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Fingí ser un joven Josef Stalin en Tinder y me fue extrañamente bien

La gente guapa parece conseguir todo lo que quiere en las aplicaciones de citas. Pero ¿se puede aplicar la misma regla cuando se trata de un dictador?

por Paul Schwenn; traducido por Mario Abad
07 Febrero 2019, 4:15am

Capturas de pantalla por el autor

Este artículo se publicó originalmente en VICE Alemania.

En lo referente a Tinder, a Sofia y a mí no nos va nada mal. Estamos bebiendo cerveza, hablando de nuestra pasión por los libros y ambos coincidimos en que los estadounidenses ocupan mucho espacio cuando bailan en la discoteca. Me ofrece un cigarrillo y decido posponer por ahora mi decisión de dejar de fumar.

Sin embargo, pese a que conectamos, no tengo absolutamente ninguna posibilidad con ella porque nuestra cita es el resultado de un experimento. Por lo que a ella respecta, mi nombre es Josef Stalin.

Cinco días antes

Es increíble lo que puede conseguir la gente guapa en las aplicaciones de citas. Pero ¿se puede aplicar la misma regla cuando se trata de uno de los dictadores más conocidos del siglo XX? Reflexiono al respecto mientras examino una caja de cerillas que un amigo me trajo de Georgia, lugar de nacimiento del exdictador soviético Josef Stalin, un hombre al que supuestamente se le atribuye la frase: “Una sola muerte es una tragedia; un millón de muertes es solo una estadística”.

En uno de los lados de la caja, aparece una imagen de Stalin como la que se ve en los libros de historia: cara redonda, mostacho a lo Tom of Finland y pelo engominado y peinado hacia atrás. El otro lado mostraba un hombre joven, bien afeitado y con el cabello arreglado en un tupé. Bien podría haber sido el teclista de una banda indie de mediados de los 2000, pero no: es el mismo dictador comunista retratado cuando era un joven y apuesto revolucionario.

Para averiguar hasta dónde puede uno llegar con un físico agraciado en Tinder, me registré en la aplicación con esa segunda foto, el nombre de Josef y la edad de 27.

Por desgracia, no soy capaz de encontrar una sola cita romántica de Stalin para darle vidilla a mi perfil; se conoce que el hombre estaba más por hablar de la muerte que de asuntos del corazón. No me queda más remedio que manipular un extracto de sus discursos y cambiar “Los Hitlers vienen y van, pero Alemania y el pueblo alemán permanecen” por “Las relaciones vienen y van, pero el amor permanece”.

Enseguida tengo listo el perfil de Stalin, aunque encontrar una cita ya no es tan fácil. Después de 15 minutos, me quedo sin gente a la que indicar que me gusta y no tengo ni un solo match. ¿Significa esto que hay más gente de la que pensaba que está familiarizada con la obra de Stalin durante sus días de ocaso? ¿Acaso no son suficientes las notas de “FCK NZS” y “siempre antifa” que he añadido a mi perfil para compensar?

Cambio el orden de las fotos y amplío mi ámbito de captación, pero nada. Opto por coger mi tarjeta de crédito y pagar por Tinder Plus. A continuación, abro mi perfil también a los hombres. Con la capacidad de dejar infinitos “superlikes” y la recién adquirida bisexualidad de Stalin, de repente la cosa avanza. Durante la primera hora, recibo 15 notificaciones. Diminutas fotos de perfil empiezan a danzar por la pantalla, acompañadas del clásico mensaje: “It’s a match! Tú y Simon os gustáis”.

Busco la cita de Karl Marx más apropiada para romper el hielo. “Hola, camarada, ¡no tienes nada que perder excepto tus cadenas!”. Su respuesta: “¿De qué cadenas estás hablando ;)?”.

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Mi perfil de Stalin

Ahora tengo una avalancha de mensajes en el buzón. Mis matches se pueden clasificar en tres categorías principales. Primera: los que no tienen ni idea y me mandan montones de cumplidos. Segunda: los que sospechan cada vez más a medida que avanza nuestra conversación; “No me había fijado en que estoy hablando con un dictador. Debería leerme la información de los perfiles más detenidamente”, dice uno. Tercera: una mezcla de stalinistas y expertos en historia. Con ellos puedo hablar con total libertad sobre el legado de Lenin, usando el emoji de silencio, o sobre el asesinato de su rival de partido, Trotsky, ilustrándolo con el emoji del pico de hielo.

A pocos parece perturbarles el hecho de que haya asumido la identidad de un tirano, o al menos nadie me lo hace saber. Alex incluso me dice: “No me importaría compartir gulag contigo ;)”. Qué mono.

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A Stalin no le está yendo nada mal

En medio de todo encuentro a Sofia, de 30 años, a quien dediqué uno de mis preciados superlikes. En su perfil dice que quiere “intercambiar ideas antes de hacer lo propio con los fluidos corporales”. Empieza la conversación en ruso, preguntando “¿Estás vivo?”, y luego se interesa por saber si he vuelto para restaurar el comunismo. Ayudándome del traductor de Google y del poco ruso que aprendí en el colegio, le respondo: “El comunismo está allí donde me encuentre yo”.

