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Cultură

Las alucinantes motos zen de Shinya Kimura

FOTOS CEDIDAS POR SHINYA KIMURA

A principios de los 90, en un pueblo perdido en las montañas de Japón, Shinya Kimura abrió un pequeño taller de reparación de motos. 20 años después, tiene otro pequeño taller en Azusa, California. La diferencia es que ahora es uno de los constructores de motos más prestigiosos y originales del mundo y que las estrellas de Hollywood hacen cola en su puerta.

Shinya ha creado un estilo propio. Su trabajo acerca su oficio a la esfera del mundo del arte. Lo que lo hace especial es una extraña mezcla de sabiduría oriental, mecánica artesanal y sentido común. Y es que mientras la mayoría de los constructores de motos custom se dedican a añadir cosas, convirtiendo casi siempre lo que era una moto en una especie de barco negro con ruedas lleno de cromados que van quemando las retinas del personal en los días soleados, Shinya prefiere eliminar lo innecesario. Un poco como si un tío hubiera vestido a Scarlett Johansson con el traje de la Reina del Carnaval de Tenerife y Shinya se ofreciera a desnudarla y mostrar de nuevo su belleza.

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Con el paso de los años, Shinya ha ido cambiando la manera de ver su trabajo y ahora su enfoque es muy similar al de un artista. Él mismo lo dice, aunque duda: «No sé si lo que me espera en el futuro es el éxito o el fracaso, ¿puede llegar a considerarse arte el construir una moto? Quizá sepamos la respuesta de aquí a 10 años».

Dado que no podíamos esperar tanto, y que nos caen como el culo los motards que conducen motos como tanques, nos pusimos en contacto con él para charlar un rato.

Vice: Si me pongo a pensar en motos, recuerdo un monólogo de Seinfeld en el que el tío hablaba de lo curioso del ser humano, que ha inventado una cosa como el casco para seguir practicando actividades peligrosas en lugar de sencillamente dejar de jugarse el cuello al hacerlas.

Shinya Kimura: Si lo piensas fríamente, es una locura, sí. Pero a la vez es algo absolutamente apasionante. Yo creo que es por cosas como ésas que el montar en moto atrae a tanta gente y no hay nada en el mundo que se le pueda comparar.

Las motos siempre han sido algo molón, motivo de gozo y vacileo. ¿Por qué crees que nos gustan tanto?

Creo que se debe a su forma, al hecho de tener solo dos ruedas, todas las motos son a la vez vulnerables y salvajes. Creo que esa es una de las razones por las que la gente se siente tan fascinada por ellas. Cuando arrancas una moto, tu culo está solo a diez centímetros del motor, sientes el calor, el ruido, las vibraciones, el humo, el olor del aceite… En estos tiempos en los que todo el mundo busca rodearse de productos cada vez más seguros e inocuos, una motocicleta ni siquiera se puede aguantar de pie, pero puedes montarte en ella y correr a más de 100 kilómetros por hora. Mola, sencillamente.

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En tu caso, ¿cómo empieza la construcción de una moto?

En realidad, no hay un “primer paso”. Nunca dibujo ni hago proyectos. Todo depende de cómo me sienta yo en ese momento. A veces todo comienza por unos neumáticos que me gustan y a partir de ellos me vienen algunas ideas que me parecen interesantes en ese momento. Otras veces es simplemente una idea abstracta en mi cabeza que se las ingenia para salir de ahí como puede… En cualquier caso, nunca sé lo que acabaré construyendo cuando empiezo.

¿Cómo es tu día a día? Para hacer lo que tú haces se ha de sentir algo muy especial por las motos. No es un trabajo de fichar, horario de 9 a 5 y luego unas cervezas.

A veces me levanto en mitad de la noche porque he tenido una buena idea y me pongo a trabajar en ese mismo momento. Otros días, sin embargo, no se me enciende la bombilla y me paso todo el día bebiendo café y leyendo. Por eso siempre tengo que estar cerca de las motos en las que estoy trabajando para estar preparado para esos momentos de inspiración.

Me gustaría que me hablaras de tus comienzos, de cómo nació esta obsesión.

