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Salud

¿Deberían los gimnasios ayudar a personas con trastornos alimenticios?

"Quizá la medida más segura no parezca la más correcta moralmente".

por Michelle Malia
20 Marzo 2018, 5:15pm

MaHoo Studio/Stocksy

Cuando era pequeño, Josh Cox encontró la forma de mantener en secreto su bulimia: vomitaba en silencio en una esquina de su cuarto, en bolsas de plástico que a la mañana siguiente tiraba a la basura, de camino al colegio. De esa forma evitaba levantar sospechas por sus largos encierros en el baño. “Habrían pensado que estaba vomitando o que me masturbaba demasiado, y ninguna de las dos cosas era muy conveniente para un adolescente”, explica.

El trastorno alimenticio de Cox lo siguió hasta el gimnasio, donde se llevaba al límite del agotamiento, según nos cuenta. Sin embargo, también allí conseguía ocultar su problema. Se inscribió en distintos centros para poder alternar entre ellos el mismo día, “no solo por comodidad, sino para repartir la carga de trabajo y que la gente no pensara que estaba haciendo demasiado”, recuerda Cox, que hoy tiene 31 años. “Creía que nadie sabía lo que pasaba en mi vida, por lo que prefería evitar la conversación que correr el riesgo de tenerla”.

Hoy, Cox es entrenador titulado en un centro de la cadena Anytime Fitness en Santa Rosa, California, donde trabaja desde 2008. Habiendo vivido trastornos alimenticios, depresión, obesidad y tendencia a autolesionarse, Cox es capaz de entender mejor por lo que están pasando los clientes que acuden a él para confesarle sus problemas con la alimentación o el ejercicio.

“He descubierto que el mejor enfoque es ser franco con lo que sientes y con lo que has vivido”, afirma. “Suele haber siempre un común denominador a todos estos trastornos: la sensación de pérdida del control y la necesidad de recuperarlo”.

Cox lleva diez años trabajando en el mismo centro y ha sido honesto con sus problemas anteriores desde el primer día, por lo que la mayoría de los clientes ya conoce su historia antes incluso de que él mencione algo. En cualquier caso, siempre que llega un cliente nuevo que muestra alguna vulnerabilidad, se asegura de darle a conocer su pasado para que sepa que lo que quiera contarle no caerá en saco roto.

Los empleados de los gimnasios están en una posición ideal para detectar síntomas alarmantes, como clientes que entrenan demasiado duro y no se alimentan lo suficiente. Sin embargo, por lo general no cuentan con unas directrices claras sobre cómo actuar cuando sospechan que una persona pueda tener un trastorno alimenticio o se esté excediendo con el ejercicio, lo que les impide ayudar a los clientes de una forma que sea moral, social y jurídicamente correcta. En ciertos países como Estados Unidos, las leyes protegen explícitamente a estas personas, por lo que negarles el acceso a un gimnasio o club debido a su trastorno constituiría una ilegalidad.

“Esto pone a los centros en una situación en la que sienten que la actuación legal más segura no es moralmente correcta”, explica Shannon Vogler, representante de la International Health, Racquet, & Sports Association (IHRSA), sindicato que representa a los gimnasios en Estados Unidos. Esto significa que los gimnasios se ven obligados a sopesar la salud de sus clientes y el riesgo a ser demandados por discriminación. Generalmente, los trastornos alimenticios van estrechamente ligados al ejercicio compulsivo, y también es habitual que quienes los sufren, como Cox, intenten ocultar su comportamiento a los demás.


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Propietarios y responsables de gimnasios le han contado a Vogler casos de clientes que acudían al gimnasio varias veces al día disfrazándose con una peluca para que no los reconocieran. Una mujer incluso llegó a creer que le habían vetado la entrada al centro cerrando la puerta con llave, cuando realmente lo que ocurría era que estaba tan débil que no tenía ni fuerza para abrirla.

Mientras que al parecer los meseros tienen la situación más fácil para cortar el suministro de alcohol cuando un comensal se pasó de tragos, intervenir ante un caso de trastorno alimenticio en un gimnasio es meterse en terreno peligroso, afirma Vogler. Muchas grandes cadenas de gimnasios no tienen ninguna política al respecto.

En Crunch Fitness, por ejemplo, su política es la de “no juzgar a nadie”, con la idea de fomentar la autoestima y el positivismo corporal, según palabras de su directora de relaciones públicas. “En nuestros gimnasios no hay profesionales médicos, sino de fitness”, añade. “Nosotros no tratamos trastornos alimenticios”.

En Life Time Fitness deciden qué hacer en función de cada caso concreto. “Nos esforzamos por ayudar a cada persona a desarrollar y poner en práctica el programa de ejercicios y nutrición que les permita tener un estado de salud óptimo”, nos cuenta en un mail Riley McLaughlin, de relaciones públicas de esta cadena de centros. “Nuestros planes están muy personalizados y son, por tanto, confidenciales”.

