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La fiesta de champeta bogotana que todo mortal debería meterse

La experiencia la viví a punta de ​sabor​ ​champetúo,​ ​ron​ ​capitalino​ ​e inglés​ ​chapoteado.

por Francisco Javier La Rotta
07 Diciembre 2017, 11:02pm

Foto: Camilo Figueroa | VICE Colombia

Todas las fotos por Camilo Figueroa

Hay que decirlo de frente: el jueves es el mejor día para irse de fiesta: los lugares no están tan llenos, no suele haber cover y la gente trae la misma energía del fin de semana. Por eso, cuando mi amiga Andrea me escribió por WhatsApp para que ir a bailar el ‘juernes’ de la semana pasada, le dije: “Firme, camine”. Ni siquiera le pregunté con quiénes o a dónde.

Me citó en El Picó. No lo tenía en mi radar nocturno, pero ya solo el nombre prometía.

—Uy, ¿champetica a lo que marca?—, pregunté emocionado.

—Ajá, caiga a las ocho, o si no no lo puedo dejar entrar.

Eran las 6:30 de la tarde, yo seguía en la oficina y había olvidado que iba a tomarme algo con Felipe, un colega de VICE a quien, por suerte, Andrea conocía.

—Oiga, ¿puedo caer con Felipe, el del trabajo?—, le pregunté esperando que dijera que no.

—Mmm, bueno, hágale, pero no le diga a nadie más.

Cogí mi maleta, guardé el computador y le informé al man el cambio de planes sin darle la opción de opinar. Salimos, paramos en una tienda a comprar media de ron, dejamos las maletas en su casa, nos comimos unos sánduches desabridos de rapidez y arrancamos sin saber que la levantada al día siguiente iba a ser tremenda odisea.

—¿Cómo están de inglés?—, nos preguntó Andrea, riéndose mientras subíamos las escaleras para entrar al sitio.

—Ush, no me diga que está con extranjeros.

—Sí, están conociendo Bogotá y se están quedando en mi casa.

Felipe y yo nos miramos con cara de mamera y resignación.

—Tranquilos que son bien queridos y hay trago para que aflojen lengua.

Cuando me disponía a ahondar un poco más en lo que se nos venía pierna arriba, una mujer alta y guapa nos ofreció un vaso de ron. “Bienvenidos”, dijo con una sonrisa sugestiva. Cada uno cogió su respectivo chorro, miramos a Andrea desubicados, y ella nos gritó: “Es una fiesta de Ron SantaFe. No se pueden quejar”.

Brindamos, tomamos un trago largo y fuimos hacia la mesa donde estaban sus amigos extranjeros, mientras nos preparábamos mentalmente para chapotear inglés y tirar pasos de champeta.

Nos presentó en voz alta y, a juzgar por la cantidad de botellas de ron que había en la mesa, llevaban tomando al menos una hora. Eran unas ocho personas, entre las cuales había un irlandés, una alemana y dos gringos. El resto eran colombianos.

—¿Esta gente ha bailado champeta?, le pregunté a Andrea con un tono irónico.

—No, nunca habían escuchado esta vaina.

“¿Qué putas?”

Era hora de tomarse unos tragos para ir engrasando el cuerpo.

Mojito ventiado, ron puro y ron en las rocas. Carlos, el duro de la agencia encargado de organizar la fiesta era amigo, ¿o pretendiente?, de Andrea y nos estaba mimando el hígado con trago y hasta uno que otro pasabocas.

Felipe, como buen agente comercial que es, se sentó un buen rato a charlar con Carlos y me explicó que la fiesta era para inaugurar la campaña decembrina del ron capitalino, con la cual querían premiar a los clientes con códigos redimibles ubicados en una especie de raspa y gana al respaldo de cada producto.

—Yo quiero participar, le dije durísimo a Felipe, con el fin de que Carlos también me escuchara.

—Hágale, métase a la página de Ron SantaFe y ya, es bien breve.

Ya iban a ser las diez y todos en la mesa estaban ligeramente prendidos y aferrados al licor.

Cuando pensaba que no iba a haber más sorpresas durante la noche, se subió a la pequeña y colorida tarima de El Picó una mujer de pelo oscuro y crespo, vestida con una pinta perfecta para salir a trotar por el parque del barrio.

“¿Qué putas?”, pensamos, cada uno en su respectivo idioma. “Bueno, vengan todos para acá. ¡Vamos a bailar!”, dijo emocionada, dándonos a entender que era una profesora de baile.

Por un momento, pensé que todo se había ido a la mierda. Nunca me han gustado las clases de rumba y menos en una fiesta. Pero la mayoría de las personas en el sitio le copiaron a la instructora y se pararon a seguirle los pasos.

Mi cara de culo se disipó en el momento en que vi a tanta gente sumergida en la pista de baile, sumado al placer de poder ver extranjeros desvirgando cadera al son de la champeta.

“Me da pena bailar, soy muy mala”, le dijo la alemana con un inglés marcado a Felipe, a quien ya se le notaban los tragos tanto como a mí, cuando la obligó a pararse.

Nos levantamos instintivamente y nos metimos en el gentío. Hacía calor y el movimiento de pelvis no ayudaba. El sudor hace parte de este tipo de dinámicas sociales, y por más que a los rolos nos cueste entender esto, en esta farra a nadie parecía importarle de a mucho. Algunos le daban la talla a la profesora, en especial unas mujeres que estaban en la primera fila. Los demás, sobre todo el irlandés, hacíamos nuestra propia versión del paso que se postraba frente a nosotros, cagándonos de la risa y creyéndonos el cuentico de que lo que importa es la intención.