Siempre estuvo ahí. Desde que era un crío, antes incluso de empezar a ir al colegio, he tenido una especial inclinación hacia las bicicletas, las motos, los coches… y en general hacia cualquier máquina, con o sin motor. Todo viene por mi familia, nací y me crié en el centro de Tokio, en la parte más antigua de la ciudad, al lado de donde mi abuelo tenía una pequeña fábrica de tuercas y tornillos. Crecí rodeado por el sonido de las máquinas, las texturas del metal y el olor a lubricante. Aquellas cosas me hacían sentir bien, eran parte de mi hogar. Así que para mí fue algo natural el meterme en un mundo lleno de máquinas ruidosas como el de las motos, tanto en la parte mecánica como pilotándolas. Y, en un momento dado, cogí unos trozos de metal y los convertí en otra cosa.

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¿A qué edad empezaste a mancharte las manos de grasa?

Bueno, primero fueron las bicis, siendo un chaval, me encantaba hacerles pequeños cambios para que fueran distintas a las de todo el mundo. Empecé a meterme en el tema de las motos más tarde, ya en la escuela secundaria y después en la universidad. Me pasaba todo el día en los desguaces buscando piezas. Mientras tanto, me gradué en entomología.

¿Entomología? Supongo que conoces a Gaudí. Él solía inspirarse en las formas de la naturaleza. No sé, a mí algunas de las formas inusuales de tus motos me recuerdan a insectos, y sabiendo que estudiaste entomología…

En mi opinión, ningún artista, ningún diseñador… ningún ser humano, podrá nunca superar a la naturaleza. La manera en la que los organismos vivos están diseñados no sólo es bella, sino que tiene una función. Siempre tiene un por qué. Por eso nos fascinan.

Yo estudié entomología en la universidad porque, junto con los coches y las motos, los insectos son lo que más me gusta en el mundo. Sin embargo, no aplico mis conocimientos sobre insectos al diseño de motocicletas, sencillamente porque todas esas formas naturales nunca han estado destinadas a ser partes de una motocicleta. La funcionalidad y la estética tienen que ir de la mano. También trato de hacer mis máquinas estén en proporción con la naturaleza.

Volvamos a tu historia, ¿qué hiciste después de acabar la universidad?

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En aquel momento, lo que más me interesaba en el mundo era aprender más de la parte mecánica de las motocicletas, así que decidí hacer caso a mi instinto y encontré un trabajo en un taller de motos cerca de mi casa. Allí aprendí mucho de mecánica y unos años más tarde monté por mi cuenta un pequeño taller de reparaciones en las montañas de la prefectura de Aichi, en el Centro-Sur de Japón. Lo llamé Taller de reparaciones Chabo. Allí fue donde empecé a convencer a algunos de mis clientes de que si realmente querían una moto única, me dejaran quitar todas las partes innecesarias de sus motos, toda la quincalla, los cromados y todo eso, y de que los reemplazaran por otras piezas hechas a mano o modificadas por mí. Había muchas Harleys y en general los dueños de las Harleys suelen dedicarse a añadir piezas a sus máquinas, calaveras, tuercas con forma de casquillo de bala, alforjas de cuero, flecos en el manillar y cosas así, pero mi idea era exactamente la contraria, simplificarlas. La razón de hacerlo era sencilla, yo creía que así molaban mucho más. Mi fama se fue extendiendo en el mundillo y en poco tiempo, en 1992, me ofrecieron dirigir un taller de motos custom más grande. Lo llamé Zero Engineering, contraté a 5 mecánicos y durante los siguientes 14 años construimos unas 300 motos.

Bueno, no sólo hicisteis esas 300 motos, sino que al hacerlas creasteis un nuevo estilo, el Zero Style, imitado en todo el mundo y aún vigente, en expansión.

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En aquellos momentos no tenía un objetivo concreto, nunca lo he tenido. Simplemente trataba de construir motos basadas en mis raíces estéticas japonesas. Supongo que aquellas motos que hice entonces destacaban porque la mayoría de las custom que se montaban en Japón en aquella época estaban muy influenciadas por el estilo occidental.

Después de todo eso te vas de Japón y montas Chabo Engineering en California, otro pequeño taller en el que vuelves a trabajar solo. ¿Por qué decides cambiar de aires?

Caí en la tentación… California es el paraíso de los amantes de las motos, ¿no? Pensé que tendría más oportunidades aquí porque la cultura de la moto está mucho más desarrollada en California que en Japón, y seguramente más que en ninguna otra parte del mundo. Aquí las motos forman parte de la vida de mucha gente.

