Salud Mental

Deja de decir 'es que yo soy así' para justificarte por todo

Tú no eres así, tú te comportas así.
16.10.19
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Ilustración por Daniel Romero

Todos nos hemos sentido orgullosos en alguna ocasión de defender nuestra manera de ser, nuestra manera de actuar, nuestras ideas y todo aquello que forma parte de nosotros. En cierta medida, todo esto está muy bien: querernos aceptarnos, tener nuestra opinión sobre las cosas, confiar en nosotros mismos… Mi labor diaria en las sesiones de terapia casi siempre va de esto, de la búsqueda de bienestar, de crecer como personas, de mejorar como seres humanos, pero ¿qué pasa cuando las personas defienden su actitud o su comportamiento a cualquier precio? ¿Es símbolo de buena autoestima o seguridad?

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Carla* me explicaba que su amiga Eva había perdido a su padre recientemente. Su respuesta ante esto, además de seguramente decirle que lo sentía, fue: “Bueno, Eva, una de cal y otra de arena”. La cal se refería a la pérdida y la arena a que por fin se había quedado embarazada después de llevar meses intentándolo. No puedo imaginar cuál pudo ser la respuesta de su amiga, pero a mí el relato me pareció esperpéntico y así se lo hice saber. Su respuesta fue: “Es que yo soy así, digo lo que pienso”.



Hoy en día está sobresabido que decir lo que pensamos sin más no tiene por qué ser la mejor opción, ni la única, pero no es la única situación en la que ese "yo soy así" sirve de excusa a quien lo dice. Ese “yo soy así” nos lo podemos encontrar como respuesta a muchas situaciones: alguien que constantemente pide perdón o da las gracias, quien hace favores a personas que no los piden o ni siquiera los necesitan, él que llega cada día tarde, aquel que cuando sale bebe hasta llevarse al límite… También tenemos la versión de “es que él es así, qué le vamos a hacer”, que sucede mucho cuando es un hijo o hija quien cuestiona a sus padres por la conducta de uno de ellos.

Vamos a ponerle algo de luz al asunto: tú no eres así; tú te comportas así: actúas así, te sientes así, estás acostumbrando a hacerlo de esa manera. Tus conductas son respuestas reactivas y defensivas a los comentarios que te hacen y que vives como hirientes, como un ataque a tu persona, a tu autoestima. Por eso estos comportamientos, actitudes y formas de gestionar que utilizas se pueden cambiar, modificar, suavizar, etc.

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Hay muchas y diferentes teorías sobre la personalidad, pero para lo que estamos discutiendo hoy es especialmente útil la del psiquiatra y psicólogo Juan Luis Linares, reconocido terapeuta familiar, que escribe: “La personalidad estaría formada por nuestra identidad y nuestra narrativa”. La narrativa tiene que ver con las historias que nos explicamos, que construimos, y el significado que les atribuimos en relación con lo que nos pasa, y esto empieza a darse desde la vida intrauterina.

Linares nos explica que simultáneamente a la construcción de la narrativa, se va construyendo la identidad de todas las historias que llevamos construidas: “Con esta, con esta y con esta me identifico yo. Este soy yo…” y añade que “el sujeto elige algunas narraciones como definitorias de sí mismo, y con ellas, ciertamente, no acepta transacciones ni negociaciones: este soy yo, me tomas o me dejas, pero no pretendas convencerme de que sea otro”.

Por eso esto es muy importante que “la identidad debe limitarse a unas pocas narraciones, claramente definidas y delimitadas, correspondientes, por lo general, a temas como el género y la orientación sexual, la pertenencia nacional, la filiación política y religiosa… y poca cosa más. Lo contrario, es decir, un individuo excesivamente identitario, o bien es un psicótico (…), o bien un peligroso y rígido fanático que pone todo su ser en juego por cualquiera de sus narraciones”.

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Este es el tipo de personas que se defienden normalmente con el “yo soy así”, que viven como identitarias muchas de sus acciones, actitudes, emociones, pensamientos, creencias… Han desarrollado una personalidad repleta de identidad y con poca narrativa, lo que provoca que sean personas muy vulnerables a recibir críticas ajenas, con mucha negación al cambio, poco flexibles y rígidas de pensamiento, ¿y eso se puede cambiar? Pues sí.

Para empezar, aunque suene típico: querer hacerlo y aceptar que es posible conseguirlo. Una vez que la persona ya está preparada para la acción, se trata de prepararse para recibir la opinión de los demás y ver qué hacer con ella. Imaginemos una pelota, imaginemos ahora que esa pelota te la lanzan y tú sientes que lo han hecho con muy mala leche, sientes rabia, y se la devolverías con toda ella. Imagina que puedes sobreponerte a esa inmensa rabia y que te das tiempo a pensar qué hacer con esa pelota, a decir cuál es la mejor estrategia para ti. Imagina que decides llevártela a casa para pensar por qué el otro te la ha tirado así o por qué tú sientes que lo ha hecho así.

Después de pensarlo, podrás decidir qué hacer con ella, si devolverla de manera tranquila o con la misma fuerza que te llegó o dejarlo pasar, intentar no ser reactivo a la emoción que te produce lo que él otro te dice, poder escucharla y digerirla, y meditar sobre si la reflexión que nos ha hecho ese amigo, conocido o familiar nos aporta algo para mejorar en nuestro crecimiento personal. Si es así, perfecto, nos habrá ayudado, y si es que no, pues podemos dejarlo pasar sin más o responder a la persona con algo similar a un “gracias, pero mi opinión es diferente de la tuya”. A veces es difícil que uno solo pueda manejar este tipo de situaciones por la intensidad de las emociones; en este caso es importante recurrir a un especialista si se quiere cambiar.

Un último apunte: no podemos dejar de plantearnos nuestra responsabilidad a la hora de dar nuestra opinión sobre los actos de los demás. En la situación que describí al inicio del artículo, yo le dije a Carla que su comentario me parecía espérpentico. ¿No habría sido mejor que le hubiese preguntado si podía darle mi opinión? ¿Y si le hubiese dicho que me gustaría decirle lo que pienso sobre lo que ha dicho? ¿Habría sido diferente su actitud ante mi opinión? Muchas veces somos copartícipes de ese tipo de respuestas porque invadimos espacios del otro sin pedir permiso y participamos en su primitiva respuesta. Además, antes de darle nuestra opinión, no está de más plantearnos para qué hacerlo.

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