Anytime Fitness es una de las franquicias más potentes del mundo, con cerca de 4.000 centros. Si los empleados muestran preocupación por la salud de alguno de los usuarios, la empresa recomienda que en primer lugar informe de ello al propietario o encargado de la franquicia, según Mark Daly, director de medios de la marca en Estados Unidos. Antes de tomar cualquier medida, esa persona debería “consultar al abogado de la franquicia sobre la legislación local y nacional, y con un profesional médico sobre la mejor forma de proceder en esos casos”, añade.

Aunque suene tremendamente clínico, Cox asegura que el proceso resulta mucho más orgánico. “Durante la inscripción de nuevos miembros, les pedimos que respondan a una serie de preguntas y rellenen formularios en los que pueden poner de manifiesto cualquier problema de salud que tengan”, explica.


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“En Anytime Fitness no tenemos una política que cubra todos los casos de clientes sospechosos de padecer trastornos alimenticios o que se ejerciten en exceso, pero esto no se debe tanto a una falta de consideración o al desconocimiento, sino a la dificultad que representa valorar cada caso”. De cualquier forma, esperan que sean los clientes quienes den el primer paso de confesar su problema.

Si tanto empleado como cliente se sienten cómodos, lo mejor sería hablar del tema abiertamente. Catrina Kitonyi, entrenadora titulada de Albany, Nueva York, explica que la mayoría de sus clientes con trastornos alimenticios son sinceros con su problema desde el primer momento en que se sientan a hablar sobre sus objetivos en el gimnasio. “Siempre dejo que sea el cliente el que venga a decírmelo, incluso en los casos en los que ya lo sospechaba”, explica.

Cuando hay clientes que le preocupan y que todavía no se han sincerado, Kitonyi les recomienda descanso y moderación tanto en la alimentación como en el ejercicio. “Siempre intento soltar estos consejos y mantener una actitud muy positiva”, señala. Al igual que Cox, Kitonyi también lidió con un trastorno alimenticio, pasado que comparte con sus clientes y del que incluso habla en redes sociales.

En cualquier caso, es muy recomendable no hacer presuposiciones. A veces, la delgadez extrema de una persona puede deberse a factores totalmente desvinculados de los trastornos alimentarios, y otras veces las personas que los sufren pueden no mostrar ningún síntoma físico. “Había épocas en las que tenía un aspecto horrible, pero muchas veces no aparentaba tener ningún problema en absoluto”, recuerda Cox, que se clavaba esferos en la parte interior del muslo hasta que sangraba, en lugar de hacerlo en zonas más visibles del cuerpo, como en las muñecas.

“No siempre se puede determinar que una persona tiene un trastorno de la alimentación por su aspecto”, apunta Lauren Smolar, directora de programas de la National Eating Disorders Association (NEDA). “Los entrenadores tienen la posibilidad de detectar otros síntomas que pueden ser de gran importancia”.


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Es necesario prestar mucha atención a clientes que siempre se quejan de calambres, mareos o debilidad muscular, o que insisten en llevar a cabo una rutina de ejercicios muy estricta pese a estar agotados o que parecen obsesionados con quemar las calorías que han ingerido previamente.

Muchas veces, las personas con trastornos alimenticios esconden su problema a amigos y familiares, que a su vez, pese a todos los indicios, a menudo entran en estado de negación. Por esa razón, el papel de los entrenadores es fundamental para ayudar a estas personas a recibir ayuda, en caso necesario.

Si los entrenadores deciden abordar el problema, deberían hablar con la persona en cuestión en privado y solamente tratar comportamientos sobre los que darían consejo normalmente como profesionales (por ejemplo: “He notado que te lesionas a menudo; ¿estás descansando y comiendo adecuadamente para rendir mejor?”).

Es importante evitar comentarios sobre el peso del cliente, ya que esto podría ser perjudicial, según Smolar. “Básicamente se trata de inculcar conductas saludables, animar a los clientes a que se alimenten bien y recomendarles que no se sobreesfuercen y lleven un estilo de vida sano y moderado”, explica.

Desde los gimnasios también tienen la opción de no intervenir en absoluto —y ayudar a los clientes que no entrenan con monitor—, pero fomentar una cultura que muestre a los clientes que recibirán apoyo si deciden ser sinceros con su problema. Según Smolar, una forma de hacerlo es incluyendo información sobre trastornos alimentarios en sus folletos y formularios de inscripción, fomentando un equilibrio saludable entre la alimentación y el ejercicio y poniendo a disposición de los clientes información sobre tratamientos.

“Todos tenemos circunstancias en nuestras vidas que alteran nuestro pensamiento, haciendo que nos hagamos mucho daño a nosotros mismos”, explica Cox. “La idea es hacer ver a alguien que puede confiarte sus problemas cuando se sienta preparado, en lugar de forzar el tema”.

Este artículo apareció originalmente en VICE ES.