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Cultura

Adiós, cuero cabelludo

Los botes improvisados del Amazonas pueden arrancarte la piel.
20.8.12

Las lanchas de motor, peligrosas y mal construidas, son uno de los medios de transporte más populares en los afluentes del Amazonas brasileño. Los locales construyen sus embarcaciones con cualquier pedazo de maquinaria o escombro que puedan encontrar, sacrificando la seguridad por la conveniencia. Si alguien con el cabello largo comete el error de sentarse demasiado cerca de estos motores descubiertos, puede terminar cercenado o morir en un instante.

Si la víctima logra sobrevivir al incidente, es muy probable que él o ella termine con una deformidad que cambiará su vida, como la pérdida de orejas, cejas, cuero cabelludo y grandes extensiones de piel. Las principales víctimas de estos accidentes son las mujeres que viajan en el campo, donde los tratamientos no son una opción, a menos que logren llegar hasta un centro urbano antes de desmayarse. Muchas mujeres desolladas no pueden conseguir trabajo por sus terribles lesiones, y algunas terminan siendo excluidas o abusadas por sus esposos, familiares y vecinos.

Las muertes y lesiones por motor se han convertido en un problema de salud tan serio en la región, que los activistas locales establecieron la Asociación de Mujeres Ribereñas y Víctimas de Desollamiento en el Amazonas (AMRVEA, por sus siglas en portugués) para proporcionar ayuda a las mujeres heridas y para educar al público sobre la importancia de cubrir sus motores.

El fin de semana del 11 de mayo, AMRVEA se reunió con el gobierno local y la Sociedad de Cirujanos Plásticos de Brasil para ofrecer cirugías gratuitas a 87 víctimas en Macapá, la capital del estado amazónico de Amapá. Fuimos al lugar para hablar con los pacientes y escuchar sus historias.

Maria Trindade Gomes, fundadora de AMRVEA, 43 años, fue víctima de un motor cuando tenía siete años: “Mi padre transportaba harina en Pará, y una vez lo acompañé. Cuando me estaba bajando de la lancha, me resbalé y caí sobre una tabla que cubría el motor. Mis padres me abandonaron después de mes y medio en el hospital en Portel, Pará. Una señorita me llevó al hospital de la policía militar en Belém. Estuve seis años hospitalizada porque no tenía a dónde ir. Cuando regresé a Portel, mi padre no me quería recibir, y un francés terminó adoptándome. Me mudé cuando tenía 18. Ahora comparto mi experiencia en conferencias organizadas por la asociación, y soy muy respetada a donde quiera que voy. Hemos aprendido a construir nuestras propias pelucas. Hago muchas y las uso según mi humor; un día uso una peluca roja, al siguiente soy güera, después una negra, una con chinos… realmente me importa mi apariencia. Una vez que el cabello está listo, me toma dos días hacer una peluca. Usamos cabello humano que viene de donaciones, porque no tenemos dinero para comprarlo. Cada mujer a la que le damos una peluca tiene que traernos dos cabezas de pelo para hacer más para otras víctimas; así no nos quedamos sin materia prima”.

Maria do Socorro Damasceno, 30 años, también perdió el cuero cabelludo cuando tenía siete años: "Cuando eres niña, ni siquiera sabes lo que está pasando. Es hasta que te conviertes en mujer que entiendes la magnitud del accidente. Viví el rechazo, los prejuicios… me mudé de donde vivía y me fui al campo por esa razón. Pensaba: '¿Alguna vez podré tener una cita con un rostro tan deforme?' Ahora tengo cuatro hijos. Todos están emocionados por la cirugía".

Rosinete Rodrigues Serrão, 35 años, perdió el pelo a los 15, y ahora ayuda a otras víctimas a recuperar su autoestima: "Me sentía como un monstruo. Tenía un novio, y después del accidente se alejó de mí. Caí en depresión durante año y medio e intenté suicidarme, pero después regresé a la escuela y eso me devolvió la vida. Ahora encontré a una persona muy especial y tengo siete meses de embarazo. Él también sufrió un accidente con un motor".

Franciane da Silva Campos, 33 años, perdió el cuero cabelludo hace 26 años: "Estaba viajando con mi padre, sentada entre sus piernas, y se me cayó una cuchara. Cuando me agaché para recogerla, me arranqué todo el pelo del lado izquierdo. Estuve hospitalizada un año y 40 días. Sufrí mucha discriminación, las miradas de la gente cuando me hacían menos. Tengo esposo, una hija y hasta una nieta. Estoy muy emocionada; quiero despedirme de esta apariencia. Lo primero que haré será buscar un trabajo, porque todavía no he conseguido uno".

Marcilene Mendes Rodrigues, 24 años, tenía diez años cuando se lastimó saltando de una lancha en movimiento: "Mi pelo era todo para mí. Cada que me miraba en el espejo y veía otra figura, me asustaba. Los doctores me pondrán implantes de cejas, y si la extensión del cuero cabelludo no cubre toda mi cabeza, al menos podré usar extensiones de pelo. Mi familia, gracias a Dios, nunca me ha abandonado. Mi padre vendió todo lo que tenía para ayudarme".

Francidalva da Silva Dias, 27 años, tiene una hija de ocho años, Patrícia, quien se cayó de sus piernas en una lancha mientras recogían frutos de asaí en 2009: "Sentí tanta desesperación… Nunca he visto nada igual en mi vida. En la sala de emergencias, Patricia me preguntó si le iba a poner el pelo de regreso, y le dije que no, así que dijo que era mi culpa, que yo la dejé caer sobre el motor. Se pone triste por los prejuicios en la escuela. El otro día un niño le arrancó la peluca y regresó a casa llorando. Espero que puedan reconstruir su oreja. Ella quiere rehacer su vida. De ese modo será más feliz y yo también".

Jaqueline Dias Magalhão, 17 años, perdió el pelo en 2005: "Estaba recogiendo taperiba y me moví a la popa. El motor no estaba cubierto y mi pelo se atoró. Me arrancó todo. Al principio no sentí nada, pero después el dolor empezó a aumentar, me empecé a marear; mi cabeza, todo, se entumió. Quiero graduarme de la escuela de medicina. Es difícil, pero lo haré".