Terminó la clase, y el cansancio era evidente.

Fuimos a la mesa y me puse a charlar con la alemana y el irlandés. Les hice la pregunta clásica para romper el hielo con un turista: “¿Qué andan haciendo por acá?”. “Los dos nos hicimos amigos en la universidad y siempre hablábamos de que queríamos conocer América del Sur”, me comentó Swenja, nombre que me tocó googlear para escribirlo bien.

Llevaban viajando un mes largo y habían estado en Perú, Ecuador, el Amazonas brasileño y su última parada era esta tierrita. Planeaban conocer el próximo año Argentina, Chile y Uruguay.

—¿Y ya conocían la champeta, la música que ha estado sonando toda la noche?

—No, nunca la habíamos escuchado. Es muy difícil bailarla, pero nos gusta.

—¿Tú qué haces?, me preguntó Swenja.

—Escribo en VICE —le contesté.

—Cool—, dijo el caucásico de Braden, quitándole la palabra a su amiga —¿Y sabes de dónde viene esta música?

Les expliqué por encima lo que sé: de cómo el nombre viene del término champetúo, que se usaba a principios del siglo pasado para referirse peyorativamente a las personas afrodescendientes y de estratos bajos en Cartagena; de cómo en los años ochenta se empezó a producir lo que se llamaba la "terapia colombiana" influenciada fuertemente por la música que llegaba desde África; de cómo los picós eran entonces el medio de difusión de los nuevos sonidos caribeños; de cómo los picoteros se peleaban por tener los mejores discos provenientes desde África y raspaban los títulos de los vinilos para que ningún otro DJ supiera cuál era la canción; y de cómo el género, al igual que el tango en Argentina, fue perdiendo la connotación clasista de "música del vulgo" para ser escuchado por todo el mundo.

—Ah, ¿el picó es como un soundsystem?— preguntó Swenja.

—Exacto.

Saqué mi celular para buscar una foto de ‘El Rojo: La cobra de Barranquilla’, uno de los sonideros costeños más conocidos y populares del país.

Sin darnos cuenta ya nos habíamos tomado unas cinco botellas de SantaFe y quién sabe cuántos mojitos. “Ojalá todas las fiestas fueran así”, pensé, cuando caí en cuenta de lo bien que la estaba pasando al gratín.

Eran por ahí las doce cuando se subieron cuatro tipos a la tarima. Tres que se veían extremadamente rolos y uno que, menos mal, era de la costa. Apenas se subieron, no se hicieron esperar: arrancaron a tocar e inmediatamente me sentí en Bazurto, el emblemático rumbeadero de Cartagena.

El sonido poteco de la batería, el bajo retumbando en la cadera y la guitarra aguda y rápida característica de la champeta tuvieron un efecto hipnótico en todos. Aquellos que estaban preocupados por el trabajo del viernes o los que estaban mamados por la jornada laboral o los que ya estaban jetos y querían ser responsables e irse, todos se jodieron: les tocó perrear con la banda residente del lugar.

Y así fue.

Un buen trago de roncito

La pista de baile se tetió nuevamente y se notaba cómo la gente estaba intentando replicar los pasos aprendidos un par de horas antes. Desafié a Braden a que sacara a bailar a la instructora, y no lo dudó: fue directo hacia ella. Se rieron y casi ni hablaron porque él estaba concentrado en seguir el ritmo y no hacer el oso. Y aunque no le fue muy bien, lo hizo con entereza y sin pena. Cuando volvió, lo felicitamos y le dimos un buen trago de roncito.

Todos farreamos con todos y el calor estaba tan pesado que tocaba estar tomando constantemente para que la borrachera no se difuminara con cada gota de sudor que corría por la frente.

—Levanten las manos las mujeres—, dijo el cantante.

—¿Y por qué a los manes no nos piden que la levantemos?—, nos dijo Felipe, a manera de burla.

—Porque todos debemos tener un mapa ni el hijueputa—, le respondí.

Se rieron, asintieron y seguimos bailando.

Temas vieja escuela se entremezclaban con unos más actuales e incluso hicieron un cover de ‘Could You Be Loved’, de Bob Marley. Tocaron como hora y media: el tiempo suficiente para dejar a todo el mundo sin ganas de fiesta por una semana. Ya eran las dos de la mañana y la rasca seguía viva pese a todo el movimiento previo. Los pies no daban más. Nos tomamos el último cuncho de ron que había, nos miramos entre todos y supimos que era hora de irse de ahí.

Cuando nos estábamos yendo, se acercó Carlos, el pretendiente y/o amigo de Andrea que nos tenía a todos vacunados contra el aburrimiento, y nos invitó a seguirla en su casa. “Vivo re cerca”. Como raro, copiamos. El man se llevó, a escondidas, dos botellas de SantaFe y cuando íbamos por la mitad de la segunda, miré el reloj y eran las 5:15 de la mañana. Felipe y la pareja de gringos con los que casi no hablé se habían quedado foquiados. Era hora de irse.

“Oiga, Carlos, muchas gracias por todo”, le dije. “¡Qué fiestica!”. “Cuando quiera. Cuídese”. Levanté a Felipe a las patadas, le pedí un taxi, pedí el mío y nos abrimos en un estado que ya oscilaba entre el sueño y una tenue borrachera.

L levantada del viernes no estuvo nada fácil. Estaba mamado pero no me importó: el ron capitalino fue anfitrión de una de las mejores fiestas del año, la cual me dejó tan satisfecho que no tuve la necesidad de volver a salir de mi casa en todo el fin de semana.

*Este artículo es patrocinado por Ron SantaFe.

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