el número del agotamiento y el escapismo

Qué se esconde detrás de nuestra obsesión por los cuidados

Las verdades oscuras detrás de nuestra obsesión con el #selfcare.

por Shayla Love
28 Enero 2019, 4:00am

Elizabeth Renstrom 

Este artículo aparece en "El número del agotamiento y el escapismo " de nuestra revista. Subscríbete aquí.

Ahí fue cuando se dio cuenta de que estaba sucediendo otra vez. Diez años antes, cuando tenía unos 25 años, le habían diagnosticado depresión y esta vez supo reconocer las señales de alarma: problemas de insomnio, necesidad de esquivar a las personas y ponerse a llorar sin motivo aparente. Hoy en día, la depresión conlleva también ansiedad, provocando terribles ataques de pánico.

Baba estuvo en lista de espera para recibir una intensa terapia especializada del sistema de la Seguridad Social británico ya que el seguro médico de su trabajo no ofrecía cobertura para la salud mental. Mientras estaba en la lista de espera, Baba empezó a cuidarse a sí misma. Leyó libros sobre la ansiedad y depresión, escuchó podcasts e intentó seguir los consejos que descubrió. Entendió que el deporte era un antídoto para la ansiedad así que empezó a correr. Su hermana le animó a practicar meditación y mindfulness, así que se descargó una aplicación. Intentó escribir un diario para vaciar la carga emocional. Pero por culpa de la depresión, muchas veces no tenía fuerzas para coger un bolígrafo y anotar la fecha, o mucho menos para expresar sus sentimientos. Los problemas más importantes seguían existiendo. Según me dijo, eran los siguientes: odiarse a sí misma, la culpa, la presión, las dudas.


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La historia de Baba ilustra dos tendencias que convergen: la incapacidad del sistema sanitario para tratar los problemas de salud mental que sufren los jóvenes hoy en día y el auge de una industria que vende promesas de buena salud mental utilizando mensajes inspiracionales que normalmente sólo utilizaban las marcas de lujo.

Se calcula que en 2016, 275 millones de personas en todo el mundo sufrieron trastornos de ansiedad y unos 268 millones sufrieron depresión. En el mismo año, el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos detectó que 16,2 millones de estadounidenses en edad adulta (en su mayoría tenían entre 18 y 25 años) sufrieron al menos un episodio de depresión severa. Yo misma formo parte de estas estadísticas: tras haber sufrido una ansiedad confusa que en ocasiones me paralizada, me diagnosticaron TOC a los 26 años.

Los trastornos no están únicamente en los diagnósticos sino también en la gran falta de cuidados. En 2017, la organización sin ánimo de lucro Mental Health America destacó que el 56,5% de los jóvenes estadounidenses con problemas de salud mental no estaban recibiendo tratamiento, ni tampoco el 64,1% que sufrían una depresión severa. De las cenizas de estos problemas cada vez más graves de salud mental surge una tendencia que triunfa en Instagram: el cuidarnos. Nosotros, los jóvenes, que sufrimos a niveles nunca vistos, ahora nos vemos obligados a cuidar de nosotros mismos, cayendo en la maldición de una moda con hashtag incorporado: #selfcare.

"Existe todo un mercado de artículos de autocuidados que se aprovecha económicamente de nuestra angustia: maquillaje de self care, manicuras estilo self care, mascarillas faciales de self care, masajes de self care, infusiones detox de self care"

Cuidarse es un término difuso para referirse a un conjunto de comportamientos que deberían definirse de una manera muy simple: cuidarse a uno mismo. Ya no se reduce a meditar y escribir un diario: en la actualidad todo puede ser #selfcare. Comer de forma saludable o darse un capricho; pasar tiempo a solas o quedar con los amigos; hacer deporte o tomarse un día de descanso; hacerse la manicura o dejar atrás las rutinas de belleza. Mientras se imprimía este número, ya había 9,5 millones de posts en Instagram con el hashtag #selfcare (o #selfcare, en inglés) lo que implica que se han generado cientos de miles de posts desde que empecé a pensar en todo este asunto de forma crítica.

Existe todo un mercado de artículos de autocuidados que se aprovecha económicamente de nuestra angustia: maquillaje de self care, manicuras estilo self care, mascarillas faciales de self care, masajes de self care, infusiones detox de self care. En un artículo sobre la self care publicado en el New Yorker se contaba cómo podías contratar a Asesores para Cuidarte y ponerte “tatuajes temporales de self care” con forma de tiritas con el mensaje impreso de “También esto pasará” y “Merezco la pena”.