Los mensajes no dejan de llegar. Para el lunes, he conseguido 100 matches, y el miércoles por la noche llego a los 200. Entretanto, respondo en ruso, inglés y alemán a los mensajes de abogados, estudiantes y artistas de tatuajes. He dejado completamente de lado mi conversación con Sofia; me envía un mensaje diciéndome que no soy muy hablador.

Estoy buscando algo que decir, como que la Unión Soviética no se industrializa sola. Justifico mi falta de comunicación argumentando que el paranoico de Stalin no confía en nadie y quiere hacerlo todo por sí mismo. Sofia me asegura que no es una espía y que puedo confiar en ella. Me lo pone a huevo y aprovecho la oportunidad: “Para juzgar eso de forma adecuada, tendría que verte cara a cara”.


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Le sugiero que nos veamos en la antigua zona soviética del este de Berlín. Sofía está de acuerdo. Le digo que llevaré una chaqueta vintage de fútbol de Alemania del Este, que es la prenda más apropiada que encuentro en mi armario.

Antes de la cita, no estoy muy convencido de que se vaya a presentar. “¿Sigues ahí?”, me pregunta a las 20:00. Estoy seguro de que simplemente me ha mandado el mensaje porque se pregunta si estaré ahí esperando bajo la lluvia, como un idiota. Quizá solo busca venganza, jugar con alguien que se ha abierto una cuenta falsa con la identidad de un tirano responsable de las muertes de incontables personas. La verdad es que es una broma macabra.

Pero entonces la veo caminando hacia mí. “Sofia”, se presenta, sin rodeos. “Yo soy Josef”, respondo con un apretón de manos muy formal.

“Ah, ¿así que Josef es tu nombre de verdad?”, me pregunta, tras lo cual da la última calada a un cigarrillo liado a mano y lo apaga. Es más alta que yo y la melena castaña le llega a los hombros. A diferencia de Sofia, yo no me parezco en nada al hombre de las fotos de mi perfil de Tinder. De hecho, no hay ninguna similitud entre mi persona y la del joven Stalin. Tras el anonimato de Tinder, sentía la seguridad de un dictador, pero en persona son un tipo bastante tímido.

A Sofia parece aliviarle saber que no soy un autoritario oficial de la Stasi jubilado, y a mí me alivia saber que ella no es un miembro de la Asociación de Víctimas del Stalinismo que aprovecha la cita para agredirme. Pero aún queda mucha noche por delante.

No hay ni una mesa libre en Prassnik, el bar tenuemente iluminado de Berlín-Mitte en el que hemos quedado, así que nos vemos obligados a permanecer fuera, bajo la lluvia. Antes de buscar otro sitio para tomar algo, le pregunto: “¿Por qué has accedido a quedar con alguien que finge ser Josef Stalin?”.

Por falta de oportunidades no será. Sofia es guapa, inteligente y divertida. “Pensé que sería divertido”, me dice. “Es más interesante que hablar con tíos que fardan de abdominales”.

Tras encontrar un lugar seco en el que sentarnos, Sofia me explica que es profesora de alemán y que creció en la frontera entre Alemania y Polonia. Me cuenta que se fue a Moscú sola al terminar la universidad pese a no saber ni una palabra de ruso. Aquello la llevó a matricularse en Estudios Eslavos.

Distraído por la agradable conversación, me olvido del papel que estoy interpretando. En un desliz, revelo mi auténtico nombre. “¿Quién es Paul?”, me pregunta Sofia.

Mientras va al servicio, compruebo que tengo más de una docena de nuevas notificaciones. Intento sin éxito resistirme a echar un vistazo a todos mis matches. Cada 30 segundos, un hombre distinto parece enamorarse de Stalin. Emre cree que su aspecto es “mágico”. Egon, calvo y con la barba canosa como la de un hechicero, me pregunta si quiero que pasemos a WhatsApp. También señala que quiere ser él quien marque el ritmo de nuestro encuentro sexual y rechaza mi sugerencia de empezar con un beso fraternal y socialista.

Sofia ya ha vuelto del servicio. Rápidamente guardo el móvil y decido explicarle los motivos detrás de todo este montaje. Le confieso que soy escritor y que tengo intención de hacer un artículo con el experimento del joven Stalin. Sofia se toma un momento para digerir la noticia. No parece entusiasmarle la idea lo más mínimo y me pregunta, medio en broma: “¿Estás grabando nuestra conversación?". Por alguna razón, decide quedarse y empezamos a imaginar adónde podría habernos llevado la cita si hubiera sido real. Visualizamos su cuarto lleno de pósteres y objetos de Stalin.

Los alumnos de Sofia tienen examen al día siguiente, así que se pasa a las bebidas sin alcohol. Pasamos un rato mirando a la gente bailar y luego nos vamos. Nos despedimos con un abrazo y quedamos en ir juntos al teatro en breve.

A la mañana siguiente, le doy las gracias por una “agradable cita” y le pregunto cómo fue el examen. Ese mismo día, Tinder me hace saber que he sido denunciado por publicar material ofensivo en mi perfil. Un número ruso empieza a llamarme de forma insistente, pero cada vez que cojo la llamada, al otro lado solo se oye ruido blanco. Creo que ha llegado el momento de borrar mi cuenta, pero no sin antes haber enviado un último mensaje a Sofia, en el que le envío mi número de teléfono de verdad. No he vuelto a saber de ella.

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