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COLOMBIA

​¿Dónde están la libertad y el hedonismo en las pistas de baile colombianas?

"Lo importante es que la conversación inicie, y empecemos a fomentar espacios donde los principios de inclusión y libertad sobre los que se fundó esta música se vuelvan tangibles".

por Alejandro Arango
10 Febrero 2017, 5:20pm

La música electrónica y sus clubes siempre han estado ligados a la liberación. Desde sus inicios en Estados Unidos, los pioneros del techno y el house encontraron un método de escape y una forma de protesta contra la falta de espacios seguros para sentirse libres. Luego esta música llegó al viejo continente, y si bien surgieron escenas prolíficas como la inglesa, la belga o la holandesa, fue en Berlín donde sonidos como el techno encontraron su verdadero hogar. Al caer el muro, este nuevo sonido, traído de los suburbios pobres de Detroit, sirvió como una herramienta infalible de reunificación a través del escape y la liberación.

Mi primer acercamiento con esta escena fue a los 23 años cuando visité por primera vez Berghain, el club de techno más importante del mundo. Sobre el club no hay mucho nuevo por decir, e incluso medios como Rolling Stone o GQ han hablado de su hedonismo y su aleatoria política de ingreso.

Con tan sólo entrar al lugar, la libertad y energía sexual que se siente es abrumadora. Es tan así, que el club le dispone a sus asistentes darkrooms, cuartos oscuros con laberintos y recovecos, que se prestan para que la líbido y el anonimato se encuentren de frente. En las barras del lugar hay recipientes con condones gratis, y a medida que avanza la fiesta es normal que la pista se vaya quedando sin ropa.

Berghain se ha ganado su reputación por sus extensos line ups e icónicos residentes, pero este lugar va mucho más allá que su música, y en su interior se llevan a cabo dinámicas de interacción que permean todo el lugar de una energía sexual muy poderosa. Por supuesto, el choque que se siente al venir de un país godo como Colombia, te deja en un estado de consternación el primer par de horas que estás adentro, pero una vez allí, comienzas a asimilar las cosas que estás viendo, todas por primera vez. Cosas como que un man decida mamársela a otros dos justo en frente del booth, o ver a un tipo arrodillado en los orinales suplicándole a los demás que le orinen en la boca. Ese tipo de cosas...

Pero esto no es nuevo en Berlín. Antes de Berghain estuvo Ostgut, un club gay que nació con las fiestas fetichistas Snax, eventos exclusivos para hombres donde todo estaba permitido, y el tema se ha movido a países como Estados Unidos, con fiestas como UNTER en Nueva York o Hot Mass en Pittsburgh, también del mismo corte.

Si esto se ha venido replicando cada vez más en varias partes del mundo, ¿Cuándo estaremos listos para que pase en nuestro país? ¿Lograremos alguna vez consolidar una escena donde la libertad y el hedonismo sean protagonistas?

Imagen vía.

Salir de fiesta, así muchos lo vean como algo trivial, es catártico. La rutina apesta, y de lunes a viernes nos toca acoplarnos a muchos parámetros sociales. Pero cuando llega el fin de semana, así hayamos tenido una semana de mierda en la universidad, el trabajo o con nuestras parejas, salimos de fiesta y en la mitad de la pista, todo deja de importar.

El problema es que aún no nos soltamos lo suficiente, seguimos bastante cohibidos y preocupados por lo que piensen de nosotros. Y sí, la pista de baile es un lugar comunitario, pero tenemos que dejar de estar tan pendientes de lo que hagan los demás.

Aparte, ¿Cómo vamos a ser capaces de soltarnos en una fiesta, si no podemos guardar el celular? Y este tema va mucho más allá de decir cosas como "disfruta el momento", volviéndose un asunto de privacidad. Un ejemplo de esto es Berghain (nuevamente), que prohíbe el uso de celulares para proteger la privacidad de sus asistentes. Aquí sería muy difícil pensar en libertad sexual dentro de la pista sin que haya alguien queriendo subirlo a Instagram.

A esa falta de soltura, se le suma la falta de coqueteo. Porque aunque cada vez lo parezca menos, las pistas de baile, desde sus inicios, fueron espacios para el cortejo. Sin embargo, viviendo en la época de Tinder y Grindr, que nos dan la facilidad de encontrar con quién tirar geolocalizadamente, ya no es común concebir al club como un lugar de levante, sino como un recinto para estar parado toda la noche mirando de frente al DJ de turno. Y ese es tal vez el problema principal.

Y si a esa mezcla le sumamos la discriminación, que tanto nos sobra, la ecuación sólo empeora. No está de más recordar que esta música nació gracias a grupos que eran marginalizados, como la comunidad negra y gay de Chicago, para entender por qué ahora, más que nunca, deberíamos ser más inclusivos y promover la diversidad, lo distinto y lo raro. Aaron Clark, cabeza del colectivo Honcho de Pittsburgh, confiesa que en su ciudad las fiestas de techno se estaban volviendo bastante aburridas, y fue el impulso queer el que le inyectó una nueva energía a la escena, atrayendo incluso público hétero que buscaba espacios y propuestas más arriesgadas.

Los clubes, por su parte, no se pueden lavar las manos, pues ellos también tienen la responsabilidad de tener políticas más permisivas. Aunque parezca increíble, en pleno 2017 hay clubes y promotores que no permiten en la pista de baile gente con poca ropa, o dos hombres dándose un beso en medio de la fiesta.

Es claro que cada escena es distinta y ha pasado por procesos diferentes. No podemos compararnos con escenas que se han desarrollado libres de tabúes como las de Berlín o Ámsterdam, aunque sí podemos tomar como ejemplo e inspiración el crecimiento de una escena como la de Tbilisi en Georgia, un país en su mayoría católico ortodoxo, con rezagos de la Unión Soviética, pero que, por alguna razón, ha encontrado en las generaciones jóvenes un impulso para sacar adelante una de las escenas más progresivas e interesantes de los años recientes.

La idea de todo esto es plantear preguntas que ojalá abran el debate, y esperar a que se respondan lo más pronto posible. Siendo optimistas, podríamos pensar en que esto pase en un par de años, o puede que tal vez tengamos que esperar décadas. Lo importante es que la conversación inicie, y empecemos a fomentar espacios donde los principios de inclusión y libertad sobre los que se fundó esta música se vuelvan tangibles.

¿Estaremos alguna vez listos para soltarnos más y dejarnos de preocupar por lo que estén haciendo los demás? ¿Seremos capaces de guardar el celular y aguantarnos las ganas de compartir todo? ¿Algún día estaremos en una fiesta que lleve 15 horas sin parar y el calor nos obligue a desnudarnos? ¿Llegará el momento en que los clubs en lugar de terrazas tengan cuartos oscuros? En el mundo real están pasando cosas horribles todos los días, el club es nuestro refugio y tenemos derecho a sentirnos libres en su interior, sea lo que sea que signifique eso.

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** Esta es una columna de opinión. Por tanto, no representa la postura editorial de THUMP Colombia


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