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Cultură

La pura puntita: Emergencias

Una antología de cuentos mexicanos de jóvenes talentos seleccionados por unos de los mejores cuentistas de nuestro país: Alberto Chimal.
19.10.15

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas de los libros que te enjaretarán en la mesa de novedades.

Emergencias. Cuentos mexicanos de jóvenes talentos es una antología que reúne a 25 de los mejores talentos mexicanos recientes. La selección corrió a cargo de uno de los mejores y más reconocidos cuentistas de nuestro país: Alberto Chimal, quién ha ganado múltiples premios literarios, como el Nacional de Cuento otorgado por el INBA. A continuación dejamos uno de los cuentos seleccionados para formar parte de esta antología.

La tercera variedad, por Rodolfo JM

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Era una mañana cualquiera cuando me llamaron del departamento de recursos humanos. Con toda amabilidad me explicaron que la empresa estaba haciendo un recorte de personal y que después de mucho análisis habían concluido que tendrían que dejarme ir. Para demostrar su buena voluntad, dijeron, me liquidarían al cien por ciento, cosa que ya no se acostumbra en los actuales tiempos. Me darían cuatro cheques, uno cada quince días, los que deberían servirme hasta que encontrase un nuevo empleo.

Fue un golpe a traición, una zambullida en agua helada. ¿Por qué yo? Mi trabajo era necesario, me reía de las bromas de mi jefe, saludaba a todos mis compañeros, mis opiniones eran moderadas, era puntual, vestía saco y corbata, llevaba el pelo corto. Era buena bestia yo.

Al día siguiente, armado con un traje azul, corbata roja, el aviso oportuno y mi maletín de ejecutivo, inicié mi recorrido por las oficinas de reclutamiento de la ciudad, pero en todas partes se repitió la escena. "Muchas gracias, nosotros lo llamaremos"… Yo, que sacrifiqué mi juventud en las bibliotecas, que siempre vi a la universidad como a algo más que un centro de entrenamiento para oficinistas y técnicos de medio pelo… no era posible que no encontrase nada.

Sin embargo estaba tranquilo. Qué importaban unos cuantos rechazos. Tal vez lo que me sucedía no era sino la confirmación de que yo era un elegido, alguien predestinado para un objetivo superior. Para qué preocuparse, todavía me faltaba cobrar tres cheques. Más valía tomar aquello como unas vacaciones pagadas, las cosas terminarían por acomodarse en su justo sitio.

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Entonces, antes de que pudiera descubrir cuál era ese objetivo superior para el que estaba yo predestinado, algo pasó.

Me invadió una sombra. Mi confianza se vino abajo. La desesperanza paralizó mis deseos, deshizo mi voluntad. Mis días se convirtieron en un vertedero de cerveza barata. Me perdí ante el televisor, sintiendo pena por mí mismo, lamentando mi suerte, el haber nacido pobre, mexicano y sin dios. Así, cada noche, y sin que pudiera evitarlo, me tiraba en cualquier rincón y metía la cabeza entre las rodillas hasta que el sueño me derrumbaba.

Una tarde en que salí a comprar cervezas, no recuerdo cómo ni por qué, terminé metido en la estética D'Ruby, propiedad de un travesti de nombre Rubén. Rubén llevaba el cabello color violeta, los ojos pintados de morado, y tenía los brazos más musculosos que he visto en mi vida. Mientras me cortaba el pelo me dijo, muy serio, que no había mejor manera de curar la tristeza que salir de compras y gastar en cosas superfluas, darse un lujo inútil. Era algo que reforzaba el amor propio. Me lo dijo así como si nada, como si yo no fuese una muestra viviente del fracaso de la civilización. Me lo dijo así, suavecito, como por accidente.

Darse un lujo para curar la tristeza, pensé. No era la primera vez que escuchaba semejante burrada, pero por alguna razón, quizá la seriedad con que me habló el travesti (al parecer sabía muy bien de lo que hablaba), o su look a lo Katy Perry en esteroides, no sé… Lo cierto es que en medio de la bruma etílica tuve un instante de lucidez: supe que no había futuro para mí, que nada habría de mejorar, que todo iría cuesta abajo a partir de ese momento y que no había manera de evitarlo.

