Una conversación con 'el periodista' de El Bronx

Por más de dos años, El Fumas documentó a través de sus redes sociales la vida al interior de la olla más grande del país.

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26 Mayo 2017, 2:01am

Imagen vía @ELSAMBER

Todas las fotos: Cortesía de @el.samber

El pasado 28 de mayo El Fumas prendió su televisor y se encontró con una noticia imposible: esa madrugada, 2.500 hombres del Ejército y la Policía habían desmantelado El Bronx, un expendio de drogas que durante buena parte de los últimos tres años había sido su oficina.

Mientras autoridades, chirrretes y soldados de la olla se enfrentaban en una batalla campal transmitida por televisión, El Fumas estaba sentado sobre su cama en un apartamento del barrio Ciudad Latina de Soacha pensando en qué publicaría esa noche en las diferentes cuentas de @El SAMBER, una especie de alter ego que El Fumas había creado para contestar preguntas de la ciudadanía acerca de la olla más grande del país a través de redes sociales.

La intervención de esa mañana en El Bronx no solo acabó con el expendio de drogas más grande de Colombia, sino que también puso punto final a un experimento social como pocos en el mundo contemporáneo: en algún punto incierto de principios de década las mafias que controlaban esta plaza de drogas en el centro de la capital pusieron barreras metálicas en las únicas tres entradas por las que se puede acceder de la carrera 15 bis entre calles 10 y 9 y decretaron que, en adelante, en estas tres cuadras estaban vedadas para toda autoridad.

Durante los cinco años siguientes una pequeña colonia de anarquía patrocinada por el narcotráfico creció, literalmente, en el patio trasero de la dirección de reclultamiento del Ejército Nacional. En El Bronx había hospedajes, varias docenas de puestos de venta de droga, rockolas, bares, una docena de antenas de DirecTV, prostitutas, varios restaurantes para presupuestos distintos, un turista holandés secuestrado, al menos una fosa común y, según me dice un amigo que acostumbraba frecuentarlo, un tipo sin piernas que se paseaba calle arriba y calle abajo sobre una tabla de skate y con un casco de moto en la cabeza.

Para principios de 2016, la Alcaldía de Bogotá calculó que unas 1.000 personas, muchos de ellos menores de edad, acudían a diario a El Bronx en busca de alcohol, drogas y diversión, otras 2.000 residían en lugar. Y por iniciativa propia, El Fumas terminó convertido en el notario y vocero oficial del proceso.

Entre 2013 y principios 2016, un adolescente conocido como El Fumas manejó en simultáneo su carrera como cajero en varios expendios de drogas y varias cuentas en Facebook, Instagram, Twitter YouTube y Ask FM, que se convirtieron en el único canal de comunicación entre el expendio de drogas más grande del país y el mundo exterior.

Quizá la más influyente de sus cuentas fue la de Ask.FM. Un espacio en el que @El Samber contestó más de dos mil preguntas que otros adolescentes tenían acerca de los precios, el código de comportamiento y los riesgos a los que se exponían al interior del Bronx.

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En el proceso, retrató la vida en el Bronx de una manera rigurosa, amoral y pedagógica. Los cientos de párrafos que El Fumas le dedicó a sus pares para enseñarles cómo portarse, a dónde ir y a qué atenerse a la hora de visitar la olla de ollas fueron un valioso documento de nuestros tiempos.

Luego, en junio del año pasado, pocos días después de que una colega publicara en esta página un artículo acerca de las preguntas que contestó @EL SAMBER, Ask FM consideró que la página iba en contra de las normas de la plataforma y mandó todo —incluyendo la tabla de precios de las sustancias más populares, los consejos para evitar problemas con los Sayas, en especial con El Exodia, "que mataba casi que por deporte", las playlists de las distintas rockolas y hasta el consejo de oro: "usted tiene es que estarse tranquilo y no montar la suya"— al cementerio de las páginas que violaron los términos y condiciones.

