verduras de las eras

Corrupción, huelga y paz

OPINIÓN | "Al repudiar y denostar con gran exhibición de ignorancia la huelga de sus hermanos trabajadores, los colombianos están demostrando que no reconocen la paz ni conocen sus mecanismos".
2.10.17
Imagen: VICE Colombia

En un programa radial de la mañana, dedicado a dar noticias y a hacer comentarios sobre actualidad (supongo que ocurre en varios, pero prefiero no cultivar el celo informativo en menoscabo de mi inteligencia y mi sosiego, o sea, que no me da el oído para hacerme un muestreo de los programas radiales de la mañana) emiten una propaganda de rechazo a la huelga de los pilotos de Avianca en la que unas personas, en el papel históricamente infame de esquiroles, dicen: "Yo no paro; Colombia no para". Se quiere hacer pensar al público que las reivindicaciones laborales de los miembros de un sindicato atentan contra el interés nacional. El interés público se identifica directa y abiertamente con los intereses económicos de los propietarios y los patrones de una empresa privada. En otro programa de noticias y comentario de actualidad de la mañana, oí hace una semana que los periodistas ridiculizaban la huelga, tergiversaban las peticiones del sindicato y hacían eco de las mismas nociones equívocas y equivocadas de que Avianca es la aerolínea de los colombianos —de todos los colombianos—, que presta un servicio público de primera necesidad, que es una insignia de la identidad nacional, y que, por ende, es apátrida (¿o debemos decir "subversivo"?) apoyar la huelga. Tampoco sé en qué habrá derivado, después de una semana, el sainete mendaz que estaban montando en esa emisora radial, porque el celo no me alcanza para tanto, como ya expliqué.

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Entre una y otra emisión de la propaganda "Yo no paro; Colombia no para" de Avianca —y de la propaganda informal complementaria contra la huelga, ofrecida de buen grado y con gran chacota y jolgorio por parte de los periodistas—, en las emisoras de radio de la mañana se comenta con justa indignación el escándalo de corrupción en la Corte Suprema de Justicia. En ese caso, como en muchos otros que llamamos "de corrupción", lo que sucede es que el interés privado usurpa el lugar del interés público; que se gestiona un negocio privado bajo el manto de una función pública. Un magistrado que vende un fallo favorece intereses personales bajo el supuesto de que está favoreciendo la justicia y el bien común. Ni los directivos de Avianca ni los periodistas son funcionarios públicos, pero eso no implica que estén exentos de ser corruptos, en tanto que, al igual que los magistrados corruptos, los gobernadores corruptos y los alcaldes corruptos, hacen pasar — en el caso del sabotaje desinformador a la huelga de Avianca— un interés privado por interés público. La venalidad de los periodistas se hace más evidente si se tiene en cuenta, por una parte, que Avianca es uno de grandes patrocinadores (¿o debemos decir "clientes"?) de los medios de comunicación que llaman a repudiar la huelga y que para ello mienten sobre las peticiones de los huelguistas, y, en el caso específico del programa de noticias de Blu Radio, que su director está casado con la vicepresidenta de Relaciones Estratégicas de Avianca (no tengo que subrayar la ironía presente en el nombre del cargo), que es, además, una de las personas que en la versión audiovisual de la propaganda de Avianca contra la huelga declaran: "Yo no paro; Colombia no para".

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Para hacer viajes de trabajo he tenido que montar seis veces en avión en las últimas semanas y he esperado largas horas en aeropuertos del país, especialmente en ese baluarte nacional que es el Puente Aéreo de Avianca, una instalación anacrónica y destartalada, cruzada por los vientos, olorosa a grasa de empanadas y de papa frita rellena de papa, que ciertamente es representativa del país y con la que Avianca seguramente demuestra su amor y respeto por los pasajeros colombianos. Los primeros dos vuelos se retrasaron por la visita a Colombia del papa; los otros, por la huelga de los pilotos. Se retrasaron mucho más los dos primeros. Debía de ser que en el aire, lleno del papa, no cabían los aviones que llevaban a los colombianos.

El papa llegó y en Bogotá se declaró "día cívico". Fue hace unas semanas y ya parece que hubiera pasado hace cuatro siglos. A lo mejor es que sí pasó hace cuatro siglos. Durante un día los bogotanos no fueron a trabajar ni pudieron circular libremente, pero el que no trabajáramos en un día laboral ni pudiéramos desplazarnos por nuestra cuidad no iba en contra del interés público, pues, así como el interés público puede traducirse como el interés de Avianca, también puede traducirse como el interés de la iglesia Católica. Ambas compañías ofrecen un lugar en el cielo.

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En los mismos medios de comunicación que hoy condenan como un acto delincuencial el que unos trabajadores exijan un horario laboral justo que les permita manejar un avión con menos riesgos, una remuneración pareja a la que reciben trabajadores de otros países de la región que realizan el mismo trabajo para la misma compañía, y estabilidad laboral, oímos que el papa transmitía su mensaje de paz, hermandad y compasión (¿o es más preciso llamarla "pesar"?) y oímos y vimos que decenas de miles de personas lo escuchaban ojientornadas, sintiéndose quizás unidas entre sí, efectivamente hermanadas. El papa venía a ponerle el sello romano del fácil fervor al proceso de paz de los colombianos, y a confirmar que la paz colombiana es la paz católica.


