Cultura

Cómo es vivir sin alcohol, sin drogas y sin sexo

Yo no sé si es que los tipos piensan que, por no tomar, ya no me interesa o no me hace falta el contacto físico.

por María Alejandra Roa
02 Octubre 2017, 3:37am

Montaje: zafaraz | VICE Colombia

Lo primero que tengo que decir es que es duro, duro, durísimo estar sobria. Yo llevo tres años. No fue voluntario, obviamente, porque a los 23 años es cuando estás en plena flor de la borrachera. Has aprendido a pilotear el guayabo que se ha convertido en tu amigo más íntimo. Sabes que efecto tiene cada trago en tu sistema. En mi caso, mi favorito era el tequila. Me sentía chistosa, eufórica y caliente cuando lo tomaba. El guaro a veces me ponía agresiva y caprichosa. El ron era vomitada fija. Así que tomar, después de llevar once años de experiencia —empecé a los doce—, se había convertido en una actividad sumamente agradable o desagradable dependiendo de mi elección, así como en una herramienta de interacción humana.

El guaro y el tequila facilitaron el inicio de mis relaciones de pareja más significativas. Con Carlos, mi último gran amor, nos bajamos una de tequila durante una reunión de integración. Nos fuimos a rumbear y quedó flechado con el hecho de que yo usara gafas, tuviera carita de yo no fui, pero moviera las caderas como una stripper. ¿Quién fue el responsable de ese primer encuentro? El tequila.


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Y agradezco a estos tragos porque soy una vieja tímida de primerazo, con cara de ñoña y, sin ellos, estas situaciones no hubiesen fluido de manera tan borrosa.

Retomando la historia, a los 23 años me diagnosticaron colitis ulcerativa. Es una enfermedad de mierda, literalmente. Después de llegar de un viaje como voluntaria en el Magdalena Medio, me enfermé. Sentía todo el cuerpo adolorido, quería quitarme la piel, los músculos y los huesos. No podía pararme, sentarme o acostarme. En urgencias me hicieron un examen de sangre que determinó que tenía los glóbulos blancos en 22.000, cuando los valores normales están entre 4.800 a 10.800. Esto indicaba una posible infección masiva. Me dejaron hospitalizada cinco días, pero salí con diagnóstico de gastroenteritis. En total fui tres veces a urgencias en un periodo de dos meses, hasta que un buen hombre pensó que era imposible que después de tres visitas yo siguiera con bichos en la panza, y me hizo una colonoscopia.

"Colitis ulcerativa" fue su diagnóstico final, es autoinmune y para siempre. Ahora tiene que tomar ocho pastillas diarias el resto de sus días. No puede comer grasas, granos, algunas frutas o verduras. No puede consumir alcohol. No puede estresarse, porque o sino —yo ya sabía las consecuencias—: diarrea incontrolable por días (por lo menos veinte veces al día), sangre y dolor.

Salir a comer con mis amigos era una tortura. Ver pasar esa hamburguesita y esas papitas, llenas de salsas, mientras yo seguía mirando la carta una y otra vez, a ver si me topaba con un caldito o alguna comida de esas bien insípidas para los enfermos.

—Señorita, ¿le podrían quitar todas las salsas al pollo? Ah, y poquita sal.
—No niña, porque eso viene revuelto. Si acaso intenta rasparle la salsa usted con servilletas.

A mis amigas también les dio duro las primeras veces que salimos. Era como si no supieran cómo hablarme o qué hacer conmigo. Los primeros meses y aun hoy después de tres años, ocasionalmente me ofrecen un shot o una cerveza. Y siempre está alguno que, aunque siempre rechace sus ofrecimientos, sigue insistiendo.

Yo no sé si es que los tipos piensan que, por no tomar, ya no me interesa o no me hace falta el contacto físico.

Salir de rumba era difícil, aunque hace tres años la vaina no era tan jodida porque tenía mi noviecito de casi dos metros, Carlos, el que me conquisté a punta de tequila, que me lidiaba las pataletas y no me hacía sentir tan fea. Así que tenía casi asegurada la tirada. Para ese entonces yo ya estaba como de cuarenta y cuatro kilos, con tres pelitos en la cabeza, porque, claro, como no absorbía ningún nutriente, pues todo se empezó a caer. Al lado de Carlos parecía una niñita de ocho años. Un poco pedófila la imagen.

Aunque no era una enfermedad terminal yo me sentía destruida. Infantil. Inepta. Castigada. Estaba echa un manojo de nervios. Me costaba tomar cualquier tipo de decisión. Mis papás se volvieron muy protectores. Para ellos yo era la niña de ocho años que mi cuerpo reflejaba. "No salga hasta tarde", "Acuérdese de no tomar", "¿Ya se tomó los medicamentos?". Casi me retiro de la universidad en último semestre por las constantes incapacidades. ¿Se acuerda que no me podía estresar? Y una haciendo la tesis.