Estos productos y actividades no son peligrosos por sí mismo. Me gustaría que las rutinas diarias incluyeran disfrutar del tiempo libre, pasar tiempo de calidad con nuestros seres queridos y practicar deporte. Sin embargo, las empresas se han apropiado de los autocuidados, denominándolos #selfcare; se trata de una especie de mofa de la buena salud que tanto nos falta y ansiamos tanto conseguir. Baba se dio cuenta de que no se puede curar un trastorno de ansiedad con un baño de espuma o una app de meditación y todo aquel que piense que sí se puede curar así, corre un grave peligro.

Si viviéramos en un mundo donde la sociedad aportara los cuidados adecuados, en ese caso, ¿el self care tendría tanto éxito? Los autocuidados, ¿son un símbolo de una generación que quiere cuidarse o representa que nuestra sociedad ha fracasado a la hora de cuidar a las personas?

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Elizabeth Renstrom

Hace 13 años, en la ciudad de Nueva York, Natalia Petrzela se apuntó en su gimnasio a una clase de acondicionamiento para la mente y el cuerpo. En esa época, ese tipo de ejercicios no eran tan comunes por ahí. De hecho tal y como recuerda Natalia, “en 2005, en ese momento, llamaban mucho la atención”. Era una clase donde debía gritar frases inspiracionales mientras practicaba deporte, usaban palabras como “cuidarse”, “pensamiento positivo”. Natalia, que es historiadora contemporánea de Estados Unidos y que en la actualidad estudia políticas, sociología y cultura estadounidense, recuerda sentirse muy confundida por las expresiones que debía gritar: “Me hacían creer que todo lo que necesitaba era tener pensamientos positivos, ser positiva, hacer diez sentadillas más y entonces, todos mis problemas desaparecerían. Esta forma de pensar es peligrosa si eres consciente de que hay muchos problemas estructurales que las personas no podemos solucionar por nosotras mismas.”

Aquellas clases de gimnasia fueron un presagio de todas las tendencias de bienestar individual que están tan de moda hoy en día, cuyos mejores amigos son: la alimentación sana, la vida saludable, el amor propio, clases de gimnasia a 30$ la hora. Juntos forman los cuatro jinetes del apocalipsis de cualquier contrato social, en resumen, se trata de mantenerse sano bajo el lema “ponte en marcha con tus botas de piel orgánica”. En 2016, Laurie Penny publicó un artículo sobre el hecho de cuidarse en The Blaffer, revista de análisis cultural, político y empresarial, que decía: A pesar de los múltiples estudios que señalan lo contrario, se insiste en la idea de que podemos vivir mejor si mantenemos una actitud positiva, si perseguimos la felicidad y hacemos ejercicios de estiramientos mientras el planeta se va al carajo.

“Todos tenemos la necesidad humana de desarrollarnos y mejorar como personas (bien sea practicando deportes guays, o con otra cosa) pero el movimiento que alimenta la #selfcare no va de eso”, tal y como nos cuenta el profesor asociado de estudios de organización de la Universidad de Estocolmo, Carl Cederström.

“Vivimos en una sociedad donde las estructuras tienen mucha fuerza a la hora de decidir la vida de las personas, y lo que sucederá en un futuro. Sin embargo, al mismo tiempo, parece que vivimos en una época en la que nos negamos a aceptar esto. Queremos pensar que el Sueño Americano existe y que existe la posibilidad de que todo se solucione a través de esfuerzos individuales"

"También existen razones para reflexionar sobre por qué algo así se ha vuelto tan popular en la actualidad. En parte se trata un reflejo de la sociedad en la que vivimos, que se encuentra fragmentada y, por tanto, la solidaridad se ve muy amenazada. Detrás del movimiento de cuidarse, existe una fuerte retórica muy individual, muy popular entre las personas, especialmente para la Administración de Estados Unidos y de los Estados, quienes claramente prefieren subcontratar la atención médica pública".

Según un estudio publicado en Estados Unidos, en 2015, por la Revista de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA, por sus siglas en inglés), más de la mitad de las personas que sufren una enfermedad mental no reciben ninguna atención por parte de los servicios médicos y esto se debe principalmente al dinero. Otro estudio de la JAMA señala que, en 2009 y 2010, sólo el 55% de los psiquiatras aceptaban trabajar con seguros médicos, mientras que el 89% de los médicos de otras especialidades sí que lo aceptaban. Los estadounidenses con seguro Medicaid, destinado a las clases más bajas, corrían aún peor suerte: sólo cuatro de cada diez psiquiatras aceptaban trabajar con Medicaid, según datos de la revista JAMA. La tasa de aceptación más baja del Medicaid se da entre dermatólogos, los únicos que rechazan más Medicaid que los psiquiatras.