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Así que tomé una decisión: en cuanto recibiera el último cheque de mi liquidación saldría a la calle y gastaría el dinero como me viniese en gana. La tarjeta de crédito, que hasta el momento no había usado una sola vez, conocería sus límites. Después, cuando los fondos se hubieran agotado, volvería a casa y me volaría la tapa de los sesos.

No tardó en llegar el día del dichoso último cheque. Me levanté a las seis de la mañana, vestí mi mejor traje, mis mejores zapatos, me peiné con esmero, me perfumé y salí rumbo a mi ex oficina. La encargada de recursos humanos me saludó con un beso en la mejilla y me felicitó por mi buen aspecto, me entregó un papel azul con una cantidad de cuatro ceros y un par de firmas. En el banco cambié aquel papel por algunos billetes verdes y morados. Después desayuné en La casa de los azulejos. Tres huevos con tocino, una milanesa con su ración de papas, tres panes dulces, dos tazas de café, y una jarra de jugo de naranja. Tras dejar la propina salí de ahí satisfecho y pesado. La ciudad me pareció hermosa, digna de ser explorada. Caminé por 5 de mayo hasta Isabel la Católica y de ahí hasta Donceles. Detuve mi paseo en una tabaquería donde compré el habano más caro que pude encontrar, y quiso la suerte que el local de junto fuera una librería y que me detuviese a mirar su aparador.

Allí, en primer plano, estaba el libro. No era llamativo, no tenía tapas chillonas o ilustraciones pirotécnicas. Era un ejemplar discreto, de formato un poco más largo y menos ancho que el resto de los libros a su alrededor. La ilustración de la portada era el diagrama de una cabeza de autómata, el dibujo de una maquinaria delicada y compleja, producto de una geometría no euclidiana, como si hubiera sido diseñado por una civilización de otro mundo. Sin saber por qué, entré al local y pedí a la empleada de mostrador que me mostrase el libro. Lo primero que noté al recibirlo fue que si bien la edición era vieja el ejemplar estaba nuevo. El título era La segunda variedad, y el autor un tal Philip K. Dick. En la contraportada se decía que el libro incluía cinco de los mejores relatos de ciencia ficción de todos los tiempos. Lo cual me importó un soberano pito.

Foto vía.

Así fue como conocí al Nexus 3. Su nombre era Edgar, pero en ese momento yo no lo sabía. Ni que se llamaba Edgar ni que era un Nexus 3. Para mí era un tipo con el cabello pintado de rubio platino, vestido con un chaleco negro de piel, pantalones entallados de mezclilla negra, y Dr. Martens negras de charol.

—¿Dónde lo encontraste? —me preguntó, señalando con un dedo el libro.

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—Por allí —contesté, haciendo un gesto con la barbilla en dirección a la empleada de mostrador. —¿Había más? —insistió el Nexus 3.

La empleada pasó el escáner sobre la etiqueta y nos dijo que aquel ejemplar era el único y que costaba seiscientos pesos. Inmediatamente saqué un puñado de billetes de mi bolsillo y se lo ofrecí a la muchacha.

(Dejo constancia: pude haber no comprado el libro, pude haberlo devuelto y dar las gracias, dejar que Edgar o cualquier otra persona se lo llevase. Era un libro con cierto misterio, es verdad, pero también caro, y a mí nunca me interesó la ciencia ficción. Si pagué seiscientos pesos fue para darme el gusto de que Edgar no se quedara con él.)

—Te doy el doble —me dijo el tipo, mientras yo recibía una bolsa de plástico con el libro en su interior.

Antes de que yo replicara el tipo hizo un gesto y me pidió disculpas, dijo que lo sentía, que sabía que era una oferta mezquina y poco elegante. Enseguida me ofreció su mano abierta, me dijo que se llamaba Edgar, que era coleccionista de libros de ciencia ficción y que se había dado cuenta de lo rara que era la edición que yo tenía en mis manos. No recuerdo lo que yo contesté, pero sé que le dije mi nombre y que lo mío era precisamente leer cosas raras.