Para oír los mismos sermones que podíamos oír durante la guerra, llenos de declaraciones generales sobre la buena voluntad, útiles para que cualquiera se autocongratule en cualquier momento del día, dichos por el papa asceta (como si un asceta se metiera a ser cardenal y papa, pero en fin) y por el jefe de una iglesia que desconoce la igualdad entre las dos mitades del mundo pues no acepta a las mujeres en su jerarquía (pero en fin), el país paró contento. Dos semanas después, el mismo país se volvió contra los pilotos que llevaron volando a su papa de ciudad en ciudad. La hermandad que tenían ocasión de demostrar no era, aparentemente, la misma hermandad que su supuesto guía espiritual (que no lo es, sino guía religioso, lo cual es distinto, pero en fin) les predicaba.

Un medio periodístico en Internet (quizá otros también, pero la curiosidad no me alcanza para perder el tiempo mirando varios, como ya expliqué) reprodujo con honores patrióticos la carta de una médica que recriminaba a los pilotos por sus peticiones y aducía que los médicos tenían menos beneficios que los pilotos. La carta, según el medio que la publicó, "llamaba a la reflexión" a los pilotos —la misma expresión que se usó una y otra vez para describir lo que el papa vino a hacer: "llamar a la reflexión"—. La carta era una evidencia crasa de envidia y de analfabetismo político. Era muy sentida (y todo lo "muy sentido" es muy bueno, para un país educado en el melodrama) y fue recibida con alabanzas por parte de la ciudadanía que, en su vertiginosa lumpenización, prefiere apoyar los intereses de los patrones antes que los de los trabajadores, que son sus propios intereses. Los trabajadores son indefendibles para el colombiano, especialmente si se trata de trabajadores con cierto nivel salarial, pues la solidaridad que por aquí se practica (y quizá la que promueve la iglesia del papa) equivale a la lástima por el que tiene mucho menos que uno (el mendigo o, preferiblemente, el muerto), y excluye el apoyo al que tiene lo mismo o más que uno, aunque sea víctima de una injusticia. Al que tiene más que uno se le apoya solo si es amo y puede aplastar los derechos de otros.

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La médica corresponsal (si es que existe y no se la inventó Avianca) argumentaba que los pilotos no debían reclamar nada, pues devengaban tres veces más que ella y sus colegas, que hacen un trabajo mucho más importante que el de los pilotos, pues "minuto a minuto luchamos contra la muerte". Remataba con: "Creo que sus peticiones están fuera de lugar en un país como este. No pretendan que los traten como pilotos de primer mundo en este país que ustedes escogieron para ejercer". En un retorcimiento de la lógica y el sentido, insinuaba que los pilotos eran apátridas por pretender ser beneficiarios de un trato justo en un país injusto, en lugar de darse cuenta de que ella también tiene el derecho de aspirar a un trato justo.

Junto con la carta susodicha, las redes sociales, arriadas por los medios de comunicación y por la propaganda de Avianca, se llenaron de expresiones granujientas, mezquinas e irreflexivas, variantes del requeñeque de la frustración individual, del tipo de "Por un grupo de personas está paralizado el país" y "Ya quisiera yo ganar lo que gana un piloto de Avianca".

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Yo gano mucho menos que un piloto de Avianca y tengo menos que un piloto de Avianca y además no me parece ni posible ni relevante averiguar si es mejor o peor o más o menos difícil ser escritora que manejar aviones. No conozco a ningún piloto de avión y ni siquiera he hablado con ninguno jamás. He leído la página del sindicato (http://antsa.org/: mírenla, que por cierto sus textos están impecablemente escritos y son muy claros, lo cual no es poco mérito en un país desdeñoso de la buena expresión verbal) y juzgo que sus reivindicaciones son justas. Pero no tendría que haberlo leído para apoyar la huelga, porque sé que los intereses de los trabajadores de cualquier oficio son mis intereses, y porque sé que se necesita valentía, disciplina, unión y exasperación para entrar en huelga, y porque no soy dueña de capital, y porque he sido también víctima —como un gran número de colombianos— de un patrón despótico y arbitrario en una empresa sin sindicato. Por todo eso, y sobre todo porque quiero permanecer consciente de que comparto con otros la ciudadanía, y de que la lucha por los derechos no es individual, apoyo todas las huelgas.

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La huelga, el paro y el boicot son ejercicios civiles de protesta, expresiones legales de descontento ante la injusticia, y manifestaciones de solidaridad. Constituyen la práctica de la paz. Es allí —y no en misa, ni en foros sobre el posconflicto (que suelen ser versiones de la misma misa pero sin comunión)— donde se aprende "la solución pacífica de los conflictos", esa expresión que tan desgranadamente se ha venido usado en Colombia en los últimos años.

El fondo de la cuestión con la huelga de los pilotos de Avianca (que habría podido ser cualquier otra huelga que afectara a los grandes intereses del capital, dada la prevalencia de los atropellos laborales en el país) es este: la huelga de los pilotos es el primer ejercicio de paz de envergadura nacional que se presenta en el posconflicto y que ha comprometido a todos los medios de comunicación. Al repudiar y denostar con gran exhibición de ignorancia la huelga de sus hermanos trabajadores, los colombianos están demostrando que no reconocen la paz ni conocen sus mecanismos. El aprendizaje de la paz política no es el aprendizaje del frágil perdón cristiano (que depende de la repetición infinita y promisoria de la falta), ni es el entrenamiento en disimular las faltas, ni es el adocrinamiento en la inequidad perpetua, ni es la esperanza de la salvación individual, ni es la doma para la pasividad, ni es la obtención del control sobre las emociones y las necesidades o los deseos de las personas. Es el cuidado de los medios cívicos y pacíficos de lucha, como la huelga y el paro. Y es la formación de la solidaridad.

*Esta es una columna de opinión, por tanto no compromete la postura de VICE Media Inc.