Retransmití mi cita de Tinder por Instagram Stories
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Retransmití mi cita de Tinder por Instagram Stories

Tras un encuentro en el que hice llorar a mi potencial ligue, este es el resultado de narrar una primera cita a tiempo real.
1.2.18

Desde hace meses me gusta bromear acerca de que tengo un máster en encontrar sujetos peculiares por Tinder. De hecho, podría decir que he desarrollado cierta adicción a coleccionar perfiles de individuos que darían para un estudio y compartir experiencias que rozan lo grotesco.

Supongo que este afán voyeurístico ha dado sus frutos una vez me proponen realizar el relato de una cita mediante stories. Mi primera preocupación es si realmente es un tema que pueda interesar. Quizás hasta se piensen que soy una egocéntrica. Pero ¿quién no lo es hoy en día?

También tengo miedo de que mi cita pueda ofenderse si me ve utilizar el móvil cada dos minutos, incluso cabe la posibilidad de que me haya seguido antes de poder darme cuenta. ¿Y si ve las historias en tiempo real o algún amigo le cuenta todo el percal? ¿Sería pertinente también retransmitir ese hipotético drama? Por un momento me visualizo grabando un vídeo de quince segundos recibiendo todo tipo de insultos y esquivando algún que otro objeto arrojado hacia mi cabeza, o un "superzoom dramático" encuadrando una mirada fulminante. Quizás debería comentarle a mi cita que voy a retransmitir nuestro encuentro.

Entiendo que haya gente que pueda ofenderse al ver que ha sido en parte tratada como un conejo de indias. Finalmente decido no hacerlo, dándole prioridad a la naturalidad. Entre todas las personas que creo que podrían ser coautores de esta historia, elijo a Dani, antiguo concursante de Saber y ganar y videobloguero. Para mi desgracia, se marcha nada más ver que nuestro encuentro no va a acabar en sexo, tirando por la borda todo el experimento. Tras haber fracasado en este intento de convertir mi noche en una suerte de reality espontáneo, vuelvo a casa intentando asimilar todo lo que ha ocurrido. Mi bandeja de mensajes directos está ardiendo.

A partir de esta experiencia descarto quedar con otro hombre. Mi próxima cita ha de ser con una persona con la que tenga asegurado que va a existir una mínima afinidad. Tampoco quiero desatar una especie de subtrama instantánea de Love Actually, pero sí estar algo más dispuesta a encontrar a alguien que realmente me interese.

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Hace más de un año que no tengo una cita con una chica y estoy un poco nerviosa. Recibo dos respuestas. Ambas personas quieren saber si voy a volver a salir con el mismo tipo.

Me he propuesto aceptar todas las sugerencias que reciba mientras dure la experiencia. No obstante, corren los minutos y no hay ninguna idea que no implique pasar la semana siguiente entre infusiones de poleo menta y cajas de pañuelos.

Mi favorita: “Déjate la toalla en la cabeza”. Finalmente, apuesto por un pantalón de traje rojo. Casi parezco una persona que ha tomado las riendas de su vida.

Subiendo por las escaleras mecánicas, me planto ante una plaza Universitat de Barcelona prácticamente desierta. No puedo evitar pensar en la posibilidad de que esta chica me haya dejado plantada en el último momento.

La primera aparición de Maria en mi Stories

Apenas empiezo a recrearme mis hipótesis neuróticas Maria* aparece a lo lejos, protegida por un chubasquero violeta que contrasta con la atmósfera anodina. Nos saludamos y decido aplicar inmediatamente la estrategia universal para sortear los silencios incómodos. Tras dos minutos de charla climatológica, todos mis nervios se han disipado.

Son las cinco de la tarde. No he podido evitar soltar una carcajada y llevarme las manos a la cabeza. Ella me consuela diciéndome que ayer salió y está con bastante resaca. Resulta bastante cómico la cantidad de gente que me ha contestado identificándose con la situación.

Hablamos de lo poco y mal representada que está la bisexualidad en el cine y la televisión, de caníbales, y de Kárate a muerte en Torremolinos

En su biografía de Tinder pone que es de Perú y se había mudado a Barcelona hace tres meses, pero podría jurar que su acento es andaluz. ¿Y si he pasado toda mi vida ignorando que la gente en Perú habla con el mismo acento que los sevillanos? Nada me cuadra y otra vez siento que de mi cabeza emana cierto ruido blanco.

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Antes de que la duda vaya a más, me cuenta que ha pasado nueve años viviendo en Sevilla. Suspiro y reparo otra vez en lo torpe que puedo llegar a ser. Como era de esperar, el próximo asunto en en este diálogo lingüístico es el catalán.

Tras un año y medio en la Ciudad Condal, le suelto con toda seguridad que lo comprendo y puedo mantener una conversación. Me pide que le dé una clase improvisada. Mi cara es un cuadro y mi respuesta es algo así como: "Jaja, ¡no sé! No soy la persona indicada. ¿Qué quieres que te diga? ¿CA VOLLLLLLS CAT DIGUI?”. "¿Te vas a beber esa cerveza?”, responde.

