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Salud Mental

Por qué las mujeres tenemos tanto miedo de estar locas

No tengo dedos suficientes para contar la cantidad de mujeres que han llegado a mi consulta sintiéndose enloquecer.

por Jara Aithany Pérez López; ilustración de Carla Sánchez
28 Febrero 2019, 5:00am

Ilustración por Carla Sánchez

En mi clase había una niña de la que se hablaba que estaba como una regadera. Lo cierto es que Sara era discapacitada pero eso da igual porque en el colegio todo el mundo decía que Sara era un monstruo. Era una compañera bastante maja si se la sabía tratar, pero lo normal es que en clase se la tratara a patadas, literalmente. Se decía que Sarita tenía “ataques de monstruo”, que no eran otra cosa que defenderse a hostias; buena falta le hacían las hostias para protegerse de la violencia que se ejercía contra ella.

Un día nos la encontramos secuestrada por cinco niños en el cuarto de baño, le habían quitado la camiseta y estaban sobándole las tetas y pintándole la palabra monstruo en la cara con rotulador. Mi amiga y yo llamamos a un profesor pero este lo único que hizo este fue disipar la marabunta como si aquello fuese una broma de niños. Lo cierto es que, quizá, Sara hubiera podido ser feliz en el colegio si no se la hubiera mortificado. Pero todo eso da igual porque Sara era la loca de clase y por una loca nadie da un duro.


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Gracias a la historia de esta muchacha pude ver bien de cerca lo que les pasa a las locas. Sara actuó en mi cabeza a modo de vacuna, por si alguna vez se me había ocurrido la posibilidad de hacer públicas mis neuras. Este no es el único relato trágico que tengo en la cabeza acerca de las histéricas, las pasaditas o las histriónicas. Muchas los tenemos y por ello hemos crecido con el miedo a estar locas o a que nos endosen el título. Es un miedo que aparece sutil, como el sonido de una gota cayendo de noche en la bañera del vecino de arriba: al principio dices, “bah, a mí esa movida no me molesta, yo en 5 minutos estoy dormida”, pero a las cuatro de la mañana acabas vendiéndole tu alma al diablo con tal de que acabe con esa tortura.

Está claro que el estigma de la locura es duro para todas las personas pero no me queda más remedio que pensar que sobre nosotras recae con más fuerza. En mi consulta el 70 por ciento de la gente que acompaño son mujeres, cis o transgénero y el 30 por ciento, hombres cisgénero. Solo dos de entre todos ellos han temido estar volviéndose locos. Por el contrario no tengo dedos suficientes para contar la cantidad de mujeres que han llegado alertadas sintiéndose enloquecer. Los motivos son muy variados y el factor común es el pánico.

Han venido chicas creyendo estar locas por ponerle los cuernos a sus novios, mandar a la mierda a su jefa, odiar a su padre (maltratador), no querer ver a su madre (controladora patológica), estar metidas en una relación de maltrato, o porque se tiraban al primero que pasaba. Tenemos pánico a la locura. Tenemos tantísimo miedo que cualquier cosa que creemos que se sale de la norma nos hace sentir que estamos rotas, que estamos piradas.

Hemos aprendido, desde bien pequeñas qué les pasa a las locas, hemos aprendido que, como a Sarita, una loca no tiene ni espacio ni comprensión. Este es un verdadero problema estructural que difícilmente podemos seguir tolerando si queremos una sociedad justa. Y resulta que este miedo no aparece por arte de magia, queridas, este es un miedo tejido con los hilos de un sistema económico y social que nos quiere neurotípicas, sumisas, perfectas y dispuestas a agradar.

Nora Levinton, psicoanalista y Doctora en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, habla en su libro El superyo femenino de cómo en la infancia y a lo largo de toda nuestra socialización como mujeres vamos a recibir una y otra vez el siguiente mandato: "Has de ser buena para conseguir el amor de los demás". De esta forma vamos a entender que ser buenas y normativas en cuanto a la expresión de emociones se refiere es una herramienta para subsistir, para mantener a los demás junto a nosotras.

Cuando somos pequeñas conservar el amor de nuestros padres o cuidadores es necesario para la supervivencia; la amenaza de ser abandonadas es el peor castigo que se nos puede infligir. Este mandato de ser afables y dispuestas va a estar directamente relacionado con cómo a lo largo de nuestra vida tratamos de inhibir emociones como la rabia, la ira o el enfado.

"En el momento en el que no nos comportamos como el sistema hegemónico dicta pasamos a ser unas colgadas, unas desquiciadas o unas chaladas"

Y, ¿qué pasa cuando las mujeres nos mostramos irascibles, enfadadas, rebeldes o violentas? Pasa que se nos llama locas, histéricas o histriónicas. En el momento en el que no nos comportamos como el sistema hegemónico dicta pasamos a ser unas colgadas, unas desquiciadas o unas chaladas. Y es entonces cuando se deja de apostar por nosotras como se dejó de apostar, desde bien temprano, por Sarita. Porque un poquito pizpireta está guay pero cuando pasamos cierto límite lo que nos espera a la otra orilla del río es un castigo asegurado.

Esto nos deja a todas, pero sobre todo a las locas de verdad, en una posición de vulnerabilidad absoluta. En esta sociedad la palabra de una loca tiene menos valor; el hecho de ser unas grilladas nos desacredita a nosotras, a nuestras opiniones y nuestro trabajo. Esto está todo muy bien hiladito, es muy útil para el status quo desacreditar a las personas que rompen filas y alzan su voz. Nos encontramos, como no, ante un problema estructural.