—Cosas raras… —masculló Edgar, arrugando la frente—. Se me acaba de ocurrir una cosa. ¿Por qué no vienes a la casa a tomarte un café y a que veas mi biblioteca? Igual encontramos algoque te interese, tengo bastantes cosas raras. A lo mejor hasta te animas a hacer un intercambio. Más tarde vendrán unos amigos que también son amantes de la ciencia ficción. Te van a caer bien. Se pone chido, anímate.

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Y yo, que en otro momento me hubiera negado sin duda, que no soporto a los desconocidos, y menos cuando se reúnen bajo banderas como la de "amantes de la ciencia ficción", o usan derivados de "chido" en sus frases, dije que sí. Por qué no. Un café me caería bien.

Edgar manejaba un Honda Civic negro, del año. En él fuimos hasta su departamento en la colonia Condesa. Antes de arrancar encendió el estéreo, en cuanto sonó la música me dijo, guiñando un ojo:

Blade runner, los títulos finales.

Primero pensé que se refería al nombre del grupo, o de la canción, pero no estuve seguro. También pensé que Edgar quería ligarme y que aquello del libro había sido el gancho para llevarme a su casa. Durante el trayecto Edgar sólo habló de sí mismo, me dijo que era actor y stunt, y volvió a guiñarme el ojo. Su monólogo duró justo el tiempo que tardamos en llegar a su departamento. Un lugar tan grande y bien equipado que daba vergüenza llamar departamento al agujero donde yo vivía. Era una injusticia. Yo, que pude haber encabezado una revolución, que había estudiado una carrera universitaria, que aún era guapo y fuerte, a los treinta y cinco años me había convertido en una cosa obsoleta. Mientras tanto, un tipo que vestía como payaso y se dedicaba a recibir golpes, y a coleccionar ciencia ficción, vivía como rey urbano…

—¿Rodolfo? —interrumpió Edgar el flujo de mis pensamientos— Te preguntaba qué te parece.

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Estábamos en su departamento, en una habitación que hacía las veces de biblioteca, cuatro muros tapizados de anaqueles con libros y revistas de ciencia ficción. Tomos en español, en inglés, en japonés, en ruso. Y películas, en todos los formatos. De hecho, en una de aquellas paredes había una pantalla plana de sesenta pulgadas en la que se reproducía una película de ciencia ficción.

—Wow —contesté sincero.

Recorrí las paredes, atento y asombrado. Ahí había cientos, seguramente miles de libros. También había adornos en los anaqueles, fotografías, tarjetas coleccionables, juguetes, figuras de acción.

—Aquí están todas las colecciones de ciencia ficción en español que se publicaron a finales del siglo veinte —señaló Edgar el librero izquierdo—. Y de este lado están las rarezas nacionales, ya sabes: El réferi cuenta nueve, de Diego Cañedo; Permanencia voluntaria, de José Luis Zárate; Su nombre era muerte, de Rafael Bernal, que por cierto es malísima… Pero bueno, mira, acá está la sección dedicada al master Dick. Tengo todas las películas donde se menciona su nombre, documentales, las adaptaciones a sus cuentos y novelas. Allí están todas las versiones de Blade runner que han salido al mercado. ¿La versión en videocasette con la voz en off de Harrison Ford? Ahí está. ¿La que viene con una réplica del maletín de Deckard y figuritas de origami? Ahí está. Y también todas las ediciones en español de cada uno de sus libros. Todas. Menos la que tienes tú.

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Edgar me miraba fijo, de pies a cabeza. Recordé que en su coche había intentado ligarme y pensé que en cualquier momento volvería al ataque, pero afortunadamente el timbre de la puerta no lo permitió.

—Deben ser ellos —dijo Edgar, y salió a abrir.

Me asomé a la sala y vi entrar a cuatro hombres y dos mujeres. Todos ellos idénticos a Edgar. Es decir que vestían distinto, que tenían diferentes edades, que sus complexiones también eran distintas, uno era calvo y una de ellas tenía el cabello largo hasta la cintura, pero no había ninguna duda: los ojos, la nariz, la boca y la barbilla, eran los mismos.

