

Le pregunto cómo reaccionaba la gente alrededor en esas peleas que tuvieron por la calle. “Siempre venía algún graciosillo a separarnos. Es que a alguna gente le resulta gracioso ver a dos mujeres pelearse en sitios públicos”. Quizá por estar normalizado y ridiculizado en nuestra sociedad, añado. “Yo llegué a verme desde fuera —sigue Ana— diciendo cosas que nunca habían salido de mi boca y que espero no volver a decir nunca. Me veía como si no fuera yo”.

Le pregunto cuándo empezó la pesadilla. Ana me dice que fue muy pronto, "al principio de estar liándonos y tal, cuando aún no habíamos ni hablado sobre una relación, yo me lié una noche con una chica. Meses más tarde, en una de nuestras peleas, Esther empezó a tirar de un hilo y lo descubrió. Ahí empezó la pesadilla. Solo por ella, me alejé de todo al que quería. Ahora miro atrás y pienso en que si no hubiera acabado la relación, incluso podría haber dejado de ver a mi familia”. Me aterra esto. Le digo que vaya tipo de cosas hacemos por " amor".

"Nunca llegamos a las manos, pero ganas no me faltaron"

Me interesa saber por qué nadie las tomaba en serio cuando discutían tan fuerte. “Que esta chica tan mona tuviera tanto carácter a alguna gente le parecía divertido. Otro tipo de gente incluso me decía también, en mi momento de peor autoestima, que no iba a encontrar a nadie mejor, dándome a entender que debía aguantarla”.

La noche en la que estalló todo era además el cumpleaños de Ana. “También era la primera vez que pinchaba en un sitio, y yo estaba superilusionada”. Esther no tanto. “Cada vez que destacaba en algo que no fuera mi trabajo de camarera, ella se enfadaba. Es como que ella no quería que saliera de ese trabajo, no le gustaba que fuera feliz”. Ana me cuenta que Esther se perdió casi toda la fiesta. “Ella llegó supertarde, cuando ya yo había dejado de pinchar, y superborracha. Además se enteró de que la otra andaba por ahí y tuvimos un broncón”.

Le pregunto si alguna vez llegaron a las manos. “No, nunca llegamos a las manos, pero ganas no me faltaron”. En este momento Ana se pone superseria y me cuenta que ha llegado a tener miedo de un pensamiento: sabe lo que son las ganas de matar a alguien, o de quitarse la vida. “Sé lo que es querer que pase cualquier cosa solo para que esa pelea termine, sé lo que es estar también enganchado a esa mierda”.

***

Estas dos entrevistas abren una herida nunca cerrada del todo de una relación exactamente como la de Dani y la de Ana, pero en otra época, hace más de diez años. En esa época conocí a Robert, y las mariposas de mi estómago nunca habían revoloteado con la misma fuerza. De ese batir de alas tan fuerte surgió un efecto mariposa que provocó que lo mío con Robert diera muchísimo miedo, y que nadie lo viera, nadie nos parara. Que en púbico solo mostráramos (o fingiéramos) las mariposas.

Cuando conocí las historias de Dani y Ana, personas muy especiales para mí, vi nuestras diferencias pero sobre todo nuestras similitudes. Dani, Ana y yo fuimos víctimas sin sentir serlo. Y eso que sufrimos gritos e insultos, que temimos que la otra persona acabara con nuestra vida o la suya, los tres nos agredimos por no agredir al otro, y los tres fuimos víctimas de la violencia sin manos.

Todo esto empezó por perdonarle algo y no decírselo, por dejarle que nos mirara el móvil saliendo de ello sin cargos. Con dejar de ponernos una prenda que nos encanta para que no nos favoreciera tanto. Lejos de una cosa puntual, las tres personas que hoy nos hemos desnudado en este artículo llegamos a vivir relaciones patológicas, con violencia constante y sostenida.

Pienso en que si yo estuviera en situaciones que he sufrido y fuera hoy y no entonces, llamaría al 016 y dejaría claro en los primeros segundos de la llamada que soy una víctima. Quizá también un verdugo, pero sobre todo una víctima, por masculina que suene mi voz.

*Se han cambiado los nombres de los protagonistas para mantener su anonimato.

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