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alcohol

En defensa de emborracharse entre semana

Seguramente piensas que es una mala decisión.

por Pol Rodellar
31 Octubre 2018, 5:00am

Foto vía el usuario de Flickr ryan | CC BY 2.0

Tendemos a percibir que emborracharse entre semana es un error, algo que deberíamos evitar a toda costa. Los argumentos en contra normalmente orbitan alrededor de la lógica, de la coherencia, de la funcionalidad. El beber grandes cantidades de alcohol supone que al día siguiente tendremos una resaca infernal, de esas que no nos dejan utilizar el cerebro ni coger las cosas sin temblar.

Como la gran mayoría de personas entre semana se ven obligadas a presentarse a un trabajo que odian y que creen que les está impidiendo realizar la función por la que realmente han nacido y así poder cumplir su sueño de verdad (hacer esculturas de plantas, traer la paz al mundo o salvar tortugas atrapadas en plásticos) y que además saben que tienen que conservar porque es lo único que les permite mantener un nivel de vida lo más alejado posible de la mendicidad y la muerte, pues para la mayoría de la gente la idea de pasarse una jornada laboral en ese sitio con la cabeza hundida en la mierda les resulta bastante desoladora.

Levantarse de la mesa y arrastrarse al baño a cagar mierda bañada en vodka, mirar el reloj y ver que aún quedan seis horas y pensar, aunque solo sea durante un milisegundo, que lanzarse por la ventana podría ser una buena solución. Tenemos sueño, dolor de cabeza (nos hemos metido ya tres paracetamoles pero el dolor sigue ahí) y somos totalmente incapaces de leer un texto de más de seis palabras. No, la gente no quiere pasar por todo esto, así que la gente tiende a prescindir de las borracheras entre semana, comprimiéndolas durante el fin de semana.

Pero el caso es que nos enfrentamos a las borracheras de entre semana desde una mala perspectiva, desde el pesimismo y el miedo y no desde el respeto y el amor que realmente se merecen.

Para empezar, es una economización de las resacas maravillosa. Dejadme que os haga una pregunta. ¿Preferís estar de resaca un soleado sábado repleto de actividades y tiempo libre o un miércoles gris en el que solo estaremos trabajando, viajando en metro y comiendo arroz calentado en un microondas?

Entre semana es cuando coincidiremos con los compañeros de barra más sórdidos y maravillosos

Es mejor guardar las resacas para los días de mierda, para esas jornadas que por naturaleza no contienen ni un solo atisbo de felicidad. Sí, es duro trabajar en un estado deplorable y aún borracho pero si esto nos permitirá disfrutar de fines de semana perfectos, con la cabeza despejada y la capacidad locomotora intacta, pues mucho mejor. Al beber entre semana nos podremos emborrachar y encima tener dos perfectos días de libertad y descanso para hacer todo lo que no podemos hacer entre semana.

También es una economización en términos monetarios, pues es entre semana cuando se encuentran las mejores ofertas de alcohol en los bares, puesto que es más complicado atraer a los clientes. De la misma forma, entre semana es cuando coincidiremos con los compañeros de barra más sórdidos y maravillosos, un elenco de perdedores, genios y vividores que no tiemblan ante las supuestas responsabilidades que les otorga la vida laboral.

Digo esto como si en este país fuera obligatorio beber algún día de la semana, como si hacerlo antes evitara tener que hacerlo después, como si tuviéramos que cumplir una cuota de borracheras, cosa que entiendo que pueda resultar extraña para ciertos lectores. Pues bien, es así, es obligatorio beber ni que sea un día, pensad que los impuestos que saca este país de los alcoholes son lo que hacen que España pueda seguir considerándose un país del primer mundo sujeto a un supuesto estado del bienestar; sin los borrachos y el alcohol España sería un páramo de pobreza. Beber es una responsabilidad, es el acto máximo y definitivo de patriotismo.

La borrachera de fin de semana nos anula, nos convierte en seres muertos que se sorprenden de lo rápido que han pasado el sábado y el domingo. Salir de fiesta, dormir hasta las tres, comer, ver una película, salir de fiesta, dormir hasta las tres, comer, ver una serie, comer pizza y ya es puto lunes.

Beber es una responsabilidad, es el acto máximo y definitivo de patriotismo

Está más que asumido que durante los días laborables no podremos hacer casi nada más que trabajar y cocinar, así que será mejor que estemos hechos mierda durante estos días ya perdidos. Pero con este sencillo método podremos aprovechar la totalidad de esas 32 horas de vigilia de fin de semana, ni un segundo malgastado. Durante esas horas es cuando podremos concentrarnos plenamente en hacer esculturas de plantas, traer la paz al mundo o salvar tortugas atrapadas en plásticos, ya me entendéis.

Hay otro tema, el fin de semana nos obliga a dejar muy poco espacio entre borracheras, pues solamente se trata de dos días. Dos días, dos borracheras. Mal asunto. Esto puede ser complicado si pretendemos llevar una vida normal. Por lo contrario, entre semana tenemos cinco días en los que poder repartir una o más cogorzas, extendiendo la distancia entre ellas y haciendo más decente nuestra experiencia en la Tierra.

Pero el punto más importante y el que debemos tener más en cuenta cuando hablamos del derecho y el placer de las borracheras entre semana es el de la búsqueda de lo sublime. Beber por la noche, dormir tres horas, levantarnos aún borrachos y obligarnos a ir a trabajar supone deshuesar el sufrimiento en busca de la belleza. Estar aturdidos en el metro viendo toda esa gente sobria leyendo noticias en el móvil y descubrir que la realidad nos parece lamentable.

La cabeza nos va a estallar y la idea de tener que estar más de ocho horas sentados delante de un ordenador o reponiendo productos en un supermercado nos parece insoportable; pero cojamos todo esto y apreciémoslo, rasguemos las paredes de la perdición y untémonos con ellas. Se trata de concebir y aceptar la danza entre el hombre y sus propios errores, descubrir los peligros de la vida, la naturaleza moldeable, frágil y violenta del cuerpo y la mente, el único resquicio de Gaia que nos queda dentro de nosotros. El musgo, el barro, las tormentas, el fuego, la lucha sanguinaria entre un tigre y una gacela; experimentar toda la violencia de la naturaleza en nuestro cuerpo, vivir lo inasumible, una emoción más grande que nosotros.

Al final se trata de un acto de rebeldía contra la deshumanización y la vulgaridad de nuestros días, que transcurren apáticos y fluyen por inercia esperando la falsa tranquilidad del fin de semana.

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