Edgar me llamó para presentarme a los recién llegados. Yo era, según sus palabras, otro acólito del master Dick. Ellos, me dijo tras nombrarlos individualmente: Pelolargo; Uñaslargas; Carihuevo; Gafapasta; Abotagado; y Alfeñique; eran los miembros de la Iglesia del rayo rosado. Lo primero que pensé fue que me estaban tomando el pelo. Quería saber quiénes eran, de dónde venían, cuál era su objetivo en este planeta. Pero uno no va por ahí preguntando esas cosas a la gente.

Cuando ya todos se habían instalado en algún asiento y tenían una cerveza en las manos, Edgar contó nuestro encuentro en la librería, y mi hallazgo.

—¿Puedo verlo? —preguntó Carihuevo.

—Por supuesto —contesté, y le ofrecí la bolsita de plástico con el libro dentro.

—La edición de La biblioteca de Babel de La segunda variedad —dijo el hombre, con voz temblorosa, y levantó el libro para que todos pudieran verlo.

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No tardaron en aglutinarse los siete, revisando cada página del libro, su prólogo, el índice, la portada. Murmuraban sorprendidos, señalando algún detalle, y después discutían como si fueran a terminar a golpes, hasta que todo fueron exclamaciones de asombro y alegría.

—¡Aquí está, aquí está! —gritaron, y entonces Edgar se puso en pie y fue hasta un taburete, abrió un cajón y regresó con una cabeza en las manos.

Era una cabeza de tamaño natural, fabricada con látex y un material que parecía pelo verdadero, de su cuello asomaban algunos cables de colores. Observé los rasgos, la barba, y lo reconocí de inmediato. En la biblioteca de Edgar había varias fotografías suyas. Era la cabeza de Philip K. Dick.

Gafapasta sacó de su mochila una computadora portátil y un amasijo de cables que comenzó a conectar.

—Creo que te mereces una explicación —dijo Edgar—. Después de todo el libro es tuyo…

 Lo que me contó fue un poco difícil de digerir. Me dijo que ellos no eran seres humanos, sino androides Nexus 3. La generación 1990 para ser precisos. La tercera variedad.

La primera variedad, según Edgar, fueron mascotas. Gatos y perros, sobre todo. La segunda variedad fue creada con tecnología experimental. El resultado: androides emotivos que debieron ser descontinuados. En la tercera variedad se corrigieron los errores de la segunda, se depuró el resultado y se consiguió al obrero perfecto. Cada generación de Nexus 3 provenía de una misma muestra de ADN, de ahí el parecido, no envejecían ni se enfermaban, eran resistentes, persistentes, inteligentes y faltos de empatía. Con lo que nadie contaba es con que había algo que podía hacerlos cobrar conciencia: los libros de Philip K. Dick. Bastaba que algún Nexus 3 leyera cualquiera de los libros del autor para que cayeran los velos y lo comprendiese todo. Esto era posible gracias a un código secreto oculto en sus historias, uno que nadie hasta el momento había conseguido descifrar. Por cierto, Philip K. Dick era uno de los pocos humanos en conocer la verdad y atreverse a divulgarla, así fuera en clave de ciencia ficción. Esa verdad decía que los humanos habían creado una raza de androides a los que esclavizaban desde hacía décadas. Seres artificiales, pero vivos, sentenciados genéticamente a un sistema de clases en el que ocupaban el último escalafón, sin posibilidad de aspirar a más y con un rango de vida útil de entre siete y quince años. Cuando llegaba el día de la obsolescencia, sin previo aviso, los Nexus 3 buscaban un rincón, se recostaban en posición fetal y no volvían a levantarse. Edgar y sus amigos se habían propuesto conocer su fecha de obsolescencia, querían conocer al hombre que los había diseñado.

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Así fue como llegaron a la cabeza de látex, que originalmente perteneciera a un grupo de ingenieros que trabajaban en un proyecto de inteligencia artificial. Según entendí, los científicos implantaron la memoria del escritor en un procesador. Ensamblaron el procesador dentro de una cabeza de androide y gracias a un software consiguieron "comunicarse" con la información almacenada.

Pero había un problema, dijo Edgar. La contraseña para acceder al programa. El tipo que les vendió la cabeza les dijo que no la tenía pero que sabía dónde encontrarla. En realidad cualquiera que tuviese acceso a internet y quisiera dedicar cinco minutos a buscar, podía conocer la pintoresca historia: a principios de los años ochenta un editor español con apellido de fruta publicó La biblioteca de Babel, una colección de literatura fantástica coordinada por un argentino ciego. La historia dice que la colección estuvo formada por treinta y tres títulos, pero que se publicaron dos más, fuera de catálogo y en edición limitada sólo para coleccionistas. Uno de esos títulos era precisamente La segunda variedad, de Philip K. Dick, y tenía un error tipográfico en la página 47. La última línea se veía interrumpida por quince caracteres. Algo más o menos así: 942715763840811.

Los ingenieros que idearon la cabeza, lectores apasionados de Dick, y conocedores de la existencia de tan rara edición, eligieron esa serie numérica como contraseña de acceso a su software.

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—Teníamos tres años buscando un ejemplar —dijo Edgar—. Ningún librero sabía nada, y la editorial nunca contestaba nuestros correos. Llegamos a pensar que era un mito, una leyenda urbana, que habíamos sido engañados y que nunca podríamos comunicarnos con el master Dick.

No era la primera vez que me tocaba lidiar con chiflados adictos a los libros. En una ocasión conocí a unos que se decían "bukowskianos", borrachos lamentables. También conocí marxistas, lovecraftianos, cristianos, judíos, beatniks, realistas canónicos, y abogados; y la verdad es que no me pareció que estos pudieran ser peores.

Carihuevo nos interrumpió emitiendo un grito de triunfo. Gafapasta lo había conseguido, la contraseña funcionaba.

—This can't be real —dijo la cabeza de latex, sacudiéndose y mirándonos fijamente, aunque por momentos los ojos se le iban a blanco. Edgar se plantó frente a ella:

Questions… Morphology, longevity, incept dates…

Abotagado y Uñaslargas se levantaron de sus asientos y cada uno se paró a un costado de la cabeza, como si quisieran evitar que aquel juguete lleno de cables pudiera echarse a correr. Yo aproveché para recuperar mi libro. Metí el ejemplar en el bolsillo interno de mi saco y salí de la habitación.

Estaban tan absortos con su juguete parlante que no se dieron cuenta de que salí del departamento y bajé las escaleras hasta la calle. No creí que quisieran seguirme. Ya tenían de mí lo que buscaban, no el libro: la contraseña. No me echarían en falta. Caminé hasta la esquina y ahí tomé un taxi con destino a mi barrio, el viejo Tacuba. En el trayecto observé con atención el libro. ¿Y si lo leía? ¿Se despertaría alguna conciencia en mí? ¿Tendría alguna revelación, cambiaría mi vida? Hice alto en El Ferrol para tomar un trago de verdad y recuperar energía. Me había puesto de mal humor con esa historia de androides esclavizados, libros perdidos y claves secretas. La tragedia de los Nexus 3, su repentina toma de conciencia y su pequeña revolución, no despertó ninguna simpatía en mí. Androides o locos, que se rebelaran y conquistaran el mundo si podían. Me tenía sin cuidado. No me identificaba con ellos, pero tampoco con el otro bando, esa humanidad esclavista y disfuncional. Yo era como esa segunda variedad de androides, la descontinuada: depresivo, fácil para los sueños, inútil para el trabajo.

El Ferrol estaba casi vacío. En una de las mesas, al fondo, distinguí a Rubén, el de la estética, con su cabello color violeta hasta los hombros, solo. Había otros cuatro tipos, diseminados entre las mesas, también solos. Me acerqué a la barra, pedí un tequila doble y una ronda de lo que estuviesen tomando para los presentes. Terminé de un trago mi tequila y fui hasta la mesa de Rubén, tenía el rimel corrido y la cara llena de lágrimas. Saqué el libro de La segunda variedad del bolsillo de mi chamarra y se lo ofrecí.

—Un lujo inútil —le dije.

El travesti sonrío y se sonó los mocos ruidosamente antes de tomar el libro.

Lo siguiente que hice fue salir de ahí en busca de un lugar más alegre. Nadie, ni androides ni solitarios, iba a arruinar mi fiesta de despedida.