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Cómo un hombre inocente sobrevivió a las torturas en una prisión de Ecuador

Daniel David Tibi pasó 848 días entre rejas por unas falsas acusaciones.

por Pierre Longeray; traducido por Mario Abad
04 Diciembre 2019, 9:51am


Este artículo se publicó originalmente en VICE Francia.

Veinte años después, Daniel David Tibi todavía recuerda la suciedad, los cadáveres, las peleas y las torturas. Aunque ya no está en prisión, el comerciante de joyas todavía recuerda el calvario que pasó en 1995, cuando en septiembre lo arrestaron e ingresaron en una de las prisiones más mortales de Ecuador, la Penitenciaría Litoral de Guayaquil. Acusado de un delito de tráfico de drogas, Tibi pasó casi tres años en prisión, sin juicio ni abogados, hasta que al fin le levantaron los cargos. El hombre, de origen francés, dice que durante ese tiempo tuvo dos objetivos: seguir vivo y demostrar su inocencia, en un entorno dominado por la corrupción y la violencia.

Me reúno con Tibi en L’Atlantique, un café del barrio parisino de Montparnasse y también el nombre del océano que volvió a cruzar el año pasado para presentar una demanda civil contra el Gobierno ecuatoriano. Tibi espera poder cerrar de una vez por todas un capítulo de su vida que le ha costado mucho, tanto en lo profesional como en lo personal (Tibi se perdió el nacimiento de su hija). Finalmente, fue declarado inocente de los cargos que se le imputaron en Ecuador. Más tarde, la Corte Interamericana de Derechos Humanos consideró al Gobierno de Ecuador responsable de la violación de los derechos humanos de Tibi y su familia por haberlo retenido sin orden judicial y torturarlo con palizas, aplicándole la técnica del submarino y quemándolo con cigarrillos.

El rostro arrugado de Tibi muestra los ojos de un hombre que ha sobrevivido al mismísimo infierno, incluyendo un cáncer. Con motivo de la publicación de su libro, Dans l’enfer d’une prision équatorienne [En el infierno de una prisión ecuatoriana], aproveché para preguntar a Tibi cómo logró sobrevivir.

VICE: ¿Cómo sobrevives en un sitio en el que los sobornos y la violencia son la norma?
Daniel David Tibi:
Creo que lo que me salvó la vida fue el profundo odio que siento hacia las injusticias. Ese fue mi motor. Eso y que iba a ser padre. Me prometí a mí mismo que saldría de allí y desempeñaría ese papel. Eso me ayudó a mantenerme mentalmente estable. Pero para sobrevivir, tienes que cambiar por completo tu comportamiento y la forma de ver las cosas. Conoces a gente que no valora nada la vida, por lo que has de actuar en consecuencia. Si alguien te provoca, tienes que pelear, en el sentido literal de la palabra. Sobre todo cuando eres extranjero. Para empezar, la esperanza de vida de un recluso ecuatoriano no es muy elevada, pero es aún más baja para un extranjero.

¿Alguna vez estuviste a punto de tirar la toalla o dejarte morir?
Perdí las fuerzas para seguir luchando en varias ocasiones porque estaba muy débil físicamente. Había perdido mucho peso. Más de una vez creí que había llegado al límite de mis recursos. No tenía ninguna garantía de llegar a ver un nuevo día. Me machacaron la cara; me quemaron con un hierro candente. Pero lo peor de todo fue seguramente cuando mi novia se fue de Ecuador con los niños y volvió a Francia. Entonces sí que me sentí solo en el mundo.

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Daniel David Tibi se inyecta morfina en prisión

¿Cómo eran los días en prisión?
Intentaba mantenerme ocupado. Hacía trabajos con madera, dibujaba y reparaba todo tipo de objetos. Incluso construí una guitarra. Luego empecé a estudiar el código penal ecuatoriano, concretamente la legislación sobre narcóticos. De esa forma, pude ir avanzando en mi caso y presentar un recurso de apelación a los tribunales superiores. Después de enfrentarme al juez que me metió en la cárcel, poco a poco empecé a ganarme el respeto de los otros prisioneros y cierta seguridad. Intenté explicarles que claro que quería salir de allí, pero que también quería luchar contra las condiciones en las que nos tenían. Todos estábamos viviendo la misma pesadilla. Las familias de los otros reclusos empezaron a ayudarme, y luego los propios reclusos.

¿Presionaste al juez desde tu celda?
La prensa ecuatoriana pronto se dio cuenta de que mi batalla contra el juez era bastante noticiable y empezaron a cubrirla. Puse en evidencia al juez por sus incoherencias y mentiras, que no fueron pocas. Luego, un periodista del diario Le Monde, Alain Abellard, fue el primero en Francia en escribir sobre mi caso y en condenar la negligencia del sistema jurídico ecuatoriano, que permitía detener a un ciudadano francés sin cargos ni pruebas. A partir de ahí, los diplomáticos franceses tomaron el relevo y decidieron cancelar las relaciones diplomáticas con Ecuador hasta que se me hubiera puesto en libertad.

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Daniel David Tibi con su hija durante una visita a la prisión

¿Recuerdas el día en que te pusieron en libertad?
Fue un gran momento. Un día, llegó el cónsul general de Francia y me dijo que hiciera las maletas, que nos íbamos inmediatamente. Me lo creí a medias y me daba miedo irme; me había acostumbrado a aquel ambiente horrible. Recuerdo que pensé: Y cuando salga, ¿qué hago? Hacía tiempo que mi familia se había ido; todo lo que tenía estaba en Ecuador. Tendría que aprender a vivir de nuevo según unos códigos que había olvidado por completo.

¿Cómo lograste deshacerte del comportamiento que tenías en prisión?
Tienes que rehacerte. Físicamente, en primer lugar. Me habían golpeado en la cara con un bate de béisbol, por lo que tenía media cara destrozada. Me habían hundido un ojo y roto los dientes. Alguien me marcó con un hierro candente; tenía agujeros en la cavidad abdominal. También tenía problemas neurológicos que tardaron un tiempo en irse. Después de recuperarte físicamente, tienes que encontrar la forma de volver a darle sentido a tu vida. Al final retomé mi trabajo como comerciante de joyas.

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Las esmeraldas de Tibi, que nunca recuperó

Antes de interponer una demanda civil contra Ecuador, también llevaste a su Gobierno ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que te dio la razón.
Ir por esa vía me permitió salir por la puerta grande, aunque no es fácil. El verano pasado volví a Ecuador para empezar el proceso judicial y fue brutal volver a ese entorno, revivir aquellos días, ver a la gente que fue parte del horror que viví... es una experiencia muy emocional. También me gané unos cuantos enemigos durante mi batalla judicial, lo que significaba que para volver al país tenía que entrar en un programa de protección de testigos.

Te habías propuesto de verdad mejorar el sistema judicial.
Cuando salí, prometí a mis compañeros reclusos que les ayudaría en cuanto pudiera. No siento odio hacia Ecuador; solo quiero luchar por la defensa de los derechos humanos.

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