Drogas

Diario de cuarentena de un adicto a la heroína

“No soporto la idea de dejarlo de golpe estando solo y aislado durante un periodo tan estresante”
tal y como se lo contó a Nick Chester
04 Mayo 2020, 3:53am
mujer fumando heroína
Imagen de archivo, no del escritor. Foto: Janine Wiedel Photolibrary / Foto de archivo: Alamy

El confinamiento es difícil para todo el mundo, pero los adictos a la heroína se enfrentan a nuevos desafíos. Robbie, un investigador de mercado de Portsmouth de 28 años, tiene una adicción a la heroína desde hace tres años. Me ha explicado con todo detalle cómo le ha afectado la cuarentena estas tres últimas semanas.

Sufro ansiedad, así que, cuando se anunció el confinamiento por primera vez, se me crisparon los nervios. No ha habido un solo momento en la historia de la humanidad en el que el mundo entero se haya cerrado por completo y es muy desconcertante. También me preocupaba que el suministro de heroína cesase porque los camellos estuvieran en cuarentena, pero pronto vi que podía conseguirla fácilmente, lo cual me ayudó mucho a desestresarme. El caballo te hace sentir que hay una solución para todo, incluso para algo tan enorme como una pandemia, así que me permitió relajarme temporalmente.

Antes del confinamiento, había estado tomando metadona además de heroína. Me habían recetado una dosis diaria de 50 ml, con la idea de sustituir a la heroína y después poco a poco reducir la dosis de metadona hasta que estuviera limpio. La realidad, no obstante, es que necesitaba una dosis más alta, porque todavía me metía caballo al menos cada tres días.

Estaba sometido a un seguimiento diario, es decir, todos los días tenía que ir a la farmacia para recoger una botella de metadona, beberla delante del personal y devolverla. Así evitan que lo venda a otras personas o que tome más de lo necesario para colocarme. El día del confinamiento, el farmacéutico me dijo que podía recoger 7 botellas de una vez. Aunque yo me adherí a las normas y solo bebí una botella al día, otros drogodependientes no lo hicieron y excedieron su dosis diaria o vendieron las botellas a otros adictos.

Al principio, eso fue lo único que cambió en cuanto a mis hábitos y mi adicción. Sin embargo, unos tres días después, llamé a mi camello de confianza para pillar brown pero me dijo que no podía entregarlo. Probé un par de números más y me dijeron que era demasiado arriesgado. Antes del confinamiento, los traficantes pasaban el caballo a los camellos —por lo general, adictos que lo hacen a cambio de unos 60 euros en heroína al día— y que a su vez quedaban con la gente en lugares determinados. Aunque normalmente lo hacían sin rechistar para poder costear su adicción, ahora pensaban que era demasiado peligroso andar por la calle con bolsas de heroína, teniendo en cuenta que serían las únicas personas y que además dan muchísimo la nota.

¡Es inaudito!, pensé. Tengo dinero y aun así voy a tener que dejarlo de golpe. Me asustaba la idea de no tomar drogas durante toda la cuarentena; ya es difícil superar el mono aun cuando todo va bien, mucho más durante un periodo tan incierto, con tantas fuentes de ansiedad. No sabía si sería capaz de soportarlo.

Esa noche no pude dormir y las piernas me empezaron a doler; después, empecé a dar patadas involuntariamente en todas las direcciones. A esto se le conoce como “montar en bici” y es un síntoma común del síndrome de la abstinencia. También pasé un periodo de miedo intenso al pensar cómo sería todo cuando se acabara el confinamiento. El bajón de la heroína hace que los niveles de estrés se disparen y a mí no me faltaban razones para estar preocupado.

Foto de archivo. Foto: Bob Foster

Por suerte, en los días siguientes, la oferta de drogas comenzó a subir de nuevo, supuestamente porque los traficantes y camellos se habían percatado de que probablemente el confinamiento duraría meses y no estaban dispuestos a perder sus ahorros. Hubo un cambió en la forma en que operaban: teníamos que llamar al camello cuando estuviéramos cerca del punto de encuentro, para que no tuvieran que esperar tanto tiempo en el mismo lugar. No parecía inquietarles el virus; su prioridad era que no los pillaran. A mí me preocupaban ambas cosas, porque tengo asma y en caso de contraer el virus puedo acabar hospitalizado o incluso morir. Los camellos normalmente llevan la heroína en la boca y la escupen en la mano antes de pasarla, lo cual es la forma perfecta de transmitir el virus. Yo estaba en el predicamento de tener que fumar e inhalar una sustancia que había estado en la boca de alguien durante una pandemia.

Una semana después del confinamiento, comencé a sentirme aislado. Vivo solo, así que las únicas caras que veo a diario son las de los camellos. Antes solo quería pillar droga para fumármela más tarde, pero ahora tenía una excusa para salir de casa y hacer algo diferente. No me ayudaba a aliviar la soledad, porque los camellos no suelen hablar mucho; te pasan la droga y se piran.

También, me di cuenta de que mi adicción aumentaba. El aburrimiento de estar encerrado en mi apartamento sin nada que hacer me llevó a meterme heroína todos los días. Antes iba a reuniones de ayuda, pero ahora toda esa red de apoyo no estaba disponible, lo cual empeoraba la situación. En las reuniones nos dábamos fuerzas los unos a los otros para luchar contra la adicción. Las echo muchísimo de menos ahora que ya no se hacen. Hay grupos en internet, pero no tienen nada que ver con el cara a cara en persona.

A medida que pasaban los días, me comencé a inquietar cada vez más por cómo sería todo cuando se levantara el confinamiento. Al principio, seguía el avance del virus por las noticias, pero dejé de verlas porque me asustaba mucho. También me preocupaba constantemente que pasara algo que afectara mi situación económica o que me dejara sin la posibilidad de comprar drogas. Mientras que en muchas empresas habían despedido a sus empleados, yo tenía la suerte de poder trabajar desde casa, lo cual significaba que todavía tenía una fuente de ingresos. Mi trabajo consistía en investigar el mercado por teléfono para compañías. Sin embargo, no sabía si mi puesto estaba a salvo en estos tiempos tan impredecibles.

A principios de abril, mi jefe me dio la noticia de que la cartera de clientes se había vaciado e iban a tener que despedirme. Ayer, rellené la solicitud para un crédito universal [una ayuda social del Gobierno británico] y fue extremadamente deprimente. Hasta ese momento, había estado orgulloso de mí mismo por mantener mi puesto a pesar de la adicción, así que fue un golpe muy duro para la autoestima. Además, no sé cómo voy a costear mis hábitos en los meses venideros, lo cual es aterrador. No soporto pensar en dejarlo de golpe estando solo y aislado durante un periodo tan estresante

También, me preocupa que la oferta de heroína cese en algún momento. Hay una gran posibilidad de que haya problemas en el futuro. Quién sabe, quizás el tráfico de drogas sea el único mercado estable cuando todo esto pase. Solo el tiempo lo dirá.

Mis planes para el resto de la cuarentena son encontrar otra fuente de ingresos, si es posible, que no me pillen mientras me pasan heroína en las calles vacías y no volverme loco de aburrimiento. Mi recuperación está en pausa hasta que se acabe en confinamiento, sea cuando sea eso. Mientras tanto, no tengo ninguna duda de que será extremadamente difícil y problemático para mí y para todo el mundo, tengan alguna adicción o no.

@nickchesterv

Este artículo se publicó originalmente en VICE Reino Unido.