Según Cederström, “Vivimos en una sociedad donde las estructuras tienen mucha fuerza a la hora de decidir la vida de las personas, y lo que sucederá en un futuro. Sin embargo, al mismo tiempo, parece que vivimos en una época en la que nos negamos a aceptar esto. Queremos pensar que el Sueño Americano existe y que existe la posibilidad de que todo se solucione a través de esfuerzos individuales, mediante el hecho de cuidarse, las técnicas de pensamiento mágico, el pensamiento positivo, bueno, lo que sea”. Esto es como cuando Paul Ryan, del Partido Republicano, sugirió que las personas de rentas más bajas, para poder recibir subvenciones del Estado, visitaran a un coach con el fin de “diseñar un plan de vida planificado que les proporcionara una hoja de ruta para salir de la pobreza”.

Lo peor de todo es que buena parte del éxito de los autocuidados se debe a los activistas (mujeres, personas de raza negra y comunidades LGTBI) que protestaron contra los recortes institucionales. Cuidarse era un acto de protesta. Era una forma de cuidar de los cuerpos y mentes más marginados por la sociedad, cuando nadie más se ocupaba de ellos. Audre Lorde pronunció el famoso: "Cuidarme a mí misma no es autocomplacencia, es autoconservación y eso es un acto de guerra política".

Cederström, quien también es coautor de un libro titulado ‘The Wellness Syndrome’ [El Síndrome de Bienestar], y el título publicado recientemente y más recientemente ‘Desperately Seeking Self-Improvement’ [Buscando la mejora personal desesperadamente], sigue promoviendo los siguientes principios: cuidar del cuerpo y la mente es algo bueno. Pero cuando estas prácticas se mercantilizan, sirven para ganar dinero y de repente son cada vez más alucinantes y caras, en ese caso, ¿siguen siendo autocuidados o se transforma en otra cosa?

A pesar de que Natalia Petrzela se avergonzaba de muchas de las frases que tenía que gritar mientras hacía deporte se encontró con un dilema: le encantaba ir a clase. Terminó obteniendo el certificado de entrenadora. Era un gran ejercicio y le ayudaba mentalmente. En realidad, comer bien, practicar yoga y mindfulness, era bueno para la salud.

"Cuidarme a mí misma no es autocomplacencia, es autoconservación y eso es un acto de guerra política"

Según Petrzela, “Necesitamos un servicio de atención médica que sea más económico y necesitamos contar todos los días con tiempo para practicar yoga o meditación. Creo que esto es muy importante. Es difícil saber con seguridad en qué debemos poner más énfasis, depende de la persona. Cuando me encuentro con uno de esos intelectuales críticos con aire de académico, pues tengo que explicarles que el yoga no es una tontería, no es el opio del pueblo.

Es algo que debería resultar más accesible y las prácticas de bienestar pueden empoderar a las personas. Sin embargo, cuando me encuentro con un fanático del bienestar pues sí que le digo que debemos hablar de la situación política y no del té matcha.

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Elizabeth Renstrom

Así que hablemos de la situación política. Básicamente, el fenómeno de la #selfcare es la cabeza de turco de la cobertura de salud mental. ¿Por qué no podemos recibir los cuidados que necesitamos? ¿Por qué debemos depender del té matcha y de la meditación para tomar las riendas? Paul Gionfriddo, Presidente y Director ejecutivo del Mental Health America (una organización sin ánimo de lucro que busca atender las necesidades sanitarias de las personas con enfermedades mentales) me contó que, durante décadas, no se había ayudado a las personas que sufrían trastornos mentales. La salud mental nunca había sido prioritaria hasta que Gionfriddo empezó a formar parte del mundo de la política.

En 1978, a los 25 años de edad, Gionfriddo fue elegido representante en el Estado de Connecticut, ocupando un puesto en la comisión presupuestaria de la Cámara de Estados Unidos. Como era la persona que llevaba menos tiempo en el cargo, se le asignó lo menos importante de la comisión: la atención médica. Tal y como recuerda Gionfriddo "Les dije que no quería trabajar en la política sanitaria y me dijeron que ‘Ni tú ni nadie así que te toca a ti’".