En septiembre el perfil de Facebook que se encontraba asociado a las cuentas de @El Samber en Instagram y Youtube contestó uno de mis mensajes y al domingo siguiente me encontré sentado frente a la iglesia del Parque Principal de Soacha esperando a El Fumas, como se presentó, y como pide ser llamado el adolescente detrás de las redes sociales de El Bronx.

Las películas y los videos virales nos han hecho creer que el bajo mundo colombiano está colmado de tipos altaneros y pintorescos como El Zarco. Pero luego de conocer a El Fumas me llevo la impresión de que entre malandros prosperan más los tipos que, como él, hablan con voz serena, tienen modales prudentes y andan por ahí con mucha cautela.

Durante las siguientes semanas, El Fumas y yo nos reunimos varias veces en un piqueteadero, una frutería, un parque donde la gente de Soacha va a fumar marihuana y un concierto gratuito de rap en la Media Torta. La siguiente es una versión condensada y editada de esas conversaciones.

VICE: ¿Por qué crear un perfil público para contestar preguntas acerca de un expendio de drogas?
El Fumas: Al principio fue por casualidad: a mi patrón le dieron un celular que tenía la aplicación y el man me pidió que le enseñara como usarla. Pero no entendió y me dijo que podía quedarme con el teléfono. Yo ya llevaba un tiempo trabajando allá y me había dado cuenta de que a la gente le causaba mucha curiosidad ese lugar. Cada vez iba más gente, gente nueva que llegaba muy perdida. Yo creo que yo era el que me veía como más querido porque adentro mucha gente se me acercaba a preguntarme cosas básicas como dónde sentarse o dónde podían ir a bailar. Entonces decidí abrir un Ask para resolver las preguntas y que no llegaran tan despistados.

¿Y cuántas preguntas llegaron?
Llegaron 4 mil, pero solo pude contestar 2 mil. Había muchas repetidas: lo que más preguntaba la gente era por las drogas, cuáles vendían y cuánto costaban. Lo otro que me preguntaban mucho era por la música, la gente quería saber qué temas ponían en los sitios y cuáles eran los mejores lugares para ir a farrear en la L.

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Aparte de contestar preguntas, ¿cuál era su trabajo en la olla?
En ese momento yo atendía una taquilla, que es como un puestico cualquiera de cigarrillos y dulces, pero en el que uno también vende pegados, que son baretos de cripy ya armados y sellados, que son bolsitas de perico selladas.

¿Y uno cómo conseguía un trabajo en El Bronx?
A mí ya me conocían. A finales de 2012, un parcero de aquí de Soacha me dijo que nos fuéramos a vivir al centro para hacer plata. Yo en ese momento tenía 16 y el socio me dijo '¿usted va quedarse ahí donde su abuela esperando a cumplir los 18?'. Entonces me fui con el socio a vivir a una pensión ahí cerca de la Plaza España.

Los primeros siete meses nos dedicamos a robar y revender para conseguir los 150 mil que valía el mes en la pieza. Atracábamos gente por la noche en el parque Tercer Milenio o durante el día por la avenida del ferrocarril. Luego íbamos a vender las cosas a la L . Me acuerdo que la primera vez nos quedaron 80 lucas. El socio, que fue el que cargó el cuchillo, se quedó con 50. Así nos fuimos dando a conocer por la cantidad de cosas que vendíamos a diario y por comprar grandes cantidades de moño para revender afuera.

El primer trabajo que me ofrecieron no fue en El Bronx sino en 5 huecos, vendiendo copazos, o sea una carga de una pipa de basuco, que en la olla se vende a mil. Entre El Samber, 5 huecos y la L, que eran las tres ollas grandes del centro, 5 huecos era la peor, la más caliente. Trabajar allá era difícil porque la mayoría de los clientes eran chirretes y cuando se trata de basuco los chirretes siempre tratan de sacar ventaja, tratan de no pagar completo, de sacarle a uno gratis el segundo copazo.