Aparte de eso, a decir verdad, estaba ya cansado de ser el jefe, me refiero a que en Zero dirigía a cinco mecánicos, en lugar de ser yo mismo quien hacía las cosas. Echaba de menos eso.

¿Cómo definirías la clase de motos que construyes actualmente?

No me resulta fácil definirlas, la verdad es que siempre soy el fan número uno de mis máquinas. La única definición que podría decirte ahora mismo es que sólo me pongo a trabajar en un proyecto si puedo decir con todo mi corazón: “me encanta esta moto y la quiero hacer aunque no sea para mí”.

Siempre utilizas piezas de motos antiguas, o incluso de motos de un determinado periodo. ¿Por qué?

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Siempre busco piezas que no hayan sido fabricadas siguiendo procesos de producción en masa. Este tipo de piezas siempre tienen un toque más personal, aparte de que fueron producidas cuidando los detalles y para durar mucho tiempo. Me gusta pensar que las piezas que alguien fabricó en el pasado y que yo ahora utilizo en mis modelos, si se cuidan bien, podrán ser utilizadas por otro en el futuro. Cuando la cultura del consumo de masas llegó al mundo de las motos, lo que ocurrió fue que los fabricantes se centraron en reducir costes, no en la calidad de las piezas, lo que devaluó mucho el resultado final.

Veo en tu web una cita de Frank Lloyd Wright: “La eliminación de lo insignificante”. ¿Resume esto tu filosofía?

Bueno, es sólo una frase. Yo la interpreto como una advertencia que nos avisa de que hay que intentar evitar prestar demasiada atención a los detalles para mantener el equilibrio y la armonía del todo.

Normalmente pruebas tus motos participando en carreras. ¿Por qué?

Para mí, esas carreras son un reto como mecánico. Además, es increíble ver la máquina que tú mismo has fabricado correr a toda velocidad sin pensar en los límites de velocidad. Creo que el mejor momento de una moto es cuando alguien la monta.

Durante los últimos 4 años, he estado corriendo con la misma motocicleta construida por mí en las carreras de Bonneville y El Mirage [Ambos son lagos secos de arena blanca, de unos 10 kilómetros de largo y perfectamente planos y sin obstáculos, en los que se disputan desde hace más de 50 años carreras y pruebas de velocidad. Están en Utah y California, respectivamente. Los habéis visto en un montón de películas y anuncios. –nde]

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Así que no lo haces con todas.

No, me encantaría correr con todas las motos que hago, pero habitualmente sólo las pruebo en la carretera que pasa por detrás del taller. Lo que es bastante menos excitante.

En el increíble vídeo que grabaste con Henrik Hansen, insistías en la idea de que una moto no estaba completa hasta que alguien la montaba. Esto me hizo pensar en algunas obras de arte expuestas en museos en las que puedes ver la intención del artista de que la gente interactuara con ella. Lo que pasa es que si intentas interactuar, se dispara la alarma y te dan una patada en el culo.

Entiendo perfectamente  la tentación de tocar y sentir el arte. Una vez toqué una escultura en un museo y un tío me agarró del cuello… pero creo que las obras de arte de los museos y las motocicletas son muy diferentes, porque aunque existen motos preciosas que sólo se fabrican para ser expuestas, éstas tienen para mí solo la mitad del atractivo de una moto rodando en la carretera. Yo pienso que la auténtica belleza de una moto aparece cuando está en movimiento, porque cuando una moto está aparcada, nada nos anuncia esa vulnerabilidad y ese lado salvaje del que te hablaba antes y que hace de esa sensación algo distinto a todo.

Para acabar, cuéntame algo de los objetos artísticos que creas al margen de las motos.

Cuando estoy construyendo una motocicleta, intento sacar a la luz el encanto que la moto original ya tenía. Para mí, un estilo irreal, o de ciencia ficción o el colocar tubos y piezas que no hacen nada, sólo como decoración, me parece algo cutre, como diseñado por un idiota. Así que, para dar salida a algunas ideas poco realistas que se me ocurren, fabrico algunos objetos artísticos que no tienen por qué servir necesariamente para algo. Así puedo continuar construyendo o reformando motos tan realistas, funcionales y bellas… como una moto.