Cultură

‘Stranger Things’, un viaje terrorífico a la nostalgia de los ochenta

La nostalgia televisada es el futuro, o lo ha sido al menos desde que Mad Men volvió a poner de moda lo de fumar en recintos cerrados. Y los ochenta son carne de cañón, en ese aspecto.
29.7.16

Todas las fotos cortesía de Netflix

Cuidado: este artículo contiene spoilers.

A lo largo de su vida, el ser humano habita como mínimo en tres mundos paralelos: la infancia, el infierno de la adolescencia y el territorio confuso de la edad adulta. El niño tiene la capacidad de interpretar su entorno de una forma única, tomando como referencia lo que ve en el cine o la tele; el adolescente imita a sus pares y el adulto improvisa con los restos de ambos, lo que llamamos nostalgia.

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A principios de los ochenta, época en la que se ambienta la desesperadamente nostálgica serie de Netflix Stranger Things, los niños veían E. T., el extraterrestre; los adolescentes acudían en manada al cine para ver a Tom Cruise en La clave del éxito, y los adultos se entretenían con Poltergeist. Todo el mundo vio El retorno del Jedi.

Todas estas influencias están muy presentes en la serie, que presenta un mundo oscuro paralelo en el que los personajes hacen alguna que otra incursión; como el Mundo Oscuro de Zelda: A Link to the Past o el universo paralelo de Star Trek.

Y lo que es más importante, Stranger Things llega saturada los tópicos de la década de los ochenta que, lejos de molestar, son gratamente bienvenidos: música de sintetizadores, el juego de rol de Dungeons & Dragons, Winona Ryder y una especie de murmullo ultramundano que parece salido de una novela de H. P. Lovecraft.

Siguiendo la tradición marcada por la grandiosa Twin Peaks, Stranger Things se articula en torno a un trauma la desaparición del niño de 12 años Will Byers que toca la fibra de los habitantes de una remota y ficticia localidad (una población de Indiana que sin duda de forma intencionada por parte de los directores/guionistas, los hermanos Duffer se asemeja mucho a la ciudad paradisíaca en la que vive Jean Shepard en Historias de Navidad).

Los protagonistas, Mike, Dustin y Lucas, que tienen a sus espaldas muchas horas de lucha con bestias de todo tipo y contra el temible Demogorgon en sus partidas de rol, están más que dispuestos a investigar el misterio. En un principio, a los adolescentes se les asigna un papel en el clásico sistema de castas que aparece en El club de los cinco (el hermano de Will es el típico rarito rebelde fan de The Clash; la hermana de Mike, Nancy, es una estudiante ejemplar centrada en su futuro universitario y su novio, Steve, el paradigma de malote popular de la clase; y la protohipster retraída de Barb, un personaje que ya se ha ganado un nutrido grupo de seguidores).

La sucesión de clichés nos hace sentir muy cómodos, pero la serie nos regala muchos otros momentos sublimes

Mientras tanto, los adultos forman el grupo de representantes de la crisis de los cuarenta. Ryder encarna a Joyce, la madre de Will, una mujer en constante estado de histrionismo; el sheriff Jim Hopper se debate entre el alcoholismo y su papel de héroe de acción; el sr. Clarke es el profesor de ciencia gracioso que imparte clases intensivas de física teórica a los chicos; y Cara Buono y Ross Patridge encarnan a la madre entregada de tres hijos y al despreciable exmarido de Joyce, respectivamente.

Entre los comodines se encuentran Once, una niña con poderes telequinéticos que los protagonistas encuentran en el bosque, un científico malvado encarnado por Matthew Modine y un monstruo horrible con cuerpo de criatura de H. R. Giger y una flor carnívora por cabeza. Pero la verdadera estrella de la serie es la atmósfera: bosques brumosos, salones revestidos con paneles de madera, habitaciones desordenadas y una banda sonora con clásicos de Bangles, Echo and the Bunnymen, Joy Division, Corey Hart y una espeluznante aunque muy acertada versión de "Heroes" de Peter Gabriel.