Luego de seis meses me retiré porque estaba cansado de los chirretes y fui a pedir trabajo a la L. Pero los que manejaban las taquillas allá me dijeron que este trabajo no era para cualquiera, no les importo que yo hubiera trabajo en 5 huecos durante 6 meses, según ellos yo todavía tenía que demostrar que era calle. Así que comencé a parchar más seguido, a fumar weed y a farrear allá los jueves y los viernes. Volví al principio: pasé tres meses robando y yendo a la L a hacer negocios para sobrevivir.

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Un día me presentaron a El Paisa, la mano derecha de alias Homero. El paisa me puso una prueba que consistía en cuidar 10 millones de pesos en efectivo durante 8 horas y media. Gracias a Dios pasé esa prueba y el Paisa me recompensó con mi propia taquilla.

¿Ese fue su último cargo?
No. A principios de ese año capturaron a alias Homero y yo me quedé sin trabajo en El Bronx. Si uno tiene una taquilla allá es porque hay alguien que lo supervisa a uno, un saya que nos cuida a ambos, un duro que nos pagaba a todos y un duro arriba del duro, ese era Homero. Entonces nos quedamos sin trabajo. Le conté mi caso a unos conocidos y ellos me consiguieron un trabajo transportando mercancía para Chaves y el Flaco.

El trabajo era fácil: usted pagaba adentro una paca grande de weed o una fresa de perico y la llevaba hasta otra parte donde se la pagaban al doble.

Pero si El Bronx era famoso porque los policías no se animaban a entrar, pero sí se parqueaban a la salida para requisar a todo el mundo, ¿cómo hizo para que no lo cogieran?
Porque la paca o la fresa no la sacaba uno: uno le pagaba a un chirrete, a ellos la policía no los requisa porque les da asco. Entonces el chirri llevaba la mercancía hasta un lugar más tranquilo, por ahí hasta la 19 y ahí ya le entregaba el paquete a uno para que uno la llevara en Transmi.

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Usted mismo me dijo que los chirris siempre tratan de sacar ventaja. ¿Nunca se le perdieron con la mercancía?
No, nunca. Lo primero que uno aprende en la L es a respetar la palabra, es lo único que uno tiene. Además si se perdían, ellos sabían que después les iba mal con los sayas.

Los sayas, las casas de pique, los perros que se comían los restos humanos, la prostitución infantil: ¿todo eso que salió en las noticias luego de la caída de El Bronx era verdad?
Sí, todo era verdad. Digamos que si una nena iba allá y le gustaba a un saya, la nena no podía negarse. Yo mismo estuve un día en el edificio en el que picaban la gente y se la echaban a los perros. Me llevó un saya de otro gancho porque creía que yo le había robado una chaqueta. El tipo me puso una pistola en la cara y me dijo que aquí fue. Yo solo le decía que no, que estaba confundido, que no había sido yo. Al final el tipo me dijo que si yo de verdad era firme no me iba dar miedo echarme pipazo de basuco con él. Y así lo arreglamos.

En El Bronx la gente decía todo el tiempo que la vida es como un fósforo, se le apaga a uno en cualquier momento. Yo creo que la gente no va a saber nunca cuántas personas murieron allá, pero fueron muchas. En el momento más caliente había balacera casi todos los meses. De un momento a otro sonaban los tiros y todo el mundo se tiraba al suelo. A los que se quedaban ahí tirados, luego pasaban los sayas a recogerlos y nadie volvía a verlos. Así cayó mucha gente, entre ellos el socio que llegó allá conmigo.

¿Cómo soportar la vida en El Bronx?
No sé. Muchas veces pensé retirarme pero a uno allá también le llovían las mujeres y conocía mucha gente interesante. Digamos que me enamoré de esa vida. Ahora yo me siento aquí a contarle todo esto y suena casi como si le hubiera pasado a alguien más. Es que fueron como cuatro años de fiesta todas las noches, de domingo a domingo. Llega un momento en el que todo comienza a parecerle normal a uno.

