FYI.

This story is over 5 years old.

Una huelga larga como un día sin pan

La mayor factoría de rosquillas y productos ricos en colesterol de las Españas, la planta de Panrico de Santa Perpètua de Mogoda, lleva desde mediados de octubre sin sacar un bollo.
23.4.14

Fotos trabajadores de Panrico

Acostumbrado como está uno a las huelgas de un día y a que te salga el típico tocacojones a decirte que nunca sirven de nada, me encuentro en pleno cinturón industrial de Barcelona con una fábrica, la Panrico, que lleva seis meses de paro continuado y con más de una batalla ganada. La mayor factoría de rosquillas y productos ricos en colesterol de las Españas, la planta de Santa Perpètua de Mogoda, lleva desde mediados de octubre sin sacar un donut porque la plantilla no traga con los planes de Oaktree, el fondo de inversión que compró la empresa, que pretende despedir a más de setecientos tíos y que ya ha despedido a treinta y ocho solo en Catalunya. La de Santa Perpètua es la planta peleona, la que dijo nones a la escabechina en forma de ERE, pero también la que más factura, la que más produce y también, claro, la que más trabajadores tiene. La que más le puede tocar lo que no suena al fondo de inversión en sus planes de sacar dinero rápido de la reestructuración empresarial.

La cosa empezó a mediados de octubre. Hasta entonces y en mayor o menor medida, ese dicho de escuela de negocios según el cual "lo prioritario es salvarse el culo" se lo aplicaban los trabajadores de la Panrico como cualquier hijo de vecino. La fábrica chutaba. En general la gente iba a lo suyo, sus horarios de siempre, sus horitas de gimnasio y sus horitas de tele, sus fines de semana en la torre sin mirar a los demás. No es que creyeran que fueran los amos de la empresa pero tras veinte o treinta años fabricando pan de molde y haciendo que el chiringuito funcionara, había una cierta conciencia de haberse ganado los lujos. Se habían ganado el confort y su estatus de alienada clase media. Entonces aparece el malo de la película, el brazo de Oaktree en Panrico, el Liquidador de Empresas, un tal Carlos Gila, sin rostro en internet, y anuncia restructuración y hecatombe laboral al canto. Y aunque el resto de plantas de la compañía firman el ERE, los currelas de Santa Perpètua ven en todo ello un pitorreo y la gran mayoría decide ir a la huelga. Les asalta el miedo a perder el trabajo, la sensación de que forman parte de un colectivo y, por lo que me cuenta uno de los huelguistas más jóvenes refiriéndose a los mayores, lo que les entra es sobre todo un cabreo monumental con los chupatintas advenedizos que sin tener ni pajolera idea de hacer donuts van a desmontar el chiringuito a su costa. Les sale eso que alguno cuando se pone abstracto llama conciencia de clase y odio al Capital.

Y a los pies de la fábrica montan unas barracas de agárrate y no te menees. Es su campamento, su base de operaciones estratégicamente situada en la calle de entrada a la fábrica para cerrar el paso, para aislar el centro de producción del exterior, para que nada entre y nada salga. Y así, las dos cabañas de madera, que se han pegado el invierno rodeadas de hogueras, son a la vez refugio y muralla contra esquiroles y cuerpos de seguridad. Ese ha sido el principal escenario del conflicto cuando la empresa decidió distribuir desde Santa Perpètua la bollería que se fabricaba en las otras plantas de España. Ahí, a los pies de la planta y a las puertas del campamento, se lió alguna tangana que otra entre los visitantes transportistas, a los que se la soplaba la huelga y solo querían hacer su trabajo, y los locales, protectores de sus derechos y de la choza recién construida. Uno de los que hasta hacía no mucho amasaba el pan me cuenta que de repente ahí se vio haciendo una de esas cosas que cualquiera ha querido hacer en algún momento de su vida: ponerse delante de un tráiler en marcha. Se ve que luego lo pensó en frío y casi le da un pasmo, pero en el fragor de la batalla no le salió de las narices que aquel esquirol pasara y se pusiera a repartir donuts y la huelga quedara en nada; le dio por ponerse en medio. Ahí fue también donde la policía se lió a palos.

Visito por dentro el campamento. El edificio central es un choza de madera diseñada por JR, uno que fue transportista y que, con sus dotes de arquitecto de campaña, me comenta orgulloso que se sustenta todo a peso, que no hay nada clavado al suelo, porque al fin y al cabo debajo solo hay el asfalto de la calle. El diseño interior se compone de sofás, tiras de papel matamoscas, alusiones poco favorecedoras a Gila el Liquidador y carteles de organizaciones solidarias con su causa: a la mayoría de los que han creído siempre en eso de la clase obrera, la hazaña de la larga huelga de Panrico les pone muy cachondos. Al otro lado una especie de taller donde se hacen chapitas y materiales diversos para la venta y la difusión de la huelga; para Sant Jordi, la fiesta catalana del libro y la rosa, hay ya un montón de cubos con flores hechas de papel. Enfrente una pizarra blanca marca la agenda de actividades para los días siguientes. Entre ellas muchas charlas en escenarios variopintos. También con los madrileños de la Coca-Cola, que tienen otro sarao parecido con su empresa.

Entre esas paredes los huelguistas activos se tiran más horas que un reloj para mantener la moral y que no decaiga la juerga. Hacen sus labores, inventan acciones, actividades, lo que sea con tal de llenar la caja de resistencia, que al fin y al cabo es la tarea primordial si quieren aguantar y que la huelga salga bien. Han picado muchas puertas en busca de dinero. De los ayuntamientos de alrededor, a los que también han llamado, la mayoría ha escurrido el bulto; el de Santa Perpètua, eso sí, les ha puesto un váter portátil en la carretera para que no vayan meando por esos mundos de dios. Solo uno de los pequeños, el de Montornés, metió dinero en la caja recordando en un encuentro de municipios de la comarca que si ellos que eran pequeños podían, el resto también.

Para no acabar con el ánimo por los suelos los huelguistas se toman lo de llenar la caja y aguantar la huelga como un curro paralelo: de horario flexible, trabajando también fines de semana si hay manifestaciones o piquetes, haciendo guardia entre las paredes levantadas por JR. Hay uno al que me lo presentan como el de la leña, que se supone que ahora irá haciendo menos falta con la llegada del buen tiempo. También hay huelguistas pasivos, que con ir a las asambleas tienen bastante y por el campamento pasan poco. Antes de salir de la barraca me señalan una despensa cerrada a cal y canto, donde guardan los víveres; uno que es gran conocedor del embutido me destaca el chorizo, un chorizo del pueblo de no sé quién que guardan ahí como oro en paño. Le pregunto si hay Donettes y me mira como si fuera gilipollas. Probablemente mi pregunta lo fuera.

Antes de irme a mi casa me acerco a la asamblea, que se celebra en un centro cívico del pueblo. Discuten sobre los sapos que pretenden hacerles tragar los dirigentes del sindicato al que está afiliada la mayoría. Son cuestiones demasiado técnicas, demasiado barrocas para un hipoglúcido con mono de donuts como yo, pero me queda claro que la plantilla de Panrico va a seguir la huelga aunque la élite sindical no quiera, que aunque se peleen entre ellos y duerman menos van a seguir conviviendo en la choza de JR una temporada más, con tal de que Oaktree y Gila el Liquidador pierdan la puñetera partida.