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Póngase cómodo y opine sobre Venezuela

Me interesa conocer la forma en que el alzamiento de los opositores provoca afinidad o rechazo en los ciudadanos así que he realizado estudio científico coordinado en el laboratorio de mi casa.
4.3.14

“¡Qué terrible lo que está pasando en Venezuela!”, podría comenzar uno a decir. Y la respuesta del otro llegaría de inmediato: “Sí, impresionante”, o algo por el estilo. El problema empezaría cuando a uno de los dos se le ocurriera detallar las razones por las que le parece terrible o impresionante. En ese momento habría grandes posibilidades de que se rompiera el consenso.

De acuerdo a un estudio científico coordinado en el laboratorio de mi casa, la opinión del ocho mil por ciento de los encuestados sobre las manifestaciones que están inundando las calles venezolanas estos días depende de su postura, asumida con anterioridad a los hechos, frente al gobierno encabezado por Nicolás Maduro, heredero del chavismo. A más de alguno le habrá llamado la atención cómo los comentarios de tantos usuarios de redes sociales parecen no tener en cuenta las razones de los manifestantes tanto como la necesidad de derrocar o defender al régimen oficialista. También, que su opinión frente al derecho a manifestarse, y la legitimidad de la protesta social en general, cambia según la ocasión.

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No me voy a lanzar a un análisis del sistema social y político prevaleciente en aquel país (para alivio o molestia de quien sea). Tampoco me pienso referir a las opiniones de los venezolanos, a las que no me considero con capacidad de juzgar. Lo que me interesa es conocer la forma en que el alzamiento de los opositores provoca afinidad o rechazo en los ciudadanos opinadores de otros países.

Para simplificar las cosas, vamos a delimitar dos bandos. Para esto podemos aprovecharnos de que las cosas son lo suficientemente simples como para organizar los dos equipos sin temor a confundirnos demasiado. Esta división parte de un sondeo que hice en Tuiter y Feis. Ya me contaréis si no os parece representativo.

Están, de un lado, los partidarios del chavismo, que con frecuencia corren a defender la validez de las demandas en el caso de los manifestantes de otros países. Durante los días recientes, muchos de ellos han tachado de ilegítimas las marchas organizadas por los opositores a Maduro, bajo el argumento de que defienden intereses relacionados con el capital trasnacional y que en su movimiento meten mano grupos fascistas.

Cierto, desde el primer golpe de Estado al gobierno de Chávez se han trazado numerosos indicios de intereses venezolanos e internacionales (desde grupos empresariales locales a varias instancias del gobierno estadounidense que han operado para desestabilizar el gobierno, así que podrían tener un punto a favor quienes defienden que la base del movimiento no es, al menos estrictamente, popular. También es verdad que las exigencias de los manifestantes dejan de lado los intereses de las clases más jodidas, a excepción tal vez de los asuntos relacionados con la violencia (Venezuela tiene una tasa de homicidios por habitante que es bastante más alta que en otros países). Pero tampoco tiene sentido negar que se trata de cientos de miles de personas en la calle: no es como que les hayan repartido un bocata y un refresco o que los hayan hipnotizado por medio de ultrasonidos desde la NASA. Y cada día es más difícil defender la infalibilidad de Maduro, que ha dado muchas pruebas de que escuchar no es lo suyo y sí, un poco más, repartir hostias.

En la otra cancha (haciendo uso de más tirria, hay que decirlo) están los antichavistas. ¿O debería decir “antimaduristas”? Aquí, la condena al gobierno venezolano, como es de esperar, es mucho más uniforme que la defensa del mismo al otro lado. Pero también, extrañamente, lo es la defensa de los manifestantes. Digo “extrañamente” porque con frecuencia se trata de los mismos que condenan las muestras de inconformidad civil en las calles de su propia ciudad. Para esta condena, recurren a argumentos como el abuso que implica cerrar las calles en las que deberían circular libremente los automovilistas, la necesidad de que los que se quejan dejen de hacerlo y “se pongan a trabajar” y el obstáculo que “la violencia” (de los manifestantes) representa para el “avance” del país.

Esta corriente de opinión ha enfocado sus baterías en el hecho de que durante las protestas de la semana anterior, dos opositores fueron heridos de gravedad y más tarde murieron, y hoy otra joven fue asesinada en las protestas. Sin duda, esta forma de violencia es algo que debe condenarse sin darle muchas vueltas, y más si como todo parece indicar, se trató de violencia de Estado (aunque muertos ha habido de los dos lados).

Los partidarios de los opositores venezolanos hablan también de la amenaza para la “democracia” que supone el gobierno presidido por Maduro. Aquí habría que recordar que la democracia no es solo electoral, aunque parece que frecuentemente se entiende así. Con todo, el régimen de Hugo Chávez, del que en más de un sentido es una continuación el actual, ha ganado más elecciones en los últimos años (en total, 18 de 19) que cualquier otro gobierno latinoamericano, además de haber sido vigiladas de cerca por cuanto organismo internacional se les antoje. Lo más importante es que muchos de los críticos del gobierno madurista prefieren ignorar que este cuenta con una base amplia de apoyo popular, representada sobre todo por las franjas que se encuentran en el sótano de los niveles de ingreso.

Como paréntesis, habría que recordar que el segundo bando tiene partidarios poderosos. Ahí está Televisa, por ejemplo, que cubre la lucha opositora en Venezuela como si estuviera narrando la Ilíada. Y, claro, también ahí milita Felipe Calderón, al que de pronto parece haberle brotado un amor enorme por los levantamientos populares.

A primera vista, parecería que se trata de dos posturas acríticas. Lo cierto es que cada una parte de reflexiones, más o menos profundas, que en buena parte se elaboraron antes de las manifestaciones. Estas reflexiones tienen que ver con la forma en que cada quién concibe el ideal del ejercicio del poder y las identificaciones resultantes con las clases implicadas. Para caracterizarlo un poco, se podría decir que la postura de un observador extranjero ante el régimen vigente en Venezuela está construida en gran medida a partir de su opinión frente a la disyuntiva entre política pública o libertad de mercado como obligación prioritaria del Estado. Es decir, un partidario, digamos español, de Leopoldo López o de Henrique Capriles, con gran probabilidad apoya al dominio del capital internacional por encima de los intereses de las clases trabajadoras, o simple y puramente puteadas.

Esta tendencia a sentir afinidad, o solidaridad, hacia los ricos y poderosos, antes que hacia los jodidos, es algo que siempre me ha parecido una rareza. Aunque tal vez no debería sorprenderme tanto. A fin de cuentas, en ella está basada gran parte de la publicidad, por decir algo. Y si alguien está obligado a conocernos, es quien aspira a quedarse con nuestro dinero. Solo hay que ver los espectaculares anuncios de televisión (aquí me moría de ganas de daros algunos ejemplos concretos de marcas, pero ya sabéis cómo es esto):  rubiales vestido con ropa cara y sin el menor rastro en la cara de los achaques propios de una jornada de ocho horas. Después, ya en la calle de cualquier ciudad, uno empieza a jugar a “encontrar las tres diferencias”. Nadie se parece a aquellos personajes. ¿A quién iban dirigidos esos anuncios, entonces?  Y si estaban destinados a que los viera esta gente, que no parece tener nada en común con ellos, ¿por qué funcionan? Siento tener que repetir lo que han dicho tantos, pero creo que un buen número de nosotros tiene un serio problema de identidad.

@infantasinalefa