En la actualidad, Gionfriddo sigue desempeñando esa tarea. Mental Health America ofrece un programa anónimo de detección on-line para diversas enfermedades comunes, como son la depresión, la ansiedad, los trastornos de estrés postraumático o bipolar, la psicosis, los trastornos alimenticios, etc. Gionfriddo dirigió este programa durante unos cuatro años y asegura que alrededor de 3.000 personas responden el cuestionario diariamente. La gran mayoría de las personas que completan estos cuestionarios (el 75% del total, según Gionfriddo) requieren recibir diagnóstico profesional para la enfermedad por la que han decidido autoevaluarse. Además, el 66% nunca había recibido un diagnóstico médico de su enfermedad.


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Como señala Gionfriddo, “Lo que tenemos es una gran parte de la población que necesita ayuda y que nunca ha sido atendida por un médico”. Sin embargo, hay más y es que, según Gionfriddo, la mayoría de las personas que se sometieron al estudio (el 66%) tenían menos de 25 años. Asimismo, el 33% tenía entre 11 y 17 años.

“Así que tenemos una gran parte de la población adolescente buscando ayuda y que no han sido diagnosticados todavía. Cuando les preguntamos qué servicios necesitan, suelen pedir cuatro cosas: que les deriven a un especialista, más información sobre su enfermedad, conocer a personas en su misma situación y herramientas para cuidarse. El interés por las técnicas para cuidarse se engloba en ese cuarto aspecto. Y es lógico. Para mí, tiene sentido que sea una de las cosas que busca la gente, especialmente cuando no tienes al alcance las otras tres. Sabemos que podemos hacer cosas para mantenernos sanos, sin importar nuestra condición. Pero no basta con pedirle a la gente que se autodiagnostique y se trate”.

El propio hijo de Gionfriddo, Tim, sufre esquizofrenia y ha vivido mucho tiempo en la calle siendo adulto, siendo vagabundo en las calles de San Francisco. Gionfriddo y su esposa han intentado en repetidas ocasiones que su hijo recibiera el tratamiento adecuado, un alojamiento y apoyo pero los esfuerzos han sido en vano. En su juventud, Tim no sufrió nada que pudiera conducirle a la situación actual sino que se debe a diversos fracasos institucionales relacionados con la cobertura del seguro, su educación, las leyes y la atención sanitaria.

"Este es el sistema para aportar salud mental que he ayudado a construir. Empieza cuando no atendemos las necesidades de nuestros hijos y acaba cuando los aislamos cuando son adultos”

En un ensayo que Gionfriddo escribió sobre su hijo para la revista de su organización aseguraba que: “Este es el sistema para aportar salud mental que he ayudado a construir. Empieza cuando no atendemos las necesidades de nuestros hijos y acaba cuando los aislamos cuando son adultos”. Nuestros problemas se deben a un sistema médico que ha tratado de forma diferente, durante mucho tiempo, la salud mental y la salud física.

Tal y como me explicó Gionfriddo , cuando en la década de 1960 se instauró el sistema Medicaid, se excluía de la cuota a los adultos (que todavía no eran ancianos) que ingresaban en instituciones de salud mental o en cualquier otra instalación con más de 16 plazas para tratar la salud psiquiátrica. Esto se hizo para evitar tener que pagar los gastos que requerían los cuidados que durarían de por vida. Durante esa época, los argumentos en contra de la financiación de la atención a la salud mental pasaban por, según Richard Frank, profesor de economía sanitaria de la Harvard, "la dificultad para definir una enfermedad mental, la falta de tratamientos efectivos, el elevado coste de tener que cubrir la atención de salud mental y la incertidumbre a la hora de realizar estimaciones de actualización de costes", tal y como describió en un artículo sobre Medicaid y Medicare en el año 2000.

En ese momento, se consideraba que los tratamientos de salud mental eran más difíciles de cuantificar que otros procedimientos médicos, y su duración no estaba determinada. "Todos estos puntos fueron las razones para limitar la cobertura de salud mental en ambulatorios", señaló Frank. “Incluso hoy en día, los ecos de estos argumentos son frecuentes en el Congreso y legislaturas de los Estados Unidos”. La idea de un “tratamiento” para un problema de salud mental es más difícil de comprender; en el caso de las enfermedades psiquiátricas, no había una fractura, un hueso roto que arreglar, o una célula cancerígena que atacar. Aún así, en 1996, el Congreso aprobó la Ley de paridad de salud mental, que (se supone) debía garantizar que la cobertura de salud mental fuera equivalente a la de las enfermedades físicas, según Paul Appelbaum, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia y ex presidente del American Psychiatric Association.