Nuestra sociedad, bañada en la desigualdad, pretende mantener la hegemonía del hombre normativo. Para esto va a utilizar mecanismos de control, de forma consciente e inconsciente; tildar de loca a cualquier mujer que no se comporta como se espera es uno de estos mecanismos que estaría bien que todos nos revisásemos. Entre otras cosas, porque locas o no nuestra palabra ha de ser escuchada. El simple hecho de que se pueda utilizar la locura para desestimar nuestra voz debería hacernos a todas alzarla a favor de las locas, que por cierto, son las más perjudicadas en todo esto.

“Yo estoy loca de verdad, tengo papeles que lo demuestran”. La que habla es Ana y lleva desde la adolescencia diagnosticada de trastorno bipolar. “Antes de que se supiera lo que me pasaba empecé a sentir que me volvía majareta. Cuando estaba en fase maníaca le parecía maravillosa a todo el mundo, se reían conmigo y disfrutaban de verme tan activa y participativa en clase, era como un superpoder. Pero cuando entraba en fase depresiva sentía que era un estorbo para el mundo, mis padres me castigaban si tenía ataques de ansiedad o si me metía en la cama porque no podría con la vida, decían que era una caprichosa muy intolerante a la frustración. Mis compañeros se asustaron y me dejaron completamente sola. Tuve que terminar el bachillerato sin ningún amigo, sin poder llorar delante de mis padres y teniendo alucinaciones nocturnas que no me atrevía a contarle a nadie. Fue un infierno tener que performar como si fuera normal cuando mi enfermedad me estaba devorando por dentro.” Y es que con este panorama cómo no vamos a tenerle miedo a la locura. El sufrimiento no tiene cabida en nuestras casas ni en nuestros colegios y eso provoca que, en muchos casos, lo vivamos con vergüenza.

El hecho de sentir la sombra de la locura planeando sobre nuestra cabeza hace que nos salten todas las alarmas. En esta línea, Melanie cuenta cómo su exnovio intentó desacreditarla durante años llamándola loca, histérica o paranoica. Esto ocurría cada vez que le señalaba cosas de la relación con las que no estaba de acuerdo. Melanie dice: “Si le pedía que hiciera tareas de casa me decía que era una histérica y una maniática... Una vez en lugar de acompañarme a pedir la pastilla del día después se fue de fiesta. Cuando volvió dos días más tarde y se lo recriminé enfadada me dijo que estaba mal de la cabeza, que quería controlarle la vida y alejarle de sus amigos. Así, día tras día, llegó un punto en el que me lo creí y pedí ayuda profesional porque pensaba que la que estaba loca era yo. Pensaba que estaba sacándolo todo de quicio. Efectivamente, necesitaba ayuda para ser capaz de dejar a una persona que me hacía sentir que estaba loca en cuanto algo no le gustaba.”

"La culpabilidad es un pozo sin fondo. Cuando caemos en él estamos asumiendo que algo en nosotras falla y entonces hacemos muchas cosas para solventarlo porque esta nos corroe por dentro"

Por otro lado, Sonia explica cómo llegó a la consulta alertada creyendo tener serios problemas para vincularse. “Era felizmente promiscua hasta que apareció la norma a joderlo todo. En un principio a la gente de mi alrededor le parecía divertido, incluso signo de fortaleza e independencia, pero tras un tiempo con la misma tónica empezaron a llegar comentarios: 'Se te está yendo de las manos', 'No puedes pasar así el resto de tu vida', 'Te vas a quedar sola' y el mejor de todos 'Lo que te pasa es que tienes daddy issues'”. Tanta fue la matraca que llegó a consulta totalmente convencida de que tenía problemas para comprometerse. Resultó que Sonia estaba haciendo lo que le apetecía y si los demás no hubieran opinado de aquella forma nunca se hubiera planteado tener problemas en ese aspecto más allá de con quién pasar la noche.

Y es que, en ocasiones, cuando no nos comportamos como la norma manda, aparece la culpa, y ay, amigas, la culpa. La culpabilidad es un pozo sin fondo. Cuando caemos en él estamos asumiendo que algo en nosotras falla y entonces hacemos muchas cosas para solventarlo porque esta nos corroe por dentro. Lo más habitual es que intentemos una y otra vez, de forma obstinada, entrar por el aro de la “normalidad” para no sentir que somos el eje del mal, para no sentirnos juzgadas, para dejar de oír de una maldita vez el sonido de la gota cayendo en la bañera del vecino de arriba.

Mi psicóloga me dijo en una sesión que hay culpas que tenemos que atravesar para poder crecer. Conocer cómo funciona este sistema perverso en el que hemos de ser buenas chicas para ser queridas y aceptadas nos ayuda a poder hacerlo con cierta seguridad. Pero necesitamos la compañía, necesitamos saber que no vamos a estar solas cuando nademos hacia la otra orilla, que loca no es sinónimo de sola y abandonada.

Si todas nos reconocemos locas es que en el fondo ninguna lo estamos y se acabó el estigma. En esta línea, la ciberactivista, psicóloga y sexóloga conocida como La Psicowoman, dice en su manifiesto #TodaLoca: “Se suele utilizar el adjetivo loca para señalar a mujeres que actúan de forma libre y poco normativa. Loca, histriónica o histérica se utilizan para desacreditar a las mujeres y sus opiniones. Si somos locas por permitirnos vivir más libres dentro del sistema patriarcal: Yo, toda loca”.

Y mira, ni tan mal: yo, toda loca y de la mano de las locas.

Jara ha publica "La locura como superpoder" y puedes seguirla en Therapyweb.

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