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La sucesión de clichés nos hace sentir muy cómodos, pero la serie nos regala muchos otros momentos sublimes: la intrincada ouija que Joyce se monta con un montón de luces de Navidad para comunicarse con su hijo perdido en el mundo de las sombras; la escena en que Steve y Nancy hacen prácticas de tiro con latas de cerveza e intiman mientras el monstruo arrastra a Barb al interior de la piscina en una imagen digna del catálogo de Sharper Image; y el momento en que Mike le enseña su colección de Star Wars a Once (¡así es como se impresiona a la chica que te gusta, hombre!).

Los niños se meten al público en el bolsillo desde el primer momento. Por lo general, los niños de los ochenta eran una molestia, pero los frikis resabiados de Stranger Things se desviven por encontrar a Will, sobre todo Dustin, que parece estar experimentando la transición de la pubertad ante nuestros ojos.

Incluso se atreve a llamar al bueno del profesor Clarke a las diez de la noche, cuando todo profesor de ciencia que se precie está en casa viendo La cosa, de John Carpenter, para plantearle una pregunta de todo punto inmoral: "¿Por qué quiere dejar cerrada la puerta de la curiosidad?".

La gran sorpresa es la facilidad con la que el resto de la localidad se convence de que se está cociendo una conspiración

Tenemos muchas y buenas razones para ponernos de parte de los chavales: ellos reconocen el terreno sobrenatural en el que se mueven porque se han entrenado para ello, al igual que nosotros. Cuando maquillan a Once para hacerla pasar por una estudiante más del instituto, todos sabemos que es porque Elliot lo hizo primero en E. T.; cuando Nancy practica con el bate de béisbol antes de embarcarse en una exploración del mundo oscuro para destruir al monstruo, está siguiendo los pasos de otra Nancy, el arquetipo de la última chica de Pesadilla en Elm Street; y el momento en que Once usa sus poderes para hacer que uno de los abusones del instituto se orine en los pantalones nos produce la misma satisfacción que la que sentimos con Teen Wolf. De pelo en pecho o con Monster Squad, el sueño de tener a un monstruo por amigo.

La gran sorpresa es la facilidad con la que el resto de la localidad se convence de que se está cociendo una conspiración: el jefe Hopper recupera su tono jocoso, como si hubiera estado esperando una razón para empezar a soltar mamporros a siniestros espías del gobierno, y solo hace falta la ausencia de una marca de nacimiento para convencer a Joyce de que el cadáver que ha visto no es el de su hijo.

La nostalgia televisada es el futuro, o lo ha sido al menos desde que Mad Men volvió a poner de moda lo de fumar en recintos cerrados. Y los ochenta son carne de cañón, en ese aspecto

En general, los héroes de la serie hacen lo que imaginamos que haríamos nosotros de vernos en su situación, un aspecto reconfortante. Pese a ello, no es fácil determinar dónde radica el enorme atractivo de la serie. ¿Son estas las lecciones que hemos aprendido de nuestra experiencia en los ochenta o son solo una representación de la década? Seguramente no haya persona en el mundo que no haya visto al menos un par de las cintas de las que bebe esta producción estoy pensando en Aliens o Regreso al futuro, y otras producciones nostálgicas como American Psycho, Donnie Darko o la más reciente Midnight Special han contribuido a suplantar el recuerdo con una ficción consensuada que reafirma nuestro concepto de lo que fue aquella época.

La buena noticia es que los fans de Stranger Things (y es casi imposible no serlo) tendrán más de lo mismo en la próxima temporada. La nostalgia televisada es el futuro, o lo ha sido al menos desde que Mad Men volvió a poner de moda lo de fumar en recintos cerrados. Y los ochenta son carne de cañón, en ese aspecto. Los dramas de la Guerra Fría como The Americans y Halt and Catch Fire son solo la punta del iceberg. Pronto nos sorprenderemos inspirándonos en videojuegos de 8 bits, ejecutivas con hombreras y la génesis de los vídeos musicales. En una escena crucial del quinto episodio de Stranger Things, Steve propone a Nancy ir al cine, para "fingir que todo es normal durante un par de horas". El presente resulta poco atractivo, y de repente echar la vista atrás parece una buena forma de evadirse. Es de noche y todos llevamos gafas de sol.

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Traducción por Mario Abad.