En 2008, el Congreso aprobó la Ley de Paridad de Salud Mental y Equidad de Adicción (MHPAEA, por sus siglas en inglés) que intentó ampliar aún más la ley de paridad de salud original. En 2014, se decidió que más de 30 millones de estadounidenses recibieran cobertura en virtud de la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio, y se suponía que existiría la paridad en términos de salud mental para todas las pólizas de seguro. La aprobación de la ley MHPAEA sirvió para algo. Antes de su aprobación, muchas pólizas imponían altos precios para los servicios de salud mental. Ahora, se supone que ya no pueden hacerlo.También, se suponía que la ley debía impedir que las aseguradoras establecieran un límite al número de consultas por salud mental que un paciente puede recibir. Pero quedan lagunas que hacen que esta ley no sea efectiva en el mundo real. Dado que existen más proveedores de salud mental que la red de médicos, las deducciones siguen siendo un obstáculo para los servicios de salud mental. Las aseguradoras pueden exigir que después asistir a un número determinado de sesiones, por ejemplo 20, se debe evaluar si el paciente requiere un tratamiento adicional, generando una gran burocracia tanto para pacientes como para terapeutas.

En un caso, los investigadores descubrieron que el 25% de las pólizas del mercado no cumplían con los requisitos de la MHPAEA, y, según las encuestas de la Alianza Nacional sobre Enfermedades Mentales publicadas en 2015, las compañías de seguros tenían el doble de probabilidades de ser rechazadas para la asistencia médica mental que para la atención médica general. Y a pesar de las leyes que se han aprobado, los reembolsos para profesionales de salud conductual de las compañías de seguros son todavía demasiado bajos, tal y como me contó Appelbaum. Esto hace que los proveedores prefieran no contar con un seguro médico. En 2015, las compañías aseguradoras reembolsaron a los proveedores de salud mental 83 centavos por cada dólar que les pagaban a los médicos de atención primaria. En casi la mitad de los estados, los reembolsos fueron entre un 30% y un 70% más altos para los médicos que no atendían casos de salud mental. Según un estudio realizado en 2017, los psiquiatras reciben reembolsos más bajos dentro de la red que los médicos que no son psiquiatras, entre un 13% y un 20% menos, en ocasiones, por los mismos servicios.

"La dificultad para definir una enfermedad mental, la falta de tratamientos efectivos, el elevado coste de tener que cubrir la atención de salud mental y la incertidumbre a la hora de realizar estimaciones de actualización de costes es un problema a la hora de proveer de los servicios necesarios"

Como resultado, muchos terapeutas eligen no trabajar con el seguro para poder ganarse la vida. Según un estudio realizado en 2015 por la Administración de Estados Unidos, era más probable que el cuidado del comportamiento de los pacientes se realizara fuera de la red hospitalaria que en el caso de la atención médica que incluyera, por ejemplo, cirugía. De hecho, había entre 4 o 6 veces más probabilidades de que esto sucediera.

Más de una de cada cinco personas dijeron que tenían problemas para encontrar un proveedor de salud mental dentro de la red de médicos. Mientras tanto, no han surgido nuevas leyes en Estados o reguladores federales. El Departamento de Salud y Servicios Humanos tiene jurisdicción sobre los planes de salud del sector público y como la responsabilidad se reparte, resulta difícil hacer un seguimiento. En muchos casos, puede depender tanto de empleadores como de empleados acusar a las compañías de seguros de no cumplir con la ley de paridad, una tarea muy difícil de llevar a cabo.

El fracaso de las políticas y los problemas económicos conllevan un mayor problema: nos enfrentamos a una falta de psiquiatras y psicólogos. Tres cuartas partes de los condados de Estados Unidos sufren una escasez de psiquiatra y eso se debe a motivos puramente financieros. Ya que menos personas quieren convertirse en psiquiatras y psicólogos, existen menos razones para que los que ya ejercen elegir políticas de seguros que no les pagan bien. Esta profesión tiene alta demanda así que… ¿Por qué deberían ganar menos dinero? Y el coste de la atención a la salud mental sigue en auge.

La situación parece que empeora y es que casi la mitad de los psiquiatras y psicólogos ya tiene 65 años o más y el número de licenciados tras realizar las prácticas en programas de psiquiatras baja año tras año. Los psiquiatras son uno de los tres colectivos peor pagados, entre treinta especialidades médicas. Los estudiantes obtienen su título debiendo mucho dinero de los créditos para el estudio y, por esa razón, prefieren trabajar en una especialidad que esté mejor remunerada.

