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GUERRA

El primer hospital de Medio Oriente que imprime prótesis 3D para víctimas de la guerra

Las instalaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF) están rodeadas de conflicto: al norte Siria, al este Israel y Cisjordania y al oeste Irak y Arabia Saudita.

por Sally Hayden
07 Febrero 2017, 8:06pm

(Arriba: pacientes en el hospital de cirugía reconstructiva de Médicos Sin Fronteras en Amán, Jordania. Todas las fotos por el autor)

Los heridos de guerra recomponen sus cuerpos y mentes en el único hospital de cirugía reconstructiva de Medio Oriente, solo para ser enviados de vuelta al conflicto del que vinieron.

Estoy en Amán, la capital de Jordania, un reino seco y relativamente pequeño en el desierto. Es el hogar de la antigua ciudad de Petra, conocida por ser el lugar donde Indiana Jones descubrió el Santo Grial. También está rodeada de caos: al norte está Siria; Israel y la Barrera de Cisjordania limitan al este; Irak y Arabia Saudita, al oeste.

"Es uno de los países menos estables de la región", dice Marc Schakal, el jefe de la misión de Médicos Sin Fronteras, explicando la ubicación del hospital.

Durante más de diez años, se han realizado por lo menos 10.000 operaciones a 4.500 pacientes. Los cirujanos han reemplazado articulaciones y caderas, o adherido piel artificial en pacientes con quemaduras, quienes permanecen allí alrededor de seis meses. Algunos pacientes permanecen en cama, en sillas de ruedas o con riesgo de amputación. Otros están cubiertos con marcas de tortura.

Este mes, una impresora 3D recién instalada comenzará a imprimir prótesis, creando orejas u ojos personalizados a las necesidades de cada paciente.

Los múltiples conflictos de la región pueden rastrearse a través de los pacientes del hospital. En un principio, la mayoría eran iraquíes, dice Schakal. Ahora, la mayoría de los pacientes son sirios, aunque siempre hay yemeníes, iraquíes y palestinos.

Un paciente en fisioterapia en el hospital de cirugía reconstructiva de MSF.

Las cicatrices de la guerra han permanecido intactas en la década que el hospital ha estado allí. Es normal encontrar huesos rotos o pacientes a los que les falta la mitad de la cara. Las armas, balas o los edificios destruidos siguen causando las mismas heridas catastróficas, aun cuando los responsables sean otro. Algunos de esos responsables incluso pueden estar en el edificio. Schakal dice que no preguntan mucho sobre los pacientes, que viajan desde sus hogares después de haber sido enviados por doctores locales. Algunos de ellos pueden ser militantes, señala, aunque la mayoría, definitivamente son ciudadanos: panaderos, obreros, electricistas, incluso mujeres y niños.

El hospital de ocho pisos incluye dos para pacientes en preoperatiorio y otros dos para recuperación. Hay un gimnasio para fisioterapia y una sala de aislamiento, aunque la función del piso superior es poco evidente.

"Aquí no hablamos de patologías. Estas son reacciones normales frente a las situaciones anormales de sus países", dice la directora del área psicosocial, Elsa Birri, sentada en su iluminada oficina con vista a la ciudad.

Birri, una italiana flaca con sudadera Adidas, está a cargo de la salud mental de los pacientes, tanto para atacar los síntomas causados por experiencias pasadas como para construir resiliencia hacia el trauma futuro que, ella afirma, la mayoría tendrá que encarar. "Los síntomas más comunes son flashbacks, pesadillas, ansiedad o depresión", dice.

Por el momento, su departamento está tratando a 160 pacientes y dirige un colegio, el primero que abre Médicos Sin Fronteras. Es agotador pero necesario, afirma. Los niños sufren cuando no tienen actividades regulares.

Birri ha trabajado con MSF en todo Medio Oriente, incluyendo Siria y Libia, y dice que las reacciones a la guerra y el trauma que causa son los mismos en todas partes: "Si en seis meses no se reduce es [definido médicamente como] una patología, pero con la gente de Siria o Irak no estamos hablando de un solo trauma. Puede haber una bomba un día y otra bomba una semana después".

Afuera de su oficina, un consejero y un fisioterapeuta ayudan a un adolescente a caminar usando una barra. Da un paso tentativo hacia delante y después otro, con los ojos fijos en el suelo. Ambos miembros del staff le dan ánimos. Al verlos pasar, Birri dice: "No hay nada mágico, seguramente. Pero como humanos somos muy fuertes".


Durante la terapia, el staff intenta crear "espacios seguros" en los que enseñan estrategias para afrontar las situaciones, como por ejemplo recordándole a los pacientes que sus familias dependen de ellos. A veces se menciona la religión, pero ¿está bien decirle a los sobrevivientes de un conflicto que confíen en un dios?

A largo plazo, la fe puede ser mejor que las drogas para problemas mentales, dice el staff del hospital, porque los pacientes no pueden conseguir los fármacos en sus hogares.

Aun así, saber que los pacientes dados de alta vuelven a un lugar "sin fronteras" es duro, admite Birri. No sabes qué les ocurrirá o hacia qué se sentirán inclinados. "Es muy difícil de afrontar también para nosotros los miembros del equipo".

Akram, pelirrojo y con ropa deportiva, ha estado viviendo durante seis meses en el hospital de Amán. Su ceño se frunce mientras habla y su cuerpo se mantiene quieto, excepto por su mano derecha, que hace movimientos circulares. Para él, los cuartos se sienten vacíos —paredes beige, marcos de puerta naranja y un silencio constante—. Es tan silencioso que sus muletas chirrean sobre los pisos estériles mientras recorre los corredores.

No es nada como el sur de Siria, de donde viene (donde recuerda el ruido de las calles o el bombardeo de la noche en que su casa fue destruida y su cuerpo quedó afectado para siempre). Quedó en coma durante seis horas. Cuando se despertó no podía caminar. Después de siete cirugías en Siria, su pierna se infectó. Los doctores dijeron que no podían hacer nada más.

Un amigo lo ayudó a cruzar la frontera hacia Jordania, donde se registró con MSF. Después de una cirugía de cadera y largas sesiones de fisioterapia, al menos puede volver a caminar, aunque cojeando. Akram también participó en una terapia de grupo enfocada en el manejo del dolor, así que ofrece consejos con facilidad.

"Aprendimos a clasificar el dolor, a manejarlo: ocúpate, no te aísles y habla con otras personas", dice. "Esto también ayuda a reducir los malos pensamientos".

Daraa, la ciudad natal de Akram, ahora es conocida como "la cuna de la revolución". Allí es donde fueron arrestados y torturados al menos 15 niños por pintar grafitis contra el gobierno en las paredes de su colegio. A pesar de las atrocidades que ha presenciado, Akram se está preparando para regresar. Mientras se recupera de sus heridas, sus sentimientos sobre lo que ha perdido se han vuelto más físicos y casi insoportables. Su esposa, sus hermanos y sus padres siguen allí.

"Es muy pesado para mí", dice Akram, con convencimiento. "Tengo ganas de regresar".

En un mes cruzará la frontera siria.

"No tengo opción".

@sallyhayd