Hay una cosa que nunca dijeron en las noticias y es que, al menos en El Bronx, todos valíamos lo mismo: pobres, ricos, viejos, niños y niñas. Allá, aparte de los duros y los sayas, todos estábamos al mismo nivel. Eso era lo que le decían a uno los chirretes: que El Bronx era el único sitio donde a ellos los trataban como personas.

En su cuenta de Instagram hay muchas fotos de grafitis en El Bronx. ¿Quién los pintó?
Es un grafitero que se llama Smith. Él pintó mucho allá.

¿Había espacio para la cultura en El Bronx?
Sí, claro. Allá yo también vi tocar a a La Etnnia, al Cejaz Negraz. El Bronx era famoso en una época por sus conciertos de rap.

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¿Nunca le preocupó que descubrieran sus cuentas en redes?
No, mi patrón sabía y le parecía buena idea. Me dijo que mientras no publicara nombres ni fotos de los duros no había problema. Para él era una forma de atraer clientela. Pero de pronto el Ask también fue parte de lo que acabó con la olla.

¿Cómo así?
Es que la olla también cambió mucho. Digamos que hasta el 2014 El Bronx era uno y a partir de ahí fue cambiando. Antes de 2014 a El Bronx iban muy poquitos menores: era toda gente ya grande, gente curtida. También la farra era distinta porque no se hacía adentro de los edificios sino afuera, en unos cambuches improvisados que iban construyendo los propios chirretes a cambio de basuco.

En marzo, cuando arrestaron a Homero, arrasaron con todo eso y ahí fue que se dio el cambio. La farra se pasó para adentro, a los billares y los locales. También cambió la gente. Del 2014 en adelante eso se comenzó a llenar de menores y cada vez iban llegando más. Si usted era menor y tenía plata, allá podía conseguir lo que fuera sin que nadie le preguntara la edad. Si no tenía plata, allá podía conseguir quién le gastara.

Pero con llegada de los menores también empezó a acercarse cada vez más la Policía. Al final ya eso estaba tan curtido que no pude seguir trabajando de transportador y me tocó volver a vender pegados y sellados en una taquilla.

¿Usted por qué no estaba en la olla el pasado 28 de mayo?
Ya me había ido. En 2015 yo conocí a Paula, una chica que siempre iba a mi taquilla con sus amigas del SENA. Ella fue la que me motivó a dejar El Bronx la primera vez. Pero afuera me tocó meterme al único trabajo que no pide libreta militar: la rusa. Luego de 15 días me cansé de la mala paga y los malos tratos y volví a la olla. En febrero de 2016 me devolví a Soacha con ella, definitivamente.

¿Y cómo es la vida después de El Bronx?
Yo me volví muy tranquilo. A veces siento cómo si todas las farras de mi vida ya me las hubiera pegado en esos cuatro años.

¿Encontró trabajo?
Me metí a trabajar en un cultivo de rosas, que es casi tan duro como la rusa. Hace un par de meses se me acabó el contrato y ahora estoy haciendo las vueltas para meterme a estudiar en el SENA algo con logística, como para aprender un poquito más de eso.

Que usted sepa, ¿ya existe un nuevo Bronx?
En Bogotá siempre va a haber ollas porque lo prohibido siempre es lo que más plata da. Ya hay varias ollas vendiendo basuco otra vez en el centro. Pero así como el Bronx, con billares, bares, restaurantes y edificios completos, no que yo sepa.

Usted se fue al centro a hacer plata. ¿La hizo?
(Risas) No. Pasó lo que le decía: allá la vida es una sola farra. En el mejor momento yo podía hacerme 150 lucas al día, pero todo iba para la farra. Sí gané otras cosas: experiencia, por ejemplo. Yo me pongo a pensar en quién era yo antes de irme a El Bronx y no era nadie: ni siquiera era bachiller. (Estando en El Bronx yo tuve tiempo hasta para validar el bachillerato). Me devolví a Soacha con los mismos pesos que tenía en el bolsillo cuando me fui de acá, pero volví en taxi porque tenía que cargar un XBOX y un televisor que me compré estando allá.