Según Appelbaum, en la actualidad los colectivos están luchando para que se apliquen las leyes de paridad y al respecto hay demandas colectivas en curso en varios Estados. Una queja en Nueva York contra la compañía de seguros sin ánimo de lucro Excellus BlueCross BlueShield condujo a una investigación por parte del fiscal general de Nueva York. En esa investigación se descubrió que se daba un 64% más de rechazos en el tratamiento de salud mental que de otro tipo de tratamiento y se exigía a Excellus BlueCross BlueShield que notificara la posibilidad de recurrir a sus 3.300 afiliados que habían sido rechazados. Tras el recurso, podrían obtener hasta 9 millones de dólares. Para Appelbaum, todavía había esperanza y es que a medida que se conocían más y mejor los principios biológicos de los problemas de salud mental, la sociedad al fin podría eliminar la diferenciación entre la atención sanitaria del cuerpo y la mente.

“Los autocuidados están bien para las personas que sufren algún tipo de estrés leve, o simplemente buscan una forma de mejorar su satisfacción personal. Pero las personas que realmente sufren un trastorno mental para los que ya existen tratamientos efectivos no deben tener que esperar o ser animados a cuidarse por sí mismos ya que en ese caso deben recibir atención personalizada"

Sin embargo, este no ha sido el caso. ¿Y cuál es el motivo de esta diferenciación? ¿Un estigma que se mantiene? ¿La burocracia? ¿Evitar aplicar la ley? Probablemente se deba a una combinación de las tres. En cualquier caso, los pacientes y terapeutas se enfrentan a una gran burocracia y abultadas facturas mientras buscan soluciones menos burocráticas. Como la #selfcare.

Según Appelbaum, “Los autocuidados están bien para las personas que sufren algún tipo de estrés leve, o simplemente buscan una forma de mejorar su satisfacción personal. Pero las personas que realmente sufren un trastorno mental para los que ya existen tratamientos efectivos no deben tener que esperar o ser animados a cuidarse por sí mismos ya que en ese caso deben recibir atención personalizada. Sinceramente, si pudieran cuidarse de sí mismos, pues no tendrían los problemas de salud mental que están sufriendo. Muchas personas necesitan recibir ayuda de otra persona para poder recuperarse”.

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Elizabeth Renstrom

A pesar de todos mis esfuerzos por cuidarme y curarme del TOC, todo eso me consumió hasta que recibí ayuda externa. Durante mucho tiempo, pensé que jamás podría conseguir un trabajo de oficina porque el estrés que me podría generar era demasiado para mí. Estaba obsesionada y realizaba ciertos rituales de limpieza, alimentación, salud y finalmente, perfeccionismo que hizo que me preocupara en exceso de lo que los demás pudieran pensar de mí. Tener que estar en una oficina con 50 personas para mí era un trabajo en sí mismo: saldría agotada y hundida, podría rendir la mitad de lo que rendiría en casa.

Una vez estaba en una clase de yoga kundalini con mujeres que vestían turbantes blancos y es que quería encontrar algún tipo de práctica de meditación que me ayudara a reducir mis pensamientos intrusivos. Después de 45 minutos cantando y respirando profundamente por las fosas nasales, salí de clase hecha una furia cuando la monitora afirmó que la respiración que acabábamos de realizar podía curar los trastornos alimenticios. Me hacía sentir fatal que alguien con un grave trastorno alimenticio (enfermedad que tiene una de las tasas de mortalidad más elevadas entre todos los trastornos psiquiátricos) pudiera curarse vistiendo un turbante de color blanco y cantando Sat Nam.

Necesité años de terapia para conseguir avanzar algo en mis problemas de salud mental. Y para eso, me enfrenté a los mismos obstáculos que muchos otros jóvenes que han tratado de encontrar un terapeuta. No me puse a buscar uno en serio hasta que sólo me quedaban unos pocos años en el seguro médico de mis padres. Una vez terminado el plazo, no tendría acceso a ningún especialista al que quisiera ver. Los terapeutas con los que me traté costaban entre 200$ y 400$ por sesión. Cuando quise ser atendida por un especialista TOC, la lista de profesionales disponibles se redujo aún más. Un terapeuta, experto en la obsesión que sufro, determinó que la evaluación de mi ingreso costaría 2.500$.

Cuidar mejor de uno mismo (esto es, dormir más, hacer más ejercicio, comer mejor, todo eso, son piezas importantísimas del puzzle de la salud mental. Sin embargo, de forma irónica, en muchas ocasiones he tenido que hacer sacrificios a la hora de cuidarme de mí misma con el fin de poder pagarme la atención sanitaria. Tengo que anteponer la terapia a cosas como salir a comer fuera, las clases de gimnasia o comprar productos orgánicos. Soy plenamente consciente de mis privilegios. A diferencia del hijo de Gionfriddo, Tim, no soy un hombre de raza negra, ni tengo una enfermedad mental grave, y además puedo permitirme tomar este tipo de decisiones por mí misma, en vez de vivir en la calle como un sintecho. Aún así, mis ingresos anuales son 5.000$ que los de cualquier colega y es que necesito alcanzar mi deductible, inscribirme para conseguir una cobertura fuera de la red y pagar un copago más alto para poder ser atendida todas las semanas por un terapeuta especializado en TOC. Es fácil criticar las tendencias de #selfcare, creo que son una forma de soltar la frustración que genera un sistema que no funciona. Pero la verdad es que también llevo a cabo una serie de #selfcare para mantenerme a flote, y me va bien.

