Taquería Chabelo: un museo de lucha libre y carnitas en Tepito
Fotografías de Paulina Munive.
Munchies

Taquería Chabelo: un museo de lucha libre y carnitas en Tepito

Si las mesas del negocio hablaran, seguramente se partirían de risa al contar que han visto de todo.
27.9.18

Artículo publicado por VICE México.

La Taquería Chabelo es un universo paralelo ubicado cerca de Tepito, en la Ciudad de México, donde el mundo de las carnitas y el de la lucha libre conviven a diario sin irse a tres caídas.

Visitarla es un desafío al asombro: hay que tener buen diente, sentir cierto amor por el barrio, así como tener disponibilidad para quedarse ahí sin límite de tiempo, admirando el museo de luchadores y famosos que sonríe desde las paredes.

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A lo largo de toda la estancia con olor a carne frita, que puede albergar hasta un centenar de comensales, hay colgados cerca de 300 cuadros con fotografías de peleadores (y no peleadores) capturados en todas las posiciones, colores e irreverencias.

También hay vitrinas que resguardan 148 máscaras originales, regaladas por sus propios dueños, piñatas, así como tres murales pintados con aerosol, en los que figura toda la estirpe de los rudos y los técnicos.

Cada metro cuadrado del lugar parece distinto. Sin embargo, no hay escena sobre los muros donde no se repita un elemento común: todos los forajidos abrazan a un mismo hombre cincuentón, de bigote impecable y mirada alegre. Es Jesús Ornelas: dueño del establecimiento, réferi acreditado, dentista y fundador de la legendaria porra de Tepito; esa que cada miércoles y viernes inunda de matracas, tambores y albures la Arena México.


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Parrandas con sentido

Pero ni el concepto que hace sentir en casa a muchos amantes del ring, ni el par de nuevas sedes de la marca, ni siquiera el hecho de que en 2016 haya recibido un Premio Nacional de Calidad de mano del mismo Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, son producto de la generación espontánea.

Fotografía cortesía de Jesús Ornelas.

Los primeros antecedentes de la taquería se remontan a la infancia de José Isabel Ornelas Chabelo, padre del actual dueño. El niño era oriundo de San Francisco del Rincón, Guanajuato, y quedó huérfano a los siete años, así que muy pronto tuvo que aprender a ganarse la vida.

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Su primer trabajo fue en un rastro. Así que para cuando cumplió 15 años ya sabía alimentar, castrar o destazar en cuestión de minutos cualquier tipo de ganado que le pusieran enfrente. Luego el destino lo llevó a la capital mexicana —ya con una esposa, dos hijas y dos hijos—, donde comenzó a trabajar como herrero.

“Pero un día mi papá se fue de parranda, no se presentó al trabajo y lo suspendieron. Esa fue la excusa perfecta que tuvo para decidirse a pedir un préstamo y hacer lo que realmente había soñado: comprar un cazo de acero y empezar a cocinar carnitas en una esquina”, cuenta Jesús.

Sus ventas crecieron conforme avanzaron los fines de semana, e incluso se diversificaron cuando empezó a hacer quesadillas rellenas de sesos, que vendía afuera de las cantinas del Centro Histórico.

Luego nació Jesús, en el corazón de Tepito. En ese entonces se dieron cuenta de que con las ganancias ya les alcanzaba para montar su taquería dentro de un local y se cambiaron un par de veces de residencia. Más tarde se convencieron de que una antigua bodega de fierro viejo en el número 247, de la calle Ferrocarril de Cintura, en la colonia Emilio Carranza, sería la locación definitiva de su empresa.

Desde eso han pasado ya 36 años.

El puente con la lucha libre data de cuando en 1998, por cuestiones de enfermedad, Chabelo dejó el negocio en manos de su hijo Jesús. Para entonces, éste ya se había graduado de Odontología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero de inmediato se dio cuenta que lo que estaba en juego era el trabajo de toda la vida de su padre, así que no dudó en hacerse cargo de él.

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“Yo crecí entre tacos. Desde que era chiquito me ponían a hacer cositas para ayudar en el negocio: a veces partía limones, o lavaba platos, o acomodaba servilletas. A los 15 años, igual que mi papá, ya también sabía hacer de todo, por eso no me costó mucho encabezar el proyecto”, asegura Jesús.

Sin embargo, él siempre supo que quería darle un aire distinto. Y decidió que la mejor forma de llevarlo a cabo era volcando en la taquería su mayor pasión: los cuadriláteros.

La lucha es mágica; los tacos, también

Antes, las luchas no eran bien vistas. Se les consideraba una diversión para pobres. Pero el barrio bravo capitalino, que fuera ambiente diario de la familia de Chabelo, era cuna histórica de gente que aprendió a defenderse a puño limpio. Y tanto los boxeadores, como los luchadores que de ahí salieron, siempre fueron considerados héroes de carne y hueso.

Jesús pasó su infancia y juventud idolatrando al Santo, a Blue Demon, al Huracán Ramírez, al Mil Máscaras, y a todos los pilares de la que él considera la época dorada de la lucha: entre la década de los 60 y 80.

Fotografía de Saúl López/cuartoscuro.com

Cuenta que siempre iba a las presentaciones de la Arena México, y poco a poco fue juntándose con otras personas que sentían la misma afición. Incluso él mismo se acreditó ante el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) como réferi profesional.

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Sin darse cuenta, él y sus amigos empezaron a conformar un grupo nutrido que iba regularmente a estos eventos, a gritar lo que no podía en casa. Así empezaron a tener identidad; a sentarse en la misma fila del mismo palco; a uniformarse; a ondear las mismas pancartas cada que su peleador favorito subía a escena.

En 2002, su amigo Félix Huerta y él, hicieron oficial algo que todo mundo sabía: eran nada más y nada menos, que la ruidosa —y fiel a los técnicos— porra de Tepito.

Al día de hoy, no hay miércoles y viernes que no estén en el palco preferente que invariablemente les reservan en la Arena. A veces son cuarenta; a veces, tres o cuatro. Pero siempre están. Se les escucha rugir y patalear con cada llave, giro o salto triple efectuado frente a ellos.


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Por eso es que el catálogo completo de peleadores del CMLL los identifica perfectamente. Jesús es compadre de por lo menos tres técnicos y también ha visto a decenas de ellos suspirar de amor por sus humeantes carnitas con salsa roja y verde.

Si las mesas del negocio hablaran, seguramente se partirían de risa al contar que han visto de todo. Desde policías amantes de los chamorros, boxeadores estrella empinándose litros de agua de horchata helada, curiosos de otros estados que llegan a comprobar que sea cierta la leyenda y hasta uno que otro político famoso.

A medio siglo de que su padre tuviera el acierto de irse de fiesta antes de poder encontrar el verdadero camino, hoy la taquería de Jesús Ornelas tiene varios certificados nacionales, un proyecto paralelo de empaquetado de carnes al vacío, una app móvil en construcción para dar servicio a domicilio y, sobre todo, la fama de ser la mejor a la redonda.

“Esto es mi vida y no lo cambio por absolutamente nada. Disfruto mucho atender a mis clientes, gritar en la Arena, saludar a mis compadres cuando se dan una vuelta por acá. La lucha libre es magia. Y los tacos también”, dice Ornelas.

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