De repente se me ha olvidado hasta cómo decir mi nombre. Esta pregunta además debería saberla después de toda una trayectoria rateando culos ajenos. Cambio de tema abruptamente proponiéndole sentarnos dentro del local. “¡Eres la peor profesora que he tenido!”.

Una vez en el interior, me enseña su cuaderno y pide que me sitúe frente a ella. Me cuenta que, cada vez que queda con alguien de Tinder suele pintarle desnudo, pero estando conmigo en una cafetería se conforma con un rápido esbozo. Me resulta fascinante lo cómoda que me encuentro posando para ella . Mientras reproduce a trazos impecables mi careto, me anima a que le cuente la historia de mi vida. Cuando termina, dejo en su cuaderno un garabato de agradecimiento . Creo que he hecho un bien no fotografiando semejante desastre.

Mi baja tolerancia al alcohol ya ha provocado una exhalación en sintonía con el chorro de pis. Intento concentrarme y pensar en algo que pueda mantener el nivel de las últimas dos horas.

Todo lo que obtengo son respuestas como “pasear” o “ir a otro bar”. Estimados seguidores, os voy a dar unos ejemplos de ideas buenas: háblale de tu start-up inventada, pregúntale su grupo sanguíneo, haced un fuck-marry-kill con el jurado de OT o id al Carrefour a buscar canapés gratuitos.

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Decido provocar un parón en mi relato. Es el momento de crear algo de expectación y utilizar mi poder como productora de esta historia. Guardo el móvil en el bolsillo y salimos del bar. La conversación con Maria es de lo más interesante.

Sin haber reparado en ello llevamos poco menos de una hora dando vueltas por las calles del Raval, que siguen igual de caladas. Nos ponemos de acuerdo para entrar en el bar predilecto de media Barcelona. Para sorpresa de nadie, están todas las mesas ocupadas.

Nos sentamos frente a la barra y decido regresar unos instantes al mundo digital. Nadie parece querer saber qué está pasando. Pongo a cargar el móvil, pero antes quiero tomar una foto (a lo mejor una vez superada la incertidumbre alguien responde).

Me ha pillado. Por motivos vinculados a la protección de la privacidad, Instagram no ofrece la posibilidad de silenciar el sonido de obturador, al menos desde dentro de la aplicación. El indiscreto chasquido le hace dirigir la vista al objetivo. Durante toda la tarde me ha visto subir historias, pero no le he revelado que eran para este experimento. Se lo ha tomado bastante bien.

No ha pasado ni un minuto desde que he subido esto y ya me estoy arrepintiendo. ¿Qué diablos es? Podría perfectamente haberlo subido a un grupo de Whatsapp donde me envío memes con el chico de la primera cita. De repente me llamo José Luis, estoy encarnando los estragos de la pubertad y voy a vivir un romántico momento recibiendo mi primera paja a oscuras en un parque.

Traduzco al castellano "parece que sí, todavía tienes una oportunidad"

Este chico es tambén amigo de José Luis. Next.

Vale, esa arroba estaba de más, pero quería añadirle un extra festivo. Dejo un final abierto y hago una encuesta donde disfruto por última vez en el día de mi potestad interactiva. Había quedado con mis amigos para salir de fiesta esa misma noche. Los planes se solapan dolorosamente —como los grupos que quieres ver en un festival de música— y una vez más pierdo la noción del tiempo. Maria tiene que irse porque ha de trabajar esa misma mañana . Me despide con un abrazo y prometemos volver a vernos en los próximos días.

Casi la mitad de los conocidos a los que he saludado esa noche me ha preguntado por mis citas de Tinder.

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Percibí que al menos dos de las personas con las que había hecho match me habían dejado de seguir después de esto o se mostraban algo más distantes. Sentirían que les iba a utilizar. A lo largo de la semana ha crecido sustancialmente el número de personas que mira mis historias. Puedo decir que he disfrutado todo el proceso incluso más de lo que imaginaba.

La gente quiere saber más

Además de estudiar la relación con mis seguidores, esta experiencia ha sido un buen ejercicio de autoanálisis. Desde mi despertar sexual he tonteado con hombres sólo para conseguir cierta validación que paliara mi baja autoestima y, si esa atracción se consumaba, el día después me sentía como un despojo desmerecedor de atención. A pesar de tener presente que no le debía nada a nadie, siempre cargaba el peso de las expectativas sociales sobre mis hombros.

Cuando ligo con una chica me siento mucho más segura y relajada, aunque al principio me intimide más dar un primer paso.

Haya o no segunda cita seguramente quedemos. Independientemente de cómo evolucione esto habré introducido a una persona muy guay en mi vida. Puede que convierta mi existencia en un reality.

Maria* es un nombre inventado para asegurar el anonimato de mi cita.