Trabajo desde casa cuando es necesario, hago yoga, sigo una dieta vegana y veo televisión basura. He comprado un montón de cuadernos de esos que son un diario para anotar las muestras de gratitud. Ese tipo de actividades me ayudan a sobrellevar los ataques de pánico, que es el estado en el que nos encontramos permanentemente las personas que sufrimos ansiedad. Sin embargo, no me gusta que estas prácticas se etiqueten como self care, como si fueran todo lo que hay. En mi opinión, se trata de una cuestión de lenguaje. Todavía creo que meter en el mismo saco las estrategias para afrontar los problemas de salud mental y las actividades sencillas para cuidarse, pues destruye el verdadero significado de los cuidados personales.

"Trabajo desde casa cuando es necesario, hago yoga, sigo una dieta vegana y veo televisión basura. He comprado un montón de cuadernos de esos que son un diario para anotar las muestras de gratitud. Ese tipo de actividades me ayudan a sobrellevar los ataques de pánico, que es el estado en el que nos encontramos permanentemente las personas que sufrimos ansiedad"

Por esa misma razón, entonces no debería haber diferencia alguna entre cuidar de la salud mental y broncearse. ¿No deberían ser diferentes los autocuidados recreativos, los autocuidados necesarios y el tipo de cuidado que no puedes proporcionarte a ti misma? En un evento que celebró este verano la web de cuidado personal Healthyish, perteneciente a Bon Appétit, me senté al lado de un panel que rezaba: “¿Self Care: indulgencia o activismo?”. Meredith Talusan, directora ejecutiva de Them (revista del grupo Condé Nast especializada en el mundo LGBTQ) dirigió el debate de la mano de la defensora del bienestar Sara Elisa, la escritora Fariha Róisín y Alisha Ramos, creadora de la newsletter y comunidad llamada Girls Night In. Se debatió sobre si se podía o no formar parte del mundo de la #selfcare mientras el mundo se derrumbaba a nuestro alrededor.

La verdad es que el debate se inclinó por los autocuidados. Sin embargo, en el debate se llegó a la conclusión de que se debería vigilar la mercantilización del movimiento de cuidarse (esto es, los miles de cosas que se pueden comprar o vender) y que además deberían ser tomadas en serio).

Róisín me dijo, a través del correo electrónico que “Los autocuidados no deben ser vigilados”. Róisín está escribiendo una columna sobre el cuidarse en la revista Healthyish sobre qué es el bienestar y quién debe tener acceso. “Por supuesto que el capitalismo se ha mezclado con la idea del movimiento de cuidarse, en ocasiones pasando por alto su verdadero objetivo (esto es, querernos a nosotras mismas) pero creo que no hay forma de poder supervisarlo. Cada vez me interesa menos juzgar a la gente y me interesa cada vez más ayudar a otras personas para que se curen”. Róisín me contó que cuando era joven y por ser de raza negra, el cuidado personal y el bienestar no eran prioritarios y deberíamos ayudar a esas personas a que se aficionen a cuidarse a sí mismas, sin importar sus consecuencias.

Por lo visto, comprende la frustración que me genera el mundo de la #selfcare, no porque se llame así sino por las personas a las que excluye. Según Róisín, “Siento frustración cuando veo cómo las mujeres de raza blanca se hacen manicuras pensando que se trata de #selfcare pero no le prestan atención a su forma de relacionarse con las manicuristas. Considero que es importante que seamos conscientes de lo que implica cuidarse y pensemos: ¿Qué efectos tiene que yo me cuide ante otras personas?. También, es deprimente que tengamos que usar el término #selfcare para tener que justificar comportamientos que deberían ser normales. He visto fotos de gente en redes sociales denominando #selfcare al hecho de dar un paseo durante la pausa de la comida . O tomar tu café de la mañana sin mirar tu correo electrónico, o llamar a una amiga con la que hace tiempo que no hablas. Todo eso es #selfcare.

