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Cultura

'Más de culto que Arrebato': hablamos con Ramiro Lapiedra sobre su obra maestra

'La orina y el relámpago' llegó a proyectarse en salas de cine convencional y a atraer la atención del MoMA y los halagos de Berlanaga, pero 15 años después ha caído en el olvido mediático.

por Mirena Ossorno
15 Abril 2019, 4:00am

Todas las imágenes cortesía de Ramiro Lapiedra

A pesar de haber sido alabada por directores como Basilio Martín Patino o Imanol Uribe, La Orina y el relámpago, producida por los hermanos Lapiedra en 2004, sigue siendo a día de hoy una de las grandes olvidadas de nuestro cine. El interés que la cinta despertó llegó hasta el MoMA de Nueva York, aunque nunca se llegó a concretar nada. El propio Ramiro nos cuenta que Berlanga siempre le decía que era más de culto que Arrebato, la mítica película de Iván Zulueta que marcó el cine español de vanguardia después del franquismo, “pero que como la había hecho alguien del porno, un portero de discoteca, un macarra, no le dieron tanto bombo”.

De estética decadente, la película narra, en clave simbólica e hiperrealista, la caída de una pareja de prostitutas bulímicas y adictas a la cocaína por una espiral descendiente de autodestrucción. Sin duda, el impacto que algunas imágenes provocan en el espectador —como la escena en la que Cecilia Gessa se masturba con un bebé rata en el clítoris— conecta más con el Cinema of Transgression de Nick Zedd y compañía que con las superproducciones porno de la década.

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A pesar de que llegó a estrenarse en algunos cines, si la buscas hoy en Google solo la encontrarás en tubes de porno, ya que aunque durante estos días se esté llevando a cabo el juicio contra los capos de SeriesYonkis, la piratería en el mundo de la pornografía sigue a tope. ¿Puede que el estigma del porno siga pesando más que su valor artístico? Lapiedra al menos así lo siente: “Es muy difícil, de mí la gente tiene una imagen muy oscura”. Nacido en Alicante en 1972, Ramiro ha tenido una vida intensa y llena de excesos, como una película de Bigas Luna. Creativo y autodestructivo a partes iguales, durante la pasada década hizo historia en el mundo de la pornografía gracias a títulos como La Mujer Pantera o Compulsión: “Los de Filmax me dieron la oportunidad de trabajar para Elephant Channel, su filial porno. Ahí hice todas las de Celia Blanco (Cecilia Gessa). Me apoyaron pero me obligaban a poner cinco escenas de sexo, que empezaran con una felación… No podía ser libre, por eso hicimos La orina y el relámpago”.

Siempre envuelto en un aura de realismo sucio, Ramiro recuerda aquellos años como una etapa extraña y difícil de su vida: “En Amor, alcohol y coca, mi segundo libro, lo cuento todo. Me había arruinado, me quedé prácticamente en la calle. Habíamos pasado de tener mucho dinero a no tener nada porque un productor nos estafó. Vivía en casa de Ángela y de mi hermano, me acababa de separar de Cecilia aunque éramos amigos… Las dos nos apoyaron muchísimo. Yo creo que los cuatro estábamos un poco como desesperados y quisimos darlo todo y hacer una película sin dinero ni nada, para desquitarnos con la industria. Esta película salió de la rabia”.


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Dejando de lado las normas y con apenas recursos, los cuatro se entregaron al lado más salvaje del cine: “Fue un rodaje muy underground, tipo Dogma. Por ejemplo, para la escena de Ángela en la iglesia llevábamos la cámara escondida. Pero lo que es el montaje curramos un montón. Estuvimos montando durante meses, trabajando cada noche en la película”.

Junto a lo transgresor de las imágenes cabe destacar el trabajo de las dos actrices principales, Cecilia Gessa y Ángela Peña, las cuales ofrecen un trabajo tan honesto y generoso como brillante: “Las dos están súper bien, ten en cuenta que era muy complicado de rodar; tenían que comer y vomitar (ninguna era bulímica en la vida real), ponerse un ratoncito en el coño… las dos lo dieron todo”.

Como pasa siempre, lo arriesgado de algunas propuestas choca de frente con el puritanismo y la hipocresía que siguen dominando la corriente popular: “A pesar de que mucha gente importante defiende la película, es muy complicado reivindicarla a día de hoy”. Y es que llama la atención la falta de espacio existente dentro de las grandes plataformas de streaming para el cine X, algo que sí existía en los videoclubs. Aun así, tanto sus primeros cortos como Berenice (2013), su último film, podrían encajar perfectamente en el catálogo de Filmin o incluso de Netflix.

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“Para Aberración, la segunda parte de La orina y el relámpago, estábamos tan saturados que ni metimos escenas de sexo. Es como un documental sobre nuestra vida, la protagonizó Miriam Sánchez, mi pareja de entonces. Gustó a mucha gente pero nadie quiso distribuirla. Con Berenice también tuve muchos problemas porque me relacionaban con el porno, me costó muchísimo encontrar financiación para terminarla”.

Es de hecho esta última película, Berenice, la que poco a poco se está convirtiendo en una joya incompleta —debido a problemas con el sonido durante el rodaje— del cine de terror. Mención especial para su protagonista, Raquel V. Gómez, quien realiza un trabajo de debut estupendo. A pesar de que solo se ha podido ver el teaser —estrenado con gran éxito en el Festival de Sitges— su influencia puede verse en películas de éxito internacional como Raw, el film dirigido en 2016 por Julia Ducournau.

Fan de Georges Bataille y Henry Miller, Ramiro es una rara avis del porno y de la cultura en general. Un artista con pinta de chuleta, ambicioso y algo errático, un visionario loco e incomprendido; como Bob Guccione con su Caligula. Aunque el porno le trajo el dinero y la fama, lo que siempre ha prevalecido es su amor por el séptimo arte. Un amor tan tormentoso y pasional como el que ha mantenido con algunas de sus parejas: “Yo me he estudiado todo el cine de Pasolini, de Bergman, plano por plano. A mí me gusta el cine, aunque haya hecho porno. Con el porno lo que intenté es sacar al género del ghetto, pero dentro de la industria es totalmente imposible. Y ahora menos, sigo dirigiendo porno y es muy complicado”.

Más acostumbrado a los platós de Telecinco que a los programas culturales de La 2 “mis novelas no han tenido repercusión mediática fuerte, solo me han hecho caso los del corazón”, es difícil saber por qué su trabajo no termina de ser del todo reconocido. Ya sea por prejuicios y chismorreos o por malas decisiones, es evidente que la historia del porno no está tan lejos de la del cine “convencional”. La dificultad de autores como Lapiedra por encontrar financiación sin perder el control creativo sobre su obra es la misma o peor, síntoma de que tanto en lo cultural como en lo político, la astucia del mediocre sigue ganando la partida. Una lástima.

A día de hoy Ramiro anda metido en no pocos proyectos: al mismo tiempo que termina de escribir La ira de la carne, su cuarta novela, prepara el rodaje de una nueva película de corte neorrealista sobre la mafia. Sin olvidarnos de El diario de Apolonia, el reality sobre la vida de la joven estrella del porno emitido por Movistar+. Está claro que, aunque ya han pasado catorce años de la muerte del analógico, en España seguimos viendo el porno codificado.