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Con este panorama, me gradué. Para superar mis miedos, felicitarme y darle un aire a mi relación: me fui para Cuba con Carlos y mis veinte cajas de pastillas y antibióticos. Todo iba muy bien hasta que un día decidí probar una pizza. Toda esa noche en el baño. Imagínese ese paraíso, con su novio, y usted en la inmunda. A la mañana siguiente, para el hospital. Apareció el miedo. "Me van a hospitalizar, bla, bla, bla". Me metieron el suero y treinta minutos después decidí irme: "¡Ni mierda! Yo no me quedo en una cama". Así que apreté bien y me monté en un bus durante seis horas para llegar a otra ciudad. Todo el paseo tomé caldos y compotas saladas. Fui a todos los baños que me encontraba. Me metí al mar, monté caballo, bailé. Esos días superé el miedo a enfermar y a cagar en baños públicos, pero mi relación no aguantó la asoleadita y se terminó.

Así que me quedé soltera llegando de Cuba. Y ahí sí la ausencia de alcohol se hizo sentir. Una tusa sobria es muy berraca. Usted siente todo.

Usted no hace la clásica de irse a emborrachar y a levantar lo que sea porque "un clavo saca a otro clavo", o "las penas se ahogan en alcohol". Usted se queda en su casa y llora. Y si encima empieza una práctica de yoga y meditación, empieza a ver clarito el desastre que hay en su mente, pero eventualmente se empieza a sentir mejor.

Usted no puede hacer la clásica por dos razones: La primera interacción que tiene con gente nueva en una fiesta es a través del trago. Normalmente, le ofrecen alcohol, brindan y ahí comienza la charla. Y a medida que pasa la noche, usted se siente eufórico y a la mañana siguiente sabe que va a compartir el dolor del guayabo con los demás y los osos que durante la noche no le importaron. Se le van a soltar esas caderas y los pies se van a volver ágiles. Las miradas pícaras le saldrán naturales y como por inercia las bocas se encontrarán para ese beso anhelado. En mi caso, la interacción sobria va así:

—¿Qué quieres tomar?
—Nada, gracias.

O bien la persona que me ofrece trago pierde interés porque piensa que soy una vieja aburrida o antipática. O bien la persona pregunta:

—¿Y por qué? (Muchos me han recomendado que mienta en esta pregunta, que reciba el trago, lo bote o lo regale.)
—Porque tengo una enfermedad y no puedo tomar nunca más.

Esa frase es definitiva. Marca el fracaso de toda interacción humana, incluida la posibilidad de tener sexo. Yo no sé si es que los tipos piensan que, por no tomar, ya no me interesa o no me hace falta el contacto físico. Algunos amigos creen que como el tipo está tomando, se siente intimidado por mi sobriedad. Que tal diga una estupidez. Mi teoría es que quedo excluida de esa complicidad de la que hablaba antes, los osos y el guayabo. En resumen, nos quedamos, tanto él como yo, sin ese mediador que normalmente permite que todo fluya más. Además, tener que explicar mi enfermedad, en caso de que me toque uno muy insistente, le quita toda la sensualidad al posible coqueteo.

Una tusa sobria es muy verraca. Usted siente todo.

Ahora, no es sólo la ausencia de alcohol como facilitador y poción de valentía. La sobriedad lo cambia a usted. Yo cambié. Yo, estando toda vuelta nada, entusada, pues me refugié en lo otro que conocía y me hacía sentir bien: el yoga. Y me metí bien metida. Hice cursos y me volví profesora y vegetariana. Ahora no solo era la sobria sino la vegetariana, en esta cultura de asados, fritangas y lechonas.

Teniendo una visión más despejada sobre mí misma y sobre el mundo, me empecé a dar cuenta de todos los cuenticos que los tipejos le dicen a una solo para tener sexo. Y me parecieron aburridos, suelen ser los mismos. Otros hombres me empezaron a parecer simplemente desagradables. Cuando están borrachos hablan idioteces, muy duro y muy cerca porque no miden el espacio personal. Quieren tocarle todo a una, a pesar de haberles dicho que no y como una no está con la nubosidad del tequila, esa interacción se siente con mayor claridad como un acoso.

Como seguía con mi timidez y mi torpeza, y ahora le sumaba mi visión full HD de la sobriedad, pues encontrar pareja (novio, machuque, amante, etc.) se convirtió en un desafío.

Lo último que tengo para decir es que estar sobria es un acto casi revolucionario, porque no tomar a los veintes es una anormalidad e incluso una ofensa (raro, ¿no?). Es un reto, pero ahora cada vez que salgo disfruto del baile tonto y del sensual. Aprecio todas las carcajadas genuinas que me sacan. Cada día encajo más en este cuerpo casi de adulta mayor que Dios me dio. Disfruto el silencio, la buena comida, la charla sincera. Aunque a veces miro con ligera envidia cuando brindan, no hay más guayabos físicos ni morales. Tengo más energía, mejor salud y más plata. Soy más directa. Me gusta un tipo y me toca decirle de una, porque o sino el otro no se anima. Y aunque esa estrategia no me ha funcionado muy bien, cuando funciona me siento de maravilla.

Desde la sobriedad,
Con amor