Cuando esperamos que los autocuidados sustituyan las grandes lagunas de nuestro sistema sanitario, también generamos actividades que deberían ser privilegios muy básicos. En vez de encontrar fallos en las formas más frívolas de llevar a cabo cuidados personales y su forma de contaminar los cuidados “más serios” pues deberíamos indignarnos si todos los momentos de nuestras vidas exigen ser productivos y significativos, demostrando al mundo que lo son. Gionfriddo destaca que “Es muy triste que hayamos llegado a la situación en la que los aspectos básicos de la deambulación, esto es, caminar de aquí para allí, o charlar con un familiar, pues se hayan convertido en ese tipo de cosas que ahora debemos recordar hacer. Deberíamos tener derecho a dar un paseo durante nuestra jornada laboral y que eso no se denomine #selfcare.

Según Cederström, “Creo que muchos de nosotros sufrimos ansiedad por las tareas que llevamos a cabo todos los días: ¿invertimos nuestras horas de la mejor manera posible? ¿Somos la mejor versión de nosotros mismos? La verdad es que no puedes salir a dar ese paseo sino que debes hacerlo de la mejor manera posible.” (Cuando le pregunté a Cederström si había llevado a cabo algún tipo de autocuidado ese día, me contestó “Tengo un bebé de un año y le he cambiado hoy el pañal. ¿Eso cuenta como autocuidado?”) A veces, paso tiempo cocinando, limpiando o descansando porque me siento ansiosa, o porque los síntomas de mi TOC son especialmente graves. Pero a veces lo hago por la simple razón de que me resulta agradable. Si tuviéramos acceso a la atención sanitaria que necesitamos, no tendríamos que renunciar al cuidado personal. Pero entonces, una clase de yoga podría volver a ser simplemente una clase de yoga, en lugar de ser definido como algo más.

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Elizabeth Renstrom

En diciembre pasado, cuando Baba sufría pensamientos suicidas, comenzó a sentir miedo de que le pasara algo malo. Buscó en Google “lugares seguros a los que ir en caso de tendencia suicida” y llegó a un centro en Londres llamado Maytree Suicide Respite. Era un lugar de acceso libre donde podía quedarse todo el tiempo que quisiera, bajo supervisión y asistencia las 24 horas del día.

“Su amabilidad me ayudó a entender qué implica cuidarse. Cuando sufres una enfermedad mental, a menudo tienes la autoestima tan baja y te encuentras en una espiral de culpa por si tu enfermedad afecta a los demás y sientes vergüenza por no poder llevar a cabo acciones muy simples. Pierdes la confianza en ti misma. a. Cuando te sientes así, es prácticamente imposible que puedas ser amable contigo misma, esto es, realizar autocuidados. ¿Cómo puedes cuidarte a ti misma si tienes la sensación de que no merece la pena cuidarte?”.

Baba considera que, antes de estar en Maytree, llevaba a cabo los autocuidados como si fueran tareas de una lista pendiente. “Lo hacía de forma automática y realmente no había ningún tipo de cuidado. Cuando estás completamente perdida y nadas por los lodos de la depresión, en este caso, los autocuidados son absurdos”.


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Maytree fue un punto de inflexión pues finalmente consiguió recibir la atención de otras personas que necesitaba. Es como lo que me dijo Róisín: “El propósito y el proceso de cuidarse empiezan por quererte a ti misma. Creo que es una forma de garantizar que la ayuda llegue desde el exterior, ya sea con un terapeuta o un sanador, lo que prefieras y que el objetivo no se trate únicamente de quererte a ti misma y punto. Se trata de algo más”. Baba se quedó en ese centro sólo cinco días, pero gracias a esa estancia logró salir del peligroso lugar en el que se encontraba. Ahora ha cambiado su forma de llevar a cabo el cuidado personal pues consiguió acceder a la amabilidad generada por el cuidado de los demás.

“Ahora, cuando salgo a correr, pienso que estoy cuidando mi cuerpo, saliendo a la luz del sol, mirando el paisaje y disfrutando de poder moverme. Cuando escribo, siento que estoy nutriendo la parte creativa de mi mente, no sólo soltando malos pensamientos”. Sin embargo, no se trata de un final completamente feliz. Baba todavía sigue en lista de espera para recibir atención médica de un profesional de la salud mental. Mientras tanto, sigue pagando de su bolsillo la consulta con un profesional privado, algo que no podrá seguir haciendo siempre: “Todavía tienen que notificarme cuando será mi evaluación, entonces podré iniciar la terapia. Esto me está costando 181$ por sesión. La verdad es que no puedo alargar en el tiempo este tratamiento durante el tiempo que lo necesite”.

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Elizabeth Renstrom

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