Anecdotario

El ensayadero de Luis Emilio: Incubadora del punk y el metal medallo

Recordando el pequeño cuarto por donde pasaron bandas como I.R.A, Amen, HP.HC, Masacre o Ekhymosis.

por Juan Sebastián Barriga Ossa
25 Agosto 2016, 5:32pm


Fotos cortesía de Román González.

En 1973 Hilly Kristal, un neoyorquino amante del country y el blues fundó un barcito llamado CBGB. La idea era que la gente fuera para escuchar rockcito y tomarse unas cervezas. Pero ese derruido y apestoso antro, ubicado en un barrio horrible al este de Manhattan, solo atrajo a un puñado de parias que usaban chaquetas de cuero y conocían tres acordes. Esta gente sin futuro llegó a las puertas de ese moridero en busca de un lugar para tocar su música ruidosa. Hilly les dio una oportunidad y, sin darse cuenta, o sin si quiera pensarlo, prendió la chispa que reventó ese bidón de gasolina llamado punk.

Unos diez años después, Luis Emilio Valencia, un tipo con una apariencia paisa arquetípica– tez blanca, pelo negro, bigote de brocha–, cogió un cuarto de su casa, lo llenó de icopor y cajas de huevo, y armó un lugar para ensayar con sus bandas de rock estilo los Beatles. Después comenzó a prestarle el espacio y los instrumentos a sus amigos y la voz se regó: en Medellín había un man que tenía un lugar donde se podía ensayar. Pronto, un puñado de parias que usaban chaquetas de cuero y conocían tres acordes, llegaron a las puertas de la casa de este personaje en busca de un lugar para tocar su música ruidosa. Al igual que Hilly Kristal en Nueva York, Luis Emilio Valencia creó, casi por coincidencia, el epicentro de la escena punkera y metalera de Medallo. Su caluroso y apestoso ensayadero se convirtió en el corazón que bombeó toda la sangre que le dio vida a la escena underground ochentera y noventera de la ciudad.

Pero a diferencia de Kristal, Luis Emilio no entró al salón de la fama del rock. Es más, después del 2000 el hombre desapareció y se convirtió en una especie de fantasma canoso que andaba con un maletín por las calles del centro de Medellín. Román González, músico, coleccionista y gestor cultural, dice que nadie sabía cuál era el apellido de Luis Emilio e incluso hay gente que pensaba que había muerto.


Fotograma de Luis Emilo Valencia.

Es muy probable que el 90% de la bandas que se crearon en metrallo durante los 80 y 90 hayan pisado alguna vez el mítico ensayadero de Luis Emilio. Para un adolescente inquieto que quería descargar su furia a través de la música, conseguir un instrumento en esa época era casi imposible –literalmente había que hacerlos–. Peor encontrar un lugar para ensayar. Luis Emilio era la única persona lo suficientemente loca como para prestarle sus cosas y su casa a toda esta juventud angustiada y autodestructiva, criada entre la violencia que solo quería hacer música como fuera.

Más o menos unos quince años duró el ensayadero que tuvo tres locaciones. La cosa empezó en el barrio Simón Bolívar, cuando Luis Emilio tenía unos veinte años. El hombre del bigote frondoso venía de una familia de clase media, así que no se preocupaba mucho por la plata. Estudió música en el colegio Colombo Venezolano y en la Escuela Superior de Música, por lo que sabía leer partituras y tocaba el bajo, la guitarra, la flauta y la armónica. Era muy joven para pertenecer a la generación de Ancón y algo viejo para formar parte de la primera ola del punk medallo y el ultra metal. Pero amaba el rock: a Los Beatles, a Black Sabbath y a Led Zeppelin. Como tenía algo de billete, le compraba instrumentos de segunda a otros músicos que podían viajar a Estados Unidos para conseguir cosas nuevas, y con esos instrumentos armó Alive, su banda de covers, y Arco, que se llamaba así porque tocaba con un músico argentino. Gracias a un conocido suyo, que trabajaba en una empresa de neveras y enfriadores, consiguió muchas placas de icopor y su mamá lo dejó acomodar un cuarto para que pudiera hacer bulla.

Ekhymosis donde Luis Emilio.

Así nació el ensayadero, pero no mucha gente conocía el lugar, apenas algunos amigos suyos a quienes les alquilaba el diminuto cuarto para practicar unas horas. Después se mudó a una casa de dos pisos en el barrio La Castellana, justo en la carrera 33aa con 83, donde una vez más adaptó uno de los cuartos. La gente comenzó a llegar y poco a poco se fue popularizando. Luis Emilio me cuenta por teléfono, con su voz gruesa, que la cosa explotó gracias a que Víctor Gaviria se enteró del lugar y lo alquilaba para que las bandas de Rodrigo D No Futuro pudieran repasar y eso regó la noticia.

La gente llegaba de todos los rincones de Medellín para ensayar por un par de horas en este diminuto cuarto. Caliche, de la banda Desadaptados, cuenta que la batería estaba destrozada y sonaba horrible. Los parches de los tambores estaban todos remendados, les ponían camisetas para que sonaran menos mal, y los platillos estaban rotos: “parecían cuchillas”, dice por el teléfono entre risas. Román González recuerda que el lugar tenía una guitarra Gibson SG doblada en la que se compuso casi todo el metal y el punk de la ciudad. Además solo habían tres amplificadores y durante un buen tiempo, bandas como Masacre conectaban sus dos guitarras a un amplificador para bajo con dos entradas.

El cuarto tenía un pequeño baño, un mueble donde Luis Emilio guardaba algunos equipos, un ventilador en una esquina y una cama, donde probablemente más de una persona se desvirgo. Dentro hacia un calor como del Infierno, dicen que hasta las paredes sudaban y siempre olía a chucha. Pero a quién le importaba con tal de tocar. El ensayadero de Luis Emilio se convirtió en la llave de la válvula de escape de una juventud destrozada por las bombas y la guerra narco terrorista. Fue un pequeña mancha de esperanza en una ciudad agrietada que creció y creció hasta convertirse en un monstruo de mil cabezas.

Por allá pasaron I.R.A, Amen, HP.HC, Masacre, Ekhymosis y cientos de bandas más. Muchas veces la gente llegaba al lugar para ver tocar a los grupos y en ese espacio se metían hasta 50 personas o más. Los ensayos se convertirán en conciertos y como Luis Emilio tenía una grabadora que registraba en estéreo, muchas de esas practicas se volvieron los primeros demos de los grupos.

Todos los días había grupos tocando. Los horarios eran desde las siete de la mañana hasta las diez de las noche y la hora costaba entre 500 y 1000 pesos. Para reservar había que llamar y dejar un mensaje en la contestadora. Para llegar al cuarto había que cruzar toda la casa y Luis Emilio vivía con su madre, su abuela y sus hermanos. Lo que significaba que todos esos punkeros, crestones que entraban con sus botellas de vino en las manos, pasaban frente a la familia mientras almorzaba. Y así, al tiempo que su madre tejía croché, en el cuarto un puñado de pelados fumaban marihuana, tomaban cocol y le daban a esos instrumentos como unos demonios. “Mi mamá era tolerante conmigo, creo que a ella le gustaba la música o le gustaba que yo hiciera algo por la música”, recuerda Luis Emilio.

Como llegaba tanta gente al lugar, el improvisado gestor instaló un sistema de televisión cerrado para controlar quién entraba y salía. “Había muchachos malos, que a uno lo braviaban”, cuenta el hombre del bigote mientras recuerda que muchos de los que entraron a su casa los mataron por andar metidos en enredos. Pero otros tantos sobrevivieron a una de las épocas más oscuras del país, probablemente gracias a ese diminuto cuarto que marcó a toda una generación.


Para ver a Luis Emilio hablando adelanten hasta el minuto 1:07.

Existen muchos recuerdo de ese lugar donde la gente se desahogaba por un rato, pero sin duda la anécdota que todo Medellín recuerda del ensayadero es la vez que un punkero llamado Mario Chaqueta escondió un pedal de distorsión dentro de una papaya y se lo llevó. Luis Emilio fue a buscarlo a su casa en el barrio Aures para pedirle que se lo regrese, pero obviamente eso no pasó. Fue la mamá de Mario Chaqueta quien al final devolvió el pedal.

Pero lo que no muchos saben de ese cuarto lleno de icopor, es que Luis Emilio dormía allí cuando una tía venía de visita. Por eso había una cama. Él cuenta que a veces el olor a chucha era tan intensó que le tocaba sacar una colchoneta a la sala para poder dormir.

Lucas Jaramillo, del proyecto CASI quien también ensayó ese cuarto, dice que el viejo Luis le daba clases de música a toda esa mano de locos que entraban a su casa y que el hombre siempre andaba en chancletas y pantaloneta por el lugar. Caliche recuerda que el hombre les afinaba los instrumentos y les explicaba las partituras de las canciones. Además el hombre tenía una gran colección de discos de hard rock y varios libros con partituras que le prestaba a esos pelados para que conocieran más cosas.

Pero lo más importante de todo fue que este lugar se convirtió en un punto de encuentro para la escena underground de la ciudad. En esa época los punkeros y los metaleros no se llevaban muy bien, pero el ensayadero era una zona franca. Allí todos se juntaban y compartían el espacio y los instrumentos. Incluso muchos conciertos se organizaban en esa casa. Luis Emilio cuenta que las bandas dejaban sus equipos para que él los cuidara. Recuerda que el mítico Bull Meta, a quién describe como un man muy carismático, tenía su batería allí y a veces se la prestaba a los demás. “Los instrumentos eran de todos”, dice hoy con orgullo.

Pero nada dura para siempre. Después que su madre murió, el hombre del bigote vendió la casa y se mudó al barrio San Juan. Allí montó el lugar de nuevo, pero la cosa no funcionó. También, a Medellín llegaron ensayaderos profesionales con equipos de lujo y el precario cuarto donde se construyó el sonido de toda una ciudad pasó a la historia. Al igual que su dueño. Pero el hombre nunca abandonó la música, después de que cerró ese cuarto que vio tanta fiesta y júbilo, siguió dando clases. Durante un tiempo vendió seguros de Colsanitas, por eso quienes lo reconocían lo veían caminado con un maletín por toda la ciudad y ahora, a sus 56 años, maneja un taxi por las calles que le dieron forma a dos de los movimientos underground más poderosos del mundo.

Cuando le pregunto si es consciente de su papel en la historia de rock nacional dice mientras ríe: “claro que sí, Juanes comenzó en mi casa”. Si lo pensamos bien, de una u otra forma, la raíz de casi todas las personas que amamos el ruido y la velocidad en este país, está en la casa de Luis Emilio.

Gracias compadre.

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