El balón descansa tras la patada final mientras los gritos de los victoriosos se ahogan en alcohol en la última FanFest. Y aunque aún retumbe una que otra vuvuzela, la fiesta para los Brasileños terminó hace tiempo, mucho antes de la paliza del 1-7 que le propinó Alemania a la Canarinha.
Que Brasil es un país enfermo por el fútbol es ya un lugar común, pero que su gobierno haya invertido más de 13.000 millones de dólares en las vacaciones de Joseph S. Blatter es para sentarse a llorar. La construcción de los mega estadios es apenas un cuarto de los costos totales que invirtió Brasil para adecuar la infraestructura de sus ciudades y poder recibir a la gran fiesta mundialista. Los gastos terminaron siendo mucho más altos que los presupuestos iniciales y no es nada alentador saber que por lo menos 4 de los 12 estadios quedarán en el abandono. Algunos apuntan a que si se suman las cifras de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, quedaría faltando para alcanzar a las de Brasil 2014.
Así que tienen razones de sobra los brasileños para estar descontentos. Han padecido los balonazos del mundial más caro de la historia, de un gobierno corrupto y de su obvia respuesta represiva. Y los venían padeciendo desde que Joseph S. Battler anunció a Brasil como sede de la Copa del Mundo.
VICE News viajó a Brasil para realizar el documental Contra la Copa: El otro lado del Mundial en Brasil. Una visita a las favelas de Río donde el gobierno ha implementado duras medidas de "pacificación", la represión ejercida contra las manifestaciones contra la Copa del Mundo que han tenido lugar en las calles de varias ciudades desde junio de 2013, la vigilancia constante a la población civil desde los centros de mando de la policía y los militares. Y ante todo, el cambio en la economía que provocó la FIFA sobre el país, al aislar la riqueza hacia unos cuantos seleccionados mientras alejaba a muchos de los residentes más pobres